10.6.26

Una revolución como la muerte (novelita en vivo): 6, 7 y 8


 

(((Para no perder el hilo, todo inció acá y continuó acá))).

6


Me has dicho anteayer, Reina, y tus otras primas y amigas son testigos, que tu Varguitas anda con misión muy importante que le encomendara el recién finado señor Presidente del Partido. Te mostraste, la verdad, ¡santo Dios!, muy orgullosa de decirlo, que tal es mi obligación así nada más sepas y deba yo condenarme a santiguarme hasta que la Providencia, que todo lo sabe, de mí se encargue. Porque no has notado que todas nosotras, tus amigas y primas, nada te contestamos y ni siquiera exhibimos alegría al escuchar tu comentario. Porque añadiste que para tal misión el Varguitas se andaba perfumado esa mañana y las anteriores y que salía a la calle con el único traje que guarda en el ropero y asimismo con guantes y lienzos de revisación doctoril, lo que te llamó fuertemente la atención desde la primera vez, pero que como él te reiteró que la misión encomendada era secreta, y como también nos dijiste medio avergonzada que desde hacía unas mañanas que te venía bien acariciando los sonrojos, que lo aceptaste cada vez. Pero es hora, Reina, de que sepas que el Varguitas anda en la busca de mujer, que la encontró. Dios se encargue de perdonarlo o no, que no soy quién para meterme en esos líos celestiales.



7


Escribió también el general Díaz, por él y por su amigo el sargento:


Le entregamos al caballero Fernando Lago papel y lápiz, a fin de que nos escribiera lo que desease, vista su boca sin lengua y su paladar reseco…


Y todo obró para la furia de los interrogadores muy enseguida, al comprobar que el forastero, contrario a lo que ellos se maquinaban, nada escribía, ni una triste vocal, y sí mucho dibujaba, lo que, como más tarde le escribiría el general Díaz al señor Presidente Sorondo, antecesor de Acuña y Figueroa, en ese orden:


Nos llenó de turbación.


Al cabo de llevarlo a los Palos Revolucionarios para los Aleccionadores Azotes, lo vieron desfallecer. Entonces escribió el general:


Ramos, primero que yo, he de reconocerlo, me dijo «éste se está muriendo» y así era nomás que se nos moría el forastero analfabeto, pero no por los azotes y las variadas torturas revolucionarias, sino porque ya venía medio muerto de donde viniera.

Después supimos, y eso era verdad, que lo perseguía un hombre.


De suerte que lo condujeron en carro de dos burras hacia el hospital, donde los médicos, emperifollados con sus trajes blancos, luego de desnudarlo, lo resucitaron con mucha paciencia y secreto —todavía no querían, sargento y general, que el señor Presidente Sorondo se enterase de nada, no por ocultarle algo de importancia, sino porque aún ellos creían que nada la tenía, o que sí, pero no lo sabían asegurar— y que, en todo caso, el señor Presidente Sorondo o se moriría de inmediato o, de sobrevivir un tanto más, nada les objetaría si después del hospital ambos se encargaban de los tiros y el horno de los infiltrados y enfermos que no han sido asados en las piras.


Claro, nos habíamos equivocado recurriendo a la tortura; los doctores nos dijeron: «El caballero Fernando Lago no escucha ni puede hablar».


Eso admitió el mentado, cosa que ya la sabían éste y sargento desde horas antes —y también yo, que me habían vuelto a mandar llamar con una urgencia sin fundamento—, pero hasta ahí, y más cuando agregaron los doctores que «tampoco sabe leer y escribir», por lo que habían podido comprobar en los exámenes de rigor, motivo suficiente para que Ramos y el general, así con hambre y todo, se rieran y, rápido, intentasen disculparse con el caballero don Fernando Lago.

Escribió el general:


…que creo es la primera vez que nos entiende.

Pero será oportuno preguntarse cómo fue que nosotros lo entendimos a él.


Escribió.

Leyeron.

Más tarde copié.



8


Tomé rumbo incierto, confundidos mi olfato y mi orientación por los sabores de las piras que me subían por narices y ojos como si de orina caliente se tratara, que así es ya como huele nuestro pueblo y esto no constituye novedad, hasta dar con lo de las Santamarina, tan putas que son como de salud es que gozan y tras, repito, que siempre es de buen proceder repetir, más aún en los cargos oficiales, donde uno es culto y entendido y los demás, animales, que decía que, tras innumerables y arriesgadísimas visitas a otras muchas muchachas de la población, di con la casa de las Santamarina, porque ninguna muchacha de las anteriores parecióme tan agraciada y afable como las Santamarina en general y la Rosita Santamarina en lo privado, quien era de la catadura del antecesor del Señor Presidente que también fuera Presidente hasta poco atrás.

Díjele a la niña, luego de, por precaución, escrutar ingle y sobacos, que acompañárame hasta lo de los Cornejo, donde ahora se está muy bien y alimentada, llena de perfumes silvestres que yo mismo hele proporcionado y unos coloridos maquillajes que transfórmanla en verdadera ninfa, proporcionándole al menor de los Cornejo, El Niño, lo que Natura no da ni Salamanca presta, y deprisa hele dicho a quien hámelo preguntado —y a quien no también, a excepción de mi mujer, a quien, por discreción, respeto y resguardo, ocultéselo— que el Señor Presidente, o como suena más fino en llamarlo, Su Excelencia Revolucionaria, es bueno y misericordioso y que puesto que la misión secreta ya fue cumplida en su primera mitad y ha dejado de serlo en esa parte, que El Niño Cornejo portose como cristiano derecho con el forastero sordomudo que arribó a estas santas tierras, lugar donde todo buen hombre es bienvenido por el Partido, y que muy bien, que por eso ha recibido el favor de una mujer saludable con la que ha de concubinarse, si él lo manifiesta, o bien disfrutarla hasta que se canse o muera, que tal es el parecer y tal la norma impuesta por el Señor Presidente, mi gran amigo Sorondo y compadre, y que nadie habrá de impedirlo, y que si alguno nace torcido con esos propósitos, que tendrá que rezarle al Diablo Satanás para que lose lleve rápido, pues merecerá infiernos peores, cosas tan ciertas como que las putas de las Santamarina están para disfrutar como el jugo de las naranjas.

Por supuesto, esta tarea no hame sido fácil. En nuestro pueblo —además de las ya desahuciadas con sus bolas de fraile en ingle y sobacos, quienes han de haber muerto desde que helas visto hasta esta parte—, por un lado —y ya refiriéndome a las que quedan sanas— hay faltante de mujeres bellas y dóciles y afables y agraciadas, y por otro hay de las vulgares y bonitas, pocas pero más que las que el Señor Presidente, mi compadre Sorondo, habíame encomendado para ofrendar al Niño Cornejo en caso de probarse el faltante de Evas. Motivo por el que pronto vime muy desasosegado, teniendo en cuenta tres cosas:

Que había desvestido y probado con el mayor de los respetos y como la Ciencia Médica lo ordena en estos tiempos a media población femenina.

Que, igual, tanto si mi familia enterábase, como si sospechábanme lujurias: adiós.

Que habíame recorrido, palmo a palmo, el pueblo y sus alrededores, exponiéndome a la malaventura por más cubrimientos y guantes que usara, solo faltándome la casa de las Santamarina, quienes poseen la peor de las famas, pero que gozan de una fermosura vulgar, pero digna de cantos y poemas.

Atrevíme y entrevisté con cada una, acomodado por una mayor simplicidad que en los demás casos —donde había debido primero pedir permiso a los padres de cada muchacha—, y de resultas de las conversaciones con unas y otras de las lindas Santamarina quedéme con la Rosita, la más jugosa, como señalé. Circunstancia que, quitando mi éxito de lado en lo referente al Niño Cornejo, intuyo que acarrearáme no pocas dificultades domésticas, sino tal vez inconvenientes peores hasta por cuestiones de igualdades en la inicial de los nombres de la una que es mi esposa y de la otra que obra de tan puta.

Pero, que quede bien en claro: sé que uno debe jugarse el tegumento por La Causa; que hasta los hijos son nada en comparación con nuestra gesta. Y que también se entienda y lea que ándome muy preocupado pues he visto a la señora Encarnación Vilma Ruiz de Sánchez Céspedes, que hácese llamar la Vilma a secas, interpretar el papel de zonza al cruzarse conmigo. Y que por ello hela seguido y visto cómo entraba a lo de los Cornejo, donde habita ya la Rosita Santamarina, la tan furcia, y como es el hábito de esta muchacha, acostumbrada, en tiempos de salud, a los quehaceres libertinos, paseándose, sean bajas o altas las horas, en menores paños, cuando no exhibida en toda su exquisita blancura de puntiagudos pezones de color desteñido, y más tarde también he visto salir a la señora Encarnación Vilma Ruiz de Sánchez Céspedes, con rumbo, entre los humos negros de las piras, hacia lo de las Santamarina, echándole coces y miserias a los parroquianos que frecuentaban esa casa para relajar sus masculinas ansiedades y que ahora miran, anudados en sus partes bajas, en soledad y nostalgia, desde fuera, con sus venas hinchadas, y ruegan pecar así sea con la mirada, a lo que las Santamarina responden con generosidad, hay que decirlo, ya la una asomando una curva por la ventana, ya las otras besándose, desnudas, entre ellas. De lo que desprendo con lógica partidaria que mi señora mujer cargará desde hace días sus oídos de barbaridades espantosas que quizás apártenla de mí y de mis cosas, como voylo comprobando estas últimas noches, donde no duermo y búscola y ella siempre dase vuelta, diciéndome «sal, Varguitas, sal», sin otra cosa espetarme; lo que hame puesto con el ánimo caído, que si no fuera por la misión cumplida a medias, ya hubiérame descerrajado los sesos con la escopeta, que sé que si apúntola sobre mi garganta, con los dedos de los pies haciendo presión en el gatillo, que bien podría dispararla y acabar con mi revolucionaria vida.

Mas como estas son mis cuitas, mejor dejar todo ahí, solo rogando al que lea lo que escribo que sepa entregar esta parte de la misiva a quien corresponda, ya sea mi mujer, mis hijos o quien parezca razonable, y que lese diga a quien sea que Lisandro Vargas es hombre de ley que no ha traicionado a nadie ni tiene mal hasta donde sabe; y que si acaso ha debido hacer lo que hizo y otras más, que todo fue en cumplimiento de su deber secretísimo y sin conmoción lúbrica, y que si calló, el callar resultó obra de la dignidad que trabájale a todo real partidario del Partido, y más aún a quien se precia de ser su Secretario. Ni más ni menos. Honores, agrego, que llevaré hasta el fuego.


*

Agradecemos a Tiziano por su «Venus y Adonis».


9.6.26

Una revolución como la muerte (novelita en vivo): 3, 4 y 5



(((Para no perder el hilo, todo inicia acá))).

3

Fernando Lago no respondió a las preguntas de rutina. Apenas manejábamos que el hombre había eludido, nadie sabía cómo, los controles del Partido y la inundación carretera. Punto.

El general se encargó de orientarlo, sacando de su escritorio la veintidós que bien se conocía era de su propiedad. Después nos apresaron por vez primera los de Sorondo, por no denunciar al forastero, según ellos, infiltrado político, golpeando sobremanera al sargento Ramos (que se lo lleve el Diablo), y más tarde, horas después del después, nos liberaron a cambio del informe generalicio, informe que copio por pasatiempo, pasatiempo que fue toda mi vida. Mi vida servil.

Escribió el general, leyeron las autoridades revolucionarias:

Viendo que no había sido intención del caballero don Fernando Lago violentar a nadie, y más luego cuando el sargento Ramos me lo confirmó por lo bajo y a su entrada, algo así como que «no, mi general, el hombre no escuchó el alto y siguió camino, pero a nadie maltrató ni viene armado, y al desnudo lo he visto sano», tras ver y con prudencia evaluar todas esas cosas, sufragué por darle al reo silla para que hablase y dijera qué era lo que quería.

Ni él ni su amigo —el sargento Ramos— ni yo conocíamos al forastero don Fernando Lago de por aquí o los alrededores. Menos sacamos en limpio nomás el forastero mostró papel donde tenía escrito nombre y demás datos, de lo que apenas general y sargento desprendieron —y es mucho decir— que el papel alguna vez le habría servido al hombre de documento, pero no de los que otorgaba el desgobierno, sino de otra clase de cosa que, escribió el general, leyeron las autoridades revolucionarias:

Ahora, atando cabos, noto que habrá de tratarse de la identificación de cierto mal.

Pero como entonces nada sabíamos de eso, ni él ni yo ni su amigo —el sargento Ramos—, advertidas las ansiedades, el sueño y el enojo a la hora del pequeño almuerzo de granos y grasa al que nos habíamos acostumbrado todos los partidarios y los no tanto, si era que había qué comer, procedieron, ambos —yo no decidía—, a llevar al reo a la Sala de Confesiones del Subsuelo Revolucionario, donde eternamente suena la Francia, o así sonó hasta que dejó de hacerlo, bajo la voz Charles Trenet, «Y’a d’la joie», música que había sido elegida ya nadie recordaba por qué ni por quién.

Escribió el general Díaz, leyeron las autoridades revolucionarias:

Allí derivamos al caballero don Fernando Lago, bajo mi despacho...

Donde supongo que todavía se ubica, si es que el fuego hasta allí no llegó, la Sala de Confesiones, fundada de acuerdo al Reglamento del Partido, ahí donde dice:

«El Comité Central considera que la presión física será usada y aplicada a enemigos conocidos y desconocidos, en todos los casos, contrarios al pueblo, como método justificable y apropiado».

Y junto con su amigo, el sargento Ramos —a mí me mandó a casa, para que no viera—, que me perdí y regreso, que junto con su amigo, el sargento Ramos, al son de la canción de la Francia y la voz de Charles Trenet, el general volvió a revistar el cuerpo del tal Lago y le aplicó puñetazos y variadas torturas, a fin de ver si algo decía el ya preso. Pero como no hubo caso, general y sargento decidieron darle papel para que así cantara, por escrito, dado que en el mientras y en el tanto habían notado que al hombre le faltaba lengua y no había cómo quemársela con hierro.

Escribió el general:

Dicho sea de paso, tal sujeto podría ser la razón, Señor Presidente del Partido, por la que los hermanos Pelegrino se levantaron en armas y después fueron ajusticiados, con toda la Justicia de la Revolución, ya que, como el anterior Presidente del Partido, don Espinoza, bien dijo antes de morir, «el hambre no ha de reblandecer los espíritus ni tirará por la borda a la Revolución…».

Cosa que tanto el sargento Ramos como el general Díaz compartían, o a lo menos sospechaban —no yo—, aunque consideraban, también, y esto fue escrito por el general:

...que, cuando pasan los días y no se come, la cabeza se confunde y comienza a idear fantasías sin ton ni son, que pueden sonar a disparates, pero que muchas veces se llevan a la práctica, como ha ocurrido con esos tales Pelegrino, y más tarde, o por eso mismo, es que se suceden las locuras que terminan en las calamidades a las que, por ejemplo, nombrándolos de nuevo, nos sometieron los tales Pelegrino, hasta que fueron muertos con tan justa intolerancia por alguno de los anteriores señores Presidentes del Partido y por todos nosotros sus partidarios, hoy más muertos que vivos, para que las cabezas Pelegrino se pudran de tan perniciosas que fueron.

Más o menos escribió el general. Y más o menos leí. Y al cabo copié.




4

Lisandro Vargas, Secretario del Partido, a las corridas anoto que el tiempo aprémianos y peligra nuestro pueblo, helo dicho ya y de un plumazo. Pero a pesar de lo escrito en mí la alegría refugio de la misión cumplida por la mitad, mitad que explícase porque ya no solo ha consistido en pedirle disculpas al sargento Ramos a raíz de los golpes recibidos, sino también porque he descubierto nuevos eventos y en consecuencia digo que en la mitad de la misma encuéntrome. Aunque así también asegure que todo cuanto hame pedido el querido señor Presidente Sorondo, a quien con tanto gusto y dedicación sirvo, hase realizado con sus puntos, sus comas, hasta donde he podido, según los medios, cuanto más, cuanto menos, pero con desenvoltura, siguiéndolo en todo, como es común en mí, y así él siempre desde su asumir en reemplazo de su Difunto Antecesor sostiénelo frente a terceros y cuartos, si lese es dada la ocasión, que es por eso, permítaseme anotarlo, que nuestra amistad es pura y nada la manchará con sangre ni parecidos, como en cambio sí ha de quedar manchada, espero probarlo, y disculpe, Presidente, que desdígalo de sus disposiciones y estima al general Díaz, después de que ya desestimólo una vez y habida cuenta de que volverá a tener que desestimarlo, que espero probar las manchas de la amistad que uníanos a todos nosotros, los militantes del Partido, con el antedicho general. Juro que este será el último veredicto y que ésta, la última sentencia. Que, como término, acabaré con la otra mitad, que aún quédame pendiente. Y ya que poseo de unos minutos de libertad, trabajaré los detalles de lo que, al momento, he realizado, adosándole a todo ello una muy principal preocupación, que, si bien es mía y en nada compromete al Partido, no deja de quitarme el sueño correspondiente a esta noche.




5

Estar y no estar, Lisandro Vargas, esa ingravidez me ocupa: llego a la calma de unos pocos y no es que viva sin urgencias ni dolores, no, más bien muchos me has causado y parece que me he vuelto loca.

Decidiste dejarme.

No te culpo.

Tú sabrás.

Solo espero que tiembles, que tiembles al leer estas líneas. Para cuando las levantes de esta mesa, estaré bien muerta y no podrás venir a disculparte o a pedirme que te abaraje la hombría.

Seré yo, Lisandro Vargas, quien por ti con mi ánima venga, para molestarte.

Échale la culpa a la Vilma por el cuento, nada más que por eso. Los cuentos de la Vilma siempre fueron los mismos. Me importan nada. Anda y mátala o haz lo que te guste. Me tiene muy sin cuidado. Ella es igualmente indigna, mucho lo sé. Pero como si yo no fuera de su familia: no me le parezco.

En definitiva, Lisandro Vargas, no se trata de comer cuentos, no me los he comido. Conozco bien cuáles son los pliegues de tu paño y todo el detrito de esta Revolución de la que ni siquiera tú creíste nada nunca y de la que nadie nunca tampoco nada ha sabido nada más que lo que se dijo desde el Partido.

(Intuyo de qué te ha servido la política, de qué les ha servido a todos los funcionarios).

Quien interesa, Lisandro Vargas, en nuestro caso, o en el caso de mi muerte, quien interesa y es responsable, Lisandro Vargas, eres tú.

Quítate esta carga.

Si puedes.


--xx--


(((Créditos. El Greco, «La fábula». Y Charles Trenet))).

2.6.26

Una revolución como la muerte (novelita en vivo): 1 y 2

 Dramatis personae



Vicente Sorondo, presidente del Partido.

Lisandro María Vargas, secretario del Partido.

Reina, esposa de Lisandro María Vargas.

Encarnación Vilma Ruiz de Sánchez Céspedes, prima de Reina.

Rosita Santamarina, prostituta.

Zulema, doncella.

Díaz, general.

Ramos, sargento.

Fernando Lago, forastero.

Miguel Cornejo, intérprete de Fernando Lago.

Otro forastero.

Hermanas de Rosita Santamarina.

Jorge Acuña, subsecretario del Partido.

Uno o dos presidentes más del Partido.

Mujer e hijas del general Díaz.

Otros personajes que se me han olvidado.

*

1


…por lo tanto, RESUELVO:

Que muriéndome como me muero, ya los síntomas proclamados en ingles y hornacinas del tegumento, y aun en la sobarba que se me abulta, me suceda don Jorge Acuña, Subsecretario del Partido, ante ausencia de Lisandro Vargas, quien cumple misión que le encomendara.

Fdo. Vicente Sorondo. Presidente del Partido.




2


No quiero ser bocina, Reina, de las podredumbres que se ventilan por donde una mete la nariz, pero es que se dicen de todas maneras, aunque mal me pese ahora contarlas, tan desconsolada como me observo al descubrir tu desconocimiento en el asunto y rogándole a la vez al Vivo Dios, que es Nuestro Señor Jesucristo, Hijo de María, la Virgen, Su Madre Limpísima, y del Dios que encabeza la Trinidad, Trinidad que es completa con el Mentado Hijo y el Amor entre Éste y Aquél, el Espíritu Santo, que los hijos me crezcan sanos de alma hasta donde puedan vivir y que el Amílcar me sea fiel hasta la muerte, que bien ella pronto se ha de llegar a todos nosotros y ya no tan de sorpresa, como antes lo estilaba, conciliándose con las Sagradas Páginas de los Santos Apóstoles Evangelistas, sino que pensamos que se arribará muy enseguida y de modo previsible a los que todavía deambulamos vivos en este pueblo nunca mejor llamado que maldito, todo así, sin embargo, te lo debo decir en mi obligación, Reina mía, con la facultad que me concede la gracia de ser tu amiga y prima mayor, y porque siempre te dije que tu marido no sería benefactor contigo, para nada, ya lo presagiábamos yo y todas las vírgenes cuando te pusiste de novia y voceabas que el Varguitas era muchacho bueno que te quería y bastante, a lo que nosotras respondíamos que tuvieses cuidado con lo que se refería a tu corazón, que mujer enamorada lanza tonterías, y lo peor, que se las confía ahí no bien las dijo, porque una es casta en los principios de la vida y no se piensa que los hombres por lo general ya vienen malos, a menos que hayas tenido como yo a padre ejemplar que supo ser tu tío, o marido dedicado como es que es mi Amílcar, con el que ya cumpliremos, si la Providencia no se opone, los veinte años de consortes, sin que a ninguno de los dos se nos haya escapado vicio, esos lagartos, que así los he soñado, y que a tantos otros se les escapan, cuando no resultan ya crímenes de leso derecho natural que se cometen y se muestran con desvergüenza, como si la traición y la mentecatez fuesen tesoros para exhibir sin tener en cuenta que hay un Lector Omnipresente que todo lo registra en su Libro Final, Páginas que veremos cuando nos llegue el turno. Y que sí, Reina, por la memoria de tu madre, que no fue santa y Dios Padre y Juez Severísimo todavía la tiene en veremos, aunque para Él no haya tiempo pasado ni futuro y solo en su Sacrosanta y Eterna Sabiduría habrá de manejar si será santa o no, mas que yo digo que no lo fue, y que después se arreglen las cosas por encima nuestro, que tal es el motivo por el que no rezo por el alma de tu madre, pues no me meto en asuntos Altísimos, que se comentan tantas cosas de tu Lisandro Vargas que a mí ya no se me da la gana de guardarlas, por más que sepa que al final te sentirás pésimo después de todo lo que te diga, pero que no me las guardaré de todas formas pues que tales decires hoy son rumores, pero que así como primero fue el Verbo y el Verbo se hizo Carne, y así como del amor entre El Verbo y el Hecho Carne surgió el Espíritu Santo con forma de paloma, aquella que fecundó a Nuestra Madre por la oreja, que así digo es que pienso que las palabras que hoy te acusan, que ya bien rápido integrarán ese Libro Celestial si yo no me trabajo estas otras páginas que van de conjuro con el apoyo de la Gracia Santificante que imagino me asiste, y entendiendo que siempre será mejor vivir en la verdad dolorosa de las cosas que en una felicidad de mentira que al fin y al cabo no sirve para nada más que para que a una en la tierra la miren por la calle y le murmuren pobre, pobrecita, como le ocurrió a tu madre cuando tu padre se fue con la Yola, esa ramera que siempre insultamos en casa y que espero tu madre también te haya instruido cómo insultar, infeliz de tu madre, se me llenan los ojos de lágrimas al recordarla, que así murió de cuitada y con la misma popularidad de la Yola, pues se suele decir que mujer sola no es santa ni buena y pronto se pierde, por eso en casa siempre se comentó que tu madre sucumbió a su tragedia y anduvo con este, el otro y el de más allá, cual cortesana, en busca de alguien que supiese interpretar las virtudes de padre, cosa que tu padre jamás trabajó y que ansío que se pudra en el infierno, con el perdón de Dios Hacedor del Universo y Señoría de los Estrados Celestiales por adelantármele, así nadie se le adelante ni atrase, Señor Escrupuloso que lleva todos sus escritos a término y que en el Cielo anota en su Libro lo que todavía no hemos hecho pero que haremos, a menos que una devota, como es que soy, interceda entre los pecados y su Elevada Majestad, a fin de remendar futuros que hoy se dicen, mañana se hacen y pasado, ya muertos, se leen del inicio al fin, que tal es el Juicio Final, Reina, que te aguardará con la sentencia que supongo en tanto esta angustia de pensar que la historia de tu madre se repita no me mengüe, que de eso es que te escribo y hablo, ya que si todo lo que se murmura es o será cierto y si el Varguitas ha de dejarte, y eso suponiendo que ya no se haya enfermado por cubrirse con las mantas de otra, lo que sería peor, no distingo buen destino para tu cuerpo y tu alma, sino más bien figuro tiempo donde hurgues como animal comida con qué satisfacerte y satisfacer a los niños, una vez que el Varguitas se ausente para siempre, como creo y creemos todas que ha de suceder, si ya no ha sucedido, indignadas también todas de que eso ya se corra y parlamente de tus dignidades y familia, como que ya lo practican los hombres por el pueblo, esos que siempre te tuvieron anhelo, y que ahora dicen que una vez que la Reina sola quede, que podrán aterrizar en tu descuidado nido y hacer lo que siempre les negaste, que hasta canción vulgar y no menos indecente ha compuesto uno de ellos, de oficio coplista, y cuyo estribillo reza, Dios Bondad y Belleza me perdone,


Aquí sobre esta ménsula

Reina me sorbe la méntula

Limpiándomela de mácula

Con su maja espátula,


que porque eres mi amiga te lo digo, y para más mi prima, de las más íntimas y mejores mujeres que tengo por confidentes, y lo último que le pediría al Diablo es que eso digan y luego se haga de ti, como ya dicen y se maquina, muchas veces, entre nosotras las señoras, con provisión real de envidia, cosa que ya sabes y que hartas veces me susurraste, tanto de novia como más tarde de casada, cuando comentabas que había más de una que masticaba rabia por tú gozar de marido político de carrera bien parecido como siempre fue el Varguitas y tan pundonoroso como atestiguas tanto contigo como con los hijos, a los que también se los intitula de pobrecitos desde no hará más de una semana, lo que es mucho tratándose de rumor, que por lo general tarda más en cobrar la fuerza natural que al cabo de un tiempo goza y que termina difamando, en ocasiones con toda razón, la honra de una persona y de toda una familia, cuando no confirmándose, primero en la tierra y más luego en el Libro de los Cielos, Volumen firmado por la Derecha de Nuestro Señor. Que por estos motivos, como tan preocupada me ando y en realidad no sé cómo empezar sin lastimarte ni tampoco ofender a Nuestro Mentor Correctísimo, pero teniendo en consideración que la expectativa o el suspenso no son buenos consejeros cuando lo que una debe decir, guiada por la discreción y el buen gusto, es terrible pero sencillo, te paso a narrar lo que me trae esta tarde a escribirte a la dirección de tu humilde casita donde vives con los hijos de tu Varguitas, como con el Varguitas mismo, que así todavía lo crees, Reina mía. (El cuadro es de Giuseppe Césari, siglo XVII, sobre la base de una escena de Las Metamorfosis, de Ovidio. En cuanto a esta larga, larga historia, continuará...).

23.5.26

Ascorbato de sodio


 

Hace poco un cuento sobre un perro que tuve quedó seleccionado para una antología de cuentos de duelo. Sucedió en Granada. Creen que aquel ha sido el primer concurso de duelo de la historia de la literatura. Poco interesa. ¿Las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, aprendidas en el colegio, datan de cuántos siglos? ¿Y qué no es el hecho de escribir, cuando pierde toda utilidad, sino una forma de duelo, de echar de menos algo que se amó o que se ama, como la mera realidad invadida por el tedio? ¿Debo de continuo recurrir a referencias librescas o etimológicas para sostener cada archivo argumental que expongo? No lo haré esta vez.

Terminé de leer Koljós, de Emmanuel Carrère, no deseaba escribir de esto, para comentar este último libro de EC en realidad habría que decir antes que se torna perentorio leer por lo menos Una novela rusa. Como sea, en Koljós hay duelo. Como también abunda en la "Santa Misa", como mencionan los ultramontanos a la celebración eucarística católica. El duelo es ubicuo y suele estar a barlovento de la dictadura del éxito y la felicidad a la que imagino que mucha humanidad es sometida, cuando no fue, la mayoría, obligada a hundirse hasta las rodillas en la mierda.

¿Qué es el duelo? No quiero recurrir a Corominas. Un escritor sevillano, jurado (es probable) del referido concurso dijo que "supone la pérdida de un amor incondicional". En realidad no recuerdo las palabras exactas. Mi memoria falla. Carrère en Koljós parafrasea a un coach que se quita la máscara y confiesa que no hay peor cosa que "vivir en el aquí y el ahora", "en el presente"; que de eso se trata la guerra, de un presente continuo sin pasado y sin futuro, o con un pasado que jamás volverá y un futuro donde el soldado, en el mejor de los casos, se hallará sentado en un silloncito de ruedas, sin sus dos rodillas, aquellas que, antes, hundió en la mierda. No lo dice así Carrère. Imagino que tampoco interesa.

El duelo es encontrarte con diapositivas de las décadas de 1960 y 1970 y no contar con proyector. El duelo es buscar una lámpara que antes fue botella de whisky y a contraluz adivinar quiénes son los personajes. El duelo es aquel pasado que no regresa de las diapositivas. Tampoco de las fotos en el teléfono.

La voz de tu madre muerte grabada en el teléfono es el duelo. Y los números telefónicos de tus padres muertos, ahí, en tu lista de contactos. Sin ser borrados.

Pero todo a contramano, otra vez, de lo que uno debe pensar, de lo que uno debe comer, de lo que uno debe cagar, para estar sano y fuerte y no morir y así trabajar para no ser un estorbo y, si es posible, ayudar a los hijos, a quienes, como a todos, no les alcanza el dinero en un país que nació como una pequeña enfermedad.

Escribo de noche, bebo mate, no pienso demasiado en las palabras, este es mi viejo blog. Antes leí lo que me quedaba de Koljós, evité llorar. Y todavía antes, pero después de mi calistenia, hablé con un primo que se preocupa por mi salud y por mi vida, y que me aconseja recurrir a la medicina funcional con sus médicos y médicas de Instagram que son un estresor, un vasoconstrictor en sí mismos. Ascorbato de sodio me recomendó tomar mi primo. Ese debe ser uno de los tantos nombres del duelo. Del haber perdido un amor incondicional como la salud.

Me gustaría ser joven, llamar por teléfono a mis padres. Verlos un rato. Y que no estén viejos. Y me gustaría no haber vivido muchos de los años que viví. Aquí el duelo casi se choca con la ucronía, a la que tanto apela Carrère en Koljós. ¿Quién hoy sería yo si no me equivocaba tanto en mis elecciones del pasado? Es probable que un ser más feliz. Aquí va mi duelo por todo lo que nunca fui. Ni más ni menos. ¿Quién no siente ese duelo? O, por formularlo de otro modo, ¿quién cuenta con la enorme ventura de saberse en el mejor lugar y en su "mejor versión", como le llaman, gracias a la teoría de la elección racional y a sus, repetición, buenas elecciones de vida desde el momento cero hasta este preciso minuto?

En las fotos de mis mayores todos mis mayores han atravesado días de tragedia de la buena: mueren hijos, sufren amputaciones, mueren más hijos y también hermanos enferman y mueren, y hay noches de éxitos pero mayoritariamente un océano de fracasos. Y, sin embargo, en uno de los peores años de las vidas de todos mis muertos, ahí están mis padres, que celebran sus esponsales, y mi abuela Carmen, que poco recuerda de Galicia, que ha sufrido y mucho aquel año, como mi abuelo Ernesto, y que, sin embargo, no se ahorró en el vestido y por sobre todo en aquella suerte de corona con la que se luce como madrina de la boda. Todos están de duelo y por muchos motivos aquel año. Todos están también de fiesta un 30 de diciembre donde mis padres se casan para no caerse del calendario y porque no dan más y quieren estar juntos, aunque duela. Aunque duela mirar a aquel que pasó las de Caín y aunque también duela ver detrás de las sonrisas el dolor de todos que saben que ese, 1966, no resultó un buen año.

Y qué más.

No hay más.

Creer que la literatura de duelo es una novedad supone forzar mucho el sentido de lo nuevo y desconocer demasiado qué hay desde el Génesis, ese tango bíblico donde se pierde el paraíso y etcétera.

Nada es más viejo, creo yo, que el dolor de saber que se vive sabiendo que todo un día se termina y que, peor aún, antes se irán muchos a los que uno quiere demasiado.

(El verbo "ir", dicho sea de paso, no es más que un eufemismo que tiene de sustantivo a la muerte).

29.4.26

Quince minutos de «Balada para Adelina» (y un océano de nodrizas)



Mi padre, durante sus últimos años de postración hablaba de «nodrizas» cuando se refería a sus cuidadoras. Nieto y sobrino de santanderinos, sabía de memoria qué era una «nodriza» por aquellas pasiegas que asistían a su abuela Luisa en Cantabria. En el vértigo de su decrepitud yo nunca terminé de meditar en que el empleo de la voz «nodriza» resultaba el último chiste, la última ironía y, acaso, el último intento por reblandecer los efectos de su párkinson y del deterioro parejo de mi madre, su compañera en más de sesenta años. Recién ahora caigo en la cuenta de que, también de ese modo, me decía que, en efecto, él y ella, los dos, se transformaban día tras día más en una suerte fabulosa de niños ajados.

He resuelto conservar el desplazamiento semántico de mi padre, al que mi madre se plegó con ganas. Para mí hoy también aquellas mujeres fueron «nodrizas» antes que «cuidadoras», en el sentido etimológico inventado de la nada por un hombre que se moría.

Él dejó este mundo el 30 de septiembre de 2025. Ella, el 9 de mayo del mismo año. Un año de los que se dicen luego que fueron «duros». Desde entonces, todo se ha transformado en un ayer y todo, de alguna forma y al mismo tiempo, ya configura este mañana, aquél que, de niño, jamás quise habitar.

 

*

 

Qué música poner.

En el entierro de tu padre, cinco meses después del de tu madre, tras echar cada quien pétalos de rosas, comenzarán las voces de los asistentes a recordar hechos que vos no tenías registrados.

Que regaló heladeras.

Que apadrinó a huérfanos tan huérfanos como él.

Que pretendía que el personal de cierta compañía de seguros comiera jamón cocido de primera y no variantes del plástico con colorantes.

En el funeral número dos del año, donde llorarás lo que quisiste como en el número uno, y te apartarás del universo lo que te sea permitido, aquellas voces poco a poco consagrarán a tu padre a los altares, en condición de santo de los pobres y los marginados, quien se inclinaba siempre con devoción hacia las clases perdedoras, y entonces alguien, no sabrás quién, pero será seguro uno o una de los que con él trabajaron, empezará a entonar «esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar», que sí, la cantaba él en La Redonda de Belgrano, en aquella misma iglesia donde una vez, según cuentos de tu madre, un facha de Tradición, Familia y Propiedad le pegó un puñetazo en la mandíbula, que lo hizo rodar por las escaleras.

Pero toda esa fiesta de la muerte y toda esta remembranza de aquel que partió cinco meses después de su compañera, toda aquella teología de la liberación y de la cristiana opción por los pobres se te irá al carajo un día después, cuando todavía quede una nodriza en el departamento que, por las cámaras cuyas imágenes se reproducirán en tu teléfono, habrás de ver que ya no será solo una, sino dos y hasta tres, lo que te conducirá a que, con disimulo, junto a tu hermana, visites lo que fue casa paterna, lo que ahora será tuyo.

Joder, habrás entonces de decirte.

Joder, joder, joder.

Y las elefantiásicas intrusas, como si nada.

Te recibirán con pollo al horno con papas, con bebidas gaseosas, con todo lo que aún guardaba la heladera, y se volverán a lamentar por lo sucedido.

Pobrecito tu papá, pobrecita tu mamá.

Y una recordará la secuencia narrativa donde llegó a descansar a ese departamento aún con tu padre internado y vivo, a lo que las otras derramarán alguna lágrima, a la vez que la misma de antes, que dejó la guardia en el sanatorio cuando la fuiste a reemplazar, aclarará, por si alguna duda te quepa, que «las llamé a estas otras dos porque me daba miedo quedarme sola estos días», y vos te fiarás, como ya te has fiado, de los miedos a los fantasmas que han esgrimido durante tanto tiempo, y recordarás que los pobres son buenos, que así te lo enseñaron, y que las clases populares que delinquen lo hacen porque uno es el culpable, uno y el resto socialmente incluido y punto, lo reza la letra chica del Génesis en la Biblia Latinoamericana, allí donde dice más o menos que no sólo nacemos con el pecado original, sino en un contexto de pecado social, y no se discuta más, no es ni de buen cristiano ni de buena gente andar clasificando la moralidad de los actos de las personas según las procedencias socioeconómicas y culturales, así como también te han adoctrinado tus ya difuntos padres, antes incluso que la Biblia Latinoamericana (que los fachas dicen que es roja desde siempre), y aquello será por siempre en ti, que vendrías a ser vos, mucho más que palabra de Dios, eso será por los siglos de los siglos La Verdad, lo que te obligaron a creer en tu casa y más tarde en la escuela de aquellos curas peronistas, y que un poco por la fuerza y otro tanto por la razón te entró, y además has visto que los ricos también lloran y roban, desde Verónica Castro en la telenovela casi homónima hasta acá, entonces a nadie aquí se estigmatiza y menos por el territorio donde viva tal o cual, y un gran etcétera muy asociado e influido por el Cristo más populista de todos, el del sermón de la montaña.

Te retirarás más luego del improvisado almuerzo, junto a tu hermana, pero tu hermana olvidará su celular en el departamento, cosa que, a la altura de la cancha de Argentinos Juniors, recién se dará cuenta, a lo que vos mirarás de nuevo en tu celular las imágenes de las cámaras del departamento, para ver si el teléfono de tu hermana quedó sobre la mesa del comedor diario, pero no, no se verá dónde quedó el teléfono pero sí, en cambio, ocuparán toda la pantalla rectangular las tres voluminosas nodrizas que dijeron que hoy se irían y que una dejaría las llaves al encargado. Ahí continuarán las tres, moviéndose como animales ágiles y enormes a la vez, acumulando sobre la mentada mesa todas las ollas, cacerolas y sartenes de acero inoxidable, y será entonces que a tu hermana ordenarás «pegá ya la vuelta», al tiempo que para tus adentros te dirás lo que te has reiterado más de una vez en todo este tiempo: que el problema no es la muerte, que el problema es el ser humano.

Minutos después, al entrar al departamento, si las hubo alguna vez, como fuere, ya no habrá fe, esperanza ni caridad y, por lo tanto, mucho menos piedad, sino el palo de amasar que tomarás de un cajón del mueble de la cocina, más tu frase en tono sereno «la traición se paga con sangre», tu fingimiento de que estás conectado con el inframundo y que desde el inframundo te avisaron lo que estaba sucediendo.

Ya no habrá fe, esperanza y caridad; por lo tanto, ningún tipo de razón ajena atendible, pero sí tu odio, un odio que, si en práctica pudieras poner, haría su propio Pentecostés pero con napalm.

Porque la condición humana toda desde siempre ha sido atravesada por el mal, y  en ese sentido, papá, le dirás a tu padre, en ese sentido, mamá, le dirás a tu madre, nadie se salva, que no me den un día facultades de dictador, porque estoy muy triste y no puedo sobrellevar ni esto que pasó con ustedes dos en tan poco tiempo, ni lo que te sucedió a vos, primero, ni lo que a vos, después, viejito, que partiste con esa suerte de sonrisa o de satisfacción, creyendo hasta el final que la gente no era tan mala, que la injusticia social la tornaba mala, pero yo no soy vos, yo no puedo ser vos ni ustedes, yo no tengo tanta piedad y ya lo he dicho, en algún momento de todos estos días me he dado cuenta de que carecía de fe, esperanza y caridad, y a los dos, carajo, a los dos les han robado sistemáticamente, desde que cayeron en desgracia hasta la última toalla, hasta la última media, hasta el último pañuelo.


*




«Las pasiegas gozaban fama de ser denodadas caminadoras. Desde su escondido valle de Pas iban a Santander, o aún más lejos, desdeñosas de ferrocarriles y carretas, como si llegaran de una edad paleolítica, anterior a la invención de la rueda, sin ni siquiera un mal asnillo que las aliviara de su carga, portadoras de sí mismas, de su impedimenta y de su cría, con pesados y seguros movimientos bovinos, hincando en el polvo el triple diente de su calzado prehistórico, que la erguía un poco con altivez de coturno, poniendo en las volubles calles de la ciudad provinciana y balnearia su certidumbre de permanencia secular», ha escrito un tío de tu padre, de nombre, Eduardo, y de apellido, González Lanuza, en Cuando el ayer era mañana, y en ese otro mañana que es tu ayer deberás desarmar la casa de tus padres y todo tendrá que ser rápido.

Las expensas serán elevadas.

Tus padres habrán ya donado en vida unas pocas propiedades muy mal ubicadas.

Y a vos también ya te habrá tocado en suerte este departamento, que guardará buena parte de tu infancia y toda la historia familiar de, al menos, dos generaciones.

¡Felicidades, tu vida poseerá todavía un sentido!

(Happy problem, algunos imbéciles habrán de decir por lo bajo, esos mismos que no te llamarán, pero quítales —queda mejor el verbo con tilde que sin él— los pronombres a todo, como habrás de escuchar así decir por estos días de luto, porque los imbéciles no llaman en general, te dirás y, si te prenden fuego, sácales el «te», será problema de tu sistema térmico y de tu fuego, ya no puedo adjudicar —habrás de decirte— a otros lo que me ocurre, no es lógico ni de adulto adjudicar el incendio de mis bosques, te dirás. Y estaría bueno, te dirás también, cuando reflexiones sobre estos desvíos, escribir en alguna hora muerta un cuento donde todos los personajes proyecten su propia mierda en otros, sus propios fantasmas, pero no pasará a más de una reflexión; enseguida, se te irán las ganas de escribir y de rezar y de permanecer en equilibrio, y regresarás a este párrafo, lo tratarás de finalizar. Y no podrás. Nunca podrás).

Como fuere, tus padres ya te habrán puesto en estas mucho antes de que todos los verbos hayan sido escritos en futuro y, por propiedad transitiva, en la misión de convocar contactos que otros te dieron en el último funeral, contactos de personas de «inmobiliarias tradicionales» o de esas otras que funcionan «al estilo estadounidense». Uno de aquellos contactos te lo brindará un pelado con olor a hez en la boca, a quien no podrás olvidar, así burles la máxima de no victimizarse, de dejar de usar pronombres como el «me» para hacerlo. Más bien antes llamarás a ese contacto del pelado sólo para hacerle perder el tiempo y para hacer quedar mal a ese nuevo enemigo de calva lustrosa. Asegurarás, más tarde, y como siempre has asegurado, no ser rencoroso, tu terapeuta te confirmará que no, que nunca fuiste rencoroso, y te anotarás, así, un punto más en el campeonato de la impostura, y todo será por hacer quedar mal al pelado en cuestión. Pero este será sólo otro desvío, un nuevo rizoma, una venganza pequeña. Lo importante:

Lo importante redundará en que todas las personas a las que llames para tasar el departamento, cuando se presenten, en el mejor de los casos, te dirán «lo siento» cuando expliques que él acaba de morir, que ella lo hizo cinco meses antes.

Lo importante: todos nada opinarán si acaso te explayás y contás que, en el caso de tu padre, fueron cinco años de tortura y prácticamente trescientos sesenta y cinco días de postración en caída libre. Y a nadie menos aún le importará tu tristeza. Es más, habrá quien sólo se interese por su ombligo ya sea para decirte de modo falsario que te echa de menos (o que te odia), no con palabras explícitas, o sí, también con palabras explícitas. No interesará. Quedarás, en todos los casos, al borde de una cornisa, ausentes tus pretendidos amigos históricos, como un cagalástimas cualquiera, con el culo sucio; Gary Lineker cagado encima en el Mundial de Italia 1990, en aquel partido que creés que fue contra alguna de las Irlandas; harto, además, de tener este agujero en el plexo solar que ya no se llamará «angustia» ni tampoco «duelo» a secas, sino «odio», otra vez «odio». Porque estaba escrito en alguna sagrada escritura que los días pasarán y que el odio (por huérfano, solitario y viejo) habrá de crecer en tu podrido corazón al ritmo del desánimo, y ¡oh!, el duelo que imaginaste toda tu vida podría suponer un cambio radical en tu alma, antes que eso será vacío, repudio y violencia frente a la miseria, la negligencia y la avaricia de las nodrizas mecheras, los martilleros públicos, tus examigos que aún se creerán tus amigos y, te faltará escribirlo a estas alturas, los dueños de camionetas y camiones que llevan sus cornetas por los barrios gritando «compro heladera, lavarropa y muebles viejos, señora». Pronto sabrás, carajo, que, a) así como las unas han sido creadas (no como tu tío abuelo, no tampoco como Corominas o tu padre) para aprovecharse de los ancianos, b) que los otros sólo estarán en este mundo para llenar su cartera de propiedades en venta y así ver si la pegan con una y comisionan en dólares, y c) que los últimos serán el peor producto de las maquinarias del infierno, demonios esféricos y sinvergüenzas que tendrán una F150 o parecido y que se ocuparán de violar, con tu silenciosa complicidad, con tu irrenunciable tristeza, el espacio que habitó alguien tan débil como tu padre una vez que tu padre cumplió lo que la biología había anticipado y terminó en la morgue de un sanatorio. Ah, y eventualmente orbitarán más martilleros y compradores de muebles, junto con muchachas a las que acudiste cuando creías que te matarías si antes algo no hacías con tus días, y aprenderás a bloquear y a borrar con fría crueldad de tus contactos a estos, los otros y los de más allá, porque no respetarán el dolor ni la muerte seguida de la enfermedad, y porque ya serás, a este ritmo, una mala persona, dolida, pero mala persona, a quien, ni las mentiras que se procuró para sobrevivir y no caer en la segura gran depresión de su vida, lo salvarán de la condena de aquellas que hasta pudieron llegar a albergar alguna incierta ilusión.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, por fin morir. Tal el ciclo, te dirás, para ahuyentar de ti tan oscuros pensamientos, como aquellos del parágrafo anterior.

Nacer, crecer, reproducirse, enfermar, depresión, depresión.

Nacer, crecer, reproducirse, asesinar o matarse y hundir la cabeza en las aguas del Leteo.

Luego.

El final.

¿Y por qué esto se llama «Quince minutos de “Balada para Adelina”»?, te preguntarás también, sin aún saberlo.

Volverás al hilo. O, dicho mejor, a la fuga de todos aquellos que en tu conciencia te persiguen: nacer, crecer, etcétera. Y llegarás a la rémora socialcristiana de tu cabeza una vez más, quien pretenderá darte lecciones y te obligará que agradezcas que todos esos pasos tus padres dieron y no como otros, que nacen y se mueren, o como otros menos afortunados que nacen, enferman y nunca mueren porque siempre sufren. Y de nuevo te dirás que nunca fue el problema la muerte, que el problema siempre fue la condición humana, incluida la mía, y habrá mañanas de espanto y Vortioxetina, y otras de correr a un colectivo o al tren que está por partir, y te procurarás que cada hueso y cada músculo te duelan haciendo ejercicios imposibles, todo lo que haga falta, incluido el sexo, menos drogarte, para poder atravesar un día más, un sólo día más, nada más que un puto nuevo día, puesto que, ahora, muchacho, tienes una misión, un sentido, un propósito: vender la propiedad que fuera de tus padres y que ya ha sido saqueada a precio vil por uno de estos que en la internet te compran «muebles de estilo» y se te llevan hasta la última maceta.

«Compro heladera, señora; muebles antiguos, lavarropas, bicicletas, triciclos y vajilla. Compro, compro, señora, y le toco el culo a su hija y me la llevo en un canasto para que me trabaje de puta en un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas».

*




«Las recuerdo, anchas de osamenta, ampliada la curva de las caderas por la superpuesta pluralidad de los reflejos multicolores, entre cuyas reconditeces se escondían las faltriqueras para los cuartos o las relucientes monedas de plata cobijadas en los tercos nudos de sus grandes pañuelos», ha escrito el tío de tu padre, también, y así leerás, pero eso será mucho después de la firma datada de estos escritos, que, antes, dirán:

Te estoy viendo en la tentación de buscar etimologías. Querrás comprender qué es un «duelo» y qué el «odio» y cuál es la relación entre ambos. Y en la libre asociación de ideas a nada claro llegarás y tu cabeza colonizada te murmurará las coplas de pie quebrado tan conocidas y aprendidas en el tercero o cuarto año del secundario dominado por aquellos curas peronistas, aquellas coplas de un tal Manrique, donde dicen:

 

...cuán presto se va el placer

cómo, después de acordado

da dolor.

 

Lugares comunes y abuso de itálicas y comillas españolas, que tanto te seguirán atrayendo aunque estarás arruinado,

jodido,

hecho el resto del hombre que alguna vez creíste ser,

y entonces Corominas, sí, cómo no, Joan Corominas, más comillas españolas, la letra D, y ¡sorpresa!, resultará ser, ¿cómo no lo pensaste?, que «duelo» es multívoca, no así «odio», y leerás y copiarás con un ventilador a tu diestra y el diccionario etimológico sobre tus piernas, acerca de la primera voz, que proviene de «desafío, combate entre dos», empleada por vez primera hacia el siglo XV, cosa de la que habrás de dudar y mucho, y que, además, verás que se relaciona la misma voz con la «alteración del sentido (por influjo de duo “dos”) del lat. duellum “guerra” (…)» y (curiosidad), muy al pie, recién, la que creías como primera asociación de «duelo» y «dolor», para lo cual, pensarás llegado a este punto, deberías aún leer «doler», pero ni para el «odio» ya tendrás ganas, o sí, puesto que, al fin y al cabo, el diccionario continuará sobre tus piernas y nada mejor tendrás que hacer; entonces «odio», y un fraude su origen, puesto que lo más interesante será el leer que proviene del latín odium y, como con eso no harás nada, buscarás en internet, como antes has buscado a los mercachifles violadores del pasado, «compro, señora, compro, lavarropa, heladera, muebles, televisores, ropa usada, adolescentes» y, no conforme, hasta intentarás que una inteligencia artificial te ayude en la celeridad de tu búsqueda, y esto encontrarás antes de querer pegarle una patada a tu máquina:

Que odium era una voz latina, un dispositivo lingüístico creado para significar la fuerte aversión hacia alguien, y te dirás que la definición es incompleta, puesto que no sólo se odia a una persona humana, que también se puede odiar a un animal, a una planta, a un recuerdo, a una cosa, cualquiera sea, y a esa hora de la tarde (los relojes de tu casa marcarán las cuatro y cuarto de la tarde) no sabrás ya cómo seguir y, en tu ignorancia, necesitarás de la red que siempre suele darte el libro de Jonás, o bien el extenso del piadoso Job, el uno que se enfada y que es la ira misma cuando es vomitado en Nínive, el otro que supone la aceptación de todos los peores males que un sujeto puede tolerar en este mundo, pero tal red, esta vez, no te será de utilidad, pues estarás huérfano ciento por ciento y con el recuerdo todavía vivo de cómo se llevaron el bahiut, el juego de living de tu abuela, el juego de jardín que se hallaba en el balcón, el espejo donde se reflejaban las imágenes de tus abuelos maternos y de tus padres, la cabecera de la cama que fue primero de unos y luego de otros, la cómoda, las mesas de luz, los cuadros, las ollas y cacerolas y sartenes y jarros de acero inoxidable que las nodrizas mecheras días antes han procurado robar. Recordarás, enumeración, todo aquello y las camas que todavía habrán de quedar, la maceta aquella y los dos macetones, todo, todo menos lo que tu hermana ya te habrá pedido para ella: la mesa del comedor, dos divanes, la vitrina, una biblioteca.

¿Qué música poner, entonces?

¿Y cómo se sostiene esta vida?

¿Si te has mentido y a todos has querido mentir?

¿Si no es odio, no?

¿Si es dolor?

¿Para qué negarlo?

¿Y por qué no habrás de usar signos de pregunta cuando a estas conclusiones arribes?

¿O por qué los emplearás cuando todo esto corrijas?

Y para qué intentar negarlo, te repetirá tu otro yo desde el pasado. Si todo habrá de resumirse en este agujero negro que vos y yo en el plexo solar sentimos, ese yunque tan parecido a la angina de pecho, que no calmarás ni con el amor o el cuerpo de una mujer ni con el alcohol ni con la Vortioxetina.

¡Ea pues Señora, abogada nuestra!

El combate entre dos, entre tu yo y tu ego, o entre tu yo y tu otro yo que es el otro yo que no soy yo, o entre el cuerpo que te carga desde que naciste y el que finge ser, a tu edad, un hombre serio que a nadie carga.

El duelo interno, amigo mío, donde, si pierde uno, pierden siempre los dos, e incluso los tres.

Un duelo donde, por supuesto, todo se apoya en la tierra del odio, que, a la postre será y siempre habrá sido el postre del dolor, más confrontación, guerra y repelús contra todos los que conformamos desde siempre el ti mismo.

«Esta es la luz de Cristo, yo la haré brillar».

«Compre, señora, compre».

«La traición se paga con sangre».

Adolescentes virginales dentro de un canasto transportadas en una F150 hacia un prostíbulo de Morón. O del valle de Pas. O de cualquier otro punto cardinal de la Patria o de su Madre, que nuestros mayores nos legaron.

Y más comillas españolas. Muchas más comillas españolas, más un loco suelto en la internet, a quien verás y atenderás por estos días de tristeza y calor, que pronunciará sin remilgos que, antes que el Hacedor nada creara, se hallaba Él en su Magnífica Soledad Cósmica junto a Castilla, que es tan inmortal, imperecedera, católica y eterna como el mismo Dios que allí se halla sentado en un banco que no existe, junto a Castilla, la nada, y acaso en Castilla, solo y furioso, el toro de lidia que representará hasta el Juicio Final a todos los toros de lidia que más tarde corran por Las Ventas y Sevilla.

Y amén.


*




«Las pasiegas eran hábiles comerciantes, duchas en el tira-y-afloja del interminable regateo», ha escrito el tío escritor de tu padre, pero no que el duelo carece de definición y que, al menos, de tal modo impresiona en Castilla (escribirás llegando al final de este relato que nunca sabrás si más bien resultó un no-ensayo, e ignorarás si lo que habrás de escribir en esta oración ya lo has escrito, y de todas formas te escaparás de este paréntesis no sin exhibir tu cobardía, en diciendo «territorialidad teológica» y otras cosas raras que trabarán la lectura de la pobre persona que pretenda leerte, pero allá tal o cual que desee leerte en cualquier tiempo verbal, te justificarás, doblemente harto, pensando en cambiar dólares para sobrevivir, y escribirás igual, porque esto debo terminarlo, te dirás, y escribirás trabado, decíamos, por fuera del paréntesis, «territorialidad teológica», y «territorialidad teológica» encontrará tu torturado lector al salir de aquí), territorialidad teológica, según cierto hispanista ultramontano de gracioso apellido itálico, quien ha dicho en más de una ocasión que tal región existe desde antes de que Dios lo creara todo (aquel ítalo-hispanista que ha imaginado a Dios y a Castilla en el medio de la nada, también suele decir —evocarás, recordarás, tu memoria te dirá—, que Cristo a Pedro entregó Roma; que a Juan, su madre, y que a Santiago, España, de lo que se desprende —también algo te dirás— un raro silogismo, donde la Hispanidad construye una sinonimia cacofónica con la Cristiandad, así en mayúscula, y donde, además, Cristo, por poco, es un manchego eterno que alimenta toros de lidia y se alimenta, a su vez, de quesos y puercos).

Antes del iterado escollo parentético volverás a escribir que el duelo en Castilla parece carente de definición, así posea dos acepciones, una en la confrontación, la otra, en la relación dolorosa y problemática de los deudos frente a uno o más cadáveres, y ha de ser así, concluirás sin ya saber a qué hora llegará tu cambista de confianza, porque no hay en verdad conocimiento del mundo que pueda definirse como verídico a través de la mera palabra; que a esta conclusión habrás de llegar no mucho después de las cuatro y cuarto del mismo día, o bien de otro muy igual. Y así y todo pronto caerás en la cuenta de que la Real Academia desconoce al mundo y también al ser humano, puesto que el duelo no sólo se relaciona con un cadáver, te dirás, y no irás más lejos en tu escritura de tu no-ensayo para no abundar en obviedades, en lo palmario. Más bien antes esperarás a tu cambista ilegal y a una compra compulsiva del día anterior que te debe llegar, como has leído un poco antes, entre las 15 y las 21 horas, y desearás que te caiga más trabajo retrasado como el de recién, que te permita matar las horas de un modo distinto, acaso menos escabroso, quizás más automático y saludable, que escribiendo esto, pero mientras nada de todo aquello ocurra (los agradecimientos de un cliente a su libro por ti escrito, en verso libre; más el epílogo elogioso de un catedrático al mismo libro, etcétera), ¿qué música poner?, te preguntarás, y también ¿cómo nublar la memoria y no pensar en el departamento ni en tus padres ni en los pétalos de rosas y los dos funerales, comenzando por el último y luego por el primero de los entierros, el infierno tan temido de cuando eras apenas un niño que manchaba sus calzones y que increíblemente se había confrontado hacia los tres o cuatro años con la noción de la muerte y no soportaba, pues, que sobre todo su madre no llegara del trabajo a la hora acordada, y era entonces que te debía bajar la nodriza de turno, otro tipo de nodriza, más cercana a las del valle de Pas, no cuida-viejos sino cuida-niños, junto a tu hermana que no dolía, como sí en cambio tú, que vendrías a ser vos, y a los gritos te bajaban a la avenida y la muerte no era un cadáver ni un accidente ni una enfermedad, la muerte resultaba la mera desintegración de tu madre, y luego, cuando ella llegaba al fin a casa, como también más tarde tu padre, te quedaba el saber bastante científico de que ambos un día habrían de morir y que, cuando tales hechos sucedieran, no habrías de soportarlo, y ahora que aquí estás, que hasta aquí has llegado, te preguntarás cómo terminar con todo esto o, con al menos, esta tarde, tras los días anteriores de la última muerte, las nodrizas mecheras, los martilleros públicos y el gordo rufián de la F150 auxiliado por el par de facinerosos expertos en ultrajar lo que fue un hogar en cuestión de tres horas?

Y no, no habrá respuesta, el dólar volverá a dispararse y los cambistas saldrán de sus cuevas a realizar sus grandes negocios, y uno de tus clientes escribirá en verso libre su agradecimiento y su dedicatoria del libro que jamás escribirá, y sobrevolará otra vez en tu putrefacto corazón el odio y el aburrimiento, pero por sobre todo el odio para no llorar, para no entrar en crisis, y los de la compra compulsiva del día anterior no tocarán el timbre hasta tarde, y los de la administración del edificio que habitarás enviarán un correo donde anunciarán que mañana todas las bicicletas arrumbadas en la terraza serán retiradas y arrojadas a la basura, tal como se ha advertido meses atrás, y pensarás que ahí, arriba, ha quedado la bicicleta Bianchi que fuera de tu madre, pero que nada harás por ella, que no la rescatarás del seguro olvido ni del reverbero de la muerte, porque está rota, porque es pesada y porque no es necesario, en el fondo, hacer ya nada, más que bajar el precio publicado del otro departamento, el de tus finados padres, que eso es lo único que falta para cerrar con este capítulo, donde fuiste hijo hasta que de forma definitiva dejaste un día, no hace mucho, sólo dos meses y monedas, de serlo, puesto que has recuperado de repente la mera noción de la matemática y tu padre murió hace dos meses y tu madre hace siete, por eso la distancia entre el fin de ambos da cinco y no hay música de fondo que poner, o si la hay; tan solo deba de tratarse de esas músicas que sonaban en un edificio de unos amigos de tus padres sobre la calle Rosario, frente al Parque Rivadavia.

Richard Clayderman en el ascensor, ¡maravilla!, quince minutos de «Balada para Adelina».

Vos de chiquito.

Todos aquellos quince minutos.

Subiendo y bajando dentro del ascensor de la calle Rosario.

Creyendo que aquella música te hacía feliz.

Sólo subo y bajo, mamá.

Sólo suyo y bajo, papá.

No, hijo, no podés quedarte solo.

Bueno, entonces, acompáñenme, y llévenme luego a la plaza, a las hamacas, esas hamacas que ya no existen y que precisaban del impulso de tus pies para volar.

Acompáñenme, por favor, aunque no todos mis recuerdos sean ciertos, puesto que cuando el señor Clayderman sonaba yo aún no sabía sumar y mucho menos entender cómo se determinaban quince minutos, no más, no menos, aquellos quince minutos de felicidad por los que hoy habrías de matar, si tuvieras a quien hacerlo.

Y que ¡hostias!, el dólar seguirá subiendo, y el cambista ya te habrá fijado un precio cada vez más bajo, segundo a segundo más bajo, y así será que perderás plata por andar escribiendo (y abusarte de los paréntesis, que no fueron creados por Dios, el de Castilla, para estas cosas), y no te será gracioso terminar así estas otras cosas, para nada te será gracioso, o lo será tanto como un cliente taimado escribiendo en verso libre los agradecimientos o la dedicatoria de aquel libro que le habrás escrito y que tan buena crítica tendrá de numerosos catedráticos hispanoamericanos que saben, como Cristo, de quesos y puercos, y de toros de lidia, allí en Castilla, como también en La Mancha.

(Y no sea cosa, acabarás por decirte —al ritmo del pianista francés, pues el loco ítalo-hispanista es educador, como tu cliente, y otrora investigador del Conicet—, y no sea cosa, te dirás aunque redundes, al son del tarararará, que el loco facho chauvinista chicloso que cree en Dios, Castilla y la nada, llegue acaso a leer aquella magna obra que habrá de preludiarse de versos libres y que, por propiedad transitiva, también replique elogiosos elogios que te elogien sin que lo sepas).

Amén, y amén, gloria al Señor. Y al dólar que sube y no para, como pretendía el Fondo Monetario Internacional y como al fin y al cabo siempre sucede con países como el tuyo, que no habrá de ser ya el mío, para cuando metas el punto final y pienses en contactarte con los de la inmobiliaria, que no habrán entendido hasta ahora que jamás buscaste hacer negocios con aquel departamento que fue de tus padres, que sólo te lo querés sacar de encima, cuanto antes, como a esta tristeza que es, sobre todas las cosas, una soledad, a la que adjetivarás, antes del punto final de tu no-ensayo, como «insoportable».

 

JGC, Buenos Aires, diciembre de 2025