| Edvard Munch — Hospital Ward (1897-1899) |
Cada vez que estoy por morirme, o eso sospecho, a uno a quien le escribo es a Pablo Manzano. Más o menos la dinámica es la misma.
¿Vos tenés toda mi obra no publicada, no?
Sí.
Bueno, te paso el contacto de NN, la que me va a editar la novelita XX el año que viene.
Dale, ya le escribo.
No, no, pará, si en un mes o dos meses no tenés noticias de mí, ahí sí.
Claro, sí, sí, si la palmás.
Eso, si la palmo. Por el momento estoy con la vía puesta, hay un hombre tatuado que grita de dolor y tengo a un anciano en silla de ruedas con un turbante en la cabeza, esperan que le cosan la frente.
Luego, hasta ahora, no la he palmado. Y luego también hay gente que vomita en el shockroom (¿se escribe así?, o será mejor decir "sala de shock" o "sala de terror"?).
Pablo Manzano intuyo que le teme a la muerte. Se transformó con sólo un par de libros que leí de su autoría, más otras piezas más o menos sueltas, en mi escritor argentino vivo de referencia. Hay muy buenos escritores argentinos. Pero Pablo escribe muy bien, no es mainstream y es mi amigo, mi lejano amigo en tierras de repostería, cafés y palacios, Viena, ciudad que no conozco.
Verbo conocer: este año nos conocimos de forma física (no confundir con lo carnal). Presentó Spoiler, un libro de cuentos, en la Feria del Libro. Un cuento me lo dedica. De hecho habla bastante de mí. Cuando lo vi impreso sentí que llevaba enaguas y que se me deslizaban un poco por debajo de la pollera.
*
Ayer creí que otra vez mi tonto corazón me daba un susto, estoy corriendo la liebre, no la paso bien, malasangre, angustia, promesas de pago que no llegan, contratos que no terminan de enviarse, nuevas promesas y hasta adjetivaciones hacia mí, como si todo se resumiera en que yo tengo la culpa de esta malasangre y de toda esta gran angustia y de ya no tolerar ser el satélite que orbita en derredor de quienes creo querer y de quienes necesito para sobrevivir, comprarme los remedios, las berenjenas y todos los alimentos que nada tienen que ver con los panchitos al paso que tan mal caen.
Ayer creí que me moría, no me morí, me sentía y me sigo sintiendo un panchito al paso, de esos con lluvia de papas fritas y cuatro o diecisiete mil condimentos, que caen mal. De esos panchitos que nadie comería todos los días de su vida. O de los que sí se alimentan todo lo que pueden aquellos que no tienen qué otra cosa comer, apoyaditos sobre el vidrio de un kiosco, mientras esperan montarse a un colectivo que inicia con el trescientos y pico, provincia.
Falsa alarma. Hay paro de transportes. No vino la Parca a sus oficinas. No me morí. La Muerte no es negra azabache ni empuña una guadaña. La Muerte es invisible, nadie le ve la cara. No me morí, pero le dije a un amigo que procuraba darme consuelo por teléfono que así, habiéndome hecho mormón o de alguna religión donde los procesados, la cocacola, el alcohol y el tabaco están prohibidos, que así, de esta forma, si otra vez me encerraban en las oficinas de la Señora Muerte, que renunciaba, que ya estaba cansado.
No seas tan alarmista, pensá en tus hijos.
Ponete en mi lugar.
Pero no seas tan.
En mi lugar.
Tuve suerte.
Falsa alarma.
No me morí.
Hubo paro de transportes, un hombre tragó su pancho y se enteró de noche, mientras diluviaba.
Las enzimas, bien.
¿El potasio y el resto?: también.
Y sin embargo esta molestia en el pecho que continúa, hasta ahora mismo.
Cada vez que estoy por morirme le escribo a Pablo. También a un par de amigos, a dos o tres familiares, eventualmente a algún afecto. Y a mis hijos.
Chicos, ya saben, antes que el cajón, van a tal y tal lugar y se llevan todo, y agarran las llaves. Y este que les copio me debe este dinero y este otro tanto más y este que sigue es el que lleva la venta de QWERT.
Cada vez que siento que me muero mi hermana dice que tranquilo y pone un emoji de aliento, casi como diciendo "es una pavadita". Y cada vez también un primo entra a revolucionarse y se acelera y me escribe "vos tranquilo", "vos calmado".
Y así.
Cada vez.
Que me muero.
Y no sucede.
*
| Domenico di Bartolo — Cura degli infermi / Care of the Sick (c. 1440-1442) |
Hablo de manera telepática con ciertos examigos que piensan todo tan correcto y les digo ni ahora que me muero aquí están.
Escribo mensajes principistas, reivindico mis derechos, lleno de mensajes los teléfonos de esos otros que se hacen los simpáticos pero que, a la hora del metálico, miran hacia un costado o lo tratan a uno de bufón. De payaso.
¿No sabe usted que, ahora que me muero, ya poco tengo por perder, y a lo menos quiero irme de este mundo bajo protesta y decirle en la cara que usted es un mentiroso, un falsario, una mala persona, de aquellas que sólo se acercan allí donde hay calor en esta, y perdón la tonta metáfora, selva?
¿No sabe usted que no puedo quedarme tranquilo porque fuera llueve, también fuera están mis hijos, y aquí dentro uno grita, otro hombre se ha dormido, hablo del anciano que aguarda sus puntos en la frente? ¿Y no sabe también que una muchacha joven, pelirroja, vomita a un costado de su sillón de ruedas, condenada antes del amor, los hijos y el divorcio?
¿No entiende, miserable hijo de puta, que usted también se ha de morir? ¿A tanto llega la capacidad de negación y negociación y manipulación de toda esta tonta canción?
Cada vez que me muero lo hago como un italiano dice que se muere y se toma el pecho, para más luego no morirse.
Mi sangre.
Cozzolino.
Mi malasangre.
Napolitana.
*
Fui en un Didi. Un VW Polo gris oscuro o azul oscuro. Debería estar en LinkedIn buscando oportunidades de trabajo. ¿Se escribe de ese modo LinkedIn?
Cada vez que muero, escribo, trato de jugar.
Cada vez que termino de morirme me subo a una bicicleta y antes no rezo ni agradezco. Escribo. No por fama. Por compulsión.
Fui en un Didi. El chofer se llamaba César. Lo llamó a la altura de lo que fuera el zoológico una cheta de mi zona, Martínez. Le dijo:
César tengo a dos que recién llegaron al país y tendrían que ir al microcentro y para eso deberías estar a las catorce treinta, ponele, avisame si podés, beso.
Y me expresé mal, no lo llamó, le dejó el mensaje grabado, que César escuchó pero nada responder, puesto que sabía que detrás llevaba a un hombre tal vez para salvar su vida, o tal vez para morir al menos en un centro de salud.
Ese mismo hombre que soy yo.
Sesenta y cinco kilos de ensalada de rúcula, cebolla, ajo y tomate con un poco de pimienta, otro tanto de cúrcuma, jugo de limón y aceite de oliva extra virgen prensado en frío.
Con César luego nada nos dijimos. Solo:
Gracias, que tengas buen día: yo.
Igualmente, hasta luego: César.
Pero falsa alarma.
Un hombre en la parada del trescientos treinta mil, colectivo de color púrpura, volvió a girar sobre su eje y le dijo al kiosquero:
Amigo, no me regalás otro panchito.
Y el kiosquero no se pudo negar frente a semejante cara de bajón.
Hubo paro de transportes, la Señora Muerte no llegó del Cielo, porque ahí dicen que vive y no en el inframundo, un médico habló, alto, joven, coordinador de la sala del horror:
Tus estudios están bien, dijo.
¿Y el potasio?
También, dijo.
Y:
Uf, dije.
Y punto.
*
Regresé mitad en bicicleta del desgobierno de la Ciudad, mitad en tren. Cada vez que mi corazón me amenaza lo someto enseguida a prueba. Aunque las inteligencias artificiales digan que hago mal, que no está bien. Pero antes de la bicicleta y el tren olvidé contar que se me rompió el teléfono, justo minutos después de publicar un posteo anterior en este blog que se llama "Paraná", que habla de la calle Paraná y que ataca a los habitantes del partido de San Isidro. De hecho, nomás se me rompió el teléfono, pensé que ya se propalaba la maldición de San Isidro, y ni qué decir cuando me creí morir.
Me persigné.
Como me moría pedí a un amigo devoto la presencia eventual de un cura.
Pedí también a los chicos que no se preocuparan de mí, sino del plan contingencia muerte de papá, que la vida sigue, y antes también, pero un poco después del antes anterior, gasté en un celular nuevo una fortuna, y eso que es un gama baja que se cree clase media, y con ese celular nuevo me saqué una foto. Una foto el mismo día de la falsa alarma, ya regresado a casa mitad en bicicleta, mitad en tren.
Subí la foto al chat gpt.
Le pregunté la edad aproximada del hombre.
Sesenta años, respondió la IA.
Molesto, le pedí que a la figura de hombre la hiciera mujer, que también estimara cuál podía ser la expectativa de vida de ese hombre-mujer de 60 años y a causa de qué podría morirse.
El chat gpt sólo hizo lo primero. Uno de mis hijos luego me reversionó como un activista LGBTIQ+ y es seguro que haya olvidado alguna sigla.
Hubo alivio.
La lluvia continuaba.
Pero se había levantado viento aquí y en la parada del trescientos mil trescientos treinta y tres tigres púrpuras y azules.
Y qué más.
Nada más.
Trabajo en estos largos últimos casi cuarenta días en una habitación que da a una pared del edificio y a la ventana de su baño, y el verbo "trabajar" es un exceso, ¿o acaso esto de emplear un blog puede darse en llamar "trabajo"?
Acabo de tener una discusión con alguien que quiero.
No paro de hacerme malasangre.
Ando triste.
Antes de no morirme se murieron mis padres y un poco menos antes me entró una ranita a la cocina. Ahora sospecho que ha entrado una paloma gorda. Debo ir a inspeccionar. Ver si está y, si está, ver qué hago.
Cada vez que no me muero, insectos, anfibios y otros fenómenos de la naturaleza se meten en mi cocina.
Que no sé si deberé alquilar o vender, junto a todo el depto.
Sólo Dios sabe. Como dice la canción.
Sólo Dios conoce si la paloma gorda de verdad entró, como creo haber visto mientras escribo esto y mientras asimismo lo termino, no sin antes meterle a todo una descripción: que hay un reloj con péndulo que era de mi padre. Que ahí de algún modo lo tengo. De forma simbólica. Y que me rodean fotos de él y también de ella. Que me miran y me dicen, como creo haber soñado, que el Hacedor no es tan severo, pero que existe, pero que crea. Entonces, luego de no morirme vuelvo a escribirle a mi amigo que me consiga un cura igual, cuanto más ortodoxo mejor, que la heterodoxia no va conmigo, como tampoco ser tan cagón.
Ustedes desearían a la paloma gorda en la cocina, encerrada, cagándome los pisos.
No les daré el gusto.
Prolongo un poco más esto. Escucho música. Voy al baño. Regreso. Hago calistenia. Me reconcilio con quien discutí. Me visto. Regreso a la pantalla. Ha oscurecido. Ya es de noche.
Lo bueno de la noche es que ya no hay pared ni ventana del baño que ver. Lo bueno de la noche es que puedo imaginar que el edificio no existe. Lo bueno de la noche es que ya no llueve, que hoy no ha llovido, y que se levantó el paro de transportes, que un hombre tras doscientos treinta y cinco panchitos bajoneros abordó el colectivo púrpura que no era el trescientos y pico mil sino setecientos setenta y siete, y que la Parca otra vez atiende, levantado el paro y llegada del cielo en el sesenta.
Pero murió otro hombre por vos, me dice por teléfono, porque siempre el número es distinto y una debe cumplir con su trabajo.
Cosa que yo no tengo, le contesto.
Qué.
Trabajo.
No exageres.
No exagero.
(Aunque un poquito pueda ser que sí).
Al final, canto un pequeño poema inventado:
Tiembla en Viena Pablo
cada vez que le escribo
porque no sabe si esta vez
ha de ser la vez que me muero.

