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3.8.26

Paraná

 

Hola, se me está por quemar un pollo con zapallo en el horno, así que va lo más rápido que puedo. Jorge Salavert sacó esta foto en Ercolano. Le vine a la cabeza en vacaciones, me mandó por mail la foto, dijo (escribió) que aún sigue a este blog, y me sentí halagado y hasta conmovido.

Es bueno sentirse de alguna forma querido.

Jorge me tradujo alguna vez un cuento al inglés. Hizo cosas por mí de forma gratuita. No nos conocemos. Vivimos en puntos geográficos distantes. Podríamos haber sido amigos. Sé que de una extraña manera hay entre nosotros una energía que está.

Y dado que vamos a romper la coherencia y la cohesión de todo lo que se pueda (o no: tengo en pedazo de maní entre dos muelas) mientras el pollo se quema junto a la calabaza en el horno, sólo decir que desde que vivo más allá de la calle Paraná, confirmo la máxima del padre de B., quien dice que:

a) tras cruzar la calle Paraná, y hablamos de aquella arteria que inicia de algún modo el partido de San Isidro, provincia de Buenos Aires,

b) a la gente le da como un golpe de aire. 

Cosa cierta y probada.

En San Isidro, y que me vengan a buscar, abundan personas afectadas por el golpe de aire. Hasta yo lo sufro a veces y debo pegarme una buena ducha. La tentación de creerse con ínfulas es atroz. La de pensar que se es más inteligente, también.

Fue por esa razón que una vez escribí, con mi mal llevado resentimiento del barrio de Flores, y luego me publicó Rosa Espinoza en Pinos Alados, Bonito / Yo soy aquel, la historia de un impotente resentido que reside en una mansión de Martínez, y así. Obra pequeña que fue presentada en el CECUT (la Te es de Tijuana) con muy importantes gentes, hasta futuras premiadas en España. Libro, al fin y al cabo que, casualmente, Jorge Salavert en su primera versión leyó y hasta algo muy generoso escribió en su blog hace más de diez años.

Dicho sea de paso, a Bonito / Yo soy aquel se la puede descargar gratis, en este link, para leer como libro electrónico, haciendo clic en toda esta oración.

Nada, era eso. Y que me cago en Prilidiano Pueyrredón.

Besos.

28.6.26

Sin título

Cuando finalice julio, que aún hoy no empezó, recalcularé lo que resta de muchas cosas de mi vida. Mientras tanto, y tal vez luego, no lo sé, este blog seguirá con su rol, ser la antesala de ideas y obsesiones de un don nadie, de un desconocido, de un equis, de un insoportable roto que, por lo menos, respeten esto, escribe a la nada y después de que la nada ya sentido alguno le quitó a todo.

Hay una novela corta muy linda de Onetti que se llama Cuando ya no importe. Hay otro libro, Hotel Atlántico, de Joao Gilberto Noll, un autor del que debo leer muchísimo más. Este es más o menos el espíritu de este domingo y, seguramente, de buena parte de la superestructura sobre la que se apoya esta manía de sostener un blog, de haber producido una "literatura" dispersa. Y de que hoy me duelan los huesos y ya me haya vuelto un abstemio de casi todo.

Si aparece el genio de la lámpara, con Fernando Mansilla digo, me lo cargo.

23.5.26

Ascorbato de sodio


 

Hace poco un cuento sobre un perro que tuve quedó seleccionado para una antología de cuentos de duelo. Sucedió en Granada. Creen que aquel ha sido el primer concurso de duelo de la historia de la literatura. Poco interesa. ¿Las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, aprendidas en el colegio, datan de cuántos siglos? ¿Y qué no es el hecho de escribir, cuando pierde toda utilidad, sino una forma de duelo, de echar de menos algo que se amó o que se ama, como la mera realidad invadida por el tedio? ¿Debo de continuo recurrir a referencias librescas o etimológicas para sostener cada archivo argumental que expongo? No lo haré esta vez.

Terminé de leer Koljós, de Emmanuel Carrère, no deseaba escribir de esto, para comentar este último libro de EC en realidad habría que decir antes que se torna perentorio leer por lo menos Una novela rusa. Como sea, en Koljós hay duelo. Como también abunda en la "Santa Misa", como mencionan los ultramontanos a la celebración eucarística católica. El duelo es ubicuo y suele estar a barlovento de la dictadura del éxito y la felicidad a la que imagino que mucha humanidad es sometida, cuando no fue, la mayoría, obligada a hundirse hasta las rodillas en la mierda.

¿Qué es el duelo? No quiero recurrir a Corominas. Un escritor sevillano, jurado (es probable) del referido concurso dijo que "supone la pérdida de un amor incondicional". En realidad no recuerdo las palabras exactas. Mi memoria falla. Carrère en Koljós parafrasea a un coach que se quita la máscara y confiesa que no hay peor cosa que "vivir en el aquí y el ahora", "en el presente"; que de eso se trata la guerra, de un presente continuo sin pasado y sin futuro, o con un pasado que jamás volverá y un futuro donde el soldado, en el mejor de los casos, se hallará sentado en un silloncito de ruedas, sin sus dos rodillas, aquellas que, antes, hundió en la mierda. No lo dice así Carrère. Imagino que tampoco interesa.

El duelo es encontrarte con diapositivas de las décadas de 1960 y 1970 y no contar con proyector. El duelo es buscar una lámpara que antes fue botella de whisky y a contraluz adivinar quiénes son los personajes. El duelo es aquel pasado que no regresa de las diapositivas. Tampoco de las fotos en el teléfono.

La voz de tu madre muerte grabada en el teléfono es el duelo. Y los números telefónicos de tus padres muertos, ahí, en tu lista de contactos. Sin ser borrados.

Pero todo a contramano, otra vez, de lo que uno debe pensar, de lo que uno debe comer, de lo que uno debe cagar, para estar sano y fuerte y no morir y así trabajar para no ser un estorbo y, si es posible, ayudar a los hijos, a quienes, como a todos, no les alcanza el dinero en un país que nació como una pequeña enfermedad.

Escribo de noche, bebo mate, no pienso demasiado en las palabras, este es mi viejo blog. Antes leí lo que me quedaba de Koljós, evité llorar. Y todavía antes, pero después de mi calistenia, hablé con un primo que se preocupa por mi salud y por mi vida, y que me aconseja recurrir a la medicina funcional con sus médicos y médicas de Instagram que son un estresor, un vasoconstrictor en sí mismos. Ascorbato de sodio me recomendó tomar mi primo. Ese debe ser uno de los tantos nombres del duelo. Del haber perdido un amor incondicional como la salud.

Me gustaría ser joven, llamar por teléfono a mis padres. Verlos un rato. Y que no estén viejos. Y me gustaría no haber vivido muchos de los años que viví. Aquí el duelo casi se choca con la ucronía, a la que tanto apela Carrère en Koljós. ¿Quién hoy sería yo si no me equivocaba tanto en mis elecciones del pasado? Es probable que un ser más feliz. Aquí va mi duelo por todo lo que nunca fui. Ni más ni menos. ¿Quién no siente ese duelo? O, por formularlo de otro modo, ¿quién cuenta con la enorme ventura de saberse en el mejor lugar y en su "mejor versión", como le llaman, gracias a la teoría de la elección racional y a sus, repetición, buenas elecciones de vida desde el momento cero hasta este preciso minuto?

En las fotos de mis mayores todos mis mayores han atravesado días de tragedia de la buena: mueren hijos, sufren amputaciones, mueren más hijos y también hermanos enferman y mueren, y hay noches de éxitos pero mayoritariamente un océano de fracasos. Y, sin embargo, en uno de los peores años de las vidas de todos mis muertos, ahí están mis padres, que celebran sus esponsales, y mi abuela Carmen, que poco recuerda de Galicia, que ha sufrido y mucho aquel año, como mi abuelo Ernesto, y que, sin embargo, no se ahorró en el vestido y por sobre todo en aquella suerte de corona con la que se luce como madrina de la boda. Todos están de duelo y por muchos motivos aquel año. Todos están también de fiesta un 30 de diciembre donde mis padres se casan para no caerse del calendario y porque no dan más y quieren estar juntos, aunque duela. Aunque duela mirar a aquel que pasó las de Caín y aunque también duela ver detrás de las sonrisas el dolor de todos que saben que ese, 1966, no resultó un buen año.

Y qué más.

No hay más.

Creer que la literatura de duelo es una novedad supone forzar mucho el sentido de lo nuevo y desconocer demasiado qué hay desde el Génesis, ese tango bíblico donde se pierde el paraíso y etcétera.

Nada es más viejo, creo yo, que el dolor de saber que se vive sabiendo que todo un día se termina y que, peor aún, antes se irán muchos a los que uno quiere demasiado.

(El verbo "ir", dicho sea de paso, no es más que un eufemismo que tiene de sustantivo a la muerte).

29.4.26

Quince minutos de «Balada para Adelina» (y un océano de nodrizas)



Mi padre, durante sus últimos años de postración hablaba de «nodrizas» cuando se refería a sus cuidadoras. Nieto y sobrino de santanderinos, sabía de memoria qué era una «nodriza» por aquellas pasiegas que asistían a su abuela Luisa en Cantabria. En el vértigo de su decrepitud yo nunca terminé de meditar en que el empleo de la voz «nodriza» resultaba el último chiste, la última ironía y, acaso, el último intento por reblandecer los efectos de su párkinson y del deterioro parejo de mi madre, su compañera en más de sesenta años. Recién ahora caigo en la cuenta de que, también de ese modo, me decía que, en efecto, él y ella, los dos, se transformaban día tras día más en una suerte fabulosa de niños ajados.

He resuelto conservar el desplazamiento semántico de mi padre, al que mi madre se plegó con ganas. Para mí hoy también aquellas mujeres fueron «nodrizas» antes que «cuidadoras», en el sentido etimológico inventado de la nada por un hombre que se moría.

Él dejó este mundo el 30 de septiembre de 2025. Ella, el 9 de mayo del mismo año. Un año de los que se dicen luego que fueron «duros». Desde entonces, todo se ha transformado en un ayer y todo, de alguna forma y al mismo tiempo, ya configura este mañana, aquél que, de niño, jamás quise habitar.

 

*

 

Qué música poner.

En el entierro de tu padre, cinco meses después del de tu madre, tras echar cada quien pétalos de rosas, comenzarán las voces de los asistentes a recordar hechos que vos no tenías registrados.

Que regaló heladeras.

Que apadrinó a huérfanos tan huérfanos como él.

Que pretendía que el personal de cierta compañía de seguros comiera jamón cocido de primera y no variantes del plástico con colorantes.

En el funeral número dos del año, donde llorarás lo que quisiste como en el número uno, y te apartarás del universo lo que te sea permitido, aquellas voces poco a poco consagrarán a tu padre a los altares, en condición de santo de los pobres y los marginados, quien se inclinaba siempre con devoción hacia las clases perdedoras, y entonces alguien, no sabrás quién, pero será seguro uno o una de los que con él trabajaron, empezará a entonar «esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar», que sí, la cantaba él en La Redonda de Belgrano, en aquella misma iglesia donde una vez, según cuentos de tu madre, un facha de Tradición, Familia y Propiedad le pegó un puñetazo en la mandíbula, que lo hizo rodar por las escaleras.

Pero toda esa fiesta de la muerte y toda esta remembranza de aquel que partió cinco meses después de su compañera, toda aquella teología de la liberación y de la cristiana opción por los pobres se te irá al carajo un día después, cuando todavía quede una nodriza en el departamento que, por las cámaras cuyas imágenes se reproducirán en tu teléfono, habrás de ver que ya no será solo una, sino dos y hasta tres, lo que te conducirá a que, con disimulo, junto a tu hermana, visites lo que fue casa paterna, lo que ahora será tuyo.

Joder, habrás entonces de decirte.

Joder, joder, joder.

Y las elefantiásicas intrusas, como si nada.

Te recibirán con pollo al horno con papas, con bebidas gaseosas, con todo lo que aún guardaba la heladera, y se volverán a lamentar por lo sucedido.

Pobrecito tu papá, pobrecita tu mamá.

Y una recordará la secuencia narrativa donde llegó a descansar a ese departamento aún con tu padre internado y vivo, a lo que las otras derramarán alguna lágrima, a la vez que la misma de antes, que dejó la guardia en el sanatorio cuando la fuiste a reemplazar, aclarará, por si alguna duda te quepa, que «las llamé a estas otras dos porque me daba miedo quedarme sola estos días», y vos te fiarás, como ya te has fiado, de los miedos a los fantasmas que han esgrimido durante tanto tiempo, y recordarás que los pobres son buenos, que así te lo enseñaron, y que las clases populares que delinquen lo hacen porque uno es el culpable, uno y el resto socialmente incluido y punto, lo reza la letra chica del Génesis en la Biblia Latinoamericana, allí donde dice más o menos que no sólo nacemos con el pecado original, sino en un contexto de pecado social, y no se discuta más, no es ni de buen cristiano ni de buena gente andar clasificando la moralidad de los actos de las personas según las procedencias socioeconómicas y culturales, así como también te han adoctrinado tus ya difuntos padres, antes incluso que la Biblia Latinoamericana (que los fachas dicen que es roja desde siempre), y aquello será por siempre en ti, que vendrías a ser vos, mucho más que palabra de Dios, eso será por los siglos de los siglos La Verdad, lo que te obligaron a creer en tu casa y más tarde en la escuela de aquellos curas peronistas, y que un poco por la fuerza y otro tanto por la razón te entró, y además has visto que los ricos también lloran y roban, desde Verónica Castro en la telenovela casi homónima hasta acá, entonces a nadie aquí se estigmatiza y menos por el territorio donde viva tal o cual, y un gran etcétera muy asociado e influido por el Cristo más populista de todos, el del sermón de la montaña.

Te retirarás más luego del improvisado almuerzo, junto a tu hermana, pero tu hermana olvidará su celular en el departamento, cosa que, a la altura de la cancha de Argentinos Juniors, recién se dará cuenta, a lo que vos mirarás de nuevo en tu celular las imágenes de las cámaras del departamento, para ver si el teléfono de tu hermana quedó sobre la mesa del comedor diario, pero no, no se verá dónde quedó el teléfono pero sí, en cambio, ocuparán toda la pantalla rectangular las tres voluminosas nodrizas que dijeron que hoy se irían y que una dejaría las llaves al encargado. Ahí continuarán las tres, moviéndose como animales ágiles y enormes a la vez, acumulando sobre la mentada mesa todas las ollas, cacerolas y sartenes de acero inoxidable, y será entonces que a tu hermana ordenarás «pegá ya la vuelta», al tiempo que para tus adentros te dirás lo que te has reiterado más de una vez en todo este tiempo: que el problema no es la muerte, que el problema es el ser humano.

Minutos después, al entrar al departamento, si las hubo alguna vez, como fuere, ya no habrá fe, esperanza ni caridad y, por lo tanto, mucho menos piedad, sino el palo de amasar que tomarás de un cajón del mueble de la cocina, más tu frase en tono sereno «la traición se paga con sangre», tu fingimiento de que estás conectado con el inframundo y que desde el inframundo te avisaron lo que estaba sucediendo.

Ya no habrá fe, esperanza y caridad; por lo tanto, ningún tipo de razón ajena atendible, pero sí tu odio, un odio que, si en práctica pudieras poner, haría su propio Pentecostés pero con napalm.

Porque la condición humana toda desde siempre ha sido atravesada por el mal, y  en ese sentido, papá, le dirás a tu padre, en ese sentido, mamá, le dirás a tu madre, nadie se salva, que no me den un día facultades de dictador, porque estoy muy triste y no puedo sobrellevar ni esto que pasó con ustedes dos en tan poco tiempo, ni lo que te sucedió a vos, primero, ni lo que a vos, después, viejito, que partiste con esa suerte de sonrisa o de satisfacción, creyendo hasta el final que la gente no era tan mala, que la injusticia social la tornaba mala, pero yo no soy vos, yo no puedo ser vos ni ustedes, yo no tengo tanta piedad y ya lo he dicho, en algún momento de todos estos días me he dado cuenta de que carecía de fe, esperanza y caridad, y a los dos, carajo, a los dos les han robado sistemáticamente, desde que cayeron en desgracia hasta la última toalla, hasta la última media, hasta el último pañuelo.


*




«Las pasiegas gozaban fama de ser denodadas caminadoras. Desde su escondido valle de Pas iban a Santander, o aún más lejos, desdeñosas de ferrocarriles y carretas, como si llegaran de una edad paleolítica, anterior a la invención de la rueda, sin ni siquiera un mal asnillo que las aliviara de su carga, portadoras de sí mismas, de su impedimenta y de su cría, con pesados y seguros movimientos bovinos, hincando en el polvo el triple diente de su calzado prehistórico, que la erguía un poco con altivez de coturno, poniendo en las volubles calles de la ciudad provinciana y balnearia su certidumbre de permanencia secular», ha escrito un tío de tu padre, de nombre, Eduardo, y de apellido, González Lanuza, en Cuando el ayer era mañana, y en ese otro mañana que es tu ayer deberás desarmar la casa de tus padres y todo tendrá que ser rápido.

Las expensas serán elevadas.

Tus padres habrán ya donado en vida unas pocas propiedades muy mal ubicadas.

Y a vos también ya te habrá tocado en suerte este departamento, que guardará buena parte de tu infancia y toda la historia familiar de, al menos, dos generaciones.

¡Felicidades, tu vida poseerá todavía un sentido!

(Happy problem, algunos imbéciles habrán de decir por lo bajo, esos mismos que no te llamarán, pero quítales —queda mejor el verbo con tilde que sin él— los pronombres a todo, como habrás de escuchar así decir por estos días de luto, porque los imbéciles no llaman en general, te dirás y, si te prenden fuego, sácales el «te», será problema de tu sistema térmico y de tu fuego, ya no puedo adjudicar —habrás de decirte— a otros lo que me ocurre, no es lógico ni de adulto adjudicar el incendio de mis bosques, te dirás. Y estaría bueno, te dirás también, cuando reflexiones sobre estos desvíos, escribir en alguna hora muerta un cuento donde todos los personajes proyecten su propia mierda en otros, sus propios fantasmas, pero no pasará a más de una reflexión; enseguida, se te irán las ganas de escribir y de rezar y de permanecer en equilibrio, y regresarás a este párrafo, lo tratarás de finalizar. Y no podrás. Nunca podrás).

Como fuere, tus padres ya te habrán puesto en estas mucho antes de que todos los verbos hayan sido escritos en futuro y, por propiedad transitiva, en la misión de convocar contactos que otros te dieron en el último funeral, contactos de personas de «inmobiliarias tradicionales» o de esas otras que funcionan «al estilo estadounidense». Uno de aquellos contactos te lo brindará un pelado con olor a hez en la boca, a quien no podrás olvidar, así burles la máxima de no victimizarse, de dejar de usar pronombres como el «me» para hacerlo. Más bien antes llamarás a ese contacto del pelado sólo para hacerle perder el tiempo y para hacer quedar mal a ese nuevo enemigo de calva lustrosa. Asegurarás, más tarde, y como siempre has asegurado, no ser rencoroso, tu terapeuta te confirmará que no, que nunca fuiste rencoroso, y te anotarás, así, un punto más en el campeonato de la impostura, y todo será por hacer quedar mal al pelado en cuestión. Pero este será sólo otro desvío, un nuevo rizoma, una venganza pequeña. Lo importante:

Lo importante redundará en que todas las personas a las que llames para tasar el departamento, cuando se presenten, en el mejor de los casos, te dirán «lo siento» cuando expliques que él acaba de morir, que ella lo hizo cinco meses antes.

Lo importante: todos nada opinarán si acaso te explayás y contás que, en el caso de tu padre, fueron cinco años de tortura y prácticamente trescientos sesenta y cinco días de postración en caída libre. Y a nadie menos aún le importará tu tristeza. Es más, habrá quien sólo se interese por su ombligo ya sea para decirte de modo falsario que te echa de menos (o que te odia), no con palabras explícitas, o sí, también con palabras explícitas. No interesará. Quedarás, en todos los casos, al borde de una cornisa, ausentes tus pretendidos amigos históricos, como un cagalástimas cualquiera, con el culo sucio; Gary Lineker cagado encima en el Mundial de Italia 1990, en aquel partido que creés que fue contra alguna de las Irlandas; harto, además, de tener este agujero en el plexo solar que ya no se llamará «angustia» ni tampoco «duelo» a secas, sino «odio», otra vez «odio». Porque estaba escrito en alguna sagrada escritura que los días pasarán y que el odio (por huérfano, solitario y viejo) habrá de crecer en tu podrido corazón al ritmo del desánimo, y ¡oh!, el duelo que imaginaste toda tu vida podría suponer un cambio radical en tu alma, antes que eso será vacío, repudio y violencia frente a la miseria, la negligencia y la avaricia de las nodrizas mecheras, los martilleros públicos, tus examigos que aún se creerán tus amigos y, te faltará escribirlo a estas alturas, los dueños de camionetas y camiones que llevan sus cornetas por los barrios gritando «compro heladera, lavarropa y muebles viejos, señora». Pronto sabrás, carajo, que, a) así como las unas han sido creadas (no como tu tío abuelo, no tampoco como Corominas o tu padre) para aprovecharse de los ancianos, b) que los otros sólo estarán en este mundo para llenar su cartera de propiedades en venta y así ver si la pegan con una y comisionan en dólares, y c) que los últimos serán el peor producto de las maquinarias del infierno, demonios esféricos y sinvergüenzas que tendrán una F150 o parecido y que se ocuparán de violar, con tu silenciosa complicidad, con tu irrenunciable tristeza, el espacio que habitó alguien tan débil como tu padre una vez que tu padre cumplió lo que la biología había anticipado y terminó en la morgue de un sanatorio. Ah, y eventualmente orbitarán más martilleros y compradores de muebles, junto con muchachas a las que acudiste cuando creías que te matarías si antes algo no hacías con tus días, y aprenderás a bloquear y a borrar con fría crueldad de tus contactos a estos, los otros y los de más allá, porque no respetarán el dolor ni la muerte seguida de la enfermedad, y porque ya serás, a este ritmo, una mala persona, dolida, pero mala persona, a quien, ni las mentiras que se procuró para sobrevivir y no caer en la segura gran depresión de su vida, lo salvarán de la condena de aquellas que hasta pudieron llegar a albergar alguna incierta ilusión.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, por fin morir. Tal el ciclo, te dirás, para ahuyentar de ti tan oscuros pensamientos, como aquellos del parágrafo anterior.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, depresión, depresión.

Nacer, crecer, reproducirse, asesinar o matarse y hundir la cabeza en las aguas del Leteo.

Luego.

El final.

¿Y por qué esto se llama «Quince minutos de “Balada para Adelina”»?, te preguntarás también, sin aún saberlo.

Volverás al hilo. O, dicho mejor, a la fuga de todos aquellos que en tu conciencia te persiguen: nacer, crecer, etcétera. Y llegarás a la rémora socialcristiana de tu cabeza una vez más, quien pretenderá darte lecciones y te obligará que agradezcas que todos esos pasos tus padres dieron y no como otros, que nacen y se mueren, o como otros menos afortunados que nacen, enferman y nunca mueren porque siempre sufren. Y de nuevo te dirás que nunca fue el problema la muerte, que el problema siempre fue la condición humana, incluida la mía, y habrá mañanas de espanto y Vortioxetina, y otras de correr a un colectivo o al tren que está por partir, y te procurarás que cada hueso y cada músculo te duelan haciendo ejercicios imposibles, todo lo que haga falta, incluido el sexo, menos drogarte, para poder atravesar un día más, un sólo día más, nada más que un puto nuevo día, puesto que, ahora, muchacho, tienes una misión, un sentido, un propósito: vender la propiedad que fuera de tus padres y que ya ha sido saqueada a precio vil por uno de estos que en la internet te compran «muebles de estilo» y se te llevan hasta la última maceta.

«Compro heladera, señora; muebles antiguos, lavarropas, bicicletas, triciclos y vajilla. Compro, compro, señora, y le toco el culo a su hija y me la llevo en un canasto para que me trabaje de puta en un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas».

*




«Las recuerdo, anchas de osamenta, ampliada la curva de las caderas por la superpuesta pluralidad de los reflejos multicolores, entre cuyas reconditeces se escondían las faltriqueras para los cuartos o las relucientes monedas de plata cobijadas en los tercos nudos de sus grandes pañuelos», ha escrito el tío de tu padre, también, y así leerás, pero eso será mucho después de la firma datada de estos escritos, que, antes, dirán:

Te estoy viendo en la tentación de buscar etimologías. Querrás comprender qué es un «duelo» y qué el «odio» y cuál es la relación entre ambos. Y en la libre asociación de ideas a nada claro llegarás y tu cabeza colonizada te murmurará las coplas de pie quebrado tan conocidas y aprendidas en el tercero o cuarto año del secundario dominado por aquellos curas peronistas, aquellas coplas de un tal Manrique, donde dicen:

 

...cuán presto se va el placer

cómo, después de acordado

da dolor.

 

Lugares comunes y abuso de itálicas y comillas españolas, que tanto te seguirán atrayendo aunque estarás arruinado,

jodido,

hecho el resto del hombre que alguna vez creíste ser,

y entonces Corominas, sí, cómo no, Joan Corominas, más comillas españolas, la letra D, y ¡sorpresa!, resultará ser, ¿cómo no lo pensaste?, que «duelo» es multívoca, no así «odio», y leerás y copiarás con un ventilador a tu diestra y el diccionario etimológico sobre tus piernas, acerca de la primera voz, que proviene de «desafío, combate entre dos», empleada por vez primera hacia el siglo XV, cosa de la que habrás de dudar y mucho, y que, además, verás que se relaciona la misma voz con la «alteración del sentido (por influjo de duo “dos”) del lat. duellum “guerra” (…)» y (curiosidad), muy al pie, recién, la que creías como primera asociación de «duelo» y «dolor», para lo cual, pensarás llegado a este punto, deberías aún leer «doler», pero ni para el «odio» ya tendrás ganas, o sí, puesto que, al fin y al cabo, el diccionario continuará sobre tus piernas y nada mejor tendrás que hacer; entonces «odio», y un fraude su origen, puesto que lo más interesante será el leer que proviene del latín odium y, como con eso no harás nada, buscarás en internet, como antes has buscado a los mercachifles violadores del pasado, «compro, señora, compro, lavarropa, heladera, muebles, televisores, ropa usada, adolescentes» y, no conforme, hasta intentarás que una inteligencia artificial te ayude en la celeridad de tu búsqueda, y esto encontrarás antes de querer pegarle una patada a tu máquina:

Que odium era una voz latina, un dispositivo lingüístico creado para significar la fuerte aversión hacia alguien, y te dirás que la definición es incompleta, puesto que no sólo se odia a una persona humana, que también se puede odiar a un animal, a una planta, a un recuerdo, a una cosa, cualquiera sea, y a esa hora de la tarde (los relojes de tu casa marcarán las cuatro y cuarto de la tarde) no sabrás ya cómo seguir y, en tu ignorancia, necesitarás de la red que siempre suele darte el libro de Jonás, o bien el extenso del piadoso Job, el uno que se enfada y que es la ira misma cuando es vomitado en Nínive, el otro que supone la aceptación de todos los peores males que un sujeto puede tolerar en este mundo, pero tal red, esta vez, no te será de utilidad, pues estarás huérfano ciento por ciento y con el recuerdo todavía vivo de cómo se llevaron el bahiut, el juego de living de tu abuela, el juego de jardín que se hallaba en el balcón, el espejo donde se reflejaban las imágenes de tus abuelos maternos y de tus padres, la cabecera de la cama que fue primero de unos y luego de otros, la cómoda, las mesas de luz, los cuadros, las ollas y cacerolas y sartenes y jarros de acero inoxidable que las nodrizas mecheras días antes han procurado robar. Recordarás, enumeración, todo aquello y las camas que todavía habrán de quedar, la maceta aquella y los dos macetones, todo, todo menos lo que tu hermana ya te habrá pedido para ella: la mesa del comedor, dos divanes, la vitrina, una biblioteca.

¿Qué música poner, entonces?

¿Y cómo se sostiene esta vida?

¿Si te has mentido y a todos has querido mentir?

¿Si no es odio, no?

¿Si es dolor?

¿Para qué negarlo?

¿Y por qué no habrás de usar signos de pregunta cuando a estas conclusiones arribes?

¿O por qué los emplearás cuando todo esto corrijas?

Y para qué intentar negarlo, te repetirá tu otro yo desde el pasado. Si todo habrá de resumirse en este agujero negro que vos y yo en el plexo solar sentimos, ese yunque tan parecido a la angina de pecho, que no calmarás ni con el amor o el cuerpo de una mujer ni con el alcohol ni con la Vortioxetina.

¡Ea pues Señora, abogada nuestra!

El combate entre dos, entre tu yo y tu ego, o entre tu yo y tu otro yo que es el otro yo que no soy yo, o entre el cuerpo que te carga desde que naciste y el que finge ser, a tu edad, un hombre serio que a nadie carga.

El duelo interno, amigo mío, donde, si pierde uno, pierden siempre los dos, e incluso los tres.

Un duelo donde, por supuesto, todo se apoya en la tierra del odio, que, a la postre será y siempre habrá sido el postre del dolor, más confrontación, guerra y repelús contra todos los que conformamos desde siempre el ti mismo.

«Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar».

«Compre, señora, compre».

«La traición se paga con sangre».

Adolescentes virginales dentro de un canasto transportadas en una F150 hacia un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas. O de cualquier otro punto cardinal de la Patria o de su Madre, que nuestros mayores nos legaron.

Y más comillas españolas. Muchas más comillas españolas, más un loco suelto en la internet, a quien verás y atenderás por estos días de tristeza y calor, que pronunciará sin remilgos que, antes que el Hacedor nada creara, se hallaba Él en su Magnífica Soledad Cósmica junto a Castilla, que es tan inmortal, imperecedera, católica y eterna como el mismo Dios que allí se halla sentado en un banco que no existe, junto a Castilla, la nada, y acaso en Castilla, solo y furioso, el toro de lidia que representará hasta el Juicio Final a todos los toros de lidia que más tarde corran por Las Ventas y Sevilla.

Y amén.


*




«Las pasiegas eran hábiles comerciantes, duchas en el tira-y-afloja del interminable regateo», ha escrito el tío escritor de tu padre, pero no que el duelo carece de definición y que, al menos, de tal modo impresiona en Castilla (escribirás llegando al final de este relato que nunca sabrás si más bien resultó un no-ensayo, e ignorarás si lo que habrás de escribir en esta oración ya lo has escrito, y de todas formas te escaparás de este paréntesis no sin exhibir tu cobardía, en diciendo «territorialidad teológica» y otras cosas raras que trabarán la lectura de la pobre persona que pretenda leerte, pero allá tal o cual que desee leerte en cualquier tiempo verbal, te justificarás, doblemente harto, pensando en cambiar dólares para sobrevivir, y escribirás igual, porque esto debo terminarlo, te dirás, y escribirás trabado, decíamos, por fuera del paréntesis, «territorialidad teológica», y «territorialidad teológica» encontrará tu torturado lector al salir de aquí), territorialidad teológica, según cierto hispanista ultramontano de gracioso apellido itálico, quien ha dicho en más de una ocasión que tal región existe desde antes de que Dios lo creara todo (aquel ítalo-hispanista que ha imaginado a Dios y a Castilla en el medio de la nada, también suele decir —evocarás, recordarás, tu memoria te dirá—, que Cristo a Pedro entregó Roma; que a Juan, su madre, y que a Santiago, España, de lo que se desprende —también algo te dirás— un raro silogismo, donde la Hispanidad construye una sinonimia cacofónica con la Cristiandad, así en mayúscula, y donde, además, Cristo, por poco, es un manchego eterno que alimenta toros de lidia y se alimenta, a su vez, de quesos y puercos).

Antes del iterado escollo parentético volverás a escribir que el duelo en Castilla parece carente de definición, así posea dos acepciones, una en la confrontación, la otra, en la relación dolorosa y problemática de los deudos frente a uno o más cadáveres, y ha de ser así, concluirás sin ya saber a qué hora llegará tu cambista de confianza, porque no hay en verdad conocimiento del mundo que pueda definirse como verídico a través de la mera palabra; que a esta conclusión habrás de llegar no mucho después de las cuatro y cuarto del mismo día, o bien de otro muy igual. Y así y todo pronto caerás en la cuenta de que la Real Academia desconoce al mundo y también al ser humano, puesto que el duelo no sólo se relaciona con un cadáver, te dirás, y no irás más lejos en tu escritura de tu no-ensayo para no abundar en obviedades, en lo palmario. Más bien antes esperarás a tu cambista ilegal y a una compra compulsiva del día anterior que te debe llegar, como has leído un poco antes, entre las 15 y las 21 horas, y desearás que te caiga más trabajo retrasado como el de recién, que te permita matar las horas de un modo distinto, acaso menos escabroso, quizás más automático y saludable, que escribiendo esto, pero mientras nada de todo aquello ocurra (los agradecimientos de un cliente a su libro por ti escrito, en verso libre; más el epílogo elogioso de un catedrático al mismo libro, etcétera), ¿qué música poner?, te preguntarás, y también ¿cómo nublar la memoria y no pensar en el departamento ni en tus padres ni en los pétalos de rosas y los dos funerales, comenzando por el último y luego por el primero de los entierros, el infierno tan temido de cuando eras apenas un niño que manchaba sus calzones y que increíblemente se había confrontado hacia los tres o cuatro años con la noción de la muerte y no soportaba, pues, que sobre todo su madre no llegara del trabajo a la hora acordada, y era entonces que te debía bajar la nodriza de turno, otro tipo de nodriza, más cercana a las del valle de Pas, no cuida-viejos sino cuida-niños, junto a tu hermana que no dolía, como sí en cambio tú, que vendrías a ser vos, y a los gritos te bajaban a la avenida y la muerte no era un cadáver ni un accidente ni una enfermedad, la muerte resultaba la mera desintegración de tu madre, y luego, cuando ella llegaba al fin a casa, como también más tarde tu padre, te quedaba el saber bastante científico de que ambos un día habrían de morir y que, cuando tales hechos sucedieran, no habrías de soportarlo, y ahora que aquí estás, que hasta aquí has llegado, te preguntarás cómo terminar con todo esto o, con al menos, esta tarde, tras los días anteriores de la última muerte, las nodrizas mecheras, los martilleros públicos y el gordo rufián de la F150 auxiliado por el par de facinerosos expertos en ultrajar lo que fue un hogar en cuestión de tres horas?

Y no, no habrá respuesta, el dólar volverá a dispararse y los cambistas saldrán de sus cuevas a realizar sus grandes negocios, y uno de tus clientes escribirá en verso libre su agradecimiento y su dedicatoria del libro que jamás escribirá, y sobrevolará otra vez en tu putrefacto corazón el odio y el aburrimiento, pero por sobre todo el odio para no llorar, para no entrar en crisis, y los de la compra compulsiva del día anterior no tocarán el timbre hasta tarde, y los de la administración del edificio que habitarás enviarán un correo donde anunciarán que mañana todas las bicicletas arrumbadas en la terraza serán retiradas y arrojadas a la basura, tal como se ha advertido meses atrás, y pensarás que ahí, arriba, ha quedado la bicicleta Bianchi que fuera de tu madre, pero que nada harás por ella, que no la rescatarás del seguro olvido ni del reverbero de la muerte, porque está rota, porque es pesada y porque no es necesario, en el fondo, hacer ya nada, más que bajar el precio publicado del otro departamento, el de tus finados padres, que eso es lo único que falta para cerrar con este capítulo, donde fuiste hijo hasta que de forma definitiva dejaste un día, no hace mucho, sólo dos meses y monedas, de serlo, puesto que has recuperado de repente la mera noción de la matemática y tu padre murió hace dos meses y tu madre hace siete, por eso la distancia entre el fin de ambos da cinco y no hay música de fondo que poner, o si la hay; tan solo deba de tratarse de esas músicas que sonaban en un edificio de unos amigos de tus padres sobre la calle Rosario, frente al Parque Rivadavia.

Richard Clayderman en el ascensor, ¡maravilla!, quince minutos de «Balada para Adelina».

Vos de chiquito.

Todos aquellos quince minutos.

Subiendo y bajando dentro del ascensor de la calle Rosario.

Creyendo que aquella música te hacía feliz.

Sólo subo y bajo, mamá.

Sólo suyo y bajo, papá.

No, hijo, no podés quedarte solo.

Bueno, entonces, acompáñenme, y llévenme luego a la plaza, a las hamacas, esas hamacas que ya no existen y que precisaban del impulso de tus pies para volar.

Acompáñenme, por favor, aunque no todos mis recuerdos sean ciertos, puesto que cuando el señor Clayderman sonaba yo aún no sabía sumar y mucho menos entender cómo se determinaban quince minutos, no más, no menos, aquellos quince minutos de felicidad por los que hoy habrías de matar, si tuvieras a quien hacerlo.

Y que ¡hostias!, el dólar seguirá subiendo, y el cambista ya te habrá fijado un precio cada vez más bajo, segundo a segundo más bajo, y así será que perderás plata por andar escribiendo (y abusarte de los paréntesis, que no fueron creados por Dios, el de Castilla, para estas cosas), y no te será gracioso terminar así estas otras cosas, para nada te será gracioso, o lo será tanto como un cliente taimado escribiendo en verso libre los agradecimientos o la dedicatoria de aquel libro que le habrás escrito y que tan buena crítica tendrá de numerosos catedráticos hispanoamericanos que saben, como Cristo, de quesos y puercos, y de toros de lidia, allí en Castilla, como también en La Mancha.

(Y no sea cosa, acabarás por decirte —al ritmo del pianista francés, pues el loco ítalo-hispanista es educador, como tu cliente, y otrora investigador del Conicet—, y no sea cosa, te dirás aunque redundes, al son del tarararará, que el loco facho chauvinista chicloso que cree en Dios, Castilla y la nada, llegue acaso a leer aquella magna obra que habrá de preludiarse de versos libres y que, por propiedad transitiva, también replique elogiosos elogios que te elogien sin que lo sepas).

Amén, y amén, gloria al Señor. Y al dólar que sube y no para, como pretendía el Fondo Monetario Internacional y como al fin y al cabo siempre sucede con países como el tuyo, que no habrá de ser ya el mío, para cuando metas el punto final y pienses en contactarte con los de la inmobiliaria, que no habrán entendido hasta ahora que jamás buscaste hacer negocios con aquel departamento que fue de tus padres, que sólo te lo querés sacar de encima, cuanto antes, como a esta tristeza que es, sobre todas las cosas, una soledad, a la que adjetivarás, antes del punto final de tu no-ensayo, como «insoportable».

 

JGC, Buenos Aires, diciembre de 2025

17.4.26

Pack Yr Romantic Mind


En el sueño siempre mi exhogar, del que he vuelto a tener llave, no guarda relación con su arquitectura. En el sueño posee tres plantas, si se cuenta a la baja, como en "lo real", pero ocupa casi una manzana completa. En el sueño de hoy hubo más bien pesadilla. La gran ballena me devolvía de regreso a mi (quitémosle el supremacismo blanco heterosexual) matrimonio y debía determinar cómo serían redistribuidos los espacios, las habitaciones y los baños. No había deseado aquel regreso, la gran ballena se había encargado, como también me había conseguido un trabajo en un colegio secundario en el que daba clases supongo que de lo que sé para alumnos que habían repetido demasiados años y ya eran hombres gruesos y violentos. En el sueño. En el sueño sentía unas fuertes ganas de orinar en mi primer día de trabajo, otra vez de vuelta en la contrahecha vida marital. Sentía fuertes ganas de orinar y me preguntaba si no era todo aquello parte de estar muerto. Y, al ingresar al baño, un charco de orines, heces y otros fluidos, con letrinas haciéndose gárgaras y meaderos colmados, más tres muchachos, uno muy gordo y muy alto, que había vomitado, que me miraba mientras yo buscaba el meadero menos tapado, que vomitaba otra vez salpicándome el hombro, mi hombro del sueño, el hombro de un blazer azul, untado por unas líneas parecidas al hummus. En el sueño. Contenida la respiración. Frente al mingitorio elegido, el menos colmado de pis y de mierda. De blazer azul, sí, y en traje de baño debajo, más zapatillas azules, las mismas que uso por estos días de recuperación, y el gordo que se me acerca, que pretende deslizar su diestra en mi pierna, que busca ascender hasta mis testículos mientras el chorro de orina que largo es copioso. Pero. Mecanismo de defensa. Dentro y fuera. Corto el meo, guardo mi sexo y, de un giro, sin importarme ya si la muerte será el término (de todos modos omnipresente) de estas últimas acciones, de un giro, decía, sin importarme ya nada, cazo al alumno gordo y alto del cuello de su delantal blanco y comienzo a estrellarle la cabeza contra los azulejos del baño, que descubro que eran azules o celestes o grises y que ya no lo son, una, dos, tres, cuatro, cinco veces, con el propósito de matarlo para que nunca vuelva a pensar en violarme. En el sueño. Y en el sueño mis zapatillas azules y los zapatos negros del alumno se salpican con el orín, las heces y los otros fluidos que ya son también sangre, y los otros dos que lo acompañan ya trocaron al pretérito tal verbo, a la vez que mi faena se prolonga hasta que no la resisto y me despierto, y horas después escribo estas cosas mientras escucho "Pack Yr Romantic Mind", Stereolab. "The greater is the beauty. / The profounder is the stain. / Significant of the forbidden. / Transgressed in eroticsm". Y así. Sucesivamente.


30.3.26

Barrio Chino

Vi therians. Adolescentes que se ladraban entre sí. Que, a metros del Barrio Chino, bajaban las barrancas o las subían. Que jugaban a ser zorritos con máscaras algunas no muy sofisticadas, de cartón. Therians que habían llegado en el 55, en el 15, desde el oeste o el sur. Chicos necesitados de hacer durar la vida sin sentirse del todo humanos, del todo grandes, del todo víctimas del secuestro del tiempo.

Y vi a un tullido, casi sin pantorrillas, dar séptuples vueltas mortales, con un metro sesenta de estatura, y a un moreno que giró hacia atrás elevándose casi dos metros, compañero del otro, y a siete chicas bailando k-pop.

Y también vi a un anciano atascado en una ochava del Barrio Chino, junto a su mujer: el andador clavado en la vereda, el pañal torcido bajo el pantalón de fin de semana. Emperrado igual el hombre en cruzar la calle, no sé ya ni qué calle, y luego al servicio de urgencias vi y al mismo anciano, sentado, en un ojo un río de sangre o más bien una mueca, el principio de una hemorragia interna, y ahí el anciano otra vez, en el Barrio Chino, mordiendo los últimos trozos de este pastel.

Ninguno de todos estos del Barrio Chino se quería morir. Tampoco el Hombre Araña que se pone a bailar un poco antes de atravesar el portal.

24.3.26

Vita di merda

No pretende ínfulas de ingenio. Vita di merda, la película que ha de rodar, supone una reversión en todos los sentidos de La dolce vita, una variante de los pecados de la aristocracia romana, pero donde no hay Roma ni romanos, sino los últimos treinta años de una vida de clase media dejándose guiar, como en la del director italiano, por una serie de situaciones sin estructura aristotélica; clásica, por decirlo de otro modo. 

Vita di merda, en consecuencia, es un drama pequeño-burgés. Nada nuevo bajo el sol. Nada original.

Inicia con un secuestro, 1997. Cinco tipos armados hasta las amígdalas. Ciudadela, provincia de Buenos Aires. El Marcelo de esta historia está al volante de un Renault 11, un coche tan medio pelo como la clase media argentina, casi nuevo, es verdad, pero nada que llame la atención. Marcelo ha detenido minutos antes el Renault 11 para besar a una de sus novias. Como el Marcelo de La dolce vita, tiene al menos dos o tres novias. Pero entonces el Fiat Uno, los cinco tipos armados hasta las amígdalas, con handys o handies o jandis, cómo carajos se escriba. Uno se llama Prevención. El otro de otra forma muy policial también. Policías bonaerenses de los noventas del turco y el gobernador Duhalde, policías de franco o exonerados que se ganan la vida con este tipo de pasos de baile.

Marcelo sobrevive. Su novia también. Jesús, María, os amo, resulta la jaculatoria que Marcelo, el de Vita di merda, comienza a repetir las semanas siguientes, oración que termina en una exclamación: ¡Salvad las almas!

Marcelo, a diferencias del de La dolce vita, aún cree en algún dios. Pero no habrá dios que le quite la desesperación, ese echarse en la cama de costado y no querer salir ni al balcón. Es un muchacho que vive con sus padres, nada más que un muchacho tonto de clase media que nada conoce de la vida y que se ha visto sorprendido por un secuestro.

Aquí tenemos ya el primer episodio de Vita di merda.

Treinta, perdón, en realidad, veintinueve años después, este Marcelo sufrirá su segunda intervención quirúrgica, y aunque conozca al amor, sabrá que sus días están contados.

El resto se encuentra dentro del esqueleto del guionista que también dirige la película.

Se estima que Vita di merda, si todo marcha a contramano de como han marchado las cosas, se estrene en 2034, en un hospicio psiquiátrico, ese mismo donde Roberto Sánchez, alias Sandro, en una película hermosa quedó internado junto al Nahuel Huapi, una vez que quedara paralítico y ciego.

Pronto habrá más novedades, si las hay. Porque ahora mismo debo salirme de este blog. Golpea la Parca ya no la puerta, sino las paredes, el techo y hasta el piso de madera más bien barata de ese departamento también lleno de fantasmas. 

Muchas gracias, los quiero mucho.

Marcelo. 

8.11.25

Entel

Quiero llamar por teléfono a mi mamá. Con mi papá ya se hacía difícil desde el 2023, el Parkinson le impedía hablar como él deseaba; por él fui González y por ella Cozzolino. Es una tradición iniciada por mi abuelo paterno, que, a diferencia de sus hermanos varones, a quienes todos transmitían a su herencia el "González Lanuza", prefirió no omitir a su esposa, de apellido Font. De tal suerte que mi papá fue González Font y, llegado mi momento de ser el primogénito, yo no fui "González Font" sino González Cozzolino, algo les aseguro que muy raro en la Argentina o en la Buenos Aires del siglo XX. Luego, porque "el González" es demasiado común, experimenté que el "Cozzolino" y hasta el "Cozzo" fueran más fáciles para identificarme en los ámbitos escolares, y asimismo elegí alguna vez darme en llamar "Javier G. Cozzolino" por necesidad de síntesis en cuanto cosa escribí en mi vida, desde notas periodísticas que habían vencido antes de ser publicadas hasta libros.

Ayer volvió a surtir efecto la eliminación del "González" en el tercer cuento que me aceptan en Polvo, una revista que intuyo ocupa el lugar que dejaron vacío otras revistas como La Agenda (aunque La Agenda, originalmente fondeada por Horacio Rodríguez Larreta y el Pro, nunca fue otra cosa que disidencia controlada, donde la progresía se acercó a facturar lo que no pagaban otras revistas del mismo segmento; yo fui uno de ellos, a nadie señalo con el dedo).

Fuera del largo paréntesis, en Polvo volví a ser Javier Cozzolino. Es como normalmente me conocen los pocos que me conocen. No me quejo. Es tan solo un detalle y demasiado frívolo, pero que me vuelve a conectar con el inicio de estos párrafos: que quiero llamar por teléfono a mi mamá, hablar con ella acerca de cómo está mi papá, cortarle el tema con algo curioso, meterle cualquier delirio para que se lo crea un rato, desmentírselo enseguida, decirle que mañana me paso. Carajo, no es fácil el duelo.

En charla con hijo menor por WhatsApp ayer le comenté que tenía ganas, muchas ganas, de hablar con mi mamá.

Él me dijo que la tiene muy presente y que también a mi papá, su abuelo, sobre todo en esa foto donde él es un bebé y en brazos de mi padre come flores.

Le respondí que no sé dónde ni cómo están.

Mi hijo me dijo que crea en él, que confíe en que están mejor, y que él sabe dónde están.

No es un beato pero tiene ese don de creer. Debo creer entonces a través de las palabras de un chico de 17 años.

Todos de alguna forma soñaron con mis padres (hablo de mis hijos), en mi caso sólo tuve un sueño y en él mi mamá me insultaba de todas las maneras posibles mientras mi papá callaba. Naturalmente fue una pesadilla, me desperté, creo que me volví a dormir tras dar vueltas por el departamento deseando fumar un cigarrillo que tengo prohibido por la ciencia médica.

Hay noches en este duelo donde temo seriamente perder la cabeza.

Hay noches donde necesitaría llamar a medio mundo para que me distrajera.

Y existen mañanas (casi todas) donde despierto desesperado.

Pero todo lo relativo a buscar contención, lo sé, sería inútil. Al principio y al final mis padres están muertos. Y las noches y las mañanas se sucederán igual.

Recuperé un borrador escrito un año atrás y que ahora lleva un nombre más acorde, es una novela corta que ignoro su destino y que refiere la inminencia de la orfandad en conjunto con la pérdida de la salud y del amor a una edad crucial para cualquiera que no se haya limpiado antes (o que no haya tenido la mala fortuna de ser tomado por una tragedia o una enfermedad horrible como el cáncer). Es ese libro, su corrección sin pretensiones ni expectativas, de las cosas que hoy más me alivian.

Avanzo despacio, en el mientras tanto, con la lectura de Bulgákov y Carrère (y a veces retomo los cuentos de Lucia Berlin), y combato molestias en la espalda y el estómago con medicina, para realizar mis rutinas de ejercicios.

Hoy tal vez vengan dos de mis hijos a cenar a casa.

Simbólico, inconscientemente simbólico: me traje de la casa de mis padres tres teléfonos, dos inalámbricos y uno a disco, de Entel. Sobra decir que el de Entel no funciona y que de los otros dos, uno seguro tampoco.

Me resta probar al que me traje ayer, puesto que ayer debí regresar al barrio de Flores para que me clavara un tasador del Mercado de Pulgas, de esos que te compran muebles a precio vil.

Acaso hoy tome ese último teléfono y vea. Tiene incorporado un contestador automático. Y es probable que haya una grabación: la voz de mi mamá.

Todavía, por esa razón, no lo conecté al módem y demás.

Me voy a calentar agua para otro termo de mate.

3.11.25

Dónde están

Debiera ser esto un tuit, algo más corto. En parte lo es.

Pasan los días y el cuerpo registra lo que no puedo expresar con una parte de él: la cara.

A menudo pierde todo el sentido.

Enseguida, dolor de espalda, mareos, una molestia justo acá, en el costado izquierdo del estómago.

Luego irrumpen fotos, sonrisas perdidas cincuenta o sesenta años atrás.

Ahí están ellos dos, en un aeropuerto, felices, jóvenes, todavía sin la carga de los hijos. Sin también, no debo ser injusto, la supuesta felicidad de los hijos.

Suelo asimismo detenerme en fotografías de mis siete u ocho años. Nunca más tuve esa expresión en la mirada. Ni aquella sonrisa que la siento todavía más lejana. No fue culpa de nadie. Un día la biología de unos empujó las voluntades de otros. Y todo cambió para siempre.

Hoy madrugué. Tras un par de horas de viaje dormí una pequeña siesta todavía durante la mañana en la casa que fue de mis padres, que ahora está vacía, que ya he puesto a la venta. Dormí como no duermo en mi casa. Dormí como no duermo en ninguna parte. Limpio de sueños y pesadillas. Con cierto alivio. Con alguna ¿protección? Desconociendo en mi descanso que ellos ya no están, que no existen, que fueron sepultados.

El timbre, mi hermana, me despertaron. 

29.10.25

Cronología

Mi padre murió hace 29 días, mañana llegarán los números redondos. Escribo por el mismo motivo de siempre: para encontrarle algún sentido a todo, aquel sentido que a nada le encuentro. Escribo porque quizá me guste desnudarme, esperar en una ochava con apenas un impermeable y escandalizar a quien sea. No lo sé.

En estos últimos 29 días me persiguió un reloj con carrillón de esos enteros, alemanes, que van desde el piso hasta el techo. Lo quise vender y a punto estuve, 1500 dólares había acordado con una vecina. La hermana de la vecina le dijo que no lo hiciera, que ya basta de compras absurdas. Debí cargar en un flete el reloj, una heladera, la mesa donde cenábamos en mi infancia.

El reloj es mi padre.

Él se encargaba de subir las pesas, de cuidarlo. Lo recuerdo desde muy chico. De alguna forma atávica -pero no quiero calificarme ni menos entrar de costado en categorías freudianas-; como sea, de algún modo he recreado el departamento de mi infancia en mi departamento. Sé que es una manera de escupirle en la cara a la muerte, al paso del tiempo, a los distintos sonidos del carrillón. Sé también que todo es inútil.

(Hubo otro reloj que me persiguió antes, se activó, sin que se le diera cuerda, uno de estos días. Es un reloj centenario que perteneció a un tío abuelo político que supo defenderse en la vida como yo, haciendo de escritor fantasma. Desde hace unos días ese reloj ha dejado de funcionar hasta nuevo aviso).

Mañana será ya un mes desde la partida de mi padre, y el 9 de noviembre se cumplirán seis meses de la muerte de mi mamá.

Aquel último final -por muchos "imprevisto"-, en verdad resultó más práctico. Mi madre se ahorró la postración, la demencia, los pañales. Odiaba ser vieja, se le había instalado en la cabeza, aunque no lo dijera así, que volvería a ser joven y que otra vez retomaría su profesión y que manejaría hasta Mendoza de un tirón. Procuré con ella intentar que se cuidara, que tuviera en cuenta los alimentos que le empeoraban su salud arterial. Le di a mi infarto como ejemplo. Le dije que sal no, que galletitas dulces tampoco, que casi todo tenía grasas de distintos tipos. Pero mi madre era una negadora profesional y ahí estaban el maní japonés y el Baileys mal escondidos.

El 22 de septiembre le practicaron una gastrostomía a mi padre.

El 29 de septiembre se murió.

Antes, e incluso mientras mi madre iniciaba el proceso de su muerte, internada, con morfina, debió vivir postrado con una sonda nasogástrica. Conectaba mucho conmigo, aunque ya en los últimos meses no. De todos modos entiendo que supo que su compañera había partido antes y sin dar aviso, y entiendo también que en esas fracciones de lucidez, debe haber visto el horror, así fuera muy creyente.

No es fácil llegar a viejo, menos aún postrado casi de un día al otro; mi padre, un día estaba en silla de ruedas, venía el kinesiólogo, lograba ponerlo de pie, conseguía incluso hacerlo caminar con el andador. Y un día, una internación, la muerte que parece que ganará la partida esta vez, pero la pierde, aunque deja su aviso en cada hueso de mi padre. Y en su cabeza ("¿dónde está mi mujer; dónde estás, vieja?"). Ya no podrá ni sentarse.

El 22 de septiembre le practicaron la gastrostomía. Unos quince días antes fui solo a entrevistarme con los cirujanos y a ordenar todos los estudios que eran necesarios. Me recibió uno de los muchos que lo intervendrían, coordinados por el médico paliativista.

No quiero mandarlo al cadalso, dije.

Es una operación sencilla, me dijo, de no más de cuarenta minutos.

Yo hago un acto de fe, estoy solo, no está aquí mi hermana, queda en mí todo el peso. Usted sabe, doctor, que hasta una apendicitis tiene riesgo de vida. Y perforarle el estómago...

No hay salida, la sonda lo lastima, no puede seguir todas las semanas siendo trasladado a que le cambien la sonda.

¿Se puede morir?

Convengamos que estas operaciones se las realizamos a pacientes con muchas comorbilidades. La posibilidad es mínima.

"Mejorar su calidad de vida, por poco de vida que le quedara", resultó la síntesis de todo lo anterior.

El 22 lo operaron, el 30 lo vi ya sin vida, era un muerto con una expresión satisfecha, casi feliz, fue el primer muerto que vi con aquella gestualidad. Se fue junto a mi hermana y a una enfermera que iba a domicilio y que fue una de las últimas que pretendió robarle lo poco que le quedaba en el departamento: ollas de acero inoxidable, ropa, pañales, parches de opiáceos, medicamentos.

Los dos, mi mamá y mi papá, se fueron de esta tierra sin sus alianzas y sin una parva de cosas que eran suyas.

Mañana llegará el 30 de octubre.

Mañana llegarán los números redondos.

En todo este tiempo, e incluso desde la muerte de mi madre, procuré, con muchos errores, escapar de la tristeza a como diera lugar, como ahora mismo lo hago escribiendo estas cosas. Sin embargo, por las mañanas se pone difícil. Debo saltar de la cama, estimular mi nervio vago, beber a las apuradas un café y llegar rápido a la Vortioxetina.

No sé para qué se vive.

No sé para qué se ama.

No sé para qué se tienen hijos.

No sé para qué se escriben libros.

No sé para qué se trabaja.

Nada tiene sentido cuando la muerte domina el escenario.

Comparar es una comodidad, una práctica común del autoconsuelo. Por supuesto, entre los miles de millones de seres humanos que habitamos el planeta mi situación es privilegiada. No obstante, comparar también es una falacia que sólo llena de culpa. Cristo entiendo que quitaba demonios, como luego los exorcistas y más tarde los psiquiatras a personas de cualquier tipo de condición social. ¿Debo sentir culpa por escribir estas cosas, por levantarme vacío, por no encontrarle sentido a las cosas, al menos ahora, al menos hoy, al menos en esta hora?

Debería encender un cigarrillo, pero lo tengo prohibido.

Debería matar a esta polilla que sobrevuela mi perímetro mientras el carrillón canta las 11 de la mañana.

Hubo un tiempo, también, donde el sonido de las campanas del reloj obraba en mí una tortura sonora y quería saltar de mi cama con un hacha. Pero esa es otra historia, la historia de una depresión que hasta mereció un libro no fantasma de mi parte, que leyeron pocos, como pocos son los que me leen, mientras muchos quienes toman cualquiera de mis libritos negros.

¿Pero qué carajos tiene que ver este último lamento con lo que importa?

Nada.

Voy a ver cómo sigo.

Para empezar, abrir uno de los roperos, rociar cada cuarto de matapolillas. Y luego.

Tal vez meter un poco de orden a estas horas.

O afeitarme.

O meterme a leer Una novela rusa o los cuentos de Bulgákov que inicié en estos días mientras aguardo devoluciones de dos libros que (afantasmado) he escrito para ganar dinero.

No lo sé.

Iba a llover, no llovió.

El primer cuento que abre mi libro de Bulgákov lo leí en el tren. Es un animal lo bien que escribe así pueda contactarme con él a través de una traducción. Me sentí en un quirófano precario del interior ruso asistiendo a la amputación de la pierna de una niña.

Bulgákov, así dicen, no inventaba demasiado. Al menos en sus cuentos. Ahí es médico, como en "lo real".

Los ucranianos lo odian. Nació ahí. Pero cuando todo aquello era parte de la URSS.

17.10.25

Un sueño

Supongo que los soñé. Cuando mis ojos se abrieron (puesto que no los abrí yo) conté con mis dedos los años que estuvieron solos, sin contar el noviazgo, y la cuenta me dio seis años.

En el sueño ellos eran un matrimonio sin hijos que transitaba aquel periodo estéril con mucha alegría y sensualidad.

En el sueño yo los miraba sin existir y me daba cuenta de que mi llegada a sus vidas en nada contribuiría a la de ellos, así me desearan desde un inicio.

Es más, me daba cuenta de que apenas tendría tiempo de conocer a mi madre. Que llegaría a la existencia de aquella mujer joven pero de ya más de treinta años, que fumaba, que tenía su profesión y su talento, y que no precisaba de la maternidad para existir.

Ok, no era yo ni en el sueño ni fuera de él un correo no deseado, un spam ni uno de esos llamados que se reiteran y uno no los atiende y antes los corta.

Ok también: un abuelo, el materno, en su lecho de muerte, me supo anunciar cual paloma al oído de una virgen judía.

Conozco asimismo la historia donde mis padres se hacen análisis para saber qué pasa con sus fertilidades.

Sé del "milagro", de mi concepción sin pecado.

Pero el sueño.

En el sueño ellos vivían despreocupados, leves, con gracia. Y el matrimonio católico era la máscara perfecta para que nadie los imputara de fornicarios ni cosas parecidas.

Mis ojos se abrieron cuando entiendo que pretendí decirles desde mi inexistencia que no se reprodujeran, que continuaran en aquel limbo, que mi llegada les alteraría absoluta y totalmente todo.

Lo sostengo ahora que lo escribo.

Valía más aquella felicidad sensual de los años sin primogénito que la vida del primogénito ahora mismo, aturdido, sin saber cómo se vive huérfano, frente a una pantalla, escribiendo estas cosas.

Valía más todo aquello sin pañales ni berridos.

(A veces, y este fue un caso concreto, el correo deseado tiende a ser una trampa).

16.10.25

Bank Leu

No debo beber más alcohol, ni siquiera cerveza. Me dificulta las mañanas.

Regresé de lo que fue mi hogar (desde la mitad de la infancia hasta que me fui de ahí) llevado por uno de mis hijos y, tras despedirnos, me dirigí al chino, donde sólo hay dos o tres chinas. Compré:

Huevos.

Queso sin sal.

Dos latas grandes de Brahma.

En la cocina metí en el horno berenjenas con tomate, ajo, otros condimentos, salsa de tomate, el mentado queso, y a todo le eché un huevo. Ínterin bebí las latas de cerveza, tomé mis narcóticos, los narcóticos se fundieron con el alcohol, se hicieron las 3 AM y me levanté convencido de que no podría dormirme en lo sucesivo.

No obstante lo logré.

Pero con pesadillas:

1) Me quedo sin dinero. 

2) Llega el día de la madre y ya no tengo madre.

3) Corro desnudo en un campo y a nadie le importa.

4) Otra vez me quedo sin dinero ni libros que me encargan para escribir como un fantasma...

Ya puedo meter un etcétera.

Me traje de lo que fue mi hogar dos cajas de diapositivas. Vi en una a mi padre haciéndose el gracioso más joven que lo que hoy soy yo, pero como yo hasta ahora mismo suelo hacerme el gracioso, aunque más feliz, él.

Papá entre una amiga y mi madre, los tres jóvenes, calculo que en una casa de Mar del Plata que jamás conocí y que perteneció a la familia. Punta Mogotes.

Mamá ríe bajando la cabeza y mira su Agfa que ya está en poder de mi hija.

Papá algo les dice a los dos torciendo la cara.

La amiga de mamá también sonríe, es alemana. Llegó, clase 1939 o 1940, tras la segunda guerra mundial de la región del Mosela.

Me traje esas dos cajas y por primera vez pensé en lo felices que aquellos ancianos que murieron este año harían el amor más de medio siglo atrás, noche tras noche, convencidos de que jamás podrían ser padres, puesto que aún no había llegado "el anunciado", "el primogénito", "el que debía hacer todas las cosas bien", "el que les falló".

Y también me traje un librito que, en verdad, es un brochure, pero tampoco eso. Se titula "Sobre leones y seres humanos", y tiene ya una falla, le ponen punto a este título, y en la portada hay un león macho con su melena peinada hacia atrás. Pero de lo que menos habla es del comportamiento que nos asocia con los leones.

Se trata de folletería comercial elegante, en resumidas cuentas, del Bank Leu, que ya no existe, que se fusionó creo que en la década de 1990, y que fue fundado en 1875. Datos anodinos. Que sobran.

Pero es que trato de buscar elementos que justifiquen este último hallazgo. De hecho, me traje este volumen pequeño, que creía haber perdido, creyendo que podría servirme y que, en tal caso, entrecruzaría con mi Diccionario de Símbolos de Chevalier y Gheerbrant, más aquel otro de la Biblia editado por Herder.

Trato de buscar conexiones para matar estos días donde me pongo triste. Estas mañanas de resaca, tras visitar tan seguido un lugar que es mi pasado y también el tren fantasma. Trato de vivir después de un año poco amigable.

Leo, y siento la frustración en cada palabra:

"Sobre el pasado, el presente y el futuro. Sobre el contacto humano y las conexiones globales. Sobre una percepción algo diferente en Banca Privada. Y sobre lo que usted puede esperar de nosotros. Bienvenido a Banca Privada. Bienvenido a Bank Leu".

Acaso lo más importante para contrastar con Chevalier y Gheerbrant sea esta frase cargada de algún adjetivo inútil:

"La irresistible atracción que ejerce el león sobre el hombre se ha venido manifestando de las más diversas formas. Allí donde se mire, los leones desempeñan papeles principales, ya sea como esfinge del Antiguo Egipto, simbolizado con cuerpo de león y cabeza humana, león alado veneciano de San Marcos -que sé por Carrère que era el secretario de Pedro-, símbolo de la ciudad de Zúrich (...). Quién sabe, quizás también le estamos poniendo en estos instantes sobre la pista del león; un nuevo y muy particular león del que está a punto de descubrir sus cualidades".

En la calle de Alcalá, recuerdo, se encuentra el edificio del Banco de España, y hay leones. Y también por ahí cerca el carro de Cibeles es tirado por dos leones.

Agrego: en muchas casas de Ingeniero Maschwitz (o, a lo menos, en una que ya tiraron abajo), disponer leones de material a la entrada de la propiedad suponía cierto prestigio.

Mi padre era de Leo. Pero es una coincidencia inútil.

Mi padre no devoró a sus cachorros para mantener en celo a mi madre. Tampoco la rechazó cuando ya estuvo estéril.

De chico miraba la serie Daktari, donde acaso el protagonista que más recuerdo es Clarence, el león bizco. Por ese defecto, mi vaga memoria lo hace un medio león, un león incompleto.

(En la medida en que crecí y fui sacando malas notas en el boletín de expectativas que armaron mis padres desde que nací, cada vez me sentí más Clarence, o dicho mejor, más poco hombre, ser humano a medias, bípedo con fallas de origen. Pero este mi yeite freudiano, uno de mis traumas, y no debo cargarlos a ellos, los difuntos, con todo; el pasado debe ser prendido fuego, y el fuego servir de perdón de cualquier daño que haya sido olvidado en un rincón de mi cabeza. Debo barrer con todo, es lo único que sé). 

En cuanto a "Leu", según veo en mi pobre investigación, leo que sí, que significa "león", pero en rumano (debería manejar idiomas) y, al parecer, es la moneda de Moldavia. Luego, sólo hay un tal Johann Jakob Leu (1689-1768), quien, en 1755, inició su actividad como banquero, "con un capital de 100.000 guiden -si leo mal, es mi presbicia-, donado por el Estado".

De nada me sirve todo esto.

Como de nada beber alcohol.

Apenas todo me recuerda a un lugar común que supe decir sobre estos últimos cinco años referidos a mi padre:

Que era un león herido. 

Un león enfermo, peor que bizco.

Un animal feroz al que le habían arrancado las garras y los colmillos. 

(Lo de mi madre fue distinto, partió en muy pocos días, en demasiados pocos días).

Sin embargo, ni escribir de una sentada estas cosas me sustrae del desánimo.

Hay un león, hay diapositivas, hay dos ancianos que fueron jóvenes y desnudos se amaban. Y existe un milagro, el primogénito, un Cristo que hará todo al revés. Que cegará a los que ven, que postrará a los que caminan y que hará más putas a las putas.

Hay todo eso y la certidumbre de estar metido dentro de una vida equivocada.