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29.4.26

Quince minutos de «Balada para Adelina» (y un océano de nodrizas)



Mi padre, durante sus últimos años de postración hablaba de «nodrizas» cuando se refería a sus cuidadoras. Nieto y sobrino de santanderinos, sabía de memoria qué era una «nodriza» por aquellas pasiegas que asistían a su abuela Luisa en Cantabria. En el vértigo de su decrepitud yo nunca terminé de meditar en que el empleo de la voz «nodriza» resultaba el último chiste, la última ironía y, acaso, el último intento por reblandecer los efectos de su párkinson y del deterioro parejo de mi madre, su compañera en más de sesenta años. Recién ahora caigo en la cuenta de que, también de ese modo, me decía que, en efecto, él y ella, los dos, se transformaban día tras día más en una suerte fabulosa de niños ajados.

He resuelto conservar el desplazamiento semántico de mi padre, al que mi madre se plegó con ganas. Para mí hoy también aquellas mujeres fueron «nodrizas» antes que «cuidadoras», en el sentido etimológico inventado de la nada por un hombre que se moría.

Él dejó este mundo el 30 de septiembre de 2025. Ella, el 9 de mayo del mismo año. Un año de los que se dicen luego que fueron «duros». Desde entonces, todo se ha transformado en un ayer y todo, de alguna forma y al mismo tiempo, ya configura este mañana, aquél que, de niño, jamás quise habitar.

 

*

 

Qué música poner.

En el entierro de tu padre, cinco meses después del de tu madre, tras echar cada quien pétalos de rosas, comenzarán las voces de los asistentes a recordar hechos que vos no tenías registrados.

Que regaló heladeras.

Que apadrinó a huérfanos tan huérfanos como él.

Que pretendía que el personal de cierta compañía de seguros comiera jamón cocido de primera y no variantes del plástico con colorantes.

En el funeral número dos del año, donde llorarás lo que quisiste como en el número uno, y te apartarás del universo lo que te sea permitido, aquellas voces poco a poco consagrarán a tu padre a los altares, en condición de santo de los pobres y los marginados, quien se inclinaba siempre con devoción hacia las clases perdedoras, y entonces alguien, no sabrás quién, pero será seguro uno o una de los que con él trabajaron, empezará a entonar «esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar», que sí, la cantaba él en La Redonda de Belgrano, en aquella misma iglesia donde una vez, según cuentos de tu madre, un facha de Tradición, Familia y Propiedad le pegó un puñetazo en la mandíbula, que lo hizo rodar por las escaleras.

Pero toda esa fiesta de la muerte y toda esta remembranza de aquel que partió cinco meses después de su compañera, toda aquella teología de la liberación y de la cristiana opción por los pobres se te irá al carajo un día después, cuando todavía quede una nodriza en el departamento que, por las cámaras cuyas imágenes se reproducirán en tu teléfono, habrás de ver que ya no será solo una, sino dos y hasta tres, lo que te conducirá a que, con disimulo, junto a tu hermana, visites lo que fue casa paterna, lo que ahora será tuyo.

Joder, habrás entonces de decirte.

Joder, joder, joder.

Y las elefantiásicas intrusas, como si nada.

Te recibirán con pollo al horno con papas, con bebidas gaseosas, con todo lo que aún guardaba la heladera, y se volverán a lamentar por lo sucedido.

Pobrecito tu papá, pobrecita tu mamá.

Y una recordará la secuencia narrativa donde llegó a descansar a ese departamento aún con tu padre internado y vivo, a lo que las otras derramarán alguna lágrima, a la vez que la misma de antes, que dejó la guardia en el sanatorio cuando la fuiste a reemplazar, aclarará, por si alguna duda te quepa, que «las llamé a estas otras dos porque me daba miedo quedarme sola estos días», y vos te fiarás, como ya te has fiado, de los miedos a los fantasmas que han esgrimido durante tanto tiempo, y recordarás que los pobres son buenos, que así te lo enseñaron, y que las clases populares que delinquen lo hacen porque uno es el culpable, uno y el resto socialmente incluido y punto, lo reza la letra chica del Génesis en la Biblia Latinoamericana, allí donde dice más o menos que no sólo nacemos con el pecado original, sino en un contexto de pecado social, y no se discuta más, no es ni de buen cristiano ni de buena gente andar clasificando la moralidad de los actos de las personas según las procedencias socioeconómicas y culturales, así como también te han adoctrinado tus ya difuntos padres, antes incluso que la Biblia Latinoamericana (que los fachas dicen que es roja desde siempre), y aquello será por siempre en ti, que vendrías a ser vos, mucho más que palabra de Dios, eso será por los siglos de los siglos La Verdad, lo que te obligaron a creer en tu casa y más tarde en la escuela de aquellos curas peronistas, y que un poco por la fuerza y otro tanto por la razón te entró, y además has visto que los ricos también lloran y roban, desde Verónica Castro en la telenovela casi homónima hasta acá, entonces a nadie aquí se estigmatiza y menos por el territorio donde viva tal o cual, y un gran etcétera muy asociado e influido por el Cristo más populista de todos, el del sermón de la montaña.

Te retirarás más luego del improvisado almuerzo, junto a tu hermana, pero tu hermana olvidará su celular en el departamento, cosa que, a la altura de la cancha de Argentinos Juniors, recién se dará cuenta, a lo que vos mirarás de nuevo en tu celular las imágenes de las cámaras del departamento, para ver si el teléfono de tu hermana quedó sobre la mesa del comedor diario, pero no, no se verá dónde quedó el teléfono pero sí, en cambio, ocuparán toda la pantalla rectangular las tres voluminosas nodrizas que dijeron que hoy se irían y que una dejaría las llaves al encargado. Ahí continuarán las tres, moviéndose como animales ágiles y enormes a la vez, acumulando sobre la mentada mesa todas las ollas, cacerolas y sartenes de acero inoxidable, y será entonces que a tu hermana ordenarás «pegá ya la vuelta», al tiempo que para tus adentros te dirás lo que te has reiterado más de una vez en todo este tiempo: que el problema no es la muerte, que el problema es el ser humano.

Minutos después, al entrar al departamento, si las hubo alguna vez, como fuere, ya no habrá fe, esperanza ni caridad y, por lo tanto, mucho menos piedad, sino el palo de amasar que tomarás de un cajón del mueble de la cocina, más tu frase en tono sereno «la traición se paga con sangre», tu fingimiento de que estás conectado con el inframundo y que desde el inframundo te avisaron lo que estaba sucediendo.

Ya no habrá fe, esperanza y caridad; por lo tanto, ningún tipo de razón ajena atendible, pero sí tu odio, un odio que, si en práctica pudieras poner, haría su propio Pentecostés pero con napalm.

Porque la condición humana toda desde siempre ha sido atravesada por el mal, y  en ese sentido, papá, le dirás a tu padre, en ese sentido, mamá, le dirás a tu madre, nadie se salva, que no me den un día facultades de dictador, porque estoy muy triste y no puedo sobrellevar ni esto que pasó con ustedes dos en tan poco tiempo, ni lo que te sucedió a vos, primero, ni lo que a vos, después, viejito, que partiste con esa suerte de sonrisa o de satisfacción, creyendo hasta el final que la gente no era tan mala, que la injusticia social la tornaba mala, pero yo no soy vos, yo no puedo ser vos ni ustedes, yo no tengo tanta piedad y ya lo he dicho, en algún momento de todos estos días me he dado cuenta de que carecía de fe, esperanza y caridad, y a los dos, carajo, a los dos les han robado sistemáticamente, desde que cayeron en desgracia hasta la última toalla, hasta la última media, hasta el último pañuelo.


*




«Las pasiegas gozaban fama de ser denodadas caminadoras. Desde su escondido valle de Pas iban a Santander, o aún más lejos, desdeñosas de ferrocarriles y carretas, como si llegaran de una edad paleolítica, anterior a la invención de la rueda, sin ni siquiera un mal asnillo que las aliviara de su carga, portadoras de sí mismas, de su impedimenta y de su cría, con pesados y seguros movimientos bovinos, hincando en el polvo el triple diente de su calzado prehistórico, que la erguía un poco con altivez de coturno, poniendo en las volubles calles de la ciudad provinciana y balnearia su certidumbre de permanencia secular», ha escrito un tío de tu padre, de nombre, Eduardo, y de apellido, González Lanuza, en Cuando el ayer era mañana, y en ese otro mañana que es tu ayer deberás desarmar la casa de tus padres y todo tendrá que ser rápido.

Las expensas serán elevadas.

Tus padres habrán ya donado en vida unas pocas propiedades muy mal ubicadas.

Y a vos también ya te habrá tocado en suerte este departamento, que guardará buena parte de tu infancia y toda la historia familiar de, al menos, dos generaciones.

¡Felicidades, tu vida poseerá todavía un sentido!

(Happy problem, algunos imbéciles habrán de decir por lo bajo, esos mismos que no te llamarán, pero quítales —queda mejor el verbo con tilde que sin él— los pronombres a todo, como habrás de escuchar así decir por estos días de luto, porque los imbéciles no llaman en general, te dirás y, si te prenden fuego, sácales el «te», será problema de tu sistema térmico y de tu fuego, ya no puedo adjudicar —habrás de decirte— a otros lo que me ocurre, no es lógico ni de adulto adjudicar el incendio de mis bosques, te dirás. Y estaría bueno, te dirás también, cuando reflexiones sobre estos desvíos, escribir en alguna hora muerta un cuento donde todos los personajes proyecten su propia mierda en otros, sus propios fantasmas, pero no pasará a más de una reflexión; enseguida, se te irán las ganas de escribir y de rezar y de permanecer en equilibrio, y regresarás a este párrafo, lo tratarás de finalizar. Y no podrás. Nunca podrás).

Como fuere, tus padres ya te habrán puesto en estas mucho antes de que todos los verbos hayan sido escritos en futuro y, por propiedad transitiva, en la misión de convocar contactos que otros te dieron en el último funeral, contactos de personas de «inmobiliarias tradicionales» o de esas otras que funcionan «al estilo estadounidense». Uno de aquellos contactos te lo brindará un pelado con olor a hez en la boca, a quien no podrás olvidar, así burles la máxima de no victimizarse, de dejar de usar pronombres como el «me» para hacerlo. Más bien antes llamarás a ese contacto del pelado sólo para hacerle perder el tiempo y para hacer quedar mal a ese nuevo enemigo de calva lustrosa. Asegurarás, más tarde, y como siempre has asegurado, no ser rencoroso, tu terapeuta te confirmará que no, que nunca fuiste rencoroso, y te anotarás, así, un punto más en el campeonato de la impostura, y todo será por hacer quedar mal al pelado en cuestión. Pero este será sólo otro desvío, un nuevo rizoma, una venganza pequeña. Lo importante:

Lo importante redundará en que todas las personas a las que llames para tasar el departamento, cuando se presenten, en el mejor de los casos, te dirán «lo siento» cuando expliques que él acaba de morir, que ella lo hizo cinco meses antes.

Lo importante: todos nada opinarán si acaso te explayás y contás que, en el caso de tu padre, fueron cinco años de tortura y prácticamente trescientos sesenta y cinco días de postración en caída libre. Y a nadie menos aún le importará tu tristeza. Es más, habrá quien sólo se interese por su ombligo ya sea para decirte de modo falsario que te echa de menos (o que te odia), no con palabras explícitas, o sí, también con palabras explícitas. No interesará. Quedarás, en todos los casos, al borde de una cornisa, ausentes tus pretendidos amigos históricos, como un cagalástimas cualquiera, con el culo sucio; Gary Lineker cagado encima en el Mundial de Italia 1990, en aquel partido que creés que fue contra alguna de las Irlandas; harto, además, de tener este agujero en el plexo solar que ya no se llamará «angustia» ni tampoco «duelo» a secas, sino «odio», otra vez «odio». Porque estaba escrito en alguna sagrada escritura que los días pasarán y que el odio (por huérfano, solitario y viejo) habrá de crecer en tu podrido corazón al ritmo del desánimo, y ¡oh!, el duelo que imaginaste toda tu vida podría suponer un cambio radical en tu alma, antes que eso será vacío, repudio y violencia frente a la miseria, la negligencia y la avaricia de las nodrizas mecheras, los martilleros públicos, tus examigos que aún se creerán tus amigos y, te faltará escribirlo a estas alturas, los dueños de camionetas y camiones que llevan sus cornetas por los barrios gritando «compro heladera, lavarropa y muebles viejos, señora». Pronto sabrás, carajo, que, a) así como las unas han sido creadas (no como tu tío abuelo, no tampoco como Corominas o tu padre) para aprovecharse de los ancianos, b) que los otros sólo estarán en este mundo para llenar su cartera de propiedades en venta y así ver si la pegan con una y comisionan en dólares, y c) que los últimos serán el peor producto de las maquinarias del infierno, demonios esféricos y sinvergüenzas que tendrán una F150 o parecido y que se ocuparán de violar, con tu silenciosa complicidad, con tu irrenunciable tristeza, el espacio que habitó alguien tan débil como tu padre una vez que tu padre cumplió lo que la biología había anticipado y terminó en la morgue de un sanatorio. Ah, y eventualmente orbitarán más martilleros y compradores de muebles, junto con muchachas a las que acudiste cuando creías que te matarías si antes algo no hacías con tus días, y aprenderás a bloquear y a borrar con fría crueldad de tus contactos a estos, los otros y los de más allá, porque no respetarán el dolor ni la muerte seguida de la enfermedad, y porque ya serás, a este ritmo, una mala persona, dolida, pero mala persona, a quien, ni las mentiras que se procuró para sobrevivir y no caer en la segura gran depresión de su vida, lo salvarán de la condena de aquellas que hasta pudieron llegar a albergar alguna incierta ilusión.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, por fin morir. Tal el ciclo, te dirás, para ahuyentar de ti tan oscuros pensamientos, como aquellos del parágrafo anterior.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, depresión, depresión.

Nacer, crecer, reproducirse, asesinar o matarse y hundir la cabeza en las aguas del Leteo.

Luego.

El final.

¿Y por qué esto se llama «Quince minutos de “Balada para Adelina”»?, te preguntarás también, sin aún saberlo.

Volverás al hilo. O, dicho mejor, a la fuga de todos aquellos que en tu conciencia te persiguen: nacer, crecer, etcétera. Y llegarás a la rémora socialcristiana de tu cabeza una vez más, quien pretenderá darte lecciones y te obligará que agradezcas que todos esos pasos tus padres dieron y no como otros, que nacen y se mueren, o como otros menos afortunados que nacen, enferman y nunca mueren porque siempre sufren. Y de nuevo te dirás que nunca fue el problema la muerte, que el problema siempre fue la condición humana, incluida la mía, y habrá mañanas de espanto y Vortioxetina, y otras de correr a un colectivo o al tren que está por partir, y te procurarás que cada hueso y cada músculo te duelan haciendo ejercicios imposibles, todo lo que haga falta, incluido el sexo, menos drogarte, para poder atravesar un día más, un sólo día más, nada más que un puto nuevo día, puesto que, ahora, muchacho, tienes una misión, un sentido, un propósito: vender la propiedad que fuera de tus padres y que ya ha sido saqueada a precio vil por uno de estos que en la internet te compran «muebles de estilo» y se te llevan hasta la última maceta.

«Compro heladera, señora; muebles antiguos, lavarropas, bicicletas, triciclos y vajilla. Compro, compro, señora, y le toco el culo a su hija y me la llevo en un canasto para que me trabaje de puta en un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas».

*




«Las recuerdo, anchas de osamenta, ampliada la curva de las caderas por la superpuesta pluralidad de los reflejos multicolores, entre cuyas reconditeces se escondían las faltriqueras para los cuartos o las relucientes monedas de plata cobijadas en los tercos nudos de sus grandes pañuelos», ha escrito el tío de tu padre, también, y así leerás, pero eso será mucho después de la firma datada de estos escritos, que, antes, dirán:

Te estoy viendo en la tentación de buscar etimologías. Querrás comprender qué es un «duelo» y qué el «odio» y cuál es la relación entre ambos. Y en la libre asociación de ideas a nada claro llegarás y tu cabeza colonizada te murmurará las coplas de pie quebrado tan conocidas y aprendidas en el tercero o cuarto año del secundario dominado por aquellos curas peronistas, aquellas coplas de un tal Manrique, donde dicen:

 

...cuán presto se va el placer

cómo, después de acordado

da dolor.

 

Lugares comunes y abuso de itálicas y comillas españolas, que tanto te seguirán atrayendo aunque estarás arruinado,

jodido,

hecho el resto del hombre que alguna vez creíste ser,

y entonces Corominas, sí, cómo no, Joan Corominas, más comillas españolas, la letra D, y ¡sorpresa!, resultará ser, ¿cómo no lo pensaste?, que «duelo» es multívoca, no así «odio», y leerás y copiarás con un ventilador a tu diestra y el diccionario etimológico sobre tus piernas, acerca de la primera voz, que proviene de «desafío, combate entre dos», empleada por vez primera hacia el siglo XV, cosa de la que habrás de dudar y mucho, y que, además, verás que se relaciona la misma voz con la «alteración del sentido (por influjo de duo “dos”) del lat. duellum “guerra” (…)» y (curiosidad), muy al pie, recién, la que creías como primera asociación de «duelo» y «dolor», para lo cual, pensarás llegado a este punto, deberías aún leer «doler», pero ni para el «odio» ya tendrás ganas, o sí, puesto que, al fin y al cabo, el diccionario continuará sobre tus piernas y nada mejor tendrás que hacer; entonces «odio», y un fraude su origen, puesto que lo más interesante será el leer que proviene del latín odium y, como con eso no harás nada, buscarás en internet, como antes has buscado a los mercachifles violadores del pasado, «compro, señora, compro, lavarropa, heladera, muebles, televisores, ropa usada, adolescentes» y, no conforme, hasta intentarás que una inteligencia artificial te ayude en la celeridad de tu búsqueda, y esto encontrarás antes de querer pegarle una patada a tu máquina:

Que odium era una voz latina, un dispositivo lingüístico creado para significar la fuerte aversión hacia alguien, y te dirás que la definición es incompleta, puesto que no sólo se odia a una persona humana, que también se puede odiar a un animal, a una planta, a un recuerdo, a una cosa, cualquiera sea, y a esa hora de la tarde (los relojes de tu casa marcarán las cuatro y cuarto de la tarde) no sabrás ya cómo seguir y, en tu ignorancia, necesitarás de la red que siempre suele darte el libro de Jonás, o bien el extenso del piadoso Job, el uno que se enfada y que es la ira misma cuando es vomitado en Nínive, el otro que supone la aceptación de todos los peores males que un sujeto puede tolerar en este mundo, pero tal red, esta vez, no te será de utilidad, pues estarás huérfano ciento por ciento y con el recuerdo todavía vivo de cómo se llevaron el bahiut, el juego de living de tu abuela, el juego de jardín que se hallaba en el balcón, el espejo donde se reflejaban las imágenes de tus abuelos maternos y de tus padres, la cabecera de la cama que fue primero de unos y luego de otros, la cómoda, las mesas de luz, los cuadros, las ollas y cacerolas y sartenes y jarros de acero inoxidable que las nodrizas mecheras días antes han procurado robar. Recordarás, enumeración, todo aquello y las camas que todavía habrán de quedar, la maceta aquella y los dos macetones, todo, todo menos lo que tu hermana ya te habrá pedido para ella: la mesa del comedor, dos divanes, la vitrina, una biblioteca.

¿Qué música poner, entonces?

¿Y cómo se sostiene esta vida?

¿Si te has mentido y a todos has querido mentir?

¿Si no es odio, no?

¿Si es dolor?

¿Para qué negarlo?

¿Y por qué no habrás de usar signos de pregunta cuando a estas conclusiones arribes?

¿O por qué los emplearás cuando todo esto corrijas?

Y para qué intentar negarlo, te repetirá tu otro yo desde el pasado. Si todo habrá de resumirse en este agujero negro que vos y yo en el plexo solar sentimos, ese yunque tan parecido a la angina de pecho, que no calmarás ni con el amor o el cuerpo de una mujer ni con el alcohol ni con la Vortioxetina.

¡Ea pues Señora, abogada nuestra!

El combate entre dos, entre tu yo y tu ego, o entre tu yo y tu otro yo que es el otro yo que no soy yo, o entre el cuerpo que te carga desde que naciste y el que finge ser, a tu edad, un hombre serio que a nadie carga.

El duelo interno, amigo mío, donde, si pierde uno, pierden siempre los dos, e incluso los tres.

Un duelo donde, por supuesto, todo se apoya en la tierra del odio, que, a la postre será y siempre habrá sido el postre del dolor, más confrontación, guerra y repelús contra todos los que conformamos desde siempre el ti mismo.

«Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar».

«Compre, señora, compre».

«La traición se paga con sangre».

Adolescentes virginales dentro de un canasto transportadas en una F150 hacia un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas. O de cualquier otro punto cardinal de la Patria o de su Madre, que nuestros mayores nos legaron.

Y más comillas españolas. Muchas más comillas españolas, más un loco suelto en la internet, a quien verás y atenderás por estos días de tristeza y calor, que pronunciará sin remilgos que, antes que el Hacedor nada creara, se hallaba Él en su Magnífica Soledad Cósmica junto a Castilla, que es tan inmortal, imperecedera, católica y eterna como el mismo Dios que allí se halla sentado en un banco que no existe, junto a Castilla, la nada, y acaso en Castilla, solo y furioso, el toro de lidia que representará hasta el Juicio Final a todos los toros de lidia que más tarde corran por Las Ventas y Sevilla.

Y amén.


*




«Las pasiegas eran hábiles comerciantes, duchas en el tira-y-afloja del interminable regateo», ha escrito el tío escritor de tu padre, pero no que el duelo carece de definición y que, al menos, de tal modo impresiona en Castilla (escribirás llegando al final de este relato que nunca sabrás si más bien resultó un no-ensayo, e ignorarás si lo que habrás de escribir en esta oración ya lo has escrito, y de todas formas te escaparás de este paréntesis no sin exhibir tu cobardía, en diciendo «territorialidad teológica» y otras cosas raras que trabarán la lectura de la pobre persona que pretenda leerte, pero allá tal o cual que desee leerte en cualquier tiempo verbal, te justificarás, doblemente harto, pensando en cambiar dólares para sobrevivir, y escribirás igual, porque esto debo terminarlo, te dirás, y escribirás trabado, decíamos, por fuera del paréntesis, «territorialidad teológica», y «territorialidad teológica» encontrará tu torturado lector al salir de aquí), territorialidad teológica, según cierto hispanista ultramontano de gracioso apellido itálico, quien ha dicho en más de una ocasión que tal región existe desde antes de que Dios lo creara todo (aquel ítalo-hispanista que ha imaginado a Dios y a Castilla en el medio de la nada, también suele decir —evocarás, recordarás, tu memoria te dirá—, que Cristo a Pedro entregó Roma; que a Juan, su madre, y que a Santiago, España, de lo que se desprende —también algo te dirás— un raro silogismo, donde la Hispanidad construye una sinonimia cacofónica con la Cristiandad, así en mayúscula, y donde, además, Cristo, por poco, es un manchego eterno que alimenta toros de lidia y se alimenta, a su vez, de quesos y puercos).

Antes del iterado escollo parentético volverás a escribir que el duelo en Castilla parece carente de definición, así posea dos acepciones, una en la confrontación, la otra, en la relación dolorosa y problemática de los deudos frente a uno o más cadáveres, y ha de ser así, concluirás sin ya saber a qué hora llegará tu cambista de confianza, porque no hay en verdad conocimiento del mundo que pueda definirse como verídico a través de la mera palabra; que a esta conclusión habrás de llegar no mucho después de las cuatro y cuarto del mismo día, o bien de otro muy igual. Y así y todo pronto caerás en la cuenta de que la Real Academia desconoce al mundo y también al ser humano, puesto que el duelo no sólo se relaciona con un cadáver, te dirás, y no irás más lejos en tu escritura de tu no-ensayo para no abundar en obviedades, en lo palmario. Más bien antes esperarás a tu cambista ilegal y a una compra compulsiva del día anterior que te debe llegar, como has leído un poco antes, entre las 15 y las 21 horas, y desearás que te caiga más trabajo retrasado como el de recién, que te permita matar las horas de un modo distinto, acaso menos escabroso, quizás más automático y saludable, que escribiendo esto, pero mientras nada de todo aquello ocurra (los agradecimientos de un cliente a su libro por ti escrito, en verso libre; más el epílogo elogioso de un catedrático al mismo libro, etcétera), ¿qué música poner?, te preguntarás, y también ¿cómo nublar la memoria y no pensar en el departamento ni en tus padres ni en los pétalos de rosas y los dos funerales, comenzando por el último y luego por el primero de los entierros, el infierno tan temido de cuando eras apenas un niño que manchaba sus calzones y que increíblemente se había confrontado hacia los tres o cuatro años con la noción de la muerte y no soportaba, pues, que sobre todo su madre no llegara del trabajo a la hora acordada, y era entonces que te debía bajar la nodriza de turno, otro tipo de nodriza, más cercana a las del valle de Pas, no cuida-viejos sino cuida-niños, junto a tu hermana que no dolía, como sí en cambio tú, que vendrías a ser vos, y a los gritos te bajaban a la avenida y la muerte no era un cadáver ni un accidente ni una enfermedad, la muerte resultaba la mera desintegración de tu madre, y luego, cuando ella llegaba al fin a casa, como también más tarde tu padre, te quedaba el saber bastante científico de que ambos un día habrían de morir y que, cuando tales hechos sucedieran, no habrías de soportarlo, y ahora que aquí estás, que hasta aquí has llegado, te preguntarás cómo terminar con todo esto o, con al menos, esta tarde, tras los días anteriores de la última muerte, las nodrizas mecheras, los martilleros públicos y el gordo rufián de la F150 auxiliado por el par de facinerosos expertos en ultrajar lo que fue un hogar en cuestión de tres horas?

Y no, no habrá respuesta, el dólar volverá a dispararse y los cambistas saldrán de sus cuevas a realizar sus grandes negocios, y uno de tus clientes escribirá en verso libre su agradecimiento y su dedicatoria del libro que jamás escribirá, y sobrevolará otra vez en tu putrefacto corazón el odio y el aburrimiento, pero por sobre todo el odio para no llorar, para no entrar en crisis, y los de la compra compulsiva del día anterior no tocarán el timbre hasta tarde, y los de la administración del edificio que habitarás enviarán un correo donde anunciarán que mañana todas las bicicletas arrumbadas en la terraza serán retiradas y arrojadas a la basura, tal como se ha advertido meses atrás, y pensarás que ahí, arriba, ha quedado la bicicleta Bianchi que fuera de tu madre, pero que nada harás por ella, que no la rescatarás del seguro olvido ni del reverbero de la muerte, porque está rota, porque es pesada y porque no es necesario, en el fondo, hacer ya nada, más que bajar el precio publicado del otro departamento, el de tus finados padres, que eso es lo único que falta para cerrar con este capítulo, donde fuiste hijo hasta que de forma definitiva dejaste un día, no hace mucho, sólo dos meses y monedas, de serlo, puesto que has recuperado de repente la mera noción de la matemática y tu padre murió hace dos meses y tu madre hace siete, por eso la distancia entre el fin de ambos da cinco y no hay música de fondo que poner, o si la hay; tan solo deba de tratarse de esas músicas que sonaban en un edificio de unos amigos de tus padres sobre la calle Rosario, frente al Parque Rivadavia.

Richard Clayderman en el ascensor, ¡maravilla!, quince minutos de «Balada para Adelina».

Vos de chiquito.

Todos aquellos quince minutos.

Subiendo y bajando dentro del ascensor de la calle Rosario.

Creyendo que aquella música te hacía feliz.

Sólo subo y bajo, mamá.

Sólo suyo y bajo, papá.

No, hijo, no podés quedarte solo.

Bueno, entonces, acompáñenme, y llévenme luego a la plaza, a las hamacas, esas hamacas que ya no existen y que precisaban del impulso de tus pies para volar.

Acompáñenme, por favor, aunque no todos mis recuerdos sean ciertos, puesto que cuando el señor Clayderman sonaba yo aún no sabía sumar y mucho menos entender cómo se determinaban quince minutos, no más, no menos, aquellos quince minutos de felicidad por los que hoy habrías de matar, si tuvieras a quien hacerlo.

Y que ¡hostias!, el dólar seguirá subiendo, y el cambista ya te habrá fijado un precio cada vez más bajo, segundo a segundo más bajo, y así será que perderás plata por andar escribiendo (y abusarte de los paréntesis, que no fueron creados por Dios, el de Castilla, para estas cosas), y no te será gracioso terminar así estas otras cosas, para nada te será gracioso, o lo será tanto como un cliente taimado escribiendo en verso libre los agradecimientos o la dedicatoria de aquel libro que le habrás escrito y que tan buena crítica tendrá de numerosos catedráticos hispanoamericanos que saben, como Cristo, de quesos y puercos, y de toros de lidia, allí en Castilla, como también en La Mancha.

(Y no sea cosa, acabarás por decirte —al ritmo del pianista francés, pues el loco ítalo-hispanista es educador, como tu cliente, y otrora investigador del Conicet—, y no sea cosa, te dirás aunque redundes, al son del tarararará, que el loco facho chauvinista chicloso que cree en Dios, Castilla y la nada, llegue acaso a leer aquella magna obra que habrá de preludiarse de versos libres y que, por propiedad transitiva, también replique elogiosos elogios que te elogien sin que lo sepas).

Amén, y amén, gloria al Señor. Y al dólar que sube y no para, como pretendía el Fondo Monetario Internacional y como al fin y al cabo siempre sucede con países como el tuyo, que no habrá de ser ya el mío, para cuando metas el punto final y pienses en contactarte con los de la inmobiliaria, que no habrán entendido hasta ahora que jamás buscaste hacer negocios con aquel departamento que fue de tus padres, que sólo te lo querés sacar de encima, cuanto antes, como a esta tristeza que es, sobre todas las cosas, una soledad, a la que adjetivarás, antes del punto final de tu no-ensayo, como «insoportable».

 

JGC, Buenos Aires, diciembre de 2025

11.11.25

Perdón y gracias

Escapar de estos días de súper bajón que crecen y que entiendo son necesarios porque, me digo, hasta que no largue toda esta tristeza la tristeza se va a quedar y este no es un problema mío, es un problema para los demás, y entonces los verbos, trabajo, leo, escribo, limpio, sobre todo limpio como un esclavo, pedaleo kilómetros y kilómetros y realizo mis ejercicios de calistenia ya no sólo por una cuestión cardiológica ni tampoco por la mera cuestión psíquica de generar antidepresivos naturales sino también así sin comas ni parates para (y es aquí donde me trabo) no pensar en que se murieron los dos en cinco meses y eso supone no ya sólo la orfandad, sino sobre todo la ausencia por siempre de alguien que de verdad me defienda o que tenga esa potestad paternalista de ejercer ese rol aunque en los hechos prácticos nada ya pudieran hacer desde hacía muchos años. Entiendo, porque la conozco, que la locura es hija, entre otras cuestiones, de la tristeza y de los duelos malparidos y de la rumia continua de la cabeza que se puede transformar en un asesino, y ya no sabiendo qué hacer regreso a este blog para luego ir al chino porque me falta soda, queso sin sal, galletas de arroz, aceite de oliva extra virgen que sale un Perú, huevos y no sé qué más, y pido perdón por todo lo realizado en estos últimos tiempos, actos de mi cosecha que fungieron de tapadera del dolor y no de otra cosa, a la vez que agradezco la presencia de aquellos que deben estar y quiero que estén, y que están no por obligación. Punto. 

17.1.25

Nadie nada termina de comprender bien nada cuando nada se comprende del todo

Los días avanzan con ventiladores, ciclismo nocturno, un depto que trato de amar pero que odio, un aire acondicionado que es un AA pero que podría ser el terror de la Triple A, un instalador que vendrá el martes, un cigarrillo que extraño tanto como el alcohol, los días, la concha de la secretaria legal y técnica, quiero ser feliz en estos días pero me está costando un Perú, toda Bolivia, Ecuador, Colombia, Venezuela y métanle las Guyanas, Brasil, el Paraguay y todo lo que quieran del subcontinente, debería estar trabajando, deberías estar trabajando, Javier, y ser santo e ir a misa los domingos y recordar y que te recuerden y de pronto me encuentro con la hija que una vez tuve y que de vez en vez redescubro pues no me trata, pues renunció a mí y no me victimizo, yo también tiendo a renunciar a mí, y me pasa que estoy con un ventilador Liliana a mi derecha y con el calor de la tarde en la nuca, dentro de la habitación triste todo el sol, 40 grados de térmica mientras no vengan López Rega e Isabelita a instalarme el AA y el miedo a perderlo todo, incluso la cordura, pues renacen y florecen los peores síntomas y la reputa madre que lo remil parió, una vida y unos días que avanzan y se empujan entre sí, se lastiman, se codean, buscan roña todo el tiempo y sin parar lo que nadie sabe qué porque nadie nada termina de comprender bien nada cuando nada se comprende del todo, "dios" se escribe "Dios" aunque nos haya creado para matarnos.



10.12.21

De la serie todos estos años de soledad - 23 de noviembre de 2021

La miel en tu ventana

Confundir a la luna con la triste ventana de un edificio. Eso es pasar una noche en el barrio de Flores. La vida y el barrio son una trampa.

Me circunscribo a un área reducida, para no generalizar, limitada por el eje Carabobo-Boyacá, al este; Juan B. Justo, al norte; Nazca-San Pedrito, al oeste, y la avenida Eva Perón (otrora Avenida del Trabajo), al sur.

Me remito, lo asumo, casi a la misma sección que César Aira describe con precisión quirúrgica en, por lo menos, La guerra de los gimnasios, La prueba y Las noches de flores (que no terminé de leer por un problema personal, pero que alguna vez lo haré cuando deje mi estado carveriano). Acaso un área más o menos parecida a la que se plantea el universo del sentimental (pecado) Ángel Gris de Alejandro Dolina y de Silvio Astier activando sus sueños de ladrón en un colegio creo que de la calle Yerbal.

Y disculpen las cuadras de menos (o las de más). Y el error. Y asimismo las referencias literarias, que en este caso no pesan por tales, sino por su valor descriptivo. (Dicho sea de paso, no es lo mismo leer a Roberto Arlt, César Aira o a ese libro sentimental -pecado- de Dolina si no se durmió en el barrio de Flores, como no es lo mismo leer, qué sé yo, a cierta novela de Julian Barnes si se ignora una obra clave de Flaubert y un lugar de Francia). Vuelvo al hilo.

En los 80, la plaza, frente a la iglesia-basílica, presentaba unos caños de hormigón o cosa parecida, restos, seguro, de una obra pública. Estos sumaban, concatenados, unidos, una cifra impar, digamos el cinco. Los recuerdo grises.

Todos los chicos recién llegados al barrio no resistíamos a la tentación de meternos dentro de aquel “túnel” construido con desperdicios de la obra pública. Y todos salíamos de él con una licenciatura en Plazas Peligrosas y ya nunca más regresábamos, o casi.

La razón: al ingresar a esas cañerías abandonadas por la municipalidad y montadas como inocentes “juegos para niños” ya no había marcha atrás, a menos que quisieras recibir una paliza de los pibes ya expertos que te exigían “retroceder, nunca; rendirte, jamás”. En el interior de aquellos tubos de hormigón, el olor a pis se tornaba insoportable. Podías ver, metido en su luz difusa, el hilo negro de orín que surcaba de parte a parte y, una vez ahí, solo luchabas por escapar.

La licenciatura en Plazas Peligrosas que obtenías al salir presentaba tintes filosóficos, incluso antes de saber de los griegos. El mito de la caverna se invertía: lo real no era el afuera, sino el adentro. Me explico: siempre había quien, cuando salías de los caños, te contaba que ahí dormían los linyeras por las noches, y que ahí meaban; ergo, la miseria era más fenomenal que la flor de un jacarandá, y la tristeza, a diferencia de la felicidad, jamás tenía fin. Este mundo aún hoy es su imperio.

Los que te aseguraban una trompada si te atrevías a abandonar la experiencia de la tubería y que te contaban luego “la razón” de por qué te obligaban eran los nacidos en Flores o los que, como yo, una vez hecho el debut en esos charcos de meo, volvíamos a la plaza solo para cancherear, decir y amedrentar.

Está bien, todo aquello ya no existe, se acabó esa misma década de 1980 con la difusión del sida y las jeringas, y más o menos a la par del cierre definitivo del Pumper Nic de Rivadavia y Bonorino. En otras palabras, las autoridades municipales quitaron los caños, el público infantil que asistía al sitio de comidas rápidas argentino -antes de que abrieran el McDonalds y el Burger King- civilizaron un poco los pastos ralos de la plaza, pero igual eso también duró más bien poco y otra vez la plaza, la vida y el barrio no tardaron en volver a ser una trampa, el anzuelo por el que los púberes y prepúberes de Flores se inician, hasta hoy, en el mito inverso de las cavernas. O en el Imperio de la Tristeza.

En los bancos de la plaza, hasta no hace demasiado, tras el último tren de la noche, quedaban demoradas por el amor algunas parejas sin dinero para un hotel; ella, encima; él, debajo. Y también se demoraban los borrachos, los viejos que se atrevían a jugar al ajedrez sobre las mesas que dan a la calle Fray Cayetano y los pendejitos que venían de los boliches del otro lado de Nazca para dirimir pleitos a botellazos y armas blancas. Supongo que no debería escribirlo en pasado, supongo que ha de seguir ocurriendo aquel espectáculo humano y filosófico, delimitado por los cuatro puntos cardinales de la sección Arlt-Aira-Dolina, donde unos hacen el amor, otros ejercitan el movimiento de peones y reinas, y otros más se matan. (Supongo: pasa que cuando voy de noche por la zona, intento reducirme al maxikiosco y regresar sin ya intercambiar palabra con nadie).

La ciencia me avala. Si es que esto que sigue es ciencia:

Así como hay quienes dicen que el feng shui es muy útil y que la energía espacial “se nota”, de manera tal que, si dormís con la cabeza “para allá”, tenés pesadillas, pero que, si lo hacés con la cabeza “para este otro lado”, que no; digo que así también esa cualidad energética puede aplicarse a mayor escala. (Esta máxima se puede aplicar a cualquier barrio, a cualquier ciudad, a cualquier país, a cualquier región del mundo y la galaxia).

Aira en esto es muy agudo. La Avenida Rivadavia es larga y no necesariamente recta. Pero, como él lo escribe mejor, cuando se pega la pequeña curva por la avenida viniendo desde el barrio de Caballito y lo hacés hacia las horas capitales del día (el anochecer o el alba), siempre se pronuncia el contraste, un cambio hasta de husos horarios. Por ejemplo, si atardece, en Flores todavía hay sol, pero del otro lado no (días atrás un hijo mío lo notó, distinguiendo la irrupción del oeste). Uno podría decir que lo mismo pasa con un sujeto puesto en Liniers que contrasta el cielo de ese barrio con el de Villa Luro. Y sí, es verdad, pero esa pequeña curvatura que pronuncia la Avenida Rivadavia entre Flores y Caballito hacen del primer barrio algo “extraño” o “satánico” o "metafísico", vaya a saberse (la Avenida Juan Bautista Alberdi también pronuncia una curva en su derrotero Caballito-Flores; hace muchos años yo vi al diablo venir desde la sección Arlt-Aira-Dolina; si no me creen, es problema de ustedes, que creen en la felicidad de Instagram).

No termina ahí la cosa. O para ser más prolijo: en todo el material perceptible de Flores se puede apreciar el carácter sobrenatural del barrio. Ejemplo:

Los trazos voltaicos del alumbrado público en Flores siempre tienden al ambarino sórdido, que no es cualquier ambarino. No hay modo de que igualen a las luminarias de lugares (no entiendo por qué) más favorecidos de la Ciudad de Buenos Aires, como la avenida Santa Fe o Cabildo. Ni tampoco llegan a ese halo místico y a veces arbolado de los barrios de Agronomía, La Paternal o Villa Urquiza. No. Los trazos voltaicos del alumbrado público en Flores tienden al ambarino sórdido-deprimente y por eso inician al novato en el mito inverso de la caverna y en el reconocimiento del Imperio de la Tristeza, donde la verdad está en la sombra y no en el exterior.

Exacto, tal es otra iteración de la trampa que Flores supone: uno viene de fiestas en barrios del este y del norte, y nomás el ambarino prevalece, así también el ánimo decae; y ni qué decir del esfuerzo que implica reponerse del bajón cuando uno de Flores parte hacia aquellas zonas con luminarias más..., ¿cómo decirlo?, “felices”.

Nada es al azar. Una fuerza extraña lo domina todo en esta suerte de triángulo de las Bermudas o Área 51 de Buenos Aires. ¿Un reptil? ¿Un demonio? ¿La sangre de un gaucho? No lo sé. Solo sé que, cuando llegué de Belgrano en lo que todavía era mi infancia, ya no hubo ni bicicleta ni fútbol en la vereda, y que aquellas actividades rápido las debí reemplazar por carreras imaginarias contra otros caminando y por intentos vanos de iniciar en el culto esotérico de Flores a mis pocos amigos, que son todos de otros barrios; sobra decir que poca bola me dieron. Prefieren el confort de los shoppings, imagino.

Hay una aguafuerte porteña que me sirve de final y de prueba, por si alguno cree que miento. Hace como un siglo atrás Roberto Arlt camina de noche, apesadumbrado, bajo esas luces ambarinas de sórdida tristeza, y se pregunta, mirando hacia las ventanas de los edificios, acaso confundiéndolas con pequeños bestiarios lunares, qué estara haciendo tal en aquel cuadrado iluminado. Dice, en la parte que me importa:

“...no hay nada más llamativo en el cubo negro de la noche que ese rectángulo de luz amarilla, situado en altura (...). En el cubo negro de la noche, la ventana iluminada, como un ojo, vigila las azoteas y hace levantar la cabeza de los trasnochadores que de pronto se quedan mirando aquello con una curiosidad más poderosa que el cansancio”.

Una meditación así solo puede provenir de alguien que durmió en Flores.

El resto es malevaje de Boedo a Palermo, la tradición de Borges continuada -a medias, cuando es sincero- por Casas (y que, además, tiene poemas muy de Flores, como Spinetta canciones), donde las luces de la valentía física se ponen en juego.

En Flores los atributos que se barajan son más bien sombríos y astrológicos. Y ojo, eso no implica que sea algo bueno. Una anécdota procura ilustrarlo, o así lo creo:

Padre es del corredor norte de la ciudad unitaria que preside un pelado y recuerda los carnavales de su infancia regados de color y serpentinas. Madre es de Flores y siempre pronuncia igual evocación de un carnaval por la calle Echeandía: un hombre disfrazado de oso se pone a fumar. Enseguida la revolución trae a los bomberos. El hombre muere calcinado.

No son casualidades.

Solo en Flores se muere vestido de oso.

Y solo en Flores la luna es una ventana.

Mientras que, de Boedo a Palermo, y así hasta Núñez, el ambarino y el misterio abundan menos.

Mucho menos.



2.12.21

De la serie Todos estos años de soledad - 3 de enero de 2019 (*)



Salvador Muzadio, escritor de provincias

“Estoy cansado de escribir en el Argentino A, pero también es verdad que mordí el pasto lo suficiente como para pretender a mi regreso participar en las grandes ligas. Nadie me conoce y pocos me soportan. Permanecí demasiado tiempo fuera de la normalidad, el necesario como para que algún integrante de la policía intelectual sepa de mí. Es natural, entonces, que mi carrera, si es que de esa forma soberbia se la puede llamar, circule por el barro de las provincias. El problema es que soy un arquero veterano, en eso me he convertido, y no muy bueno, que jamás ascendió (ni ascenderá) con ningún equipo. Es por eso que estoy cansado. Pero especialmente porque en estas ligas perimetrales, fantasmales y casi ajenas a la literatura, así como te podés cruzar con un entusiasta editor que por amor al arte y la confianza en lo que hacés apuesta por tu escasa y malograda obra, así como es dable cruzarte con mujeres, hombres y mutantes que son cultores de las pobres luminarias del underdoguismo literario (estos sujetos se ven atraídos por estas rarezas del inframundo, con una curiosidad zoológica, debo decirte), así también es posible que te des con personajes incultos, ambiciosos y prepotentes, que se creen patrones de estancia y afilados lectores de la literatura universal, que cuentan en su mesa de luz con algún librito de autoayuda, otro de microrrelatos y algún otro acerca de cómo ser exitoso en los negocios. Gente mala, por decirlo en menos palabras. En ese último grupo ubico al editor de la tonta editorial de tonto nombre, la editorial Ay Que Me Resfrío. De él es que quiero hablar y de él es que pretendo que escribas, porque sí, además de cansado, estoy lleno de furia y sé que mi furia será propicia para escribir otra vez de mí”.

Así me escribe Zamudio firmando al pie como Muzadio, su nueva identidad, y de ese modo comienza la última entrevista súper editada que le realicé. Es que no es posible que todo lo que me manifestó pueda ser publicado. Lo meterían preso. O se comería una denuncia. Una denuncia más entre las muchas con las que ya cuenta. “Escribí sobre este episodio, ganate unos mangos y luego vemos —me escribe—, que con que me pases para un almuerzo una vez que cobres te juro que estoy hecho”.

Para abordar el último drama de Muzadio —Salvador Muzadio es su nueva y completa firma— es preciso realizar una pequeña síntesis de su relación con los libros, pues, como él mismo lo apunta, nadie lo conoce y pocos lo soportan. No me detendré en los detalles que el rigor periodístico exige, con precisión de fechas, títulos y años de edición. El espacio no es mucho, tengo cuatro metacarpianos reconstruidos en la mano izquierda y suelo, como ahora, escribir a mano.

*

La primera noticia que tenemos de Salvador Muzadio establece tal vez su karma con los libros. Hacia fines del siglo veinte es contratado de palabra y ad honorem por un profesor del Nacional Buenos Aires, quien le informa que cuenta con buenas referencias del por entonces muchacho. El profesor se apellida Siagó y lo pueden encontrar un tanto desfigurado en un libro de Muzadio publicado del otro lado del Atlántico.

Siagó lo endulza. Refiere que sabe que han nombrado recientemente a nuestro muchacho “pluma de oro” en cierta votación universitaria, le informa que las referencias que ha recibido de su colega, el profesor Alkaseltzer —a la sazón, maestro de Muzadio en las letras—, son muy buenas, y dice también conocer la tendencia a la melancolía del exadolescente, “problema que, en muchas oportunidades, se cura con trabajo”, agrega. Siagó no puede ofrecerle dinero, pero sí el nombre en la portada de un libro, de un libro que será presentado en la Biblioteca Nacional, un libro subsidiado que referirá la vida de un viejo hombre de leyes también subsidiado que se transformó en referente menor de la vida cultural de Buenos Aires.

Salvador Muzadio por esos días acaba de completar una antología de cuentos infantiles por la que le abonaron ochocientos dólares. Buen dinero. O tal vez poco si se considera que el joven underdog no ha firmado con su apellido esa colección y ha cedido todos sus derechos. Escribe también por esos días una novela que jamás publicará y que se perderá más tarde dentro de un disco rígido, y que versa sobre inundaciones y mormones. Y a la par ha iniciado, para la conquista de una muchachita virgen, otra novelita para siempre igualmente inédita, donde uno hombre idéntico a Borges se ve implicado en un asunto policial.

Naturalmente, Salvador Muzadio acepta la propuesta, su economía no es buena —coordina los destinos de una revista de variedades, escasa tirada y poco interés— y su situación amorosa roza lo patológico: está de novio con una chica demasiado liberal para su gusto.

La resolución de la propuesta del profesor Siagó es triste: los tiene a éste y a Muzadio sentados en segunda o tercera fila de una de las salas diseñadas por Clorindo Testa. El geronte al que refiere el libro se ha quedado con la autoría de la obra y habla desde el estrado, rodeado de actores y otras celebridades ya muertas; el geronte solo tuvo la delicadeza de ubicar a su amigo Siagó y a Muzadio en la solapa posterior del libro, como “colaboradores” de cierto capítulo, el último. Siagó y Muzadio están indignados, pero asisten de todos modos al ritual de la presentación, acaso por pusilánimes, más seguramente porque entre los presentes se encuentra el profesor Alkaseltzer, quien posee una enorme influencia sobre los dos. El libro: el libro tiene una tapa donde predomina el verde y se destaca la figura de un arlequín. Salvador Muzadio regresará esa noche de invierno —porque es invierno, el mes de junio o julio— con un ejemplar del libro verde, embarcado en el también verde colectivo de la línea 92, de regreso a Flores. Siagó se despedirá un poco antes del principiante en el fracaso sobre la Avenida Las Heras. Jamás volverán a verse, o casi: “Un mediodía, sobre República Árabe Siria, cuando creo que todavía así no se llamaba esa calle, de la vereda del Jardín Botánico me cruzaré con Siagó —me escribe Muzadio—. Pero fue solo saludarnos, ni siquiera éramos amigos, la diferencia de edad entre los dos era grande y yo iba de la mano de otra novia, muy concentrado en mis propósitos lúbricos. En lo que a Alkaseltzer se refiere, ni siquiera me saludó en la presentación, nunca lo volví a ver, no sé si está muerto, no me interesa”.

*

Debemos saltar al siglo veintiuno para encontrar en acción nuevamente a nuestro insoportable antihéroe, que ya se casó; que, con la eficacia y la virtud de un roedor, ya es padre de múltiples hijos. Pesa unos diez o quince kilos más, etcétera, méritos todos que lo han convertido en un soberano infeliz. “Deberías escribir en alguna parte —me escribe— que las religiones, la institución familiar y ciertas personas muy pías enferman rápido de hipocresía. Yo fui uno de esos; la tristeza y la locura, luego, me salvaron de males mayores”.

Salvador Muzadio se sostiene económicamente con trabajos más bien sin relación de dependencia y ha roto todas las ilusiones que en lo pretérito vendió el profesor Alkaseltzer a quien se cruzó, entre ellos a Siagó. En efecto, Muzadio no ha honrado su “pluma de oro” juvenil, es una exreina de la Vendimia que se afeó y mucho, y no saben ustedes de la defraudación que al respecto experimenta su por entonces mujer. Ella soñó con París, con conferencias de Muzadio y libros por él publicados, ella creyó como una devota temerosa cree en Dios, ella confió en que Salvador Muzadio la llevaría a dar la vuelta al mundo y que por él ella sería famosa. “Pero aclaremos —me escribe también— que yo nunca nada a nadie prometí y que mucho menos me la creí, por la sencilla razón de que siempre supe que no me daba el piné”: es verdad, los textos ahí están, Muzadio trabaja con textos, pero el mayor premio que ha recibido carece de aires literarios: es el primer puesto de cierto año por una nota de periodismo técnico y se trata de una estatuilla mitad de plástico, mitad de vidrio, que se romperá a minutos de ser recibida.

Salvador Muzadio de todos modos pierde horas de sueño por sus pretensiones literarias; la falta de dinero para ser socio de un club, la ausencia de una práctica marcial, los dos amigos que frecuenta una o dos veces por año, su incipiente derrota en el amor romántico y la economía, todo aquel conjunto es común que obre fatalidades como la literatura de segunda. Pero no existe otra cosa a su alcance. Creámosle. Y todo se trata, al final de cuentas, de un ritual inofensivo como el de quien necesita lavarse las manos cada quince minutos. Internet, además, ha contribuido con esta patología fatua: para Muzadio constituye lisa y llanamente una revolución. Por Internet de algún modo encontró el club, la práctica marcial y amigos con quien hablar. Con estos ha formado una revista en pdf donde publica sus ejercicios, cual si fueran golpes y patadas. La publicación cae en la casilla del spam de increíbles lectores, pero ese es un detalle menor. Salvador Muzadio por primera vez desde Siagó y el geronte estafador ve posible realizar su sueño pequeñoburgués. Publica dos o tres ficciones, cierto ensayo, una novela inconclusa sobre una asociación protectora de niñas vírgenes y una crónica eterna sobre el Riachuelo. Y sí, la fortuna en esta ocasión parece estar por vez primera de su lado en términos estrictamente librescos: dos editores de la península ibérica lo contactan, le piden que reúna material, que les interesa evaluar la posibilidad de sus escritos envasados en tapas blandas. Muzadio ya no recuerda bien los detalles, sí sabe, y así me manda, unos links donde todavía su libro europeo se puede conseguir a un precio imposible para cualquier argentino. Tal obra integrará el catálogo de una editorial de provincias que finará en breve, pero que antes tendrá el buen tino de publicar a uno de los escritores latinoamericanos que, a mi gusto, mejor escriben a principios del milenio, el dominicano Juan Dicent, alias Dino Bonao. Por lo demás, el libro europeo de Salvador Muzadio, si bien no es un éxito, es valorado y reseñado por dos medios regionales y uno nacional, “lo que no es poco, amigo, por eso no entiendo por qué me dices que te sientes deprimido”, le escribe, algo harto, el editor español a nuestro intolerable protagonista, como respuesta a un correo electrónico que Muzadio dice que no encuentra. “En Buenos Aires y rodeado de chinos recibí cuarenta ejemplares de ese libro, los repartí mal, nadie les dio pelota, me di cuenta de que no tenía amigos en el ambiente, en casi ningún ambiente, y aunque quise armar un segundo libro, los problemas económicos y los emocionales me lo impidieron: realmente el matrimonio es el suicidio de cualquiera —Muzadio me escribe—. Recién a días de mi separación publiqué una novelita más bien breve, burda y pornográfica, y si lo hice fue a sabiendas de que de ahí a nada ya nada podría escribir”.

El quebranto económico, los psicofármacos y un par de internaciones psiquiátricas terminan con esta segunda parte de la historia. Ya falta menos para cumplir con lo que mi protegido me ha encargado: escribir sobre la editorial Ay Que Me Resfrío y el libro Cuidado con el anciano.

*

Empalmemos. Recién dado de alta de una internación, Salvador Muzadio un día deja su hogar conyugal “por estar seteado para que así suceda —me escribe—, porque: ¿por qué los hombres debemos dejar de vivir con nuestros hijos en estas situaciones, no es esta una de las formas del tan mentado patriarcado?”. Como sea: un día Muzadio deja su hogar conyugal y se abraza a renovados tratamientos solventados por la caridad de sus familiares. Durante tres o cuatro años casi no volverá a escribir como lo hacía ni tampoco podrá leer. En consecuencia probará ingresar a trabajos donde el estar empastillado no le traiga mayores complicaciones. Pero la suerte otra vez no estará de su lado y nadie lo aceptará en plantilla alguna, e incluso cuando el horror cese con un “empleo menor para un déspota sanisidrense” su mecanismo responderá a reflejos ya muy condicionados: retomará los libros, volverá a matar las horas de soledad con esa vocación de pertenecer a las ligas menores de la escritura por carecer del carné de un club donde lanzar una patada. De esas ligas hechas de potreros y baldíos no será nuevamente capaz de apartarse, como una mosca tampoco puede evitar la pulsión por olisquear la carne podrida. Llegamos de este modo casi al inicio de este pequeño documento donde Salvador Muzadio busca darme de qué escribir. Me quedan muy pocas hojas tamaño holandés, como les dije mi escritura es a mano, me duele el hígado y como también creo que les narré soy zurdo, mi zurda tiene cuatro metacarpianos reconstruidos y duele.

*

“Agregame datos biográficos falsos”, me instruye Muzadio. “Por ejemplo, decí que me hago llamar Muzadio. O decí que vos soy yo. Y escribí que no soy tan underdog, o que sí, que lo soy, pero que no es para tanto, y que cuento no con una, sino con dos novelitas intermedias entre los espacios de insania; decí que escribí y publiqué la novela del falso Borges y también la otra de las inundaciones y los mormones, contá que esas obras fueron publicadas por editoriales hoy desaparecidas, que siempre las editoriales desaparecen, y por fin decí que el editor de Ay Que Me Resfrío es un femenino y que todo lo que hasta ahora hayas escrito es solo una mentira. Es más, matame. Al final de tu textito, matame. Podés utilizar el recurso de un relato largo de Clarice Lispector, que mata muy bien a una nordestina; yo soy incapaz de imitar a Lispector, confío en vos”.

Pero no. Edición. Y los hechos:

Salvador Muzadio escribe Cuidado con el anciano bajo la inepta edición de la editora o el editor (no importa el sexo sino la moralidad de los actos) de Ay Que Me Resfrío, así se dan las cosas. Y Cuidado con el anciano es la obra prohibida de Muzadio. Así es y así debo contarlo, por más que Muzadio me ordene varias veces seguir desfigurándolo todo y escribir que el verdadero nombre del libro es El tuétano del marciano o El sombrero de Mariano. “Muzadio, todos sabrán que los nombres de mi texto serán todos cambiados, no te preocupes”, lo consuelo.

Cuidado con el anciano es una novela biográfica. Ay Que Me Resfrío recibió el encargo por parte de dos sexagenarios que pretendían homenajear a un familiar muerto con un libro. La obra de Muzadio gustó, los sexagenarios en su delirio de hacerse ricos con la historia reaccionaron tarde, cuando Ay Que Me Resfrío ya se había lanzado como editorial y puesto como autor a mi protegido. Los sexagenarios: pretendieron (tarde) la explotación comercial del libro hasta setenta años después de muerto Salvador Muzadio y ahora, como último recurso, retienen los ejemplares de la novela (o eso dan a entender) y le iniciaron acciones legales a nuestro torpe protagonista amigo de nadie. “Explicá que lo que mis enemigos creen es que El muérdago de Alejandro llegará a Hollywood o a Netflix, que nunca antes nadie me sobrevaloró y odió tanto a la vez, y que por eso no soportan la fantástica idea de verme en un convertible, con un par de modelos, en California, mientras ellos hunden sus pies en agua caliente y sal, metidos una pieza del conurbano bonaerense poco calefaccionada. Explicá, explicá aunque no esté bien, aunque no corresponda, que por ese libro tuvieron la pretensión de que les cediera mis derechos patrimoniales hasta después de que el último gusano habitara mi cadáver. Y no te olvides de al final matarme”.

Mi amigo quiere que construya un relato con una estructura parecida a esta: Ay Que Me Resfrío y un par de sexagenarios encargan la escritura de la novela Cuidado con el anciano; Salvador Muzadio finaliza la novela, que es aplaudida por los tentáculos de ese primer público lector, que reconoce la autoría de nuestro antihéroe a la vez que lucubra que esa obra llegará mucho más allá de la cuarta división literaria; Ay Que Me Resfrío, la editorial de estúpido nombre, más los sexagenarios, retienen la distribución y venta de la obra (o le ocultan esa perentoria información al autor) en tanto Muzadio no ceda su alma: para convencerlo, lo amenazan con ensuciarle su currícula de arquero veterano, con matarlo socialmente, con tildarlo de plagiario, a lo que Muzadio resiste bajo la expresión principista de la dignidad y las conquistas laborales alcanzadas por el peronismo. Resultado: ninguno le perdona que se defienda, la idea esclavista de que Muzadio es el perro que le muerde la mano al amo es demasiado poderosa. Y como si a un Leonardo de provincias le cuestionaran la propiedad de la sonrisa de La Gioconda, a Muzadio le terminan por cuestionar todo, hasta la autoría. Con ese clima llega la carta documento.

Las últimas imágenes de esta crónica son irrelevantes. Ahí está Salvador Muzadio camino a la sala de mediaciones. Lleva en su mochila un ejemplar de uno de los Cuidado con el anciano que pudo retirar de imprenta, el contrato de edición con Ay Que Me Resfrío y la impresión de correos electrónicos llenos de ristras de insultos y amenazas. Lo acompaño yo, que soy su abogado, que le digo que tiene todas las de ganar, que por una triste vez en este país habrá algo de justicia y que quién le dice si de este lío su obra despierta algún interés genuino en la prensa y asciende de categoría. Pero mi amigo, lo sé, ya antes de ingresar al edificio donde se realizará la mediación, ha decidido renunciar a su histórica patología, o bien ha resuelto resignificarla. Puedo hasta imaginar la frase que resume su retiro de las ligas menores de la literatura: “¿Sabés qué? —me dice—. Voy a dejar de escribir, me da mala suerte, y creo que me voy a inventar alguna cosa parecida a un taller literario, donde estar a gusto, de igual a igual, con aspirantes de mi condición. Eso no será curarme, pero alejaré un poco la macumba a la que me expongo”. Tras ello Muzadio no muere, todavía no. No hay auto amarillo que lo atropelle, tan solo la cámara nos enfoca desde atrás, en las veredas angostas que rodean a la plaza Lavalle. Por ese paisaje nos mezclamos entre la gente, mi cuerpo fornido engalanado con un traje de importación junto al físico pequeño de mi protegido vestido con harapos. Y luego, como alguna vez cerró cierto texto Muzadio, todo se funde a negro.

*

Post scriptum:

“No, no me gusta el final y menos mis últimas palabras —Muzadio me dice tardíamente como corrección de esta crónica, entrevista o como quiera llamarse, acaso ensayando ya su pretendido nuevo oficio de tallerista—. Me vas a traer todavía más problemas. El verdadero arte está en la metáfora, y lo tuyo en nada es metafórico. Solo cambiaste nombres. Con eso jamás alcanza”.

“Lo siento —le respondo—. Si acaso existe la oportunidad, intentaré con otro texto enmendar los errores de este. Lo escrito, escrito está”.

“Metele aunque sea un ‘continuará’”.

“Ya no puedo, Muzadio”.

“¡Meteseló, por favor!”.

“Imposible, ya lo entregué. Pero podemos en un futuro inventar algo más, ¿qué te parece?”, le pregunto.

Bien, que le parece bien, me responde Salvador Muzadio y cuelga (sí, esta conversación es telefónica).

Dos hombres de incierta edad, buenas dosis de arrogancia y borrachos de aspiraciones de grandeza le tocan el timbre; él debe recibirlos.

“Son mis primeros alumnos y aquí se inicia mi primera clase —Muzadio se justifica antes de colgar—. No recuerdo aún cómo se llaman. Internamente los nombro 'Carozo' y 'Narizota'. Y no sé si pueda soportarlos”.


* Texto eliminado de donde originalmente se publicó por las fuerzas buchonas y paraliterarias de la política neoprogreliberal, el mainstream y el odio.

29.11.21

Después de Rosh Hashaná (o Guillermo Roux, 1929-2021)



En la estación San José de Flores, subte A, las reproducciones de varias obras de Guillermo Roux se alinean a la vera de las vías. Ahí puedo ver a su primera mujer sentada en una silla. Ahí también (siempre) recuerdo esa tarde-noche donde terminamos bebiendo y hablando de trascendencias mezcladas con chistes que me hicieron bien en un momento muy malo de mi vida. No sé dónde lo leí, pero en alguna parte fue que mis ojos se toparon con la idea de que, cada siete o nueve años, se cumplen ciclos vitales. Nueve años después de encontrarme con Guillermo Roux me entero de su muerte. Nueve años después de que él seguro iniciara un nuevo y último ciclo de su vida (y yo otro más). Rearmo lo escrito de ese encuentro.

*

Año 2012:

En una sinagoga de la zona norte del conurbano bonaerense se detiene un auto blanco. El conductor desciende por su puerta, abre una de las traseras, ayuda a un anciano a ponerse en pie. Juntos avanzan hacia los hombres de seguridad que custodian el templo. El anciano lleva en la cabeza una kipá, lleva un bastón en la diestra, el brazo del taxista en la otra. El anciano tiene una barba blanca recortada y quiere festejar el 5773; vino ilusionado con soplar un shofar.

—¿Y usted a qué viene? —pregunta uno de los hombres de seguridad.

—Bueno, el rabino dijo que yo viniera, me invitó —responde el anciano.

—¿Pero usted tiene invitación? Las entradas son numeradas.

—No, no tengo. Me invitó el rabino.

—Pero usted no tiene invitación.

—Pero el rabino dijo “¡vengan!”.

—¿Cómo “¡vengan!”? Dígame, por favor, ¿usted por qué viene por acá?

—Porque quiero oír el año nuevo.

—Pero, dígame una cosa, ¿quién le dijo que viniera?

—Ya le dije, el rabino.

—¿Y este que está a su lado, quién es?

—Este es taxista, me lleva del brazo porque yo no puedo caminar solo.

—¿Y usted conoce al rabino?

—Sí, yo voy a las clases del rabino.

—¿A cuántas clases del rabino fue usted?

—Fui a cuatro, cinco clases.

—¿Pero usted es judío?

—No.

—¿Y quién le dijo que fuera a las clases del rabino?

—La profesora de natación.

Atardece o ya es de noche. El hombre de seguridad que realizó la indagatoria comenta con un colega “el problema” que ahí tiene:

—Acá hay uno que dice que la profesora de natación le dijo que fuera a lo del rabino y que quiere entrar a la celebración.

El colega del hombre de seguridad algo murmura, algo que no alcanzan a entender ni el anciano ni el taxista. Asisten así, sin comprender, a un pequeño conciliábulo, que finalmente tiene su veredicto:

—Mire, este año nuevo no va a poder ser.

—Bueno, ¿y cuándo va a poder ser, el año que viene?

—Sí, el año que viene.

—Bueno, será el próximo año nuevo —dice el anciano, tira del brazo del taxista. Los dos regresan al auto.

“Después fui aprendiendo la otra vida, la vida más cómoda —dice—. Y después, también, bueno, para muchas cosas, estoy comenzando de nuevo. No sé qué va a pasar mañana. Soy un chico. Por ejemplo, por este asunto de la culebrilla y los dolores que tengo, estoy descubriendo un mundo nuevo. Si estoy enfermo no es que lo tome a mal, lo tomo a mal porque me duele muchísimo, pero empiezo a sospechar inmediatamente de que por algo ha de ser. Y me pasó esto: nunca había entrado al vestuario de un club porque siempre tuve prejuicios con respecto a la desnudez en los vestuarios. En los dormitorios no, pero en los vestuarios me daba cosa de nervios. En Italia, cuando me bañaba una vez por semana, era un compartimento para vos solo, otra cosa. Y pintar desnudos era otra cosa. Mi aversión a la desnudez en los vestuarios es una falta, no una virtud, en especial dedicada a los que tienen deformidades; me asustaban, me impresionaron desde chico, quizá porque había en esa casa de ladrillos, de Caracas y Yerbal, en Flores, un chico al que le faltaban los brazos y salía con los muñones haciendo así —mueve los codos como una gallina— y me asustaba; era una escena tremenda. Desde esa época le tenía terror a eso. Y bueno. Ahora tengo que ir al club, a nadar por esto de la culebrilla, el dolor. Y voy un día y de repente estoy desnudo, cuando todavía me dolía más, cuando el taxista me tenía que ayudar a levantarme los pantalones. Estoy desnudo en un vestuario, lo que ya es una cosa rara para mí, desnudo con el bastón ahí, y de repente entran 15 o 20 chicos down y se desnudan todos juntos. No te digo que eran pocos down, eran como 15 o 20 tipos, todos peludos, y yo desnudo, cagado completamente, pero al mismo tiempo desconcertado y con piedad de verme a mí mismo maltrecho y a todos maltrechos, todos en la misma bolsa. En eso estoy y se me cae el bastón, y un down viene, me lo levanta y yo le acaricio la cabeza, y de pronto se me cuelgan cuatro o cinco o seis desnudos y me saludan, y yo me digo ‘¿qué hago ahora?’, y entonces veo que ¡somos iguales!, y perdí el temor, completamente lo perdí. Todos somos iguales. Bueno, me da vuelta esto en la cabeza y ahí empecé a entender otra parte del mundo. Y un día entro a la pileta y la profesora que me hace hacer los ejercicios empieza con eso y me comienza a decir cosas que no eran normales para una profesora. Por ejemplo yo le digo:

“—Mire, yo no puedo levantar la pierna.

”Y ella me dice:

”—Bueno, lo ideal es levantar la pierna. Pero si el ideal no se puede, se hace lo real. Y si lo real no se puede, se hace lo posible. Y si no se hace lo posible, se hace lo posible de lo posible. Y si aún así no se puede ni eso, basta con pensarlo, porque algún día va a ser posible. El acto de pensarlo ya es algo.

”A lo que le pregunto:

”—Dígame una cosa —y te aclaro que yo jamás entré a una sinagoga por más que Franca, mi mujer, sea judía; yo no voy ni a sinagogas ni a iglesias ni a nada, ni rezo ni un corno—. Dígame una cosa, ¿cómo usted sabe todas estas cosas, usted va a algún profesor de filosofía?

”Y ella me dice:

”—No, estoy yendo a las clases de un rabino. Estamos estudiando con un grupo de vecinos el Antiguo Testamento, acá, a diez cuadras.

”Y yo me iluminé:

”—¿Y cuándo da clases el rabino.

”—Los lunes, a las 7.

”—Bueno, el lunes, a las 7, estoy ahí”.

Franca, que se apellida Beer, que nació en Palermo, que por judía huyó con su familia de Italia en 1939, saca una kipá. Él dice: “Cada vez me interesa más. Por ejemplo: un vecino tiene una pelea con alguien, dice:

“—Y sabe qué pasa, el hincha pelota de mi vecino, que esto y lo otro, y la otra vez tocó la puerta de mi casa y no se la abrí.

”Entonces dice el rabino:

”—Dígame una cosa, ¿Dios está en todas partes?

”—Sí, está en todas partes —dice uno.

”—No, no está —dice otro.

”Gran discusión. Y el rabino dice:

”—Dios no está en todas partes. Dios está donde abren la puerta. Dios no entra porque sí, si no lo invitan. Para que lo inviten a Dios, hay que haber trabajado antes y abrir la puerta, pero no entra en todas partes, hay que haber trabajado antes para recibirlo. El que no tiene interés en recibir la visita no la recibe. Dios no es uno que se impone”.

Guillermo Roux, en 2012, tiene 83 años. (Y en 2012 yo escribo en esta laptop deformada por la batería a punto de explotar, pero debo ahora reescribir todo esto en esta misma computadora, es mi pequeño homenaje a Roux, arriesgarme a que el teclado me explote en la cara). Él es el anciano de la kipá en Rosh Hashaná, es el hombre desnudo del natatorio, el que asiste a las clases de la profesora de natación y a las del rabino. Es el casado, 45 años atrás, con Franca Beer. Es quien imaginó, antes que Luis Alberto Spinetta con su Capitán Beto, al primer astronauta argentino, cuando pintó el óleo, en 1969, “Primer lanzamiento del astronauta Fermín González, 1873”. Y Guillermo Roux es también el chico que vivió en el barrio de Flores, ahí en San Eduardo (hoy Aranguren) y Artigas; el que un día se sintió atacado por el arte, siendo todavía un adolescente; el que dejó el colegio y se puso a trabajar en la editorial de Dante Quinterno, amigo de su padre, Raúl Roux, también dibujante; el que igual siguió atacado y llegó, a través de Mario Quirós, a la casa de Cesáreo Bernaldo Quirós, en Vicente López, que fue algo así como su primer maestro, y el que escuchó el consejo de Benito Quinquela Martín de “váyase a Europa, pibe, arreglesé, y tenga cuidado con las minas”, y el que finalmente zarpó en el vapor “Salta” hacia Italia, con destino final en Roma, y asimismo el que de allí volvió a inicios de los 60, para luego instalarse en Jujuy como maestro, y el que todavía no terminaba de ser reconocido, y el que jugaba al límite con su vocación, y el que vivió un tiempo en Nueva York como dibujante, y el que regresó otra vez, como dibujante, para Franca Beer, quien sería el punto de inflexión en su vida, el antes y el después, el inicio de un nuevo amor y el de la fama y el reconocimiento de la crítica, cuando ya había llegado a las cuatro décadas, esa edad donde o se hizo todo o no se hizo ya nada. Todo eso es Guillermo Roux en 2012, más todo lo que de él han dicho en función de lo único que sabe hacer desde que tiene memoria: pintar.

“(…) no puedo olvidar que cuando conocí a Roux y miré sus obras por primera vez (Galería Rubbers), allá por el año 1975, me acerqué a él y le dije: ‘Usted es un artista, pero anacrónico’. Con lo que no quise formularle un reproche, sino señalarle su prudente actitud y, a la postre, inteligente, por cuanto hoy día parece difícil seguir siendo artista pintor si no se es anacrónico, es decir, ajeno a las exigencias de su época. Con mayor razón en nuestro país, donde la nueva modernidad apenas aparece en pálidos destellos tecnológicos”. (Jorge Romero Brest).

“Con Guillermo, que es muy buen narrador, inventábamos historias. Él hacía un collage y yo escribía un texto. O a partir de las palabras surgían las imágenes que enriquecían la escritura. Por esa época, los objetos comenzaron a invadir las figuras en la obra de Roux. Vi cómo avanzaban sobre un tenista, sobre La Gioconda, sobre Goya y la Maja, sobre los amantes, los futbolistas, los lectores, los escribas, que Roux pintó desde lo fragmentario. Fue la época [hacia principios de los 70, fines de los 60] en que se afianzó su arte”. (Pedro Orgambide).

“(…) Había pintado una serie de paisajes romanos con pinetas, cipreses, ruinas y estudios de volúmenes, que no toleraba y estaba dispuesto a tirarlos al Tíber. Seguimos caminando y, frente al palacio Farnese, discutimos. Llegamos a gritarnos y me costó mucho convencerlo antes de llegar a la costa del río, para que me los diera en caución, porque yo los consideraba de valor; más aún, buenos. Guillermo padecía su autocrítica. Era impío consigo mismo. Se exigía sin límites, tanto en su trabajo como en los resultados. Cuando veinticinco años después le mostré aquellos cuadros, los miró interesado y como si hubieran sido pintados por otro. Solamente dijo: no está mal”. (Mario Corcuera Ibáñez).

*

—Fue una historia de amor. Me enamoré de él —dice Franca Beer sentada a la mesa de la casa y que fue la mesa del hogar de Guillermo en el barrio de Flores (que también supo ser mi barrio, y que, a veces, lo vuelve a ser). Hace rato que todos tomamos whisky. Hace el mismo rato que todos nos tuteamos.

—¿En el primer momento en que lo viste te enamoraste?

—No, en el segundo.

—¿Y eso cuándo fue?

—Al día siguiente de hacer el primer dibujo para la agencia. Ahí me empecé a enamorar, y al tercero…

—¿Vos ya estabas separada?

—Yo estaba separada hacía un año.

—¿Y cómo fue el hecho?

—Empezamos a conversar y a la semana ya éramos pareja. Y ya no nos separamos más. Hace 45 años.

—Y en 45 años pasó de todo —dice Guillermo, el mismo que entró en busca de trabajo a la agencia de publicidad de Franca Beer, para dibujar, nomás, y que terminó encontrando a su segunda mujer.

—Ahora, por lo que se ve en las cronologías, hay un antes y un después en Guillermo Roux tras este encuentro.

—En el acto —dice Guillermo.

—La vida de Guillermo es antes de Franca y después de Franca —asegura Franca.

—¿Y eso cómo se explica?

—Yo tengo una teoría, pero es una teoría, nomás —tercia Guillermo—. Una teoría racional. Yo creo que hubo una complementariedad, es decir, que ella era un pedazo que me faltaba. O sea, yo creo que, hasta ese momento, vivía en un mundo ideal, fantástico, no por buenísimo, sino por fantasioso. Y yo creo que ella ordenó ese potencial, eso que había, y yo encontré en ese ordenamiento un camino.

—Y vos, Franca, ¿viste en él al artista que hoy es?

—Yo vi una posibilidad que estaba en manos de alguien que era muy inteligente, pero tenía todos los cables del cerebro mal conectados.

—Es decir que estaba a punto de hacer un cortocircuito.

—Era muy objetiva —dice Guillermo.

—No razonaba bien, o normal —sigue Franca—. Me hacía cada razonamiento… Por ejemplo: “Yo no necesito dinero, porque yo con un salamín y un pan vivo”. Y a mí me enamoraba él como totalidad, pero objetivamente veía que había algo que no era lógico en una persona que estaba por llegar a los 40 años, que no se preocupaba por el dinero y que creía que con un salamín y un pedazo de pan era suficiente.

—Que era lo que yo había hecho, por otra parte. No mentía —vuelve a intervenir Guillermo.

—Entonces —habla Franca—, con la habilidad que él tenía, había una cosa que estaba desfasada. Él, a los casi 40 años, no estaba en el lugar que le correspondía estar, es lo que yo sentía. Presentía que él podía dar mucho más que eso, pero que había alguna razón por la que estaba como desfasado. Entonces le dije que tenía que psicoanalizarse, porque había incongruencias que no iban con su capacidad, su intelecto, su inteligencia, y él aceptó.

—Vuelve acá una persona bloqueada y acá florece… De todos modos es increíble que un hombre que hasta los 70 estaba como “guardado” de repente sea reconocido.

—En tres cuatro meses ocurrió —dice Guillermo—. Se dan una serie de hechos que no sé quién los provoca.

—¡Yo los provoco! —dice Franca—. ¿Quién lo trae a [Rafael] Squirru? Guillermo estaba haciendo cosas maravillosas.

—Y a mí olvidate de las tendencias, yo seguía con lo mío, no estaba en contra de nada, iba por mi propio camino.

—Romero Brest dice que eras anacrónico en lo que hacías.

—Todo el tiempo me lo dijo.

—También dijo que él no era el mejor pintor argentino —Franca se prepara para lanzar algo así como un secreto—: Dijo que era el mejor pintor de la historia del arte argentino.

—Bueno, no empecemos a exagerar tampoco —la censura Guillermo.

—¡Me lo dijo a mí Romero Brest! Lástima que no lo escribió.

—Tampoco exageremos…

—Pasa que el prejuicio es tan grande que, aun los principales galeristas argentinos, frente a un desconocido… Quiero decir: Guillermo estaba pintando las maravillas que pintó en los años 70 y no conseguía galería —cuenta Franca—. Le hablé a Rubbers, me dicen “no tengo tiempo”. Así hasta con galerías de cuarta. Nada. Bonino le había hecho una exposición de dibujos y collages y no quiso seguir viendo la obra. Quedaba Rafael Squirru como crítico más importante. Ah, y Romero Brest. Pero antes de que fuéramos amigos, Guillermo le fue a mostrar un dibujo y Romero Brest le dijo: “¿Y usted para qué me muestra esto? A mí no me interesa nada de lo que me está mostrando”. Entonces le hablé a Rafael Squirru. Y él me dice: “Bueno, puedo ir para allá”, y vino acá a ver la obra, de muy mal humor. Yo no lo conocía. Subió al taller y yo digo: “¿Quiere sacarse el impermeable?”. “No, porque en cinco minutos tengo que irme a una conferencia”. Igual le digo: “¿Quiere un café?”. “No”. Y bueno, yo temblaba porque él [por GR] estaba al borde del suicidio porque nadie quería su obra.

—Me había metido en un camino que para qué te cuento —admite Guillermo.

—Pero cuando subo con el café, Rafael me dijo: “Todo lo que veo aquí es de calidad internacional; acá tiene obra no para ser expuesta solo en la mejor galería de Buenos Aires, sino en las mejores galerías del mundo”, esas fueron las palabras de Rafael Squirru cuando vio la obra. Y enseguida preguntó: “¿Qué galería tiene usted?”. Y Guillermo le dijo: “Ninguna”. “Cómo, ¿y Bonino?”. “No”. “¿Y Rubbers?”. “Tampoco”. “¡Qué ignorantes!”, protestó Rafael, y de inmediato agregó: “Hoy es sábado, yo el lunes le consigo exposición en Bonino”. Y el lunes llamó y dijo “va a ir Bonino a ver su obra mañana”. Y al día siguiente vino Bonino. Y en octubre Guillermo hizo la exposición en Bonino: vendió absolutamente todo, todos los diarios y todas las revistas hablaron de él y fue un boom. Pasó de la nada a esa explosión. Y eso fue en octubre. En marzo del año siguiente expuso, le vino un telegrama de Marlborough, Londres, invitándolo a exponer, y después vino Munich, y después ganó el primer premio en la Bienal de San Pablo.

—Fue muy rápido todo —recuerda Guillermo.

—Ahora bien, vos estuviste al borde de ser un ignoto total y hasta un fracasado.

—Es que nunca me sentí un fracasado —se defiende Guillermo—. Angustia sí, pero no “fracasado”. Yo tenía certezas de que lo que yo estaba haciendo era mi camino, aunque pasara lo que pasara. Trascendía mi vida. Yo nunca me sentí fracasado, nunca pasó por mi cabeza esa idea. Ni “éxito” ni “fracaso”.

—¿El rabino hace casamientos? ¿Y si se casan?

—Qué sé yo… Si me dejaron ir al Día del Perdón… No sé por qué caminos se enteraron de que no me habían dejado entrar al año nuevo judío, trascendió, y el caso es que me fui al Día del Perdón impecable, con un traje blanco que me puso ella. Mirá el desenvolvimiento que tiene todo esto, que finalmente la enfermedad me lleva al Día del Perdón. Todo en mi vida se ha ido dando de esa manera, por hacer caso a ciertos hechos que no puedo explicar. Para mí no hay nada que no tenga una consecuencia, nada es desperdiciable, ninguna cosa es inútil, todo tiene un indicio, por algo te llega. Lo malo y lo bueno, ¿eh?, no importa. Nada de lo que pasa es inútil y hay infinita cantidad de vidas que hay que ir aprendiendo a recorrer. Lo de antes no te sirve para mañana ni para hoy. Y cada día tiene su señal para el futuro. Camino mal y termino con el rabino... Luego, no sé qué significa eso. Pero no es que la vida se termina, sino que comienza cada vez, es un eterno recomenzar, con códigos nuevos, con cosas nuevas, algunas de las cuales jamás descubriremos.

*

Año 2021:

Antes de que esta laptop explote, y mientras no dejo de recordar esos tragos con Roux y su mujer y que habían desvirtuado la consigna (“algo cronológico, biográfico y periodístico, Cozzolino, y no esto que hiciste y que escribiste en pedo, está clarísimo”), procuro la enmienda (breve) de aquella omisión etílica:

En 1948, GR egresa de la Escuela de Bellas Artes; trabaja de dibujante para Dante Quinterno; logra una única exposición en la Galería Peuser, de la calle Florida, y solo la repercusión en un medio boquense le permite conocer a Benito Quinquela Martín, quien le aconseja irse a Europa. Así llega a Roma, en 1956, con dinero ahorrado que se gasta, y allá trabaja a las órdenes de Umberto Nonni, su maestro, como ayudante en obras de decoración y restauración de la posguerra. La vida es dura, 10 y 12 horas de trabajo para poder comer. De este período surgen dos de sus obras más importantes: “Medias rojas” (1957) y “El paño amarillo” (1958), que a nadie por entonces muestra, que guarda bajo la cama de la pieza que alquila. Carajo, y dos años después de Europa se muda a Jujuy, para hacer de maestro en escuelas primarias y poder pintar por las tardes con óleos, tinta y gouache (creo que así se escribe, ¿no?). Y en 1967 se instala en Nueva York para probar suerte y un año después, de vuelta en Buenos Aires, conoce a Franca y viene la “explosión”. Germinan sus primeras obras producto del trabajo que realiza con su psicoanalista, se revaloriza su trabajo en The Marlborough Fine Arts (Londres), la Galerie Buchholz (Munich)..., en fin. Para todo lo demás existe Wikipedia. Exposiciones, premios, la gloria. Lo importante: GR seguirá pintando sin importarle demasiado nada. Y no se repetirá, cosa poco común; vg., en algún momento ya no habrá cabezas en algunas de sus figuras humanas. En algún momento de todos esos años de gente, premios, retrospectivas, etcétera. Etcétera. ¡Etcétera! Hasta 2012 y aquellos whiskys. O hasta 2021 y el final, como se lo quiera reescribir.

Llueve el día que ha muerto Roux. Llueve mucho. Creo que también llovía mientras tomábamos whisky en 2012.

Que en paz descanses, pintor.