Mi padre, durante sus últimos años de postración hablaba de «nodrizas»
cuando se refería a sus cuidadoras. Nieto y sobrino de santanderinos, sabía de
memoria qué era una «nodriza» por aquellas pasiegas que asistían a su abuela Luisa
en Cantabria. En el vértigo de su decrepitud yo nunca terminé de meditar en que
el empleo de la voz «nodriza» resultaba el último chiste, la última ironía y, acaso,
el último intento por reblandecer los efectos de su párkinson y del deterioro
parejo de mi madre, su compañera en más de sesenta años. Recién ahora caigo en
la cuenta de que, también de ese modo, me decía que, en efecto, él y ella, los
dos, se transformaban día tras día más en una suerte fabulosa de niños ajados.
He resuelto conservar el desplazamiento semántico de mi
padre, al que mi madre se plegó con ganas. Para mí hoy también aquellas mujeres
fueron «nodrizas» antes que «cuidadoras», en el sentido etimológico inventado
de la nada por un hombre que se moría.
Él dejó este mundo el 30 de septiembre de 2025. Ella, el 9
de mayo del mismo año. Un año de los que se dicen luego que fueron «duros». Desde
entonces, todo se ha transformado en un ayer y todo, de alguna forma y al mismo
tiempo, ya configura este mañana, aquél que, de niño, jamás quise habitar.
*
Qué música poner.
En el entierro de tu padre, cinco meses después
del de tu madre, tras echar cada quien pétalos de rosas, comenzarán las voces
de los asistentes a recordar hechos que vos no tenías registrados.
Que regaló heladeras.
Que apadrinó a huérfanos tan huérfanos como él.
Que pretendía que el personal de cierta compañía
de seguros comiera jamón cocido de primera y no variantes del plástico con
colorantes.
En el funeral número dos del año, donde llorarás
lo que quisiste como en el número uno, y te apartarás del universo lo que te
sea permitido, aquellas voces poco a poco consagrarán a tu padre a los altares,
en condición de santo de los pobres y los marginados, quien se inclinaba
siempre con devoción hacia las clases perdedoras, y entonces alguien, no sabrás
quién, pero será seguro uno o una de los que con él trabajaron, empezará a
entonar «esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar», que sí, la cantaba él
en La Redonda de Belgrano, en
aquella misma iglesia donde una vez, según cuentos de tu madre, un facha de
Tradición, Familia y Propiedad le pegó un puñetazo en la mandíbula, que lo hizo
rodar por las escaleras.
Pero toda esa fiesta de la muerte y toda esta
remembranza de aquel que partió cinco meses después de su compañera, toda
aquella teología de la liberación y de la cristiana opción por los pobres se te
irá al carajo un día después, cuando todavía quede una nodriza en el
departamento que, por las cámaras cuyas imágenes se reproducirán en tu
teléfono, habrás de ver que ya no será solo una, sino dos y hasta tres, lo que
te conducirá a que, con disimulo, junto a tu hermana, visites lo que fue casa
paterna, lo que ahora será tuyo.
Joder, habrás entonces de decirte.
Joder, joder, joder.
Y las elefantiásicas intrusas, como si nada.
Te recibirán con pollo al horno
con papas, con bebidas gaseosas, con todo lo que aún guardaba la heladera, y se
volverán a lamentar por lo sucedido.
Pobrecito tu papá, pobrecita tu mamá.
Y una recordará la secuencia narrativa donde
llegó a descansar a ese departamento aún con tu padre internado y vivo, a lo
que las otras derramarán alguna lágrima, a la vez que la misma de antes, que
dejó la guardia en el sanatorio cuando la fuiste a reemplazar, aclarará, por si
alguna duda te quepa, que «las llamé a estas otras dos porque me daba miedo
quedarme sola estos días», y vos te fiarás, como ya te has fiado, de los miedos
a los fantasmas que han esgrimido durante tanto tiempo, y recordarás que los
pobres son buenos, que así te lo enseñaron, y que las clases populares que
delinquen lo hacen porque uno es el culpable, uno y el resto socialmente
incluido y punto, lo reza la letra chica del Génesis en la Biblia
Latinoamericana, allí donde dice más o menos que no sólo nacemos con el pecado
original, sino en un contexto de pecado social, y no se discuta más, no es ni
de buen cristiano ni de buena gente andar clasificando la moralidad de los
actos de las personas según las procedencias socioeconómicas y culturales, así
como también te han adoctrinado tus ya difuntos padres, antes incluso que la
Biblia Latinoamericana (que los fachas dicen que es roja desde siempre), y
aquello será por siempre en ti, que vendrías a ser vos, mucho más que palabra
de Dios, eso será por los siglos de los siglos La Verdad, lo que te obligaron a
creer en tu casa y más tarde en la escuela de aquellos curas peronistas, y que
un poco por la fuerza y otro tanto por la razón te entró, y además has visto
que los ricos también lloran y roban, desde Verónica Castro en la telenovela
casi homónima hasta acá, entonces a nadie aquí se estigmatiza y menos por el
territorio donde viva tal o cual, y un gran etcétera muy asociado e influido
por el Cristo más populista de todos, el del sermón de la montaña.
Te retirarás más luego del improvisado almuerzo,
junto a tu hermana, pero tu hermana olvidará su celular en el departamento,
cosa que, a la altura de la cancha de Argentinos Juniors, recién se dará
cuenta, a lo que vos mirarás de nuevo en tu celular las imágenes de las cámaras
del departamento, para ver si el teléfono de tu hermana quedó sobre la mesa del
comedor diario, pero no, no se verá dónde quedó el teléfono pero sí, en cambio,
ocuparán toda la pantalla rectangular las tres voluminosas nodrizas que dijeron
que hoy se irían y que una dejaría las llaves al encargado. Ahí continuarán las
tres, moviéndose como animales ágiles y enormes a la vez, acumulando sobre la
mentada mesa todas las ollas, cacerolas y sartenes de acero inoxidable, y será
entonces que a tu hermana ordenarás «pegá ya la vuelta», al tiempo que para tus
adentros te dirás lo que te has reiterado más de una vez en todo este tiempo:
que el problema no es la muerte, que el problema es el ser humano.
Minutos después, al entrar al departamento, si
las hubo alguna vez, como fuere, ya no habrá fe, esperanza ni caridad y, por lo
tanto, mucho menos piedad, sino el palo de amasar que tomarás de un cajón del
mueble de la cocina, más tu frase en tono sereno «la traición se paga con
sangre», tu fingimiento de que estás conectado con el inframundo y que desde el
inframundo te avisaron lo que estaba sucediendo.
Ya no habrá fe, esperanza y
caridad; por lo tanto, ningún tipo de razón
ajena atendible, pero sí tu odio, un odio que, si en práctica pudieras poner,
haría su propio Pentecostés pero con napalm.
Porque la condición humana toda desde siempre ha
sido atravesada por el mal, y en ese sentido, papá, le dirás a tu
padre, en ese sentido, mamá, le dirás a tu madre, nadie se salva, que no me den
un día facultades de dictador, porque estoy muy triste y no puedo sobrellevar
ni esto que pasó con ustedes dos en tan poco tiempo, ni lo que te sucedió a
vos, primero, ni lo que a vos, después, viejito, que partiste con esa suerte de
sonrisa o de satisfacción, creyendo hasta el final que la gente no era tan
mala, que la injusticia social la tornaba mala, pero yo no soy vos, yo no puedo
ser vos ni ustedes, yo no tengo tanta piedad y ya lo he dicho, en algún momento
de todos estos días me he dado cuenta de que carecía de fe, esperanza y
caridad, y a los dos, carajo, a los dos les han robado sistemáticamente, desde
que cayeron en desgracia hasta la última toalla, hasta la última media, hasta
el último pañuelo.
*
«Las pasiegas gozaban fama de ser denodadas
caminadoras. Desde su escondido valle de Pas iban a Santander, o aún más lejos,
desdeñosas de ferrocarriles y carretas, como si llegaran de una edad paleolítica,
anterior a la invención de la rueda, sin ni siquiera un mal asnillo que las
aliviara de su carga, portadoras de sí mismas, de su impedimenta y de su cría,
con pesados y seguros movimientos bovinos, hincando en el polvo el triple
diente de su calzado prehistórico, que la erguía un poco con altivez de
coturno, poniendo en las volubles calles de la ciudad provinciana y balnearia
su certidumbre de permanencia secular», ha escrito un tío de tu padre, de
nombre, Eduardo, y de apellido, González Lanuza, en Cuando el ayer era mañana, y en ese otro mañana que es tu ayer deberás
desarmar la casa de tus padres y todo tendrá que ser rápido.
Las expensas serán elevadas.
Tus padres habrán ya donado en vida unas pocas
propiedades muy mal ubicadas.
Y a vos también ya te habrá tocado en suerte
este departamento, que guardará buena parte de tu infancia y toda la historia
familiar de, al menos, dos generaciones.
¡Felicidades, tu vida poseerá todavía un sentido!
(Happy problem, algunos imbéciles habrán
de decir por lo bajo, esos mismos que no te llamarán, pero quítales —queda
mejor el verbo con tilde que sin él— los pronombres a todo, como habrás de
escuchar así decir por estos días de luto, porque los imbéciles no llaman en
general, te dirás y, si te prenden fuego, sácales el «te», será
problema de tu sistema térmico y de tu fuego, ya no puedo adjudicar —habrás de
decirte— a otros lo que me ocurre, no es lógico ni de adulto adjudicar el
incendio de mis bosques, te dirás. Y estaría bueno, te dirás también, cuando
reflexiones sobre estos desvíos, escribir en alguna hora muerta un cuento donde
todos los personajes proyecten su propia mierda en otros, sus propios
fantasmas, pero no pasará a más de una reflexión; enseguida, se te irán las
ganas de escribir y de rezar y de permanecer en equilibrio, y regresarás a este
párrafo, lo tratarás de finalizar. Y no podrás. Nunca podrás).
Como fuere, tus padres ya te habrán puesto en
estas mucho antes de que todos los verbos hayan sido escritos en futuro y, por
propiedad transitiva, en la misión de convocar contactos que otros te dieron en
el último funeral, contactos de personas de «inmobiliarias tradicionales» o de
esas otras que funcionan «al estilo estadounidense». Uno de aquellos contactos
te lo brindará un pelado con olor a hez en la boca, a quien no podrás olvidar,
así burles la máxima de no victimizarse, de dejar de usar pronombres como el «me»
para hacerlo. Más bien antes llamarás a ese contacto del pelado sólo para
hacerle perder el tiempo y para hacer quedar mal a ese nuevo enemigo de calva
lustrosa. Asegurarás, más tarde, y como siempre has asegurado, no ser
rencoroso, tu terapeuta te confirmará que no, que nunca fuiste rencoroso, y te
anotarás, así, un punto más en el campeonato de la impostura, y todo será por
hacer quedar mal al pelado en cuestión. Pero este será sólo otro desvío, un
nuevo rizoma, una venganza pequeña. Lo importante:
Lo importante redundará en que todas las
personas a las que llames para tasar el departamento, cuando se presenten, en
el mejor de los casos, te dirán «lo siento» cuando expliques que él acaba de
morir, que ella lo hizo cinco meses antes.
Lo importante: todos nada opinarán si acaso te
explayás y contás que, en el caso de tu padre, fueron cinco años de tortura y
prácticamente trescientos sesenta y cinco días de postración en caída libre. Y
a nadie menos aún le importará tu tristeza. Es más, habrá quien sólo se
interese por su ombligo ya sea para decirte de modo falsario que te echa de
menos (o que te odia), no con palabras explícitas, o sí, también con palabras
explícitas. No interesará. Quedarás, en todos los casos, al borde de una
cornisa, ausentes tus pretendidos amigos históricos, como un cagalástimas
cualquiera, con el culo sucio; Gary Lineker cagado encima en el Mundial de
Italia 1990, en aquel partido que creés que fue contra alguna de las Irlandas;
harto, además, de tener este agujero en el plexo solar que ya no se llamará
«angustia» ni tampoco «duelo» a secas, sino «odio», otra vez «odio». Porque
estaba escrito en alguna sagrada escritura que los días pasarán y que el odio
(por huérfano, solitario y viejo) habrá de crecer en tu podrido corazón al ritmo
del desánimo, y ¡oh!, el duelo que imaginaste toda tu vida podría suponer un
cambio radical en tu alma, antes que eso será vacío, repudio y violencia frente
a la miseria, la negligencia y la avaricia de las nodrizas mecheras, los
martilleros públicos, tus examigos que aún se creerán tus amigos y, te faltará
escribirlo a estas alturas, los dueños de camionetas y camiones que llevan sus
cornetas por los barrios gritando «compro heladera, lavarropa y muebles viejos,
señora». Pronto sabrás, carajo, que, a) así como las unas han sido creadas (no
como tu tío abuelo, no tampoco como Corominas o tu padre) para aprovecharse de
los ancianos, b) que los otros sólo estarán en este mundo para llenar su
cartera de propiedades en venta y así ver si la pegan con una y comisionan en
dólares, y c) que los últimos serán el peor producto de las maquinarias del
infierno, demonios esféricos y sinvergüenzas que tendrán una F150 o parecido y
que se ocuparán de violar, con tu silenciosa complicidad, con tu irrenunciable
tristeza, el espacio que habitó alguien tan débil como tu padre una vez que tu
padre cumplió lo que la biología había anticipado y terminó en la morgue de un
sanatorio. Ah, y eventualmente orbitarán más martilleros y compradores de
muebles, junto con muchachas a las que acudiste cuando creías que te matarías
si antes algo no hacías con tus días, y aprenderás a bloquear y a borrar con
fría crueldad de tus contactos a estos, los otros y los de más allá, porque no
respetarán el dolor ni la muerte seguida de la enfermedad, y porque ya serás, a
este ritmo, una mala persona, dolida, pero mala persona, a quien, ni las
mentiras que se procuró para sobrevivir y no caer en la segura gran depresión
de su vida, lo salvarán de la condena de aquellas que hasta pudieron llegar a
albergar alguna incierta ilusión.
Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, por fin
morir. Tal el ciclo, te dirás, para ahuyentar de ti tan oscuros pensamientos,
como aquellos del parágrafo anterior.
Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, depresión, depresión.
Nacer, crecer, reproducirse, asesinar o matarse y hundir la
cabeza en las aguas del Leteo.
Luego.
El final.
¿Y por qué esto se llama «Quince minutos de
“Balada para Adelina”»?, te preguntarás también, sin aún saberlo.
Volverás al hilo. O, dicho mejor, a la fuga de
todos aquellos que en tu conciencia te persiguen: nacer, crecer, etcétera. Y
llegarás a la rémora socialcristiana de tu cabeza una vez más, quien pretenderá
darte lecciones y te obligará que agradezcas que todos esos pasos tus padres
dieron y no como otros, que nacen y se mueren, o como otros menos afortunados
que nacen, enferman y nunca mueren porque siempre sufren. Y de nuevo te dirás
que nunca fue el problema la muerte, que el problema siempre fue la condición
humana, incluida la mía, y habrá mañanas de espanto y Vortioxetina, y otras de
correr a un colectivo o al tren que está por partir, y te procurarás que cada
hueso y cada músculo te duelan haciendo ejercicios imposibles, todo lo que haga
falta, incluido el sexo, menos drogarte, para poder atravesar un día más, un
sólo día más, nada más que un puto nuevo día, puesto que, ahora, muchacho,
tienes una misión, un sentido, un propósito: vender la propiedad que fuera de
tus padres y que ya ha sido saqueada a precio vil por uno de estos que en la
internet te compran «muebles de estilo» y se te llevan hasta la última maceta.
«Compro heladera, señora;
muebles antiguos, lavarropas, bicicletas, triciclos y vajilla. Compro, compro,
señora, y le toco el culo a su hija y me la llevo en un canasto para que me trabaje de puta
en un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas».
*
«Las recuerdo, anchas de osamenta, ampliada la
curva de las caderas por la superpuesta pluralidad de los reflejos
multicolores, entre cuyas reconditeces se escondían las faltriqueras para los
cuartos o las relucientes monedas de plata cobijadas en los tercos nudos de sus
grandes pañuelos», ha escrito el tío de tu padre, también, y así leerás, pero
eso será mucho después de la firma datada de estos escritos, que, antes, dirán:
Te estoy viendo en la tentación de buscar
etimologías. Querrás comprender qué es un «duelo» y qué el «odio» y cuál es la
relación entre ambos. Y en la libre asociación de ideas a nada claro llegarás y
tu cabeza colonizada te murmurará las coplas de pie quebrado tan conocidas y
aprendidas en el tercero o cuarto año del secundario dominado por aquellos
curas peronistas, aquellas coplas de un tal Manrique, donde dicen:
...cuán presto se va el
placer
cómo, después de
acordado
da dolor.
Lugares comunes y abuso de itálicas y comillas
españolas, que tanto te seguirán atrayendo aunque estarás arruinado,
jodido,
hecho el resto del hombre que alguna vez creíste
ser,
y entonces Corominas, sí, cómo no, Joan
Corominas, más comillas españolas, la letra D, y ¡sorpresa!, resultará ser,
¿cómo no lo pensaste?, que «duelo» es multívoca, no así «odio», y leerás y
copiarás con un ventilador a tu diestra y el diccionario etimológico sobre tus
piernas, acerca de la primera voz, que proviene de «desafío, combate entre
dos», empleada por vez primera hacia el siglo XV, cosa de la que habrás de
dudar y mucho, y que, además, verás que se relaciona la misma voz con la
«alteración del sentido (por influjo de duo “dos”) del lat. duellum
“guerra” (…)» y (curiosidad), muy al pie, recién, la que creías como primera
asociación de «duelo» y «dolor», para lo cual, pensarás llegado a este punto,
deberías aún leer «doler», pero ni para el «odio» ya tendrás ganas, o sí,
puesto que, al fin y al cabo, el diccionario continuará sobre tus piernas y
nada mejor tendrás que hacer; entonces «odio», y un fraude su
origen, puesto que lo más interesante será el leer que proviene del latín odium
y, como con eso no harás nada, buscarás en internet, como antes has buscado a
los mercachifles violadores del pasado, «compro, señora, compro, lavarropa,
heladera, muebles, televisores, ropa usada, adolescentes» y, no conforme, hasta
intentarás que una inteligencia artificial te ayude en la celeridad de tu
búsqueda, y esto encontrarás antes de querer pegarle una patada a tu máquina:
Que odium era una voz
latina, un dispositivo lingüístico creado para significar la fuerte aversión
hacia alguien, y te dirás que la definición es incompleta, puesto que no sólo
se odia a una persona humana, que también se puede odiar a un animal, a una
planta, a un recuerdo, a una cosa, cualquiera sea, y a esa hora de la tarde
(los relojes de tu casa marcarán las cuatro y cuarto de la tarde) no sabrás ya
cómo seguir y, en tu ignorancia, necesitarás de la red que siempre suele darte
el libro de Jonás, o bien el extenso del piadoso Job, el uno que se enfada y
que es la ira misma cuando es vomitado en Nínive, el otro que supone la
aceptación de todos los peores males que un sujeto puede tolerar en este mundo,
pero tal red, esta vez, no te será de utilidad, pues estarás huérfano ciento
por ciento y con el recuerdo todavía vivo de cómo se llevaron el bahiut, el
juego de living de tu abuela, el juego de jardín que se hallaba en el balcón,
el espejo donde se reflejaban las imágenes de tus abuelos maternos y de tus
padres, la cabecera de la cama que fue primero de unos y luego de otros, la
cómoda, las mesas de luz, los cuadros, las ollas y cacerolas y sartenes y
jarros de acero inoxidable que las nodrizas mecheras días antes han procurado
robar. Recordarás, enumeración, todo aquello y las camas que todavía habrán de
quedar, la maceta aquella y los dos macetones, todo, todo menos lo que tu
hermana ya te habrá pedido para ella: la mesa del comedor, dos divanes, la
vitrina, una biblioteca.
¿Qué música poner, entonces?
¿Y cómo se sostiene esta vida?
¿Si te has mentido y a todos has querido mentir?
¿Si no es odio, no?
¿Si es dolor?
¿Para qué negarlo?
¿Y por qué no habrás de usar signos de pregunta
cuando a estas conclusiones arribes?
¿O por qué los emplearás cuando todo esto
corrijas?
Y para qué intentar negarlo, te repetirá tu otro
yo desde el pasado. Si todo habrá de resumirse en este agujero negro que vos y
yo en el plexo solar sentimos, ese yunque tan parecido a la angina de pecho,
que no calmarás ni con el amor o el cuerpo de una mujer ni con el alcohol ni
con la Vortioxetina.
¡Ea pues Señora, abogada nuestra!
El combate entre dos, entre tu yo
y tu ego, o entre tu yo y tu otro yo que es el otro yo que no soy yo, o entre
el cuerpo que te carga desde que naciste y el que finge ser, a tu edad, un
hombre serio que a nadie carga.
El duelo interno, amigo mío, donde, si pierde
uno, pierden siempre los dos, e incluso los tres.
Un duelo donde, por supuesto, todo se apoya en
la tierra del odio, que, a la postre será y siempre habrá sido el
postre del dolor, más confrontación, guerra y
repelús contra todos los que conformamos desde siempre el ti mismo.
«Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar».
«Compre, señora, compre».
«La traición se paga con sangre».
Adolescentes virginales dentro de un canasto transportadas
en una F150 hacia un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas. O de cualquier
otro punto cardinal de la Patria o de su Madre, que nuestros mayores nos
legaron.
Y más comillas españolas. Muchas más
comillas españolas, más un loco suelto en la internet, a quien verás y
atenderás por estos días de tristeza y calor, que pronunciará sin remilgos que,
antes que el Hacedor nada creara, se hallaba Él en su Magnífica Soledad Cósmica
junto a Castilla, que es tan inmortal, imperecedera, católica y eterna como el
mismo Dios que allí se halla sentado en un banco que no existe, junto a
Castilla, la nada, y acaso en Castilla, solo y furioso, el toro de lidia que
representará hasta el Juicio Final a todos los toros de lidia que más tarde
corran por Las Ventas y Sevilla.
Y amén.
*
«Las pasiegas eran hábiles comerciantes, duchas
en el tira-y-afloja del interminable regateo», ha escrito el tío escritor de tu
padre, pero no que el duelo carece de definición y que, al menos, de tal modo impresiona
en Castilla (escribirás llegando al final de este relato que nunca sabrás si
más bien resultó un no-ensayo, e ignorarás si lo que habrás de escribir en esta
oración ya lo has escrito, y de todas formas te escaparás de este paréntesis no
sin exhibir tu cobardía, en diciendo «territorialidad teológica» y otras cosas
raras que trabarán la lectura de la pobre persona que pretenda leerte, pero
allá tal o cual que desee leerte en cualquier tiempo verbal, te justificarás,
doblemente harto, pensando en cambiar dólares para sobrevivir, y escribirás
igual, porque esto debo terminarlo, te dirás, y escribirás trabado, decíamos,
por fuera del paréntesis, «territorialidad teológica», y «territorialidad
teológica» encontrará tu torturado lector al salir de aquí), territorialidad
teológica, según cierto hispanista ultramontano de gracioso apellido itálico,
quien ha dicho en más de una ocasión que tal región existe desde antes de que
Dios lo creara todo (aquel ítalo-hispanista que ha imaginado a Dios y a
Castilla en el medio de la nada, también suele decir —evocarás, recordarás, tu
memoria te dirá—, que Cristo a Pedro entregó Roma; que a Juan, su madre, y que
a Santiago, España, de lo que se desprende —también algo te dirás— un raro
silogismo, donde la Hispanidad construye una sinonimia cacofónica con la
Cristiandad, así en mayúscula, y donde, además, Cristo, por poco, es un
manchego eterno que alimenta toros de lidia y se alimenta, a su vez, de quesos
y puercos).
Antes del iterado escollo parentético volverás a
escribir que el duelo en Castilla parece carente de definición, así posea dos
acepciones, una en la confrontación, la otra, en la relación dolorosa y
problemática de los deudos frente a uno o más cadáveres, y ha de ser así,
concluirás sin ya saber a qué hora llegará tu cambista de confianza, porque no
hay en verdad conocimiento del mundo que pueda definirse como verídico a través
de la mera palabra; que a esta conclusión habrás de llegar no mucho después de
las cuatro y cuarto del mismo día, o bien de otro muy igual. Y así y todo
pronto caerás en la cuenta de que la Real Academia desconoce al mundo y también
al ser humano, puesto que el duelo no sólo se relaciona con un cadáver, te
dirás, y no irás más lejos en tu escritura de tu no-ensayo para no abundar en
obviedades, en lo palmario. Más bien antes esperarás a tu cambista ilegal y a
una compra compulsiva del día anterior que te debe llegar, como has leído un
poco antes, entre las 15 y las 21 horas, y desearás que te caiga más trabajo
retrasado como el de recién, que te permita matar
las horas de un modo distinto, acaso menos escabroso, quizás más automático y
saludable, que escribiendo esto, pero mientras nada de todo aquello ocurra (los
agradecimientos de un cliente a su libro por ti escrito, en verso libre; más el
epílogo elogioso de un catedrático al mismo libro, etcétera), ¿qué música
poner?, te preguntarás, y también ¿cómo nublar la memoria y no pensar en el
departamento ni en tus padres ni en los pétalos de rosas y los dos funerales,
comenzando por el último y luego por el primero de los entierros, el infierno
tan temido de cuando eras apenas un niño que manchaba sus calzones y que
increíblemente se había confrontado hacia los tres o cuatro años con la noción
de la muerte y no soportaba, pues, que sobre todo su madre no llegara del
trabajo a la hora acordada, y era entonces que te debía bajar la nodriza de
turno, otro tipo de nodriza, más cercana a las del valle de Pas, no
cuida-viejos sino cuida-niños, junto a tu hermana que no dolía, como sí en
cambio tú, que vendrías a ser vos, y a los gritos te bajaban a la avenida y la
muerte no era un cadáver ni un accidente ni una enfermedad, la muerte resultaba
la mera desintegración de tu madre, y luego, cuando ella llegaba al fin a casa,
como también más tarde tu padre, te quedaba el saber bastante científico de que
ambos un día habrían de morir y que, cuando tales hechos sucedieran, no habrías
de soportarlo, y ahora que aquí estás, que hasta aquí has llegado, te
preguntarás cómo terminar con todo esto o, con al menos, esta tarde, tras los
días anteriores de la última muerte, las nodrizas mecheras, los martilleros
públicos y el gordo rufián de la F150 auxiliado por el par de facinerosos
expertos en ultrajar lo que fue un hogar en cuestión de tres horas?
Y no, no habrá respuesta, el dólar volverá a
dispararse y los cambistas saldrán de sus cuevas a realizar sus grandes
negocios, y uno de tus clientes escribirá en verso libre su agradecimiento y su
dedicatoria del libro que jamás escribirá, y sobrevolará otra vez en tu
putrefacto corazón el odio y el aburrimiento, pero por sobre todo el odio para
no llorar, para no entrar en crisis, y los de la compra compulsiva del día
anterior no tocarán el timbre hasta tarde, y los de la administración del
edificio que habitarás enviarán un correo donde anunciarán que mañana
todas las bicicletas arrumbadas en la terraza serán retiradas y arrojadas a la
basura, tal como se ha advertido meses atrás, y pensarás que ahí, arriba, ha
quedado la bicicleta Bianchi que fuera de tu madre, pero que nada harás por
ella, que no la rescatarás del seguro olvido ni del reverbero de la muerte,
porque está rota, porque es pesada y porque no es necesario, en el fondo, hacer
ya nada, más que bajar el precio publicado del otro departamento, el de tus finados
padres, que eso es lo único que falta para cerrar con este capítulo, donde
fuiste hijo hasta que de forma definitiva dejaste un día, no hace mucho, sólo
dos meses y monedas, de serlo, puesto que has recuperado de repente la mera
noción de la matemática y tu padre murió hace dos meses y tu madre hace siete,
por eso la distancia entre el fin de ambos da cinco y no hay música de fondo
que poner, o si la hay; tan solo deba de tratarse de esas músicas que sonaban
en un edificio de unos amigos de tus padres sobre la calle Rosario, frente al
Parque Rivadavia.
Richard Clayderman en el ascensor, ¡maravilla!,
quince minutos de «Balada para Adelina».
Vos de chiquito.
Todos aquellos quince minutos.
Subiendo y bajando dentro del ascensor de la
calle Rosario.
Creyendo que aquella música te hacía feliz.
Sólo subo y bajo, mamá.
Sólo suyo y bajo, papá.
No, hijo, no podés quedarte solo.
Bueno, entonces, acompáñenme, y llévenme luego a
la plaza, a las hamacas, esas hamacas que ya no existen y que precisaban del
impulso de tus pies para volar.
Acompáñenme, por favor, aunque no todos mis
recuerdos sean ciertos, puesto que cuando el señor Clayderman sonaba yo aún no
sabía sumar y mucho menos entender cómo se determinaban quince minutos, no más,
no menos, aquellos quince minutos de felicidad por los que hoy habrías de
matar, si tuvieras a quien hacerlo.
Y que ¡hostias!, el dólar seguirá subiendo, y el
cambista ya te habrá fijado un precio cada vez más bajo, segundo a segundo más
bajo, y así será que perderás plata por andar escribiendo (y abusarte de los
paréntesis, que no fueron creados por Dios, el de Castilla, para estas cosas),
y no te será gracioso terminar así estas otras cosas, para nada te será
gracioso, o lo será tanto como un cliente taimado escribiendo en verso libre
los agradecimientos o la dedicatoria de aquel libro que le habrás escrito y que
tan buena crítica tendrá de numerosos catedráticos hispanoamericanos que saben,
como Cristo, de quesos y puercos, y de toros de lidia, allí en Castilla, como
también en La Mancha.
(Y no sea cosa, acabarás por decirte —al ritmo
del pianista francés, pues el loco ítalo-hispanista es educador, como tu
cliente, y otrora investigador del Conicet—, y no sea cosa, te dirás aunque redundes, al son del
tarararará, que el loco facho chauvinista chicloso que cree en Dios, Castilla y
la nada, llegue acaso a leer aquella magna obra que habrá de preludiarse de
versos libres y que, por propiedad transitiva, también replique elogiosos
elogios que te elogien sin que lo sepas).
Amén, y amén, gloria al Señor. Y al dólar que sube y no para, como pretendía el Fondo
Monetario Internacional y como al fin y al cabo siempre sucede con países como
el tuyo, que no habrá de ser ya el mío, para cuando metas el punto final y
pienses en contactarte con los de la inmobiliaria, que no habrán entendido
hasta ahora que jamás buscaste hacer negocios con aquel departamento que fue de
tus padres, que sólo te lo querés sacar de encima, cuanto antes, como a esta
tristeza que es, sobre todas las cosas, una soledad, a la que adjetivarás,
antes del punto final de tu no-ensayo, como «insoportable».
JGC, Buenos Aires, diciembre de 2025