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19.1.17

Puesto

Una de estas mañanas tristes y solitarias recibí el telegrama. Rezaba que debía presentarme el 25 de octubre a las siete en punto en el colegio tal para ser suplente de mesa y que de no concurrir me meterían preso de seis meses a un año. Fue el corolario de esta primavera indecisa y que tan mal me tiene sin mis hijos todos los días, con el divorcio a punto de salir y el bajón anímico que no cesa como la falta de trabajo y mujer. Oscilo entre un departamento que me prestan y la casa de mis ancianos y autoritarios padres que no paran de hacerme la vida más imposible calificándome de vago, roñoso, estúpido.

El telegrama también detallaba una serie de trámites a realizar si por cuestiones de salud no podía asistir a la mesa de los comicios. Llegué a tener el justificativo cierto de mi depresión severa y también cierta de mi psiquiatra. Pero por desidia no continué con los trámites y me dejé llevar por mi obligación cívica, por mi carga como ciudadano normal para el Estado que no me conoce y por lo tanto no sabe de mis fobias y mis miedos, de mis tristezas y angustias. Para el Estado soy un hombre fuerte, todavía casado, con trabajo y optimismo. El Estado argentino es ciego.

Los días que siguieron a la llegada del telegrama fueron de quejas, miedo y pánico. ¿Cómo fumaría mi atado diario de cigarrillos? ¿Cómo me mantendría sentado doce horas a la mesa de votación? ¿Quiénes serían mis compañeros? ¿Y si faltaba, por poner el caso más gravoso, el presidente de mesa? ¿Estaba en condiciones de ser presidente de mesa? A esa última pregunta mi respuesta era no. Según mi médico tratante, a quien dicho sea de paso solo le interesa el dinero, no tengo problemas cognitivos sino emocionales. Pero lo emocional contamina lo cognitivo y termina por estropearlo. Ahora mismo escribiendo estas cosas tengo la memoria y la imaginación de una ameba, y un dolor de muela que persiste desde antes del día de votación.

Junto al telegrama venía un folleto sintético y explicativo de los pasos a seguir. Algo que me ponía todavía más nervioso. Recuerdo que me anoté en un curso en el Teatro General San Martín para dos días antes de la votación. Recuerdo que no asistí al curso y que un día antes me bajé de Internet un "instructivo" o "manual" para proceder como autoridad de mesa y que me lo leí sentado en un sillón mientras se hacía la hora de buscar a mi hija a una fiesta de quince a la una treinta. Leí el instructivo y me sentí el hombre más infeliz del mundo.

Por esos días previos a la votación apareció Alexia, kazaja emigrada, divorciada, dos hijos. No llegó a renovarme las esperanzas pero mi encuentro con ella resultó satisfactorio. Fue en un Mc Donalds ahí por Luis María Campos, todo gracias a los sitios de solos y solas de Internet.

Ella llevaba su termo y su mate. Yo bebí un café. Luego me conformé con sus mates. Mates amargos. Me habló de su vida. Nacida en Almatý, había vivido en Tel Aviv y ahí conocido a su ex, un judío de origen argentino que le había obligado a ponerles de nombre a sus hijos Ruth y David. Me habló también de una restricción que tenía su ex para ver a los hijos. Era maestra primaria y recién la habían operado de una hernia. Sus anteojos no tapaban sus ojos claros. Sus facciones me parecieron perfectas, pero no estaba en condiciones de opinar sobre la belleza o la fealdad de nadie; demasiadas pastillas.

Yo había llegado mal vestido, mal dormido y con un miedo atroz a las mujeres. Ella me sacó los miedos por un rato. No la tristeza, pero sí los miedos. Le comenté lo de la votación. Le comenté que no podría fumar. Me desilusionó que fuese una férrea antitabaco. No aguantaba el humo del cigarrillo ni el aliento a cigarrillo. Cuando salimos a la calle y encendí uno me dijo que entonces se iba. Para no perderla tan rápido arrojé el cigarrillo al suelo.

Caminamos varias cuadras. Alexia tenía que hacer un llamado telefónico y misterioso desde un locutorio. Se quejaba de las tarifas de los teléfonos celulares y su teléfono además no tenía capacidad para el guasap. Nos despedimos cuando llegó a destino. Yo seguí hasta donde había estacionado el auto, otra vez sintiéndome el hombre más infeliz del mundo.

¿Le habría caído bien? ¿Le habría gustado mi aspecto desalineado? Misterio… Lo cierto es que días después de la votación se ofreció a contener mi temor a los dentistas y me acompañó a la guardia odontológica del Hospital Italiano. Eso no lo hace cualquiera, me dije. Todavía me lo digo. Me queda el interrogante de si lo hizo porque le intereso o porque es simplemente una buena samaritana. El futuro y mi estado de ánimo tienen las respuestas. Yo no sé. Sigo triste. Tristísimo.

***

Los nervios, mis nervios, los días previos a la elección, crisparon a mis ancianos y autoritarios padres, me los pusieron más de enemigos. En el ínterin mi hermana fue madre por cuarta vez y toda la atención se dirigió hacia ella, de manera que me quedé solo con mis quejas y temores de fallar en la mesa de votación, de largarme a llorar, de no ser capaz de enfrentar mi deber cívico.

Hasta que llegó el día. Dormí mal. Los remedios cada vez me hacen menos efecto. Soy una ardilla asustada. Me preparé un termo con agua caliente, el mate, la yerba, una botella de agua mineral, todo lo metí en una bolsa, y en la mochila llevé el manual de instrucciones y el telegrama. Varias veces en el camino de diez cuadras debí beber agua. También llevé chicles de nicotina carísimos e inútiles para quitar las ganas de fumar.

No bien llegué al colegio comenzó mi dolor de muela. Fui el primero en llegar a la mesa y aguardé en un banco la llegada de los otros. Gracias a los númenes a los diez minutos apareció una mujer más o menos de mi edad, la presidenta de mesa. Ella ya contaba con la experiencia de las PASO, la tenía lo que se dice clara.

Acepté todas sus indicaciones. Me puse siempre un paso atrás mientras los empleados del correo entregaban la urna y el sobre plástico con un montón de documentación a llenar. Me limité a firmar donde correspondía. Bebí más agua. La muela me estaba empeorando y todavía no eran las ocho. Extrañé a mis hijos. Esa noche se habían quedado a dormir conmigo en casa de mis ancianos y autoritarios padres. Antes de salir besé a cada uno. El mayor votaría más tarde en mi mesa y me saludaría de lejos, como avergonzado del padre nervioso, deprimido y desocupado que tiene.

La presidenta fue de una gran contención para mí. Me permitió ir al baño todas las veces que quise. Lo mismo hicieron los fiscales del Frente para la Victoria y Cambiemos nomás llegaron. A todos les expliqué que tenía un dolor de muela indecible que me hacía beber mucha agua para aliviarlo. Varias veces me tenté a fumar en los baños, pero temí que uno de los gendarmes me pescara en esas y me metiera preso o por lo menos me abochornara frente a todos.

Acondicioné, guiado por la presidenta, el cuarto oscuro. Fui a pegar el padrón a la entrada del colegio también según sus órdenes. Sería un día paradójicamente muy peronista. Pegué otro cartel sobre las reglas de juego de esto de votar. El telegrama también rezaba que si había balotaje debería volver a ser suplente de mesa. Hoy, con los resultados dados, vuelvo a temblar, esta vez, por el 22 de noviembre. No quiero volver a ser autoridad de mesa. Creo que esta vez haré valer mi certificado médico.

A las ocho en punto se iniciaron los comicios, como debía ser. Estaba la mesa toda lista y comenzaron a llegar los votantes. Yo me limité a marcar con una cruz a cada uno de ellos en mi lista personal entregada por la presidenta. Ella me preguntaba el número de orden que a su vez el fiscal del Frente para la Victoria me soplaba y así se repitió la dinámica todo el día, a excepción de mis ausencias para ir al baño, frecuentísimas.

Volví a extrañar a mis hijos, a mi vida de familia perdida, a mi hogar perdido. No quise preguntarle a ninguno de mis compañeros a qué se dedicaba para no responder que mi caso era la lisa y llana desocupación. No quise pasar mayor vergüenza.

Con el material del correo venía una vianda. La revisé. Alfajores, galletitas, caramelos. Nada para calmar mi ansiedad. Me clavé un clonazepam de dos miligramos nomás pude, sin disimular, como si fuese un tranquilizante para mi muela. Ya me había tomado otro a la mañana en casa de mis ancianos y autoritarios padres. No me había hecho efecto. Llegaban los votantes y no les miraba la cara. En el mejor de los casos me anticipaba a los fiscales de mesa y recibía los documentos para chequearlos en la lista y marcarlos con una cruz. Eran muchos y en su mayoría muy menores que yo y no sé por qué eso me entristeció aún más. Gente menor, capaz de tener un trabajo, una familia, salud mental. Todo colaboró a extrañar más a mi pasado donde fui un hombre normal. Ya no lo era. Estaba claro. Ya no lo era desde hacía dos años.

Mi médico tratante, que dicho sea de paso es un hijo de remil putas al que me someto porque ya no sé qué hacer, dice que tengo depresión y trastornos de personalidad dependiente. Yo sé que lo segundo comenzó en mi adolescencia. No me podía resistir a las órdenes de mis padres, especialmente de mi padre. Me deprimían sus retos, sus prohibiciones, creo que me comí la adolescencia de esa manera y ahora tengo miedo a estar solo. Y cuando lo estoy entro en pánico. Pero no tiene la culpa mi padre, él es solo un detalle. Un anexo.

La mesa continuó su largo peregrinar de votantes, en su mayoría jóvenes. Muy jóvenes. Hacia el mediodía mi dolor de muela comenzó a calmarse y empecé con los chicles de nicotina. Mentolados, dejaban un sabor como a café en la boca. Con ese masticar seguí marcando crucecitas. Ya me sentía un preso. Entraba con rabia un sol peronista y caliente a través de las ventanas del pasillo del colegio donde nos encontrábamos. Engrandecía mi sombra ese sol. Y envidiaba el entusiasmo de la presidenta y los fiscales, esa cadencia de cumplir con sus funciones como quien anda en bicicleta sin fatigarse. Yo estaba fatigado.

Vi llegar a mi anciano y autoritario padre que me saludó con una mano. Votaba en otra mesa por suerte. Si no se hubiera puesto a hablar conmigo y a darme indicaciones. Se retiró de la misma manera, con la mano en alto y creo que no pudiendo creer que todavía me mantuviera frente a la mesa, cumpliendo con mis obligaciones. Yo tampoco lo podía creer.

En un momento de paz pedí permiso a la presidenta, salí a fumar a la vereda un cigarrillo de verdad. No me alivió. Me llenó de más ganas de fumar. Alexia, que tampoco me deja fumar, no sabe lo que padezco la abstinencia. Ahora mismo escribo masticando un cigarrillo de nicotina. Me recuerda la tortura de mi condición de subnormal autoridad de mesa. El Estado realmente debería evaluar con un psicotécnico a las autoridades de mesa. No todos los mortales estamos en condiciones de semejante responsabilidad. Aunque me haya bancado toda la jornada, aunque me haya ido del colegio con una tristeza superior, yo no estaba en condiciones ni de marcar las cruces de los votantes, y mucho menos de asistir al recuento de votos. No sé cómo lo hice. Mi anciano y autoritario padre repite las palabras de mi médico tratante: que todo lo hice porque no tengo mis condiciones cognitivas alteradas. ¿Pero el padecimiento psíquico qué? ¿Eso no cuenta? Padecí mucho, muchísimo. Más cuando lo vi llegar a mi hijo mayor a votar acompañado de sus dos hermanos menores. El más chiquito me dio un abrazo como dándome ánimo, valor. A mí se me revolvieron las tripas. Tan chiquito y con su padre inútil, incapaz de defenderlo. Me besó y me besó. Una votante que aguardaba exclamó “qué cariñoso”. Habrá imaginado que yo tenía mujer, hogar, trabajo, salud mental, todo junto. Habrá fantaseado con esas cosas irreales en mí, tan irreales como un elefante rosa.

Cerca de las tres me animé con el mate. Temí que me volviera el dolor de muela pero ya estaba muerto de cansancio y con los nervios destrozados. El mate me levantó un poco y mi dentadura no acusó recibo. Debí prepararlo en etapas porque se habían amontonado muchos votantes frente a la mesa. Se me cayó parte de la yerba en las piernas y el piso. Apoyé en otra silla el mate para marcar las benditas crucecitas. Al fin logré llenar el mate con la yerba y ubicar la bombilla, y bebí mate. El fiscal del Frente para la Victoria había sido llevado por los suyos a votar a otro colegio. Quedaba el de Cambiemos, que tenía la voz muy baja y una edad que no alcanzaba los veinticinco años. Me costó escucharle los números de orden. Tanto me costó que terminé por abandonar el mate y meterme otro chicle de nicotina en la boca. La presidenta, mientras tanto, con habilidad cortaba los troqueles, los juntaba con los documentos y esperaba a que los electores salieran del cuarto oscuro a la luz del sol creado por Perón que ese día sería entristecido no por la derrota electoral, sino más bien por la sangre azul marina de los ganadores.

Algunos votantes trajeron cosas para nosotros. Chocolate en polvo para mezclar con agua. Caramelos. Barritas de cereal. Me comí una, tras otra incursión al baño para tirar el chicle. No me hizo bien la barrita. Me cayó pesada al estómago. Vi la hora en mi celular. Ya quedaban menos de tres horas, una eternidad.

A mi regreso el fiscal del Frente para la Victoria ya estaba de vuelta. Ahora era el turno de llevarse al fiscal de Cambiemos a votar a otro colegio. Envidié las ganas con las que todavía sobrellevaban la elección. Estaban sanos. Seguramente tenían novias y proyectos de familia. En mí todo estaba roto.

Llegadas las seis un gendarme avisó que las puertas del colegio ya estaban cerradas. Entramos entonces al cuarto oscuro. Yo cargué la urna, el subnormal cargó la urna con los votos. La presidenta le quitó la faja protectora y la abrió.

A instancias de los fiscales dividimos los sobres en piloncitos de a diez. No hubo diferencias entre el recuento de votos y los troqueles cortados por la presidenta. Todo había salido perfecto. Ahora me tocaba volver a mi vida normal. A mi cama. A echarme a rezar por los míos y por mi salud. Aunque Dios no escuche. Aunque esté sordo conmigo. Sordo y mudo.

En la mesa fue triunfo rotundo de Cambiemos. Vislumbré el balotaje. Traté de consolarme pensando en Alexia, en que volveríamos a vernos. No me sirvió de mucho. Cuando llegué a la casa de mis ancianos y autoritarios padres sonaba el televisor. Todavía había que esperar para algún resultado. A mí me importó muy poco.

Mis hijos estaban repartidos en diferentes ambientes, frente a diversas formas de pantalla.

Dejé la mochila, el mate, el termo; todo lo que había llevado para la votación, lo dejé en la cocina. De un bolsillo saqué el blíster de pastillas, me clavé un par más, convencido de que hacía lo correcto.

El cuarto donde dormía por las noches, el que había sido mi cuarto de soltero y que desde hacía más de un año se había transformado en mi triste cuarto de hombre separado cuando allí pernoctaba, ese cuarto estaba libre. Oscuro. Solo. Me encerré en él. Pero uno de los chicos abrió enseguida la puerta y sin encender la luz se recostó a mi lado. Era el más chico. "¿Me puedo acostar un rato con vos, papá?", preguntó. "Sí, claro", le dije. Después de ese día ya no recuerdo más nada. Se me olvidó todo. Solo retengo que mis ancianos y autoritarios padres trataron de despertarme y preguntaron por cómo me había ido. Pero nada pude responderles ya, también retengo. Tenía encima como ocho miligramos de clonazepam. Estaba lo que se dice puesto.


14.1.17

Sin corregir ni editar

En la policía de la provincia de Neuquén están todos desquiciados


Lo conocemos desde chicas, era amigo, después se fue al sur con la familia y ahora es policía en Neuquén, un enfermo el chabón. Soy policía, le dijo cuando ella lo aceptó en el feisbuc. ¿Policía? Sí, policía. Está casado y tiene un hijo de veintipico.

Por feisbuc se pasaron los teléfonos pero ella, vos no la conocés, ya la vas a conocer, ella jamás anduvo antes con un tipo casado, pasa que le compró todo lo que le dijo, como cualquier mina, a cualquier mina le gusta que le endulcen el oído. A mí vos me hiciste lo mismo, no te hagás el boludo.

Por guasap el tipo le dijo que siempre había sido el amor de su vida, ¿entendés?, y eso fue nomás al comenzar, cuando todavía no se habían reencontrado, antes de venirse se lo escribió, y nosotras ya lo sabíamos, el chabón siempre estuvo atrás de ella, pero él nunca se lo había dicho así, y que te lo digan a esta edad es como que te sorprende, no lo esperás ya, el amor de la vida lo tenés a los veinte, no cuando estás cerca de ser una vieja.

Obvio, que ella siga soltera y que nunca haya tenido hijos, ya sabés, le conviene a cualquier tipo a esta altura de la vida, ¿o no?, todos están con hijos, vos también; estás conmigo porque no pude tener hijos, si no hubiera sido todo mucho más complicado, no me digas que no porque no te creo, tus hijos se pelearían con los míos, sería todo un gran problema, vos corrés con esa ventaja, tenés tu proyecto de vida aunque te haya ido mal con la yegua, tenés hijos, yo no tengo hijos ni un proyecto de vida ni nunca ya lo voy a poder tener, las minas te miran mal cuando no tenés hijos, te dan ganas de matarlas, no soporto a las madres que esperan a la salida de la escuela, ¿por qué no se comprarán una vida?, me pregunto; las ves ahí, cada una esperando a su hijo; me tiene cansada todo esto, me tiene muy cansada, yo fui una boluda, tendría que haber adoptado, pero ya está, ahora es tarde, ¿no?, ahora solo quiero que pasen los años y jubilarme, no me aguanto más a los pendejos, hay que estar frente a los pendejos por más de veinte años, te juro que te lima la cabeza, por eso que te vengan con que sos el amor de la vida de alguien te remueve todo, yo te creí al principio, ahora no sé si creerte, ya no me importa, nunca vamos a saber lo que es el amor, ¿o sí?, me lo pregunté la primera vez que me besaste, por última vez en mi vida me lo pregunté, no me lo pregunto más.

Le dijo sos el amor de mi vida, siempre fuiste el amor de mi vida, le escribió en el guasap y le avisó que se venía para Buenos Aires por unos días, me vengo el martes, y cuando llego te invito a salir, y mirá que cuando ella me lo dijo yo le dije cuidate, es casado, se quiere echar un polvo, desquitarse, desde los quince años que está caliente con ella, ahora es un hombre, ahora tiene cierto poder pero bueno, no me hizo caso la muy boluda, se compró las palabras lindas del policía de la provincia de Neuquén.

Vos no la conocés más que de fotos todavía, pero yo que la conozco te puedo asegurar que no solo está buena como vos decís, además es inteligente, podría tener a cualquier tipo si quisiera, pero no, la agarró con las defensas bajas, buscando trabajo, planteándose cosas, y compró eso de que era el amor de la vida de alguien.

Igual yo no lo puedo creer, es casado, le dije, y además ella me mostró unas fotos de feisbuc y la que tiene el tipo en el guasap y no puede estar peor, se quedó pelado, está regordo, no parece él, aparenta mucha más edad de la que tiene.

En Neuquén tiene un cargo importante en la policía, creo, anda en cuatro por cuatro. La llevó a pasear en la cuatro por cuatro la primera vez que salieron, pero él se quedó en el molde, le volvió a decir que sí, que la quería, que siempre había estado enamorado de ella pero que como ella nunca le había dado bola y él era tímido nunca se había atrevido. También le dijo que su mujer lo controlaba todo el tiempo desde que se había puesto a escribir y guasapear con ella, y todavía le dijo también que a su mujer también la había querido, pero que ya se le había muerto el amor, como te dijo la yegua a vos, con la diferencia de que él no se animaba a decírselo, por el hijo, por los amigos de Neuquén, la familia política, un boludo. Ella lo escuchó, hasta le dio consejos, no sé qué consejos le dio, pero le dio consejos me dijo. Y a la segunda noche que salieron se dejó tocar y lo hicieron en la cuatro por cuatro. Estaba enamorada me dijo ayer, por lo menos esa noche estaba enamorada me dijo, y le creo, pobre, ella no se acuesta tan rápido con nadie, para acostarte con ella tenés que salir por lo menos dos meses y muy seguido. Ella todavía cree que puede ser posible tener un proyecto propio, yo me compré eso de que si no tenés hijos no tenés un proyecto, no te enojes, puede que no sea así, pero andá y preguntáselo a cualquiera... 

Garcharon en la cuatro por cuatro y después el tipo desapareció tres días. Cuando la llamó por guasap, porque es un miserable, le pidió disculpas. Sí, había vuelto a Neuquén, de urgencia, dijo, pero que iba a volver pronto, que había surgido un problema con la suegra, y le dijo también que se sentía feliz de haber estado con ella, que nunca había sentido tanto amor por nadie en la cama, bueno, en la cuatro por cuatro, ja, y ella le compró otra vez todo, es un enfermo el tipo ese, le tuvo que cortar ya esa vez porque su mujer lo estaba mirando desde el comedor de la casa y él se estaba cagando de frío en el jardín. Y yo nunca salí con un casado y nunca quise salir con un casado, me dijo ella, pero él esa vez también me dijo que se pensaba separar, que iba a separarse de la mujer, que no quería perder más tiempo, que ya tenía cincuenta y uno y que se le acababa la vida y que había descubierto el amor y el sexo conmigo, todo eso me dijo. Le dijo y le cortó.

Siguieron guasapeando los días que siguieron y a ella no le ayudó mucho no conseguir trabajo, yo le dije si vos hubieses conseguido trabajo tal vez conocías a otro flaco y chau enfermo, pero está redifícil, y a ella siempre le fue todavía más difícil, no sé por qué, es muy buena trabajando, pero no le dura nada, ni el trabajo ni los hombres, y mirá que siempre fue la más linda y la más inteligente de todas, pobre, para mí la mató saber que era estéril cuando todavía ni relaciones había tenido, porque yo tuve la esperanza de tener un hijo, ¿me seguís?, pero a ella los médicos a los quince, dieciséis, ya le sacaron toda esperanza, pasó de jugar a las muñecas a jugar con nada, la vida es una trampa, nacés para morir, pero es una trampa por otras cosas, porque a veces pasa que nacés con todo para ser feliz pero terminás siendo una infeliz de mierda y no porque te lo hayas buscado, en la escuela hubo uno o dos chicos que se enfermaron mal en mis veinte años de docencia, a uno lo cambiaron de colegio y nunca supe más nada, el otro se murió, y primero se enfermó muy mal, por eso digo que Dios no está ni en un chico enfermo ni tampoco en la concepción de nadie, hay cada hija de puta que tiene hijos, decime dónde está Dios, yo veo a las madres a la salida de la escuela, algunas parecen buena gente, pero hay otras que no, hay otras que te dan ganas de convidarles veneno, pero ella no es así, ella es buena gente, ya la vas a conocer, no es solo una cara bonita, como se dice, y tenía todo para ser feliz, y que a esta altura de la vida aparezca un pelotudo a ilusionarla al pedo la verdad es que dan ganas de prender fuego todo. Porque todo bien, ¿quería garchar, quería ponerla, quería meterle los cuernos a la mujer?, todo muy bien, pero él sabía quién era ella, sabía supongo que no solo era un culo y un par de tetas sino algo más que eso, desde los quince años nos conocemos, sabía que es una buena mina y que es reinocente, entonces ¿por qué no se buscó a otra para garchar?, ¿si ella no garchó, si ella hizo el amor con él también cuando volvió a Buenos Aires, también cuando volvió la última vez? Pero ahora que se terminó todo, ahora que ya le dijo el muy enfermo que no puede dejar a la mujer, claro, ella ahora tiene que seguir como sea, total él se queda con la mujer, con el hijo, y ella otra vez sin nada, por eso por más que te diga lo que te diga le agradezco a la vida tenerte a mi lado. No sé qué es el amor, no me importa, pero prefiero tenerte a mi lado, abrazarte a la noche, esas cosas, las que ella no tiene otra vez, por ahí por culpa de haber sido siempre linda.

Anda retriste, pobre, después del último llamado. Una locura. En la policía de la provincia de Neuquén están todos desquiciados. Quiero que venga, que le hagas un asado, ya sé que está caro, pero ella se lo merece. La llamó el tipo pero no por guasap, se ve que quería que se escuchara bien. Dijo que tenía el altavoz puesto, que estaba al lado de su mujer, la mujer del tipo la insultó, le dijo de todo, él la frenó, le pidió que por favor le dijera a su mujer que ya no había nada entre ellos, la mujer lo volvió a insultar y entonces ella no se calló, se calentó como se hubiera calentado cualquiera en su lugar, le dijo a la tipa que él le decía que no lo hacían acabar, que no acababa hacía meses o años, y que él le había acabado desde la primera vez en la camioneta, pero que se quedara tranquila, le dijo, que ya no tenía nada que ver con el tipo y que jamás lo había tenido en realidad, que era un enfermo, que la compadecía. El tipo, ¿podés creer?, todavía le pidió un poco de respeto. Un poco de respeto, por favor. No sé si a él o a la mujer, no importa a quién. Después le colgó. Me colgó y me fui a caminar por ahí, me contó.

Que caminó como dos, tres horas, sin teléfono, sin abrigo, sin saber cómo tenía la cara, hasta que se dio cuenta de que estaba cerca de lo de la hermana y tocó timbre para aliviarse un poco. Pero la hermana tenía al hijo menor con fiebre así que no le pudo contar nada ni aliviarse ni un carajo y se tuvo que volver a su casa, que no sé por cuánto tiempo la va a poder seguir alquilando. Una vida de mierda.

Una vida de mierda. ¿Te das cuenta? Porque la desilusión ahora pesa mucho más, tampoco es como a los veinte. Yo siempre te digo: si vos me dejás o si yo te dejo, chau, nunca más ningún chabón en mi vida. Pero ella en eso como en muchas otras cosas es muy distinta a mí. Creo que si no consigue cuando llegue a los ochenta todavía va a seguir buscando, cree en el amor ciegamente, es una mina hecha y derecha, de las que ya no quedan. El problema es que el mundo está lleno de boludos como el tipo ese. Yo le dije mirá que te avisé, ¿eh?, y ella me dijo sí, tenés razón, pero nunca me hubiera imaginado, y sí, ¿quién se iba a imaginar a semejante enfermo? Solo yo, puede ser, pero después ¿quién más?

Ahora dice que se quiere meter en una de esas redes de internet, y bajarse el tinder también, esas cosas. Nunca necesitó de eso. Al tipo lo bloqueó en feisbuc, en el guasap, pero no se puede olvidar. Es que ya no es lo mismo. Ya una no es una pendeja, ¿no? ¿Vos no tenías a un chabón para presentarle? Podríamos armar algo acá en casa, hacés el asado, invitás a tu amigo. En una de esas sale algo bueno. Ella no es de hacerse la víctima, pero cuando la llamé ayer para saber cómo estaba me dijo que andaba metida en el Dot desde las tres de la tarde y ya eran las seis, ¿y qué hacía en el Dot si anda sin trabajo?, ¿entendés?, ¿qué hacía si no era estar triste por ahí, perdida, caminando por un shopping de mierda, subiendo y bajando escaleras mecánicas, todavía atractiva a los ojos de los hombres (¿pero hasta cuánto tiempo más?), mirando tiendas de ropa, carteras, zapatos, relojes, hombres y mujeres de la mano; hombres, mujeres, chicos?

7.9.16

Hola, hola

La última vez que me metí en este blog no la recuerdo. Tengo a mi derecha una taza con los restos de café que acabo de beber, a mi izquierda mi teléfono móvil pequeñito y viejo, que dispara pensamientos horrendos sobre mí en quienes lo observan, y me tengo en el centro, detrás de mis manos, otra vez intentándolo.
Me bajé un par de programas, ayer acompañé a mi hija con unas canciones, ella tocaba el ukelele, yo la guitarra, hacía meses que casi no nos hablábamos, y ya llevo doce horas de trabajo y este es solo un recreo. Necesito diversión.
Y dinero, claro.
Creo que estos comentarios sobre la falta o la abundancia de trabajo y la falta de dinero son una constante en este blog.
(Abajo, porque aquí hay un abajo, ella canta. No sé si por mí. Igual todo es distinto. El mundo ha cambiado. Mi escritura ha cambiado. Mi vida ha cambiado. Hace un año y pico que no leo un libro entero, hace un año y pico que no escribo. Lo veo todo detrás de la fluorescencia de mi angustia. Quería ser santo, amigos, y soy un horrible pecador, en especial porque no sé defenderme. ((Joder, ahora ella dice que falta papel higiénico. Las mujeres en muchas cosas son predecibles. Inaguantables. Pero necesarias. Ella es una buena chica. Esta vez ella es una buena chica, creo no equivocarme. Está por cocinar. Debo calzarme))).

4.1.15

Año nuevo, ¿vida nueva?

Quise fumar. Solo cuatro cigarrillos en el paquete. No me alcanzarán para más allá del mediodía. Entonces me guardo las ganas de fumar en el mismo lugar donde guardo mi soledad, y que el mundo explote.
Pasé Año Nuevo fuera de aquí. Bum, un fuego de artificio que cuesta todos mis ingresos. Bang, otras luces en el cielo derrochando el dinero que no tengo. Se brindó alrededor de una vela. Había que pedir tres deseos. Yo pedí salud, trabajo y amor, en ese orden. Sin salud nada hay. Sin trabajo el amor se diluye, o no está. Para el amor hace falta tener los pies en la tierra y creer que es posible una vida nueva. Me tengo muy poca confianza para los tres ítems. Pienso en Borges (estoy releyendo El Aleph) y me pregunto si al menos podré alcanzar ese estado de nirvana con los libros y las lecturas. Sería una bendición si así fuera. Prescindiría del amor, el deseo más difícil de encontrar.