29.4.26

Quince minutos de «Balada para Adelina» (y un océano de nodrizas)



Qué música poner.

En el entierro de tu padre, cinco meses después del de tu madre, tras echar cada quien pétalos de rosas, comenzarán las voces de los asistentes a recordar hechos que vos no tenías registrados.

Que regaló heladeras.

Que apadrinó a huérfanos tan huérfanos como él.

Que pretendía que el personal de cierta compañía de seguros comiera jamón cocido de primera y no variantes del plástico con colorantes.

En el funeral número dos del año, donde llorarás lo que quisiste como en el número uno, y te apartarás del universo lo que te sea permitido, aquellas voces poco a poco consagrarán a tu padre a los altares, en condición de santo de los pobres y los marginados, quien se inclinaba siempre con devoción hacia las clases perdedoras, y entonces alguien, no sabrás quién, pero será seguro uno o una de los que con él trabajaron, empezará a entonar «esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar», que sí, la cantaba él en La Redonda de Belgrano, en aquella misma iglesia donde una vez, según cuentos de tu madre, un facha de Tradición, Familia y Propiedad le pegó un puñetazo en la mandíbula, que lo hizo rodar por las escaleras.

Pero toda esa fiesta de la muerte y toda esta remembranza de aquel que partió cinco meses después de su compañera, toda aquella teología de la liberación y de la cristiana opción por los pobres se te irá al carajo un día después, cuando todavía quede una nodriza en el departamento que, por las cámaras cuyas imágenes se reproducirán en tu teléfono, habrás de ver que ya no será solo una, sino dos y hasta tres, lo que te conducirá a que, con disimulo, junto a tu hermana, visites lo que fue casa paterna, lo que ahora será tuyo.

Joder, habrás entonces de decirte.

Joder, joder, joder.

Y las elefantiásicas intrusas, como si nada.

Te recibirán con pollo al horno con papas, con bebidas gaseosas, con todo lo que aún guardaba la heladera, y se volverán a lamentar por lo sucedido.

Pobrecito tu papá, pobrecita tu mamá.

Y una recordará la secuencia narrativa donde llegó a descansar a ese departamento aún con tu padre internado y vivo, a lo que las otras derramarán alguna lágrima, a la vez que la misma de antes, que dejó la guardia en el sanatorio cuando la fuiste a reemplazar, aclarará, por si alguna duda te quepa, que «las llamé a estas otras dos porque me daba miedo quedarme sola estos días», y vos te fiarás, como ya te has fiado, de los miedos a los fantasmas que han esgrimido durante tanto tiempo, y recordarás que los pobres son buenos, que así te lo enseñaron, y que las clases populares que delinquen lo hacen porque uno es el culpable, uno y el resto socialmente incluido y punto, lo reza la letra chica del Génesis en la Biblia Latinoamericana, allí donde dice más o menos que no sólo nacemos con el pecado original, sino en un contexto de pecado social, y no se discuta más, no es ni de buen cristiano ni de buena gente andar clasificando la moralidad de los actos de las personas según las procedencias socioeconómicas y culturales, así como también te han adoctrinado tus ya difuntos padres, antes incluso que la Biblia Latinoamericana (que los fachas dicen que es roja desde siempre), y aquello será por siempre en ti, que vendrías a ser vos, mucho más que palabra de Dios, eso será por los siglos de los siglos La Verdad, lo que te obligaron a creer en tu casa y más tarde en la escuela de aquellos curas peronistas, y que un poco por la fuerza y otro tanto por la razón te entró, y además has visto que los ricos también lloran y roban, desde Verónica Castro en la telenovela casi homónima hasta acá, entonces a nadie aquí se estigmatiza y menos por el territorio donde viva tal o cual, y un gran etcétera muy asociado e influido por el Cristo más populista de todos, el del sermón de la montaña.

Te retirarás más luego del improvisado almuerzo, junto a tu hermana, pero tu hermana olvidará su celular en el departamento, cosa que, a la altura de la cancha de Argentinos Juniors, recién se dará cuenta, a lo que vos mirarás de nuevo en tu celular las imágenes de las cámaras del departamento, para ver si el teléfono de tu hermana quedó sobre la mesa del comedor diario, pero no, no se verá dónde quedó el teléfono pero sí, en cambio, ocuparán toda la pantalla rectangular las tres voluminosas nodrizas que dijeron que hoy se irían y que una dejaría las llaves al encargado. Ahí continuarán las tres, moviéndose como animales ágiles y enormes a la vez, acumulando sobre la mentada mesa todas las ollas, cacerolas y sartenes de acero inoxidable, y será entonces que a tu hermana ordenarás «pegá ya la vuelta», al tiempo que para tus adentros te dirás lo que te has reiterado más de una vez en todo este tiempo: que el problema no es la muerte, que el problema es el ser humano.

Minutos después, al entrar al departamento, si las hubo alguna vez, como fuere, ya no habrá fe, esperanza ni caridad y, por lo tanto, mucho menos piedad, sino el palo de amasar que tomarás de un cajón del mueble de la cocina, más tu frase en tono sereno «la traición se paga con sangre», tu fingimiento de que estás conectado con el inframundo y que desde el inframundo te avisaron lo que estaba sucediendo.

Ya no habrá fe, esperanza y caridad; por lo tanto, ningún tipo de razón ajena atendible, pero sí tu odio, un odio que, si en práctica pudieras poner, haría su propio Pentecostés pero con napalm.

Porque la condición humana toda desde siempre ha sido atravesada por el mal, y  en ese sentido, papá, le dirás a tu padre, en ese sentido, mamá, le dirás a tu madre, nadie se salva, que no me den un día facultades de dictador, porque estoy muy triste y no puedo sobrellevar ni esto que pasó con ustedes dos en tan poco tiempo, ni lo que te sucedió a vos, primero, ni lo que a vos, después, viejito, que partiste con esa suerte de sonrisa o de satisfacción, creyendo hasta el final que la gente no era tan mala, que la injusticia social la tornaba mala, pero yo no soy vos, yo no puedo ser vos ni ustedes, yo no tengo tanta piedad y ya lo he dicho, en algún momento de todos estos días me he dado cuenta de que carecía de fe, esperanza y caridad, y a los dos, carajo, a los dos les han robado sistemáticamente, desde que cayeron en desgracia hasta la última toalla, hasta la última media, hasta el último pañuelo.


*




Deberás desarmar la casa de tus padres. Todo tendrá que ser rápido. Las expensas serán elevadas. Tus padres han donado en vida unas pocas propiedades muy mal ubicadas, a vos te ha tocado en suerte este departamento, que guardará buena parte de tu infancia y toda la historia familiar de, al menos, dos generaciones. ¡Felicidades, tu vida poseerá todavía un sentido! (Happy problem, algunos imbéciles habrán de decir por lo bajo, esos mismos que no te llamarán, pero quítales —queda mejor el verbo con tilde que sin él— los pronombres a todo, como habrás de escuchar así decir por estos días de luto, porque los imbéciles no llaman en general, te dirás y, si te prenden fuego, sácales el «te», será problema de tu sistema térmico y de tu fuego, ya no puedo adjudicar —habrás de decirte— a otros lo que me ocurre, no es lógico ni de adulto adjudicar el incendio de mis bosques, te dirás. Y estaría bueno, te dirás también, cuando reflexiones sobre estos desvíos, escribir en alguna hora muerta un cuento donde todos los personajes proyectan su propia mierda en otros, sus propios fantasmas, pero no pasará a más de una reflexión; enseguida, se te irán las ganas de escribir y de rezar y de permanecer en equilibrio, y regresarás a este párrafo, lo tratarás de finalizar. Y no podrás. Nunca podrás).

Como fuere, tus padres ya te habrán puesto en estas mucho antes de que todos los verbos hayan sido escritos en futuro y, por propiedad transitiva, en la misión de convocar contactos que te dieron en el último funeral, contactos de personas de «inmobiliarias tradicionales» o de esas otras que funcionan «al estilo estadounidense». Uno de aquellos contactos te lo brindará un pelado con olor a mierda en la boca, a quien no podrás olvidar, así burles la máxima de no victimizarse, de dejar de usar pronombres como el «me» para hacerlo. Más bien antes llamarás a ese contacto del pelado sólo para hacerle perder el tiempo y para hacer quedar mal a ese nuevo enemigo de calva lustrosa. Asegurarás, más tarde, y como siempre has asegurado, no ser rencoroso, tu terapeuta te confirmará que no, que nunca fuiste rencoroso, y te anotarás, así, un punto más en el campeonato de la impostura, y todo será por hacer quedar mal al pelado en cuestión. Pero este será sólo otro desvío, un nuevo rizoma, una venganza pequeña. Lo importante:

Lo importante redundará en que todas las personas a las que llames para tasar el departamento, cuando se presenten, en el mejor de los casos, te dirán «lo siento» cuando expliques que él acaba de morir, que ella lo hizo cinco meses antes.

Lo importante: todos nada opinarán si acaso te explayás y contás que, en el caso de tu padre, fueron cinco años de tortura y prácticamente trescientos sesenta y cinco días de postración en caída libre. Y a nadie menos aún le importará tu tristeza. Es más, habrá quien sólo se interese por su ombligo ya sea para decirte de modo falsario que te echa de menos (o que te odia), no con palabras explícitas, o sí, también con palabras explícitas. No interesará. Quedarás, en todos los casos, al borde de una cornisa, ausentes tus pretendidos amigos históricos, como un cagalástimas cualquiera, con el culo sucio; Gary Lineker cagado encima en el Mundial de Italia 1990, en aquel partido que creés que fue contra alguna de las Irlandas; harto, además, de tener este agujero en el plexo solar que ya no se llamará «angustia» ni tampoco «duelo» a secas, sino «odio», otra vez «odio». Porque estaba escrito en alguna sagrada escritura que los días pasarán y que el odio (por huérfano, solitario y viejo) habrá de crecer en tu podrido corazón al ritmo del desánimo, y ¡oh!, el duelo que imaginaste toda tu vida podría suponer un cambio radical en tu alma, antes que eso será vacío, repudio y violencia frente a la miseria, la negligencia y la avaricia de las nodrizas mecheras, los martilleros públicos, tus examigos que aún se creerán tus amigos y, te faltará escribirlo a estas alturas, los dueños de camionetas y camiones que llevan sus cornetas por los barrios gritando «compro heladera, lavarropa y muebles viejos, señora». Pronto sabrás, carajo, que, a) así como las unas han sido creadas para aprovecharse de los ancianos, b) que los otros sólo estarán en este mundo para llenar su cartera de propiedades en venta y así ver si la pegan con una y comisionan en dólares, y c) que los últimos serán el peor producto de las maquinarias del infierno, demonios esféricos y sinvergüenzas que tendrán una F150 o parecido y que se ocuparán de violar, con tu silenciosa complicidad, con tu irrenunciable tristeza, el espacio que habitó alguien tan débil como tu padre una vez que tu padre cumplió lo que la biología había anticipado y terminó en la morgue de un sanatorio. Ah, y eventualmente orbitarán más martilleros y compradores de muebles, junto con muchachas a las que acudiste cuando creías que te matarías si antes algo no hacías con tus días, y aprenderás a bloquear y a borrar con fría crueldad de tus contactos a estos, los otros y los de más allá, porque no respetarán el dolor ni la muerte seguida de la enfermedad, y porque ya serás, a este ritmo, una mala persona, dolida, pero mala persona, a quien, ni las mentiras que se procuró para sobrevivir y no caer en la segura gran depresión de su vida, lo salvarán de la condena de aquellas que hasta pudieron llegar a albergar alguna incierta ilusión.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, por fin morir. Tal el ciclo, te dirás, para ahuyentar de ti tan oscuros pensamientos, como aquellos del parágrafo anterior.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, depresión, depresión.

Nacer, crecer, reproducirse, asesinar o matarse y hundir la cabeza en las aguas del Leteo.

Luego.

El final.

¿Y por qué esto se llama «Quince minutos de “Balada para Adelina”»?, te preguntarás también, sin aún saberlo.

Volverás al hilo. O, dicho mejor, a la fuga de todos aquellos que en tu conciencia te persiguen: nacer, crecer, etcétera. Y llegarás a la rémora socialcristiana de tu cabeza una vez más, quien pretenderá darte lecciones y te obligará que agradezcas que todos esos pasos tus padres dieron y no como otros, que nacen y se mueren, o como otros menos afortunados que nacen, enferman y nunca mueren porque siempre sufren. Y de nuevo te dirás que nunca fue el problema la muerte, que el problema siempre fue la condición humana, incluida la mía, y habrá mañanas de espanto y Vortioxetina, y otras de correr a un colectivo o al tren que está por partir, y te procurarás que cada hueso y cada músculo te duelan haciendo ejercicios imposibles, todo lo que haga falta, incluido el sexo, menos drogarte, para poder atravesar un día más, un sólo día más, nada más que un puto nuevo día, puesto que, ahora, muchacho, tienes una misión, un sentido, un propósito: vender la propiedad que fuera de tus padres y que ya ha sido saqueada a precio vil por uno de estos que en la internet te compran «muebles de estilo» y se te llevan hasta la última maceta.

«Compro heladera, señora; muebles antiguos, lavarropas, bicicletas, triciclos y vajilla. Compro, compro, señora, y le toco el culo a su hija y me la llevo en un canasto para que me trabaje de puta en un prostíbulo de Morón».


*




Te estoy viendo en la tentación de buscar etimologías. Querrás comprender qué es un «duelo» y qué el «odio» y cuál es la relación entre ambos. Y en la libre asociación de ideas a nada claro llegarás y tu cabeza colonizada te murmurará las coplas de pie quebrado tan conocidas y aprendidas en el tercero o cuarto año del secundario dominado por aquellos curas peronistas, aquellas coplas de un tal Manrique, donde dicen:


...cuán presto se va el placer

cómo, después de acordado

da dolor.


Lugares comunes y abuso de itálicas y comillas españolas, que tanto te seguirán atrayendo aunque estarás arruinado,

jodido,

hecho el resto del hombre que alguna vez creíste ser,

y entonces Corominas, sí, cómo no, Joan Corominas, más comillas españolas, la letra D, y ¡sorpresa!, resultará ser, ¿cómo no lo pensaste?, que «duelo» es multívoca, no así «odio», y leerás y copiarás con un ventilador a tu diestra y el diccionario etimológico sobre tus piernas, acerca de la primera voz, que proviene de «desafío, combate entre dos», empleada por vez primera hacia el siglo XV, cosa de la que habrás de dudar y mucho, y que, además, verás que se relaciona la misma voz con la «alteración del sentido (por influjo de duo “dos”) del lat. duellum “guerra” (…)» y (curiosidad), muy al pie, recién, la que creías como primera asociación de «duelo» y «dolor», para lo cual, pensarás llegado a este punto, deberías aún leer «doler», pero ni para el «odio» ya tendrás ganas, o sí, puesto que, al fin y al cabo, el diccionario continuará sobre tus piernas y nada mejor tendrás que hacer; entonces «odio», y un fraude su origen, puesto que lo más interesante será el leer que proviene del latín odium y, como con eso no harás nada, buscarás en internet, como antes has buscado a los mercachifles violadores del pasado, «compro, señora, compro, lavarropa, heladera, muebles, televisores, ropa usada, adolescentes» y, no conforme, hasta intentarás que una inteligencia artificial te ayude en la celeridad de tu búsqueda, y esto encontrarás antes de querer pegarle una patada a tu máquina:

Que odium era una voz latina, un dispositivo lingüístico creado para significar la fuerte aversión hacia alguien, y te dirás que la definición es incompleta, puesto que no sólo se odia a una persona humana, que también se puede odiar a un animal, a una planta, a un recuerdo, a una cosa, cualquiera sea, y a esa hora de la tarde (los relojes de tu casa marcarán las cuatro y cuarto de la tarde) no sabrás ya cómo seguir y, en tu ignorancia, necesitarás de la red que siempre suele darte el libro de Jonás, o bien el extenso del piadoso Job, el uno que se enfada y que es la ira misma cuando es vomitado en Nínive, el otro que supone la aceptación de todos los peores males que un sujeto puede tolerar en este mundo, pero tal red, esta vez, no te será de utilidad, pues estarás huérfano ciento por ciento y con el recuerdo todavía vivo de cómo se llevaron el bahiut, el juego de living de tu abuela, el juego de jardín que se hallaba en el balcón, el espejo donde se reflejaban las imágenes de tus abuelos maternos y de tus padres, la cabecera de la cama que fue primero de unos y luego de otros, la cómoda, las mesas de luz, los cuadros, las ollas y cacerolas y sartenes y jarros de acero inoxidable que las nodrizas mecheras días antes han procurado robar. Recordarás, enumeración, todo aquello y las camas que todavía habrán de quedar, la maceta aquella y los dos macetones, todo, todo menos lo que tu hermana ya te habrá pedido para ella: la mesa del comedor, dos divanes, la vitrina, una biblioteca.

¿Qué música poner, entonces?

¿Y cómo se sostiene esta vida?

¿Si te has mentido y a todos has querido mentir?

¿Si no es odio, no?

¿Si es dolor?

¿Para qué negarlo?

¿Y por qué no habrás de usar signos de pregunta cuando a estas conclusiones arribes?

¿O por qué los emplearás cuando todo esto corrijas?

Y para qué intentar negarlo, te repetirá tu otro yo desde el pasado. Si todo habrá de resumirse en este agujero negro que vos y yo en el plexo solar sentimos, ese yunque tan parecido a la angina de pecho, que no calmarás ni con el amor o el cuerpo de una mujer ni con el alcohol ni con la Vortioxetina.

¡Ea pues Señora, abogada nuestra!

El combate entre dos, entre tu yo y tu ego, o entre tu yo y tu otro yo que es el otro yo que no soy yo, o entre el cuerpo que te carga desde que naciste y el que finge ser, a tu edad, un hombre serio que a nadie carga.

El duelo interno, amigo mío, donde, si pierde uno, pierden siempre los dos, e incluso los tres.

Un duelo donde, por supuesto, todo se apoya en la tierra del odio, que, a la postre será y siempre habrá sido el postre del dolor, más confrontación, guerra y repelús contra todos los que conformamos desde siempre el ti mismo.

«Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar».

«Compre, señora, compre».

«La traición se paga con sangre».

Adolescentes virginales dentro de un canasto transportadas en una F150 hacia un prostíbulo de Morón. O de cualquier otro punto cardinal de la Patria que nos legaron nuestros mayores.

Y más comillas españolas. Muchas más comillas españolas, más un loco suelto en la internet, a quien verás y atenderás por estos días de tristeza y calor, que pronunciará sin remilgos que, antes que el Hacedor nada creara, se hallaba Él en su Magnífica Soledad Cósmica junto a Castilla, que es tan inmortal, imperecedera, católica y eterna como el mismo Dios que allí se halla sentado en un banco que no existe, junto a Castilla, la nada, y acaso en Castilla, sólo y furioso, el toro de lidia que representará hasta el Juicio Final a todos los toros de lidia que más tarde corran por Las Ventas.

Amén.


*




El duelo carece de definición. Al menos eso impresiona en Castilla (escribirás llegando al final de este relato que nunca sabrás si más bien resultó un no-ensayo, e ignorarás si lo que habrás de escribir en esta oración ya lo has escrito, y de todas formas te escaparás de este paréntesis no sin exhibir tu cobardía, en diciendo «territorialidad teológica» y otras cosas raras que trabarán la lectura de la pobre persona que pretenda leerte, pero allá tal o cual que desee leerte en cualquier tiempo verbal, te justificarás, doblemente harto, pensando en cambiar dólares para sobrevivir, y escribirás igual, porque esto debo terminarlo, te dirás, y escribirás trabado, decíamos, por fuera del paréntesis, «territorialidad teológica», y «territorialidad teológica» encontrará tu torturado lector al salir de aquí), territorialidad teológica, según cierto hispanista ultramontano de gracioso apellido itálico, quien ha dicho en más de una ocasión que tal región existe desde antes de que Dios lo creara todo (aquel ítalo-hispanista que ha imaginado a Dios y a Castilla en el medio de la nada, también suele decir —evocarás, recordarás, tu memoria te dirá—, que Cristo a Pedro entregó Roma; que a Juan, su madre, y que a Santiago, España, de lo que se desprende —también algo te dirás— un raro silogismo, donde la Hispanidad construye una sinonimia cacofónica con la Cristiandad, así en mayúscula, y donde, además, Cristo, por poco, es un manchego eterno que alimenta toros de lidia y se alimenta, a su vez, de quesos y puercos).

Antes del iterado escollo parentético volverás a escribir que el duelo en Castilla parece carente de definición, así posea dos acepciones, una en la confrontación, la otra, en la relación dolorosa y problemática de los deudos frente a uno o más cadáveres, y ha de ser así, concluirás sin ya saber a qué hora llegará tu cambista de confianza, porque no hay en verdad conocimiento del mundo que pueda definirse como verídico a través de la mera palabra; que a esta conclusión habrás de llegar no mucho después de las cuatro y cuarto del mismo día, o bien de otro muy igual. Y así y todo pronto caerás en la cuenta de que la Real Academia desconoce al mundo y también al ser humano, puesto que el duelo no sólo se relaciona con un cadáver, te dirás, y no irás más lejos en tu escritura de tu no-ensayo para no abundar en obviedades, en lo palmario. Más bien antes esperarás a tu cambista ilegal y a una compra compulsiva del día anterior que te debe llegar, como has leído un poco antes, entre las 15 y las 21 horas, y desearás que te caiga más trabajo retrasado como el de recién, que te permita matar las horas de un modo distinto, acaso menos escabroso, quizás más automático y saludable, que escribiendo esto, pero mientras nada de todo aquello ocurra (los agradecimientos de un cliente a su libro por ti escrito, en verso libre; más el epílogo elogioso de un catedrático al mismo libro, etcétera), ¿qué música poner?, te preguntarás, y también ¿cómo nublar la memoria y no pensar en el departamento ni en tus padres ni en los pétalos de rosas y los dos funerales, comenzando por el último y luego por el primero de los entierros, el infierno tan temido de cuando eras apenas un niño que manchaba sus calzones y que increíblemente se había confrontado hacia los tres o cuatro años con la noción de la muerte y no soportaba, pues, que sobre todo su madre no llegara del trabajo a la hora acordada, y era entonces que te debía bajar la nodriza de turno, otro tipo de nodriza no cuida-viejos sino cuida-niños, junto a tu hermana que no dolía, como sí en cambio tú, que vendrías a ser vos, y a los gritos te bajaban a la avenida y la muerte no era un cadáver ni un accidente ni una enfermedad, la muerte resultaba la mera desintegración de tu madre, y luego, cuando ella llegaba al fin a casa, como también más tarde tu padre, te quedaba el saber bastante científico de que ambos un día habrían de morir y que, cuando tales hechos sucedieran, no habrías de soportarlo, y ahora que aquí estás, que hasta aquí has llegado, te preguntarás cómo terminar con todo esto o, con al menos, esta tarde, tras los días anteriores de la última muerte, las nodrizas mecheras, los martilleros públicos y el gordo rufián de la F150 auxiliado por el par de facinerosos expertos en ultrajar lo que fue un hogar en cuestión de tres horas?

Y no, no habrá respuesta, el dólar volverá a dispararse y los cambistas saldrán de sus cuevas a realizar sus grandes negocios, y uno de tus clientes escribirá en verso libre su agradecimiento y su dedicatoria del libro que jamás escribirá, y sobrevolará otra vez en tu putrefacto corazón el odio y el aburrimiento, pero por sobre todo el odio para no llorar, para no entrar en crisis, y los de la compra compulsiva del día anterior no tocarán el timbre hasta tarde, y los de la administración del edificio que habitarás enviarán un correo donde anunciarán que mañana todas las bicicletas arrumbadas en la terraza serán retiradas y arrojadas a la basura, tal como se ha advertido meses atrás, y pensarás que ahí, arriba, ha quedado la bicicleta Bianchi que fuera de tu madre, pero que nada harás por ella, que no la rescatarás del seguro olvido ni del reverbero de la muerte, porque está rota, porque es pesada y porque no es necesario, en el fondo, hacer ya nada, más que bajar el precio publicado del otro departamento, el de tus finados padres, que eso es lo único que falta para cerrar con este capítulo, donde fuiste hijo hasta que de forma definitiva dejaste un día, no hace mucho, sólo dos meses y monedas, de serlo, puesto que has recuperado de repente la mera noción de la matemática y tu padre murió hace dos meses y tu madre hace siete, por eso la distancia entre el fin de ambos da cinco y no hay música de fondo que poner, o si la hay; tan solo deba de tratarse de esas músicas que sonaban en un edificio de unos amigos de tus padres sobre la calle Rosario, frente al Parque Rivadavia.

Richard Clayderman en el ascensor, ¡maravilla!, quince minutos de «Balada para Adelina».

Vos de chiquito.

Todos aquellos quince minutos.

Subiendo y bajando dentro del ascensor de la calle Rosario.

Creyendo que aquella música te hacía feliz.

Sólo subo y bajo, mamá.

Sólo suyo y bajo, papá.

No, hijo, no podés quedarte solo.

Bueno, entonces, acompáñenme, y llévenme luego a la plaza, a las hamacas, esas hamacas que ya no existen y que precisaban del impulso de tus pies para volar.

Acompáñenme, por favor, aunque no todos mis recuerdos sean ciertos, puesto que cuando el señor Clayderman sonaba yo aún no sabía sumar y mucho menos entender cómo se determinaban quince minutos, no más, no menos, aquellos quince minutos de felicidad por los que hoy habrías de matar, si tuvieras a quien hacerlo.

Y que ¡hostias!, el dólar seguirá subiendo, y el cambista ya te habrá fijado un precio cada vez más bajo, segundo a segundo más bajo, y así será que perderás plata por andar escribiendo (y abusarte de los paréntesis, que no fueron creados por Dios, el de Castilla, para estas cosas), y no te será gracioso terminar así estas otras cosas, para nada te será gracioso, o lo será tanto como un cliente taimado escribiendo en verso libre los agradecimientos o la dedicatoria de aquel libro que le habrás escrito y que tan buena crítica tendrá de numerosos catedráticos hispanoamericanos que saben, como Cristo, de quesos y puercos, y de toros de lidia, allí en Castilla, como también en La Mancha. (Y no sea cosa, acabarás por decirte, al ritmo del pianista francés, pues el loco ítalo-hispanista es educador, como tu cliente, y otrora investigador del Conicet, y no sea cosa, te dirás aunque redundes, al son del tarararará, que el loco facho chauvinista chicloso que cree en Dios, Castilla y la nada, llegue acaso a leer aquella magna obra que habrá de preludiarse de versos libres y que, por propiedad transitiva, también replique elogiosos elogios que te elogien sin que lo sepas.

Amén, y amén, gloria al Señor. Y al dólar que sube y no para, como pretendía el Fondo Monetario Internacional y como al fin y al cabo siempre sucede con países como el tuyo, que no habrá de ser ya el mío, para cuando metas el punto final y pienses en contactarte con los de la inmobiliaria, que no habrán entendido hasta ahora que jamás buscaste hacer negocios con aquel departamento que fue de tus padres, que sólo te lo querés sacar de encima, cuanto antes, como a esta tristeza que es, sobre todas las cosas, una soledad, a la que adjetivarás, antes del punto final de tu no-ensayo, como «insoportable»). 


17.4.26

Pack Yr Romantic Mind


En el sueño siempre mi exhogar, del que he vuelto a tener llave, no guarda relación con su arquitectura. En el sueño posee tres plantas, si se cuenta a la baja, como en "lo real", pero ocupa casi una manzana completa. En el sueño de hoy hubo más bien pesadilla. La gran ballena me devolvía de regreso a mi (quitémosle el supremacismo blanco heterosexual) matrimonio y debía determinar cómo serían redistribuidos los espacios, las habitaciones y los baños. No había deseado aquel regreso, la gran ballena se había encargado, como también me había conseguido un trabajo en un colegio secundario en el que daba clases supongo que de lo que sé para alumnos que habían repetido demasiados años y ya eran hombres gruesos y violentos. En el sueño. En el sueño sentía unas fuertes ganas de orinar en mi primer día de trabajo, otra vez de vuelta en la contrahecha vida marital. Sentía fuertes ganas de orinar y me preguntaba si no era todo aquello parte de estar muerto. Y, al ingresar al baño, un charco de orines, heces y otros fluidos, con letrinas haciéndose gárgaras y meaderos colmados, más tres muchachos, uno muy gordo y muy alto, que había vomitado, que me miraba mientras yo buscaba el meadero menos tapado, que vomitaba otra vez salpicándome el hombro, mi hombro del sueño, el hombro de un blazer azul, untado por unas líneas parecidas al hummus. En el sueño. Contenida la respiración. Frente al mingitorio elegido, el menos colmado de pis y de mierda. De blazer azul, sí, y en traje de baño debajo, más zapatillas azules, las mismas que uso por estos días de recuperación, y el gordo que se me acerca, que pretende deslizar su diestra en mi pierna, que busca ascender hasta mis testículos mientras el chorro de orina que largo es copioso. Pero. Mecanismo de defensa. Dentro y fuera. Corto el meo, guardo mi sexo y, de un giro, sin importarme ya si la muerte será el término (de todos modos omnipresente) de estas últimas acciones, de un giro, decía, sin importarme ya nada, cazo al alumno gordo y alto del cuello de su delantal blanco y comienzo a estrellarle la cabeza contra los azulejos del baño, que descubro que eran azules o celestes o grises y que ya no lo son, una, dos, tres, cuatro, cinco veces, con el propósito de matarlo para que nunca vuelva a pensar en violarme. En el sueño. Y en el sueño mis zapatillas azules y los zapatos negros del alumno se salpican con el orín, las heces y los otros fluidos que ya son también sangre, y los otros dos que lo acompañan ya trocaron al pretérito tal verbo, a la vez que mi faena se prolonga hasta que no la resisto y me despierto, y horas después escribo estas cosas mientras escucho "Pack Yr Romantic Mind", Stereolab. "The greater is the beauty. / The profounder is the stain. / Significant of the forbidden. / Transgressed in eroticsm". Y así. Sucesivamente.


30.3.26

Barrio Chino

Vi therians. Adolescentes que se ladraban entre sí. Que, a metros del Barrio Chino, bajaban las barrancas o las subían. Que jugaban a ser zorritos con máscaras algunas no muy sofisticadas, de cartón. Therians que habían llegado en el 55, en el 15, desde el oeste o el sur. Chicos necesitados de hacer durar la vida sin sentirse del todo humanos, del todo grandes, del todo víctimas del secuestro del tiempo.

Y vi a un tullido, casi sin pantorrillas, dar séptuples vueltas mortales, con un metro sesenta de estatura, y a un moreno que giró hacia atrás elevándose casi dos metros, compañero del otro, y a siete chicas bailando k-pop.

Y también vi a un anciano atascado en una ochava del Barrio Chino, junto a su mujer: el andador clavado en la vereda, el pañal torcido bajo el pantalón de fin de semana. Emperrado igual el hombre en cruzar la calle, no sé ya ni qué calle, y luego al servicio de urgencias vi y al mismo anciano, sentado, en un ojo un río de sangre o más bien una mueca, el principio de una hemorragia interna, y ahí el anciano otra vez, en el Barrio Chino, mordiendo los últimos trozos de este pastel.

Ninguno de todos estos del Barrio Chino se quería morir. Tampoco el Hombre Araña que se pone a bailar un poco antes de atravesar el portal.

24.3.26

Vita di merda

No pretende ínfulas de ingenio. Vita di merda, la película que ha de rodar, supone una reversión en todos los sentidos de La dolce vita, una variante de los pecados de la aristocracia romana, pero donde no hay Roma ni romanos, sino los últimos treinta años de una vida de clase media dejándose guiar, como en la del director italiano, por una serie de situaciones sin estructura aristotélica; clásica, por decirlo de otro modo. 

Vita di merda, en consecuencia, es un drama pequeño-burgés. Nada nuevo bajo el sol. Nada original.

Inicia con un secuestro, 1997. Cinco tipos armados hasta las amígdalas. Ciudadela, provincia de Buenos Aires. El Marcelo de esta historia está al volante de un Renault 11, un coche tan medio pelo como la clase media argentina, casi nuevo, es verdad, pero nada que llame la atención. Marcelo ha detenido minutos antes el Renault 11 para besar a una de sus novias. Como el Marcelo de La dolce vita, tiene al menos dos o tres novias. Pero entonces el Fiat Uno, los cinco tipos armados hasta las amígdalas, con handys o handies o jandis, cómo carajos se escriba. Uno se llama Prevención. El otro de otra forma muy policial también. Policías bonaerenses de los noventas del turco y el gobernador Duhalde, policías de franco o exonerados que se ganan la vida con este tipo de pasos de baile.

Marcelo sobrevive. Su novia también. Jesús, María, os amo, resulta la jaculatoria que Marcelo, el de Vita di merda, comienza a repetir las semanas siguientes, oración que termina en una exclamación: ¡Salvad las almas!

Marcelo, a diferencias del de La dolce vita, aún cree en algún dios. Pero no habrá dios que le quite la desesperación, ese echarse en la cama de costado y no querer salir ni al balcón. Es un muchacho que vive con sus padres, nada más que un muchacho tonto de clase media que nada conoce de la vida y que se ha visto sorprendido por un secuestro.

Aquí tenemos ya el primer episodio de Vita di merda.

Treinta, perdón, en realidad, veintinueve años después, este Marcelo sufrirá su segunda intervención quirúrgica, y aunque conozca al amor, sabrá que sus días están contados.

El resto se encuentra dentro del esqueleto del guionista que también dirige la película.

Se estima que Vita di merda, si todo marcha a contramano de como han marchado las cosas, se estrene en 2034, en un hospicio psiquiátrico, ese mismo donde Roberto Sánchez, alias Sandro, en una película hermosa quedó internado junto al Nahuel Huapi, una vez que quedara paralítico y ciego.

Pronto habrá más novedades, si las hay. Porque ahora mismo debo salirme de este blog. Golpea la Parca ya no la puerta, sino las paredes, el techo y hasta el piso de madera más bien barata de ese departamento también lleno de fantasmas. 

Muchas gracias, los quiero mucho.

Marcelo. 

13.1.26

Texto originalmente publicado en Hermanocerdo en 2009 (o 2007)

Un texto ensayo travesti de los que me gustan, leído en Polvo, me cautivó. A su vez me recordó lo que decía Ballard en el prólogo a su novela Crash de 1973, si no estoy equivocado. Recordé que hacía siglos había escrito algo en Hermanocerdo, la revista de los campeones en la que muchos supimos conocer cierto grado de felicidad. Pero los textos de HC hace tiempo que se han medio perdido hasta nuevo aviso. Cosas que pasan. De modo que busqué si había alguna copia de aquel texto para no tomar de mi biblioteca el ejemplar de la novela de ciencia ficción. Y una IA me arrojó lo que sigue: 

Javier G. Cozzolino's critique of Ballard's novel Crash was originally published in January 2009 in issue number 22 of the literary magazine Hermano Cerdo. Read more about it at algundiaenalgunaparte.com.

Y al escribir lo que siguió me cambió por completo la tipografía en esta parte trasera de este blog, que no es más que una habitación oscura, donde escribo y trabajo. Por supuesto, me dirigí al blog precitado, pero otra vez linkeaba con HC. Exactamente: http://hermanocerdo.anarchyweb.org/index.php/2009/01/crash-de-jg-ballard/ con la leyenda "No se puede acceder a este sitio web".

Oh, triste tarde, me dije, sin exclamar ni nada parecido.

Cuento con un drive y un correo electrónico que me hackeó una española y donde tengo todos mis libros no publicados y todos mis textículos escritos a lo largo de mis más de 300 siglos. No le doy demasiada importancia ni cuidado a mi producción. Sé que, a la larga, no demorará demasiado en desaparecer del todo, incluso antes de mi propia muerte. No interesa nada de lo anterior, es pura masturbación mental y me faltó meter a como dé lugar una palabra que he leído muchas veces y que hoy una muchacha me recordó su significado: "falleba". (En este patio de atrás de este blog que es un cuarto oscuro, tengo la falleba de la ventana que medio se me traba).

Pero voy a los hechos. Encontré en el hackeado drive el texto que se publicó en HC en 2009. Lo reproduzco a falta de otra cosa que hacer estar tarde de calor, y antes de entregarme a la calistenia. Supongo que contiene alguna verdad, desmalezándolo todo de esa fatua presencia del yo.

Lo hago en un blog, gratis, solo, de manera antieconómica y todo lo demás. Muchas gracias y hasta pronto.

***

Tres anotaciones en los márgenes de mi edición de Crash
Primeras anotaciones
No lo había leído, y cuando una vez lo confesé en público hubo reproches (a veces la gente, en relación con los libros, se comporta de manera sectaria). Me lo regalaron hace un mes (esto lo escribí en 2006 o 2007, así que las referencias temporales tómenlas con pinzas) y es el tiempo que todavía me demoro en terminar de leerlo. Me quedo con Hemingway, con Di Benedetto, con muchas otra cosas antes que con Ballard, a quien le doy, por joder, dos estrellitas. Acá van: **.
No obstante debo reconocer que no es una historia de las que se olvidan, en el sentido literal de la palabra. Ballard te rompe tanto las pelotas con los coitos y los accidentes que después se te hace difícil subirte al auto y encarar la ruta. Esta noche, sin ir más lejos, no puedo dormir: a las 4 salgo hacia Santa Fe, adonde indefectiblemente siempre llego cabeceando. El último tramo, Rosario - Santa Fe, si lo hacés a 120 km/h promedio para ahorrar combustible y ser precavido, te duerme, realmente te duerme. Y si lo hacés entre 160 y 180, cuando llegás te sentís una mierda, un suicida, un asesino. Pero no interesan estas cosas.
En tiempos prepastillas solía experimentar lo que Vaughan, pero en un Fiat 128 y yendo por el carril izquierdo en la Panamericana. Tampoco interesa esto.
Mi amigo el integrista —tengo un amigo al que ustedes no dejarían de llamar integrista y homofóbico, pero es mi amigo igual— diría además que Crash no es una novela que eleve el espíritu, y eso tal vez sea cierto. Pero nada tiene que ver con lo que venía diciendo.
Decía: prefiero el prólogo que Ballard hace a la primera edición francesa de esta novela porno-reiterativa hasta el aburrimiento, que de todos modos es ideal para leer en el subte o antes de dormirte y que al fin y al cabo cuenta algo que a unos tipos les ocurre con los autos y que a mí también me ha sucedido, pero hasta ahí. (Manejaré con cuidado).
Copio parte de ese prólogo de Ballard, que sirve de minicuaderno de navegación de su novela:
Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo —en un plano social y psicológico— fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida.
Añadiré que a mi criterio el equilibrio entre realidad y ficción cambió radicalmente en la década del sesenta, y los papeles se están invirtiendo. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de tv, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.
En el pasado, dábamos siempre por supuesto que el mundo exterior era la realidad, aunque confusa e incierta, y que el mundo interior de la mente, con sus sueños, esperanzas, ambiciones, constituía el dominio de la fantasía y la imaginación. Al parecer esos roles se han invertido. El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio... y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas. La distinción clásica de Freud entre el contenido latente y el contenido manifiesto de los sueños, entre lo aparente y lo real, hay que aplicarla hoy al mundo externo de la llamada realidad.
Frente a estas transformaciones, ¿cuál es la tarea del escritor? ¿Puede seguir utilizando las técnicas y perspectivas de la novela del siglo XIX, la narrativa lineal, la mesurada cronología, los personajes representativos fastuosamente instalados en un tiempo y un espacio amplios? ¿El tema principal puede seguir siendo las fuentes pretéritas de un carácter o una personalidad, la lenta inspección de las raíces, el examen de los matices más sutiles que puedan encontrarse en el mundo del comportamiento social y las relaciones humanas? ¿Posee aún el escritor autoridad moral suficiente para inventar un universo autónomo y cerrado en sí mismo, manejando a sus personajes como un inquisidor que conoce de antemano todas las preguntas? ¿Tiene derecho a dejar de lado lo que prefiere no entender, incluyendo sus motivos y prejuicios, y su propia psicopatología?
Entiendo que el papel, la autoridad y la libertad misma del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en el laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocidos. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.
Fin de la cita, claro.
El ejercicio que propone JGB parte de fundamentos tal vez ya muy obvios pero que, lo voy a intentar ahora mismo y espero no parecer un estúpido, acaso tengan algún tipo de diversión en el medio. De última, se escriba o no, lo que uno quiere leyendo a Ballard o una revista en el consultorio del proctólogo, lo que uno quiere, decía, es pasar el rato y —si es que el problema es el tiempo y no la muerte— anular a ese vector que nos cuenta los días o que sin tantos rodeos no extermina.
Entonces. “Inventar la realidad”, dice el escritor. Porque “la ficción está ahí”, en el mundo exterior, dice, y es ficción porque mucho no se entiende. Entonces. (Mi maestra de segundo grado se llamaba Mirtha y a mí me gustaba. Le convidaba sándwiches para después morder sobre donde ella antes había mordido. Era una forma infantil de besarle la boca. Ella una vez nos obligó a realizar una composición sobre un tema X y la consigna estaba en no utilizar el “entonces” como conector de ideas y peripecias. Éramos demasiado chicos, siete años, y el desafío fue muy grande, todavía me lo acuerdo.) Entonces: la ficción de una boda es la boda. La realidad que se podría inventar: ella está preñada y quiere casarse por Iglesia porque si no su madre la odiaría. Él es paranoico y obsesivo y todo eso lo hace sumamente responsable e irascible. No toleraría que su hijo se críe sin él. Los peligros están a la orden del día. Casarse de este modo es la cáscara. El amor es la cáscara. La realidad es que no hay amor ni ceremonia religiosa, sino amenazas de todo tipo. Juegos que se rompen en una plaza, pañales que no llegan a cambiarse a término y escaras en el culo lampiño. Y un hombre, también, que está alerta y preparado para enfrentar todas esas y otras calamidades, desenvainando su espada a veces moral, a veces violenta, contra todos los males de este mundo que ya no son el exterior sino una cosa mucho más real aunque no se mire ni se toque. El matrimonio por lo tanto es apenas una etapa de veinte o veinticinco años, hasta que el hijo común se hace grande. Una etapa donde el hombre debe tolerar las obligaciones y donde la mujer debe también hacer lo propio. El matrimonio es luego la gran guerra y hasta tal vez el holocausto de uno de los dos, ya sea literalmente mediante el homicidio, o bien, con la simpática andropausia llevada a sus últimos caprichos; en todos los casos, la dulce compañía del cónyuge que sobrevive al otro cónyuge, controlándole los sueros y las sondas nasogástricas en el hospital. Contar la perversidad, de eso tal vez se trate, de los días posteriores a la muerte de Di-s que el mismo hombre ha asesinado. Denunciar esa muerte a los demás. Ese horripilante homicidio. Que el Señ-r nos perdone a todos. (Toda la enumeración anterior la puede el agraciado lector encontrar en los cuentos de, por ejemplo, John Cheever o Lorrie Moore.)
Segundas anotaciones
Hoy no pude todavía terminar las últimas 20 páginas de Crash por culpa de un anciano que subió en Congreso al tren del subterráneo. Hablaba solo el viejo y nos increpaba a todos de no querer oírlo. Entró diciendo que es muy bueno conservar la ilusión de los Reyes Magos. Dijo más o menos que “es muy lindo esperarlos con los zapatos, el pasto y el agua”, pero que “con todas las guerras que hay por allá en Medio Oriente ya no quedan camellos y entonces no se puede esperar a que los Reyes lleguen a ninguna parte. Ya no tienen camellos, no hay más camellos, los mataron a todos”.
Debí cerrar el libro porque era mucho más interesante la perorata del anciano, claro. Ahí está un hombre inventando la realidad, dándonos una explicación de qué cuernos es que trata todo esto. Ni nuestros padres nos engañaron ni la religión miente: no hay camellos, señores, ésa es la verdad, o quedan muy pocos, pero porque las bombas los están matando con los Reyes Magos arriba de la montura. Y no podemos confiar en la llegada de los Reyes Magos, pero no por culpa de ellos, sino porque hay guerra y el mundo está en peligro. La mentira de nuestros padres y la religión son la verdad. Debemos como manera de resistencia creer en ellas. Eso, creo, decía el viejo. Eso dice de otro modo Luis Alberto Spinetta en su canción de ciencia ficción que dice:
Yo nunca me imaginé,
regresar a mi tiempo de niño
nunca me expliqué por qué,
nunca vi un tren.
La neutrónica ya explotó...
Etcétera.
Pero hay otra cosa. No todo el mundo exterior es ficticio. Afirmar ello es caer en la miopía (a veces intencional) de los burgueses descreídos de principios de siglo (y de fines del XX también). He dicho levantando el dedo. Es utilizar el lenguaje según fines puritanos, capitalistas. Es hablar de “crédito” y no de “endeudamiento”. De “democracia” y no de “estafa”. Es darnos un manto de piedad para no sentirnos santos y demonios. Porque está la verdad de la muerte y de la vida, eso quiero decir y antes no me salía, disculpen. Están las morgues hospitalarias con sus muertos sin maquillaje y están las salas de parto de esos mismos hospitales proyectando en ambos casos el misterio y el absurdo, las dos cosas a la vez. Y de eso sí se puede contar como quien toma una fotografía. O al menos vale el intento. Contar en una sobremesa o en la torre de marfil, no interesa dónde. Contar lo que nadie cuenta. Que tras todo absurdo monótono de la realidad hay un misterio. Y viceversa. Y no es necesario ser demasiado profundos, claro. Mi amigo Vilmo Patiño ha llegado a escribir algo muy lindo tras uno de sus combates:
Recuerdo la paciencia con que me mirabas.
Yo pensaba:
"Él es el santafesino
del que tantos hablan".
Y temía la sensual amenaza de tus brazos,
la forma en que te quitabas el sudor de la nariz,
esos pequeños saltitos que sobre el ring-side pronunciabas nervioso, histérico.
¿Eran ciertas las mentiras que
de ti
se decían?
¿Qué te dolieron más?
¿Mis golpes?
¿Mis patadas?
¿O la forma en que te devolví la mirada
cuando,
antes de volver a golpearnos,
quisiste sonreírme?
Tus calzones azules,
también recuerdo tus largos y brillantes
calzones azules.
(N. del E.: texto tomado de las obras secretas de JG Cozzolino).
A veces leo cosas y me pregunto por qué tanto retorcimiento, hacia dónde es que se apunta verdaderamente. Si el mundo ficticio según Ballard es aquél que cuentan la publicidad, la política y todos los productos masificados, lo real no necesariamente requiera, para ser narrado, de pelar ese mundo para hallarle los gajos. Puede ser necesario en algunos casos, y excuso a Ballard en la medida en que habla de la ciencia-ficción. Pero luego, en la medida en que se mire, seguir la oralidad de los relatos de mi viejo (o a Hemingway), avanzar sobre esos preceptos, todavía puede ser posible. El progreso es parte de la ilusión y, a menos que esté justificado por razones estéticas (mi viejo cuida mucho la estética de sus cuentos), de Balzac a Lorrie Moore, pasando por Cheever y Onetti, no veo en ellos esa preocupación iconoclasta, sino más bien, sino antes, una necesidad de contar aquello que nadie cuenta, que nadie publicaría y que si se publica son por cuestiones de puro azar (o por decirlo de un modo distinto y que no es igual: de suerte, de don de la oportunidad; pregúntenle a Honoré, si no).
(Onetti. Lean Onetti y verán. Es desdeñoso Onetti al contar. En ese desdén y en su lentitud parsimoniosa la realidad muestra su absurdo y su misterio, sin artificios. Leer un cuento de Onetti es como mirar una fotografía durante doce horas sin pestañear. Pasan cosas, muchas más de las que se ven).
Entonces otra vez: importa la teoría del viejo y los camellos, pero antes todavía el viejo diciéndolo. A menos que los propósitos lo manden, con el viejo diciendo lo que dice alcanza y sobra para contar. Lo demás, y no lo digo yo, en el fondo siempre es silencio.
Sí, terceras anotaciones
Termino esto con un fuerte dolor de cabeza, así que sepan disculparme. Son las cervicales y también la cerveza de pésima calidad que acabo de tomarme.
Crash, leída desde la perspectiva que Ballard escribe en la década del 70 en su prólogo, tiene algún valor y hasta puede considerarse interesante. Leída de ese modo, Crash es la proyección de las perversiones de Ballard llevadas a sus límites y es una manera de contar el mundo desde la ciencia-ficción (distinta), mostrando uno de sus negativos (en términos fotográficos). Pero sin esa lectura previa de la que las primeras ediciones de Crash carecen, todo está perdido (o casi). Y allí donde el lector, lleno de fe, esperanza y caridad, pueda encontrar una prosa atildada y un estilo de contar correcto, hasta ese tipo de lector caerá en la desilusión. Terminará diciéndose que a ese texto de más de 250 páginas tranquilamente le sobran unas 214 (por no poner un número redondo).
De todos modos, independientemente de esta sensación de frustración que deja Crash (excepción hecha, claro está, por quienes sostienen que se trata de una “novela de culto”, y habría que ver qué carajo significa que una novela sea “de culto”), hay otro elemento que no ha dejado de inquietarme mientras finalmente, sí, terminaba de leer, dos días atrás, mi ejemplar editado por Minotauro. Me refiero a que Crash, incluso leyéndola a sabiendas de lo que dice JGB en su prólogo, no impresiona necesariamente una novela de ciencia-ficción, sino una especie un tanto más híbrida que se acerca, con inutilidad, al realismo. Y aquí quiero detenerme dos segundos porque hoy mismo Daniel Espartaco Sánchez en su blog ha resumido mediante una cita que no le pertenece todo lo que pretendía yo decir para liquidar esta farsa que se llama "Mi Pensamiento".
Leía hoy, había copiado Espartaco:
"El arte puede definirse como una resuelta tentativa de hacer la más alta justicia al universo visible.” Joseph Conrad.
Eso hace Kafka en El Proceso, en El Castillo, me animaría a decir que hasta en la metamorfosis sufrida por el fatuo Gregorio Samsa. Eso hace Melville con Bartleby y con Ahab. Eso hace, por supuesto, Cervantes. Y también lo hacen tantos otros que conozco y sobre todo aquellos a quienes jamás he leído y que son la mayoría —mi esperanza es ciega en este punto.
El corazón en las tinieblas y Crimen y castigo asimismo lo hacen. Y hay compromiso y moralidad latente (pero no comprometida) en quien escribe, y hay compromiso y moralidad en quienes leen (pero no manifiesta). Leyendo por ejemplo un pasaje de Por quién redoblan las campanas, Hemingway directamente se la juega, incluso a riesgo de perder su reputación. Pilar ahí le narra a Robert Jordan cómo Pablo, su concubino, tomó un pueblo, liquidó a guardias civiles y animó a que otros pobladores lincharan y arrojaran a un río a otros tantos fascistas. El primer acto de justicia se encuentra en la forma de narrar, en la entretención de quien lee. Hacer entretenido el espanto, generando la tensión necesaria para que nuestro entusiasmo de lectores no decaiga, no es tarea para cualquiera y por eso Hemingway hay uno solo. Y miren que de a momentos es “lenta” la narración de esa novela. Pero la entretención de la que hablo no se detiene en esos detalles, sino en la fruición que el lector puede alcanzar una vez que se comprometió con la historia. Crash comienza a flaquear por ese flanco.
El segundo acto de justicia (y toda clasificación o enumeración siempre es estúpida y arbitraria) que Espartaco copia y que Conrad afirma supongo que guarda relación, y ahí sí JGB lo ha escrito en su prólogo, con darle al absurdo de la realidad una explicación pero sin explicar, un contar pero sin decir. Antonio Di Benedetto en cuentos como “As” (creo que así se llama el cuento) lo hace y muy bien. Esa explicación de la realidad implica por parte del escritor un esfuerzo moral por quitarse de encima toda intentona por meter entre guiones explicaciones que guíen al lector, porque paradójicamente sólo no explicando es posible contar y en consecuencia explicar desde una obra de ficción. O al menos así parece. No conozco libro de ficción de mi gusto que posea contenidos editorializantes y afines a los ires y venires de las corrientes socioculturales que imperan. No conozco libro bueno que trate de congraciarse con el pensar generalizado de las masas. Cuando algo de todo aquello ocurre la ficción se acaba y también el acto de justicia, y comienzan a sucederse una serie de infortunios donde quien escribe se vio necesitado de decir lo que piensa y quiere pensar; se acaba en esos casos el cuento. En este sentido JGB en Crash, con su serialidad porno-automovolística de algún modo sí hace justicia. Se olvida de las connotaciones negativas que suponen el querer chocar y matar con el auto y cuenta, aquí sí, insisto, una historia.
El tercer acto de justicia (y no voy a ir más allá porque no me da la cabeza) seguramente será más discutible, pero es lo que hoy, no sé mañana, pero sí hoy, sostengo. Tiene que ver con contar desde una perspectiva humanista, de, y discúlpenme el sentimentalismo, de contar desde el amor al ser humano. Ese amor significa comprensión, no hablo de justificaciones porque caeríamos en esas líneas editorializantes de la realidad. Si el artista al hacer su obra es un dios, y si Di-s al menos en Occidente es amor y ama al hombre (N. del E.: estos parágrafos corresponden a la etapa integrista del autor), desviar el rumbo y quitarle esa nota distintiva de lo que son la creación y la otra, con mayúscula, del Génesis, es pretender ser más originales que el propio Hacedor. Contar desde el humanismo implica no entrar en controversias e intentar ir más allá de los propios prejuicios y de las propias miradas, para meterse en cada situación y en cada personaje para desde allí contar. Como si fuésemos Di-s mirando a la humanidad. (Ojo, el desdén en la mirada, esa cosa onettiana, seguramente también la tenga Di-s en sus ojos, por ejemplo, cuando nos mira sentados en el inodoro, o cuando nos convertimos en asesinos seriales y nos creemos que por ello somos originales). En la medida en que un autor logra eso consigue también que nosotros, viles lectores, también seamos dioses. Dicho sea de paso, la comprensión es un paso necesario para el amor. JGB esto no termina de lograrlo, y desde mi punto de vista entre totalitario y adolescente, ello va en contra del contar y del explicar desde el mero contar. No se termina de comprender por qué Vaughan pretende estrellarse contra la limusina de Elizabeth Taylor como una expresión, además, amorosa o bien sexual (o bueno, sí, se comprende, pero no desde el relato, sino a través de aclaraciones explícitas). Y JGB es consciente de ello y suele irse en más explicaciones y refuerzos que, vanamente, buscan dar algún tipo de luz al respecto. En esa tarea se le van varias páginas. (Pero el libro me lo comí, joder, no me hagan caso, está bueno ese libro, un poco sórdido, pero está bueno.)
Independientemente de lo anterior, quiero por último reinvidicar en algo lo hecho por JGB poniendo mi experiencia personal con los autos como excusa. (Quisiera hacerlo con fundamentos más sólidos, pero soy incapaz de hacerlo).
De chico el juego que más me gustaba del hoy desaparecido Ital Park de Buenos Aires eran los coches chocadores. Tomar velocidad desde una punta para impactar contra mi padre o contra un amigo era una forma de la felicidad que iba, de manera ineludible, acompañada por una sonrisa. Me mordí la lengua varias veces en esos autitos e igualmente varias veces reincidí en ese juego, atolondrado. Y cuando fui más grande y comencé a superar velocidades prohibidas me asombró la excitación que ello me generaba. Luego, cada choque real que tuve, y que fueron varios (tengo tres metacarpianos con clavos y una placa de titanio por mi último evento, toda esa ferretería en mi mano hábil, la izquierda), no bien terminó sin consecuencias mayores, generó en mí cierto orgullo de guerrero que puede contarlo. Muchas veces me observo las dos cicatrices de mi mano izquierda y vuelvo a experimentar la misma sensación, el “yo estuve ahí”, el “ustedes no saben de qué se trata”. Así como hay mujeres que precisan del quirófano cada uno o dos años, creo con JGB que existen personas que no pueden vivir sin accidentes automovilísticos, o sin exponerse a ellos (busquen en Youtube "carreras clandestinas" y se darán alguna cuenta del cretinismo al que pueden llegar muchos conductores con sus actitudes entre suicidas y criminales). Y esto no es ciencia-ficción. Y con JGB también comparto esa ilusión que en Crash llega a contarla cerca del final y que versa en suponer que una autopista, cualquier autopista, de repente se eleva hacia el cielo como síntoma de liberación o como prueba de lo que es capaz de hacer la velocidad. JGB cuenta todo eso. Se tratará tal vez de una enfermedad moderna, no lo sé, pero después de Crash ya no me siento tan solo en mi patología. Entonces, me desdigo del todo: Ballard logra su objetivo y Crash es una novela de putamadre. Le damos cinco estrellitas, ahora: *****.
Mientras estas cosas escribo en la Argentina se matan diariamente, y batiendo récords, decenas de automovilistas por semana, y creo que me quedo corto. Hace unos días, estoy parado en febrero de 2007, fue el colmo. Ocurrió exactamente un día después de mi regreso de Santa Fe. Porque esto que escribo transcurrió entre mi ida y vuelta a Santa Fe. Un camión, hace unos días, se estrelló contra la columna de un puente peatonal en la Panamericana. La cabina del camión quedó destrozada, el puente peatonal se cayó. Falla humana, falla mecánica... poco interesa. En esos mismos días hubo impactos frontales, modernas cupés desbarrancadas, muertos y muertas y familias amputadas. Y mientras tanto las automotrices seguían fabricando automóviles capaces de surcar los caminos a velocidades cada vez más elevadas.
JGB ya lo escribía casi cuarenta años atrás: se trata de un horror mundial que todos ven pero que nadie pretende cambiar. Crash es una novela de este drama contemporáneo. Como lo fueron en su momento las ficciones de aparecidos o las de personas que se metieron en otro tipo de sombras. El mundo occidental y pudiente a quien hoy se dirige la literatura de esta parte del mundo tiene, entre otros, como antes lo fueran las casas abandonadas, las guerras, los molinos de viento y las pestes, también las drogas y el alcohol, este nuevo trauma que se suma a los anteriores, este nuevo lugar de fascinación, amigo del sexo, la libertad y la muerte. JGB lo dice y eso ya es mucho. Demasiado.
Tal vez otros intentos por contarlo sin explicaciones y desde un punto de vista más realista logren esa más alta justicia de la que Conrad habla. No para justificar el horror y el absurdo, sino para comprenderlos. Cosa que la tecnología jamás logrará.
Me voy a dormir. Disculpen otra vez.