7.8.26

Corazón corazón

Edvard Munch — Hospital Ward (1897-1899)


Cada vez que estoy por morirme, o eso sospecho, a uno a quien le escribo es a Pablo Manzano. Más o menos la dinámica es la misma.

¿Vos tenés toda mi obra no publicada, no?

Sí.

Bueno, te paso el contacto de NN, la que me va a editar la novelita XX el año que viene.

Dale, ya le escribo.

No, no, pará, si en un mes o dos meses no tenés noticias de mí, ahí sí.

Claro, sí, sí, si la palmás.

Eso, si la palmo. Por el momento estoy con la vía puesta, hay un hombre tatuado que grita de dolor y tengo a un anciano en silla de ruedas con un turbante en la cabeza, esperan que le cosan la frente.

Luego, hasta ahora, no la he palmado. Y luego también hay gente que vomita en el shockroom (¿se escribe así?, o será mejor decir "sala de shock" o "sala de terror"?).

Pablo Manzano intuyo que le teme a la muerte. Se transformó con sólo un par de libros que leí de su autoría, más otras piezas más o menos sueltas, en mi escritor argentino vivo de referencia. Hay muy buenos escritores argentinos. Pero Pablo escribe muy bien, no es mainstream y es mi amigo, mi lejano amigo en tierras de repostería, cafés y palacios, Viena, ciudad que no conozco.

Verbo conocer: este año nos conocimos de forma física (no confundir con lo carnal). Presentó Spoiler, un libro de cuentos, en la Feria del Libro. Un cuento me lo dedica. De hecho habla bastante de mí. Cuando lo vi impreso sentí que llevaba enaguas y que se me deslizaban un poco por debajo de la pollera.

*

Ayer creí que otra vez mi tonto corazón me daba un susto, estoy corriendo la liebre, no la paso bien, malasangre, angustia, promesas de pago que no llegan, contratos que no terminan de enviarse, nuevas promesas y hasta adjetivaciones hacia mí, como si todo se resumiera en que yo tengo la culpa de esta malasangre y de toda esta gran angustia y de ya no tolerar ser el satélite que orbita en derredor de quienes creo querer y de quienes necesito para sobrevivir, comprarme los remedios, las berenjenas y todos los alimentos que nada tienen que ver con los panchitos al paso que tan mal caen.

Ayer creí que me moría, no me morí, me sentía y me sigo sintiendo un panchito al paso, de esos con lluvia de papas fritas y cuatro o diecisiete mil condimentos, que caen mal. De esos panchitos que nadie comería todos los días de su vida. O de los que sí se alimentan todo lo que pueden aquellos que no tienen qué otra cosa comer, apoyaditos sobre el vidrio de un kiosco, mientras esperan montarse a un colectivo que inicia con el trescientos y pico, provincia.

Falsa alarma. Hay paro de transportes. No vino la Parca a sus oficinas. No me morí. La Muerte no es negra azabache ni empuña una guadaña. La Muerte es invisible, nadie le ve la cara. No me morí, pero le dije a un amigo que procuraba darme consuelo por teléfono que así, habiéndome hecho mormón o de alguna religión donde los procesados, la cocacola, el alcohol y el tabaco están prohibidos, que así, de esta forma, si otra vez me encerraban en las oficinas de la Señora Muerte, que renunciaba, que ya estaba cansado.

No seas tan alarmista, pensá en tus hijos.

Ponete en mi lugar.

Pero no seas tan.

En mi lugar.

Tuve suerte.

Falsa alarma.

No me morí.

Hubo paro de transportes, un hombre tragó su pancho y se enteró de noche, mientras diluviaba.

Las enzimas, bien.

¿El potasio y el resto?: también.

Y sin embargo esta molestia en el pecho que continúa, hasta ahora mismo.

Cada vez que estoy por morirme le escribo a Pablo. También a un par de amigos, a dos o tres familiares, eventualmente a algún afecto. Y a mis hijos.

Chicos, ya saben, antes que el cajón, van a tal y tal lugar y se llevan todo, y agarran las llaves. Y este que les copio me debe este dinero y este otro tanto más y este que sigue es el que lleva la venta de QWERT.

Cada vez que siento que me muero mi hermana dice que tranquilo y pone un emoji de aliento, casi como diciendo "es una pavadita". Y cada vez también un primo entra a revolucionarse y se acelera y me escribe "vos tranquilo", "vos calmado".

Y así.

Cada vez.

Que me muero.

Y no sucede.

*

Domenico di Bartolo — Cura degli infermi / Care of the Sick (c. 1440-1442)

Prohíbo que P. asista a mi velorio y asimismo a mi entierro.

Hablo de manera telepática con ciertos examigos que piensan todo tan correcto y les digo ni ahora que me muero aquí están.

Escribo mensajes principistas, reivindico mis derechos, lleno de mensajes los teléfonos de esos otros que se hacen los simpáticos pero que, a la hora del metálico, miran hacia un costado o lo tratan a uno de bufón. De payaso.

¿No sabe usted que, ahora que me muero, ya poco tengo por perder, y a lo menos quiero irme de este mundo bajo protesta y decirle en la cara que usted es un mentiroso, un falsario, una mala persona, de aquellas que sólo se acercan allí donde hay calor en esta, y perdón la tonta metáfora, selva?

¿No sabe usted que no puedo quedarme tranquilo porque fuera llueve, también fuera están mis hijos, y aquí dentro uno grita, otro hombre se ha dormido, hablo del anciano que aguarda sus puntos en la frente? ¿Y no sabe también que una muchacha joven, pelirroja, vomita a un costado de su sillón de ruedas, condenada antes del amor, los hijos y el divorcio?

¿No entiende, miserable hijo de puta, que usted también se ha de morir? ¿A tanto llega la capacidad de negación y negociación y manipulación de toda esta tonta canción?

Cada vez que me muero lo hago como un italiano dice que se muere y se toma el pecho, para más luego no morirse.

Mi sangre.

Cozzolino.

Mi malasangre.

Napolitana.

*

Fui en un Didi. Un VW Polo gris oscuro o azul oscuro. Debería estar en LinkedIn buscando oportunidades de trabajo. ¿Se escribe de ese modo LinkedIn?

Cada vez que muero, escribo, trato de jugar.

Cada vez que termino de morirme me subo a una bicicleta y antes no rezo ni agradezco. Escribo. No por fama. Por compulsión.

Fui en un Didi. El chofer se llamaba César. Lo llamó a la altura de lo que fuera el zoológico una cheta de mi zona, Martínez. Le dijo:

César tengo a dos que recién llegaron al país y tendrían que ir al microcentro y para eso deberías estar a las catorce treinta, ponele, avisame si podés, beso.

Y me expresé mal, no lo llamó, le dejó el mensaje grabado, que César escuchó pero nada responder, puesto que sabía que detrás llevaba a un hombre tal vez para salvar su vida, o tal vez para morir al menos en un centro de salud.

Ese mismo hombre que soy yo.

Sesenta y cinco kilos de ensalada de rúcula, cebolla, ajo y tomate con un poco de pimienta, otro tanto de cúrcuma, jugo de limón y aceite de oliva extra virgen prensado en frío.

Con César luego nada nos dijimos. Solo:

Gracias, que tengas buen día: yo.

Igualmente, hasta luego: César.

Pero falsa alarma.

Un hombre en la parada del trescientos treinta mil, colectivo de color púrpura, volvió a girar sobre su eje y le dijo al kiosquero:

Amigo, no me regalás otro panchito.

Y el kiosquero no se pudo negar frente a semejante cara de bajón.

Hubo paro de transportes, la Señora Muerte no llegó del Cielo, porque ahí dicen que vive y no en el inframundo, un médico habló, alto, joven, coordinador de la sala del horror:

Tus estudios están bien, dijo.

¿Y el potasio?

También, dijo.

Y:

Uf, dije.

Y punto.

*

Regresé mitad en bicicleta del desgobierno de la Ciudad, mitad en tren. Cada vez que mi corazón me amenaza lo someto enseguida a prueba. Aunque las inteligencias artificiales digan que hago mal, que no está bien. Pero antes de la bicicleta y el tren olvidé contar que se me rompió el teléfono, justo minutos después de publicar un posteo anterior en este blog que se llama "Paraná", que habla de la calle Paraná y que ataca a los habitantes del partido de San Isidro. De hecho, nomás se me rompió el teléfono, pensé que ya se propalaba la maldición de San Isidro, y ni qué decir cuando me creí morir.

Me persigné.

Como me moría pedí a un amigo devoto la presencia eventual de un cura.

Pedí también a los chicos que no se preocuparan de mí, sino del plan contingencia muerte de papá, que la vida sigue, y antes también, pero un poco después del antes anterior, gasté en un celular nuevo una fortuna, y eso que es un gama baja que se cree clase media, y con ese celular nuevo me saqué una foto. Una foto el mismo día de la falsa alarma, ya regresado a casa mitad en bicicleta, mitad en tren.

Subí la foto al chat gpt.

Le pregunté la edad aproximada del hombre.

Sesenta años, respondió la IA.

Molesto, le pedí que a la figura de hombre la hiciera mujer, que también estimara cuál podía ser la expectativa de vida de ese hombre-mujer de 60 años y a causa de qué podría morirse.

El chat gpt sólo hizo lo primero. Uno de mis hijos luego me reversionó como un activista LGBTIQ+ y es seguro que haya olvidado alguna sigla.

Hubo alivio.

La lluvia continuaba.

Pero se había levantado viento aquí y en la parada del trescientos mil trescientos treinta y tres tigres púrpuras y azules.

Y qué más.

Nada más.

Trabajo en estos largos últimos casi cuarenta días en una habitación que da a una pared del edificio y a la ventana de su baño, y el verbo "trabajar" es un exceso, ¿o acaso esto de emplear un blog puede darse en llamar "trabajo"?

Acabo de tener una discusión con alguien que quiero.

No paro de hacerme malasangre.

Ando triste.

Antes de no morirme se murieron mis padres y un poco menos antes me entró una ranita a la cocina. Ahora sospecho que ha entrado una paloma gorda. Debo ir a inspeccionar. Ver si está y, si está, ver qué hago.

Cada vez que no me muero, insectos, anfibios y otros fenómenos de la naturaleza se meten en mi cocina.

Que no sé si deberé alquilar o vender, junto a todo el depto.

Sólo Dios sabe. Como dice la canción.

Sólo Dios conoce si la paloma gorda de verdad entró, como creo haber visto mientras escribo esto y mientras asimismo lo termino, no sin antes meterle a todo una descripción: que hay un reloj con péndulo que era de mi padre. Que ahí de algún modo lo tengo. De forma simbólica. Y que me rodean fotos de él y también de ella. Que me miran y me dicen, como creo haber soñado, que el Hacedor no es tan severo, pero que existe, pero que crea. Entonces, luego de no morirme vuelvo a escribirle a mi amigo que me consiga un cura igual, cuanto más ortodoxo mejor, que la heterodoxia no va conmigo, como tampoco ser tan cagón.

Ustedes desearían a la paloma gorda en la cocina, encerrada, cagándome los pisos.

No les daré el gusto.

Prolongo un poco más esto. Escucho música. Voy al baño. Regreso. Hago calistenia. Me reconcilio con quien discutí. Me visto. Regreso a la pantalla. Ha oscurecido. Ya es de noche.

Lo bueno de la noche es que ya no hay pared ni ventana del baño que ver. Lo bueno de la noche es que puedo imaginar que el edificio no existe. Lo bueno de la noche es que ya no llueve, que hoy no ha llovido, y que se levantó el paro de transportes, que un hombre tras doscientos treinta y cinco panchitos bajoneros abordó el colectivo púrpura que no era el trescientos y pico mil sino setecientos setenta y siete, y que la Parca otra vez atiende, levantado el paro y llegada del cielo en el sesenta.

Pero murió otro hombre por vos, me dice por teléfono, porque siempre el número es distinto y una debe cumplir con su trabajo.

Cosa que yo no tengo, le contesto.

Qué.

Trabajo.

No exageres.

No exagero.

(Aunque un poquito pueda ser que sí).

Al final, canto un pequeño poema inventado:

Tiembla en Viena Pablo

cada vez que le escribo

porque no sabe si esta vez

ha de ser la vez que me muero.

Fin.



Jean-Baptiste Greuze — El paralítico (The Paralytic) (c. 1760)

3.8.26

Paraná

 

Hola, se me está por quemar un pollo con zapallo en el horno, así que va lo más rápido que puedo. Jorge Salavert sacó esta foto en Ercolano. Le vine a la cabeza en vacaciones, me mandó por mail la foto, dijo (escribió) que aún sigue a este blog, y me sentí halagado y hasta conmovido.

Es bueno sentirse de alguna forma querido.

Jorge me tradujo alguna vez un cuento al inglés. Hizo cosas por mí de forma gratuita. No nos conocemos. Vivimos en puntos geográficos distantes. Podríamos haber sido amigos. Sé que de una extraña manera hay entre nosotros una energía que está.

Y dado que vamos a romper la coherencia y la cohesión de todo lo que se pueda (o no: tengo en pedazo de maní entre dos muelas) mientras el pollo se quema junto a la calabaza en el horno, sólo decir que desde que vivo más allá de la calle Paraná, confirmo la máxima del padre de B., quien dice que:

a) tras cruzar la calle Paraná, y hablamos de aquella arteria que inicia de algún modo el partido de San Isidro, provincia de Buenos Aires,

b) a la gente le da como un golpe de aire. 

Cosa cierta y probada.

En San Isidro, y que me vengan a buscar, abundan personas afectadas por el golpe de aire. Hasta yo lo sufro a veces y debo pegarme una buena ducha. La tentación de creerse con ínfulas es atroz. La de pensar que se es más inteligente, también.

Fue por esa razón que una vez escribí, con mi mal llevado resentimiento del barrio de Flores, y luego me publicó Rosa Espinoza en Pinos Alados, Bonito / Yo soy aquel, la historia de un impotente resentido que reside en una mansión de Martínez, y así. Obra pequeña que fue presentada en el CECUT (la Te es de Tijuana) con muy importantes gentes, hasta futuras premiadas en España. Libro, al fin y al cabo que, casualmente, Jorge Salavert en su primera versión leyó y hasta algo muy generoso escribió en su blog hace más de diez años.

Dicho sea de paso, a Bonito / Yo soy aquel se la puede descargar gratis, en este link, para leer como libro electrónico, haciendo clic en toda esta oración.

Nada, era eso. Y que me cago en Prilidiano Pueyrredón.

Besos.

8.7.26

Monobloques setentistas (crónica de viaje dentro de CABA aparecida en Brando por 2012)


 

En los grandes complejos porteños de los 70 los problemas sociales se suman a los edilicios y de dominio. Guetos urbanos o metaciudades son la huella de otro gran fracaso nacional que ha heredado la Ciudad.

"Es como estar en la Unión Soviética en los 70", dice Iván Kerr, gerente general del Instituto de Vivienda de la Ciudad de Buenos Aires (IVC). Fuera del Fiesta se recortan las torres de Lugano I y II.

El punto de encuentro con nuestra primera "seguridad" es el Club Savio 80, ahí en Lugano. En un 504 blanco nos esperan dos hombres cincuentones, uno nacido en este barrio, el otro en Soldati, que conocen, que saben por dónde moverte. Especialmente si vas con cámaras de 1000 dólares y con chicas rubias, jóvenes y de ojos azules como Beatriz de Morra, asesora del IVC. Los del 504 nos guiarán por esta miniciudad, como también por Soldati y Piedrabuena. Pero en Soldati, además, estará otro par de muchachos, que nos franquearán el paso por las torres de los transas y que saludarán a diestra y siniestra, orgullosos por creerse más respetados que los gendarmes. "¿Sabés qué pasa? Pasa que nosotros no andamos con los usurpadores y los transas, pero la gorra, la política de Cristina y la Justicia sí. A nosotros nos temen, y si se meten con uno de nuestros hijos saben que voy y que con esta mano les arranco el corazón y me lo como".

Mes y pico antes, entre Enrique García Espil y Eduardo Bekinschtein (de la Sociedad Central de Arquitectos, SCA) y Guillermo Tella, colega de los otros dos especializado en urbanismo, me confirmaron lo obvio: que los 750 grandes complejos habitacionales del país construidos entre los 70 y principios de los 80 fueron un fracaso. Entre otras variables, porque se realizaron según el modelo también fracasado de la Europa Central de posguerra, bajo el supuesto de que hacer conjuntos a gran escala bajaría los costos e insertaría a los excluidos sociales en la modernidad, esto es, en grandes torres con ascensores, servicios comunes y cemento por todas partes. Objetivos que degeneraron en: baja calidad de materiales; casi nulo control del Estado a las constructoras intervinientes;  incapacidad económica de los adjudicatarios de las viviendas para solventar los gastos que supondría el mantenimiento de esas grandes estructuras; ruptura de las tramas urbanas, es decir, barrios sin accesos ni salidas fáciles;  transformación de estos arrabales en guetos, con buenas condiciones para las actividades delictivas y el caciquismo controlador de la zona.

Emilio Basavilbaso, titular del IVC, días después me agregará otro detalle no menor: que el 50% de los departamentos de estos conjuntos habitacionales (alrededor de 20.000 unidades), solo en Capital, no tiene escritura. "La idea este año es entregar 3000 títulos, sin gastos para los beneficiarios que ocupan las viviendas [en virtud de la Ley de Regulación Nominial aprobada en la Legislatura porteña el año pasado]. Ya en 2011 entregamos 600. Pero la situación es compleja. Muchas veces no está el dueño a quien se le entregó la propiedad en los 70, y te encontrás con alguien que compró el departamento con un papelito a otro que hizo lo mismo. Y además hay mafias que hacen desalojos privados, y bueno, cuando no contás con título, tenés todas las de perder".

El problema de los títulos se empalma con la visión de gobiernos democráticos y dictatoriales argentinos de los 60, 70 y parte del 80. Una visión compartida, por decirlo de otro modo, por la progresía y el conservadurismo más rancio: antes que urbanizar las villas, había que erradicarlas. Ese fin originó la ley 16.601, de 1964 (gobernaba Arturo Illia), que creó el PEVE (Plan de Erradicación de Villas de Emergencia), el cual tomó impulso con los gobiernos de facto de Onganía, Levingston y Lanusse, y que tuvo su continuismo con Cámpora, Lastiri, Perón, Isabelita, Videla y compañía. En virtud del PEVE, en CABA se hicieron Villa Riachuelo y el Conjunto Habitacional de Villa Soldati, por ejemplo. Luego este Plan fue reemplazado por el Alborada, en 1974, y por el FONAVI (Fondo Nacional para la Vivienda), en 1977 (creado, pero no instrumentado, en 1972), pero el concepto siguió siendo el mismo. Arrasar con las villas, edificar complejos monumentales en orillas olvidadas de la ciudad, dejar que los contratistas del Estado hicieran lo que quisiesen, meter gente a vivir por derecha y por izquierda. Y CABA recibió uno de los clavos más pesados, cuando en 1971 la Comisión Municipal de la Vivienda (hoy IVC) debió aceptar la transferencia de 18 barrios construidos o iniciados de forma directa por el Estado Nacional desde los 50. La CMV, claro, jamás tuvo los suficientes técnicos para controlar papeles y obras. O bien hizo la vista gorda. Desde hace años mutado en IVC, hoy sigue bailando con esas chicas feas. "Este año, nomás, tenemos destinados $70 millones para arreglos de infraestructura en los grandes complejos", dirá Basavilbaso, refiriéndose a uno de los objetivos planteados por el Instituto: garantizar la seguridad estructural y los servicios. El otro, claro, es la regularización dominial.

Lugano I y II (o Barrio General Savio), Comandante Luis Piedrabuena, Justo Suárez (en homenaje al Torito de Mataderos), Mariano Castex (o Complejo San Pedrito), Conjunto Urbano Constitución, Conjunto Habitacional Villa Soldati... Esos son los nombres de los viejos dinosaurios construidos en CABA en los 70, ciudades dentro de la ciudad que, sí, tienen algo de soviético o de la Alemania Oriental de las películas, más ese no sé qué sudamericano de pobreza, basura, transas, porongas, trabajadores y víctimas de las mafias narcotizantes que allí operan.

(Final con música).

Gran epígrafe 1: Barrio General Savio, o Lugano I y II





"Acá en Lugano la droga cambió todo. Por eso es importante que los pibes hagan deporte", dice Javier De Marco, oriundo de Villa Cartón, profesor de Educación Física, a cargo del Club Savio 80. Asegura que "hacerse" de la institución no fue fácil. "Esto era un quilombo. Al club lo usaban para consumir y vender falopa. Tuvimos que entrar a las trompadas y echarlos a patadas en el culo. Vos pensá, acá hay pibes que no salieron de Lugano, que no conocen el cine, el teatro, el obelisco, que solo tienen la droga. Entonces, que esos mismos pibes puedan venir acá y hacer deportes o danza, es una manera de sacarlos del vicio".

Actualmente, el IVC ha renovado por dos años la cesión del predio que ocupa el Club Savio 80, que cuenta con 2000 socios que pagan una cuota de 5 pesos, y colabora con la cooperativa barrial, ocupando mano de obra en tareas de limpieza, mantenimiento y pintura. "Estas son formas de dar contención e inclusión social", señala Iván Kerr, del Instituto.

Desarrollado por etapas (1971, 1973 y 1985), Lugano I y II tiene cerca de 130 torres, 118 de 14 pisos, con 4 departamentos por piso. Pero además hay comercios; un Coto; centros sociales, deportivo y de salud; escuelas; entidades financieras; destacamento policial; iglesia. En 1973, la CMV promocionaba al barrio confiada en el progreso: "Piense con optimismo en el año 2000, en ese otro Buenos Aires que vendrá, participe en él desde ahora con su departamento en Lugano I y II". Los destinatarios del mensaje eran clases medias-bajas, grupos familiares relocalizados por la construcción de obra pública y erradicados de las villas.

Gran epígrafe 2: Barrio Comandante Luis Piedrabuena



"Hay suicidios, de vez en cuando, pero hay", hace un tiempo me contó el cura de Piedrabuena, Carlos. Se puso a contar mentalmente aquellos de los que se había enterado durante 2010. Sumaba seis o siete. "Uno estaba alcoholizado o drogado y se había sentado en una escalera, con una soga atada a su cuello y a un barrote. Otro tenía problemas con la mujer, también se ahorcó". Una vecina del barrio agrega que este año una chica se tiró de una de las torres, frente a la iglesia; su cuerpo se clavó en las puntas de las rejas que preceden a uno de los bloques. Hay tristeza en Piedrabuena. Alcohol, drogas y tristeza, elementos de los que la mayoría, no obstante, zafa, con trabajo, changas, estudio, misa, reguetón.

El barrio comenzó a construirse en 1976, como parte del Plan Alborada. Fue transferido en 1977 a la CMV por parte del Banco Hipotecario, cuando las obras estaban avanzadas el 28,5% de lo proyectado. El estudio de arquitectura encargado de los planos fue el M SG S S S, el mismo que diseñó, entre otras obras, ATC y el edificio Prourban o "Rulero". Cuenta con más de 2100 viviendas, 58 bloques de 10 pisos, 40 de 1 o 2 pisos, dos centros comerciales, 48 locales, un supermercado, dos escuelas primarias, una secundaria, una iglesia y una unidad asistencial. Hasta aquí originalmente también fueron a parar erradicados de villas de emergencia.

El complejo presenta rajaduras que son impermeabilizadas por el IVC y problemas estructurales que están en proyecto de ser solucionados. Entre ellos destaca el peligro de que los tanques de agua se vengan abajo. En tanto que se encuentra en la etapa tres —de las cuatro previstas el reemplazo de cañerías de gas en todo el complejo por parte del Instituto, tras la explosión ocurrida años atrás en un comercio.

Gran epígrafe 3: Conjunto Habitacional Soldati





"Acá los ascensores son compartidos por distintos edificios. Y no paran en todos los pisos, sino donde están los puentes que conectan los bloques; de ahí la gente tiene que subir o bajar por las escaleras. Y ponele, viene el IVC, te arregla este ascensor, y a la semana te lo rompieron los vagos que después te esperan en la escalera para cobrarte peaje. Entonces, o te enfrentás o les das lo que tenés". Así se vive, según un vecino, en el Conjunto Habitacional Soldati. "Acá sos vos o es el otro", añade.

El complejo comenzó a habitarse en 1978 y el Estudio Staff fue el que lo planificó, el mismo que proyectó el Barrio Ejército de Los Andes, más conocido como Fuerte Apache. En total hay unas 1400 viviendas distribuidas en tiras y 1800 en torres. El barrio tiene además escuela, dos centros comerciales y siete centros sociales.

En Soldati, el IVC ha apuntado su objetivo de regularización dominial de manera enfática. Un tráiler se ubica en "horario anti-paco", esto es, entre las 9 y las 14, que es cuando transas y consumidores duermen. "Antes estábamos más tiempo y dejábamos el tráiler toda la noche. Pero se complicó", cuenta un funcionario del IVC, "nos llenaron de piedrazos". "Es que por las noches", vuelve a la carga el vecino, "esto se llena de zombis, de fantasmas". Esos seres aparentemente paranormales son en realidad los consumidores de paco.

Y también algún transa que consume lo que le sobra.

28.6.26

Sin título

Cuando finalice julio, que aún hoy no empezó, recalcularé lo que resta de muchas cosas de mi vida. Mientras tanto, y tal vez luego, no lo sé, este blog seguirá con su rol, ser la antesala de ideas y obsesiones de un don nadie, de un desconocido, de un equis, de un insoportable roto que, por lo menos, respeten esto, escribe a la nada y después de que la nada ya sentido alguno le quitó a todo.

Hay una novela corta muy linda de Onetti que se llama Cuando ya no importe. Hay otro libro, Hotel Atlántico, de Joao Gilberto Noll, un autor del que debo leer muchísimo más. Este es más o menos el espíritu de este domingo y, seguramente, de buena parte de la superestructura sobre la que se apoya esta manía de sostener un blog, de haber producido una "literatura" dispersa. Y de que hoy me duelan los huesos y ya me haya vuelto un abstemio de casi todo.

Si aparece el genio de la lámpara, con Fernando Mansilla digo, me lo cargo.

23.5.26

Ascorbato de sodio


 

Hace poco un cuento sobre un perro que tuve quedó seleccionado para una antología de cuentos de duelo. Sucedió en Granada. Creen que aquel ha sido el primer concurso de duelo de la historia de la literatura. Poco interesa. ¿Las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, aprendidas en el colegio, datan de cuántos siglos? ¿Y qué no es el hecho de escribir, cuando pierde toda utilidad, sino una forma de duelo, de echar de menos algo que se amó o que se ama, como la mera realidad invadida por el tedio? ¿Debo de continuo recurrir a referencias librescas o etimológicas para sostener cada archivo argumental que expongo? No lo haré esta vez.

Terminé de leer Koljós, de Emmanuel Carrère, no deseaba escribir de esto, para comentar este último libro de EC en realidad habría que decir antes que se torna perentorio leer por lo menos Una novela rusa. Como sea, en Koljós hay duelo. Como también abunda en la "Santa Misa", como mencionan los ultramontanos a la celebración eucarística católica. El duelo es ubicuo y suele estar a barlovento de la dictadura del éxito y la felicidad a la que imagino que mucha humanidad es sometida, cuando no fue, la mayoría, obligada a hundirse hasta las rodillas en la mierda.

¿Qué es el duelo? No quiero recurrir a Corominas. Un escritor sevillano, jurado (es probable) del referido concurso dijo que "supone la pérdida de un amor incondicional". En realidad no recuerdo las palabras exactas. Mi memoria falla. Carrère en Koljós parafrasea a un coach que se quita la máscara y confiesa que no hay peor cosa que "vivir en el aquí y el ahora", "en el presente"; que de eso se trata la guerra, de un presente continuo sin pasado y sin futuro, o con un pasado que jamás volverá y un futuro donde el soldado, en el mejor de los casos, se hallará sentado en un silloncito de ruedas, sin sus dos rodillas, aquellas que, antes, hundió en la mierda. No lo dice así Carrère. Imagino que tampoco interesa.

El duelo es encontrarte con diapositivas de las décadas de 1960 y 1970 y no contar con proyector. El duelo es buscar una lámpara que antes fue botella de whisky y a contraluz adivinar quiénes son los personajes. El duelo es aquel pasado que no regresa de las diapositivas. Tampoco de las fotos en el teléfono.

La voz de tu madre muerte grabada en el teléfono es el duelo. Y los números telefónicos de tus padres muertos, ahí, en tu lista de contactos. Sin ser borrados.

Pero todo a contramano, otra vez, de lo que uno debe pensar, de lo que uno debe comer, de lo que uno debe cagar, para estar sano y fuerte y no morir y así trabajar para no ser un estorbo y, si es posible, ayudar a los hijos, a quienes, como a todos, no les alcanza el dinero en un país que nació como una pequeña enfermedad.

Escribo de noche, bebo mate, no pienso demasiado en las palabras, este es mi viejo blog. Antes leí lo que me quedaba de Koljós, evité llorar. Y todavía antes, pero después de mi calistenia, hablé con un primo que se preocupa por mi salud y por mi vida, y que me aconseja recurrir a la medicina funcional con sus médicos y médicas de Instagram que son un estresor, un vasoconstrictor en sí mismos. Ascorbato de sodio me recomendó tomar mi primo. Ese debe ser uno de los tantos nombres del duelo. Del haber perdido un amor incondicional como la salud.

Me gustaría ser joven, llamar por teléfono a mis padres. Verlos un rato. Y que no estén viejos. Y me gustaría no haber vivido muchos de los años que viví. Aquí el duelo casi se choca con la ucronía, a la que tanto apela Carrère en Koljós. ¿Quién hoy sería yo si no me equivocaba tanto en mis elecciones del pasado? Es probable que un ser más feliz. Aquí va mi duelo por todo lo que nunca fui. Ni más ni menos. ¿Quién no siente ese duelo? O, por formularlo de otro modo, ¿quién cuenta con la enorme ventura de saberse en el mejor lugar y en su "mejor versión", como le llaman, gracias a la teoría de la elección racional y a sus, repetición, buenas elecciones de vida desde el momento cero hasta este preciso minuto?

En las fotos de mis mayores todos mis mayores han atravesado días de tragedia de la buena: mueren hijos, sufren amputaciones, mueren más hijos y también hermanos enferman y mueren, y hay noches de éxitos pero mayoritariamente un océano de fracasos. Y, sin embargo, en uno de los peores años de las vidas de todos mis muertos, ahí están mis padres, que celebran sus esponsales, y mi abuela Carmen, que poco recuerda de Galicia, que ha sufrido y mucho aquel año, como mi abuelo Ernesto, y que, sin embargo, no se ahorró en el vestido y por sobre todo en aquella suerte de corona con la que se luce como madrina de la boda. Todos están de duelo y por muchos motivos aquel año. Todos están también de fiesta un 30 de diciembre donde mis padres se casan para no caerse del calendario y porque no dan más y quieren estar juntos, aunque duela. Aunque duela mirar a aquel que pasó las de Caín y aunque también duela ver detrás de las sonrisas el dolor de todos que saben que ese, 1966, no resultó un buen año.

Y qué más.

No hay más.

Creer que la literatura de duelo es una novedad supone forzar mucho el sentido de lo nuevo y desconocer demasiado qué hay desde el Génesis, ese tango bíblico donde se pierde el paraíso y etcétera.

Nada es más viejo, creo yo, que el dolor de saber que se vive sabiendo que todo un día se termina y que, peor aún, antes se irán muchos a los que uno quiere demasiado.

(El verbo "ir", dicho sea de paso, no es más que un eufemismo que tiene de sustantivo a la muerte).