28.8.18

Tomado del prólogo que Ballard escribió a una de las ediciones de Crash

(Esto podría ser titulado "un pequeño tratado sobre la verdad" o, sin tantas pretensiones, "un acercamiento al concepto de realidad". También nadie exageraría si le pusiera de título "acerca de la ciencia ficción como ficción científica", o "de la escritura como una parte de las ciencias sociales", o "de la escritura como el último generador de realidad").

Nuestros conceptos de pasado, presente y futuro necesitan ser revisados, cada vez más. Así como el pasado mismo —en un plano social y psicológico— fue una víctima de Hiroshima y la era nuclear, así a su vez el futuro está dejando de existir, devorado por un presente insaciable. Hemos anexado el mañana al hoy, lo hemos reducido a una mera alternativa entre otras que nos ofrecen ahora. Las opciones proliferan a nuestro alrededor. Vivimos en un mundo casi infantil donde todo deseo, cualquier posibilidad, trátese de estilos de vida, viajes, identidades sexuales, puede ser satisfecho enseguida.
Añadiré que a mi criterio el equilibrio entre realidad y ficción cambió radicalmente en la década del sesenta, y los papeles se están invirtiendo. Vivimos en un mundo gobernado por ficciones de toda índole: la producción en masa, la publicidad, la política conducida como una rama de la publicidad, la traducción instantánea de la ciencia y la tecnología en imaginería popular, la confusión y confrontación de identidades en el dominio de los bienes de consumo, la anulación anticipada, en la pantalla de tv, de toda reacción personal a alguna experiencia. Vivimos dentro de una enorme novela. Cada vez es menos necesario que el escritor invente un contenido ficticio. La ficción ya está ahí. La tarea del escritor es inventar la realidad.
En el pasado, dábamos siempre por supuesto que el mundo exterior era la realidad, aunque confusa e incierta, y que el mundo interior de la mente, con sus sueños, esperanzas, ambiciones, constituía el dominio de la fantasía y la imaginación. Al parecer esos roles se han invertido. El método más prudente y eficaz para afrontar el mundo que nos rodea es considerarlo completamente ficticio… y recíprocamente, el pequeño nodo de realidad que nos han dejado está dentro de nuestras cabezas. La distinción clásica de Freud entre el contenido latente y el contenido manifiesto de los sueños, entre lo aparente y lo real, hay que aplicarla hoy al mundo externo de la llamada realidad.
Frente a estas transformaciones, ¿cuál es la tarea del escritor? ¿Puede seguir utilizando las técnicas y perspectivas de la novela del siglo XIX, la narrativa lineal, la mesurada cronología, los personajes representativos fastuosamente instalados en un tiempo y un espacio amplios? ¿El tema principal puede seguir siendo las fuentes pretéritas de un carácter o una personalidad, la lenta inspección de las raíces, el examen de los matices más sutiles que puedan encontrarse en el mundo del comportamiento social y las relaciones humanas? ¿Posee aún el escritor autoridad moral suficiente para inventar un universo autónomo y cerrado en sí mismo, manejando a sus personajes como un inquisidor que conoce de antemano todas las preguntas? ¿Tiene derecho a dejar de lado lo que prefiere no entender, incluyendo sus motivos y prejuicios, y su propia psicopatología?
Entiendo que el papel, la autoridad y la libertad misma del escritor han cambiado radicalmente. Estoy convencido de que en cierto sentido el escritor ya no sabe nada. No hay en él una actitud moral. Al lector sólo puede ofrecerle el contenido de su propia mente, una serie de opciones y alternativas imaginarias. El papel del escritor es hoy el del hombre de ciencia, en un safari o en el laboratorio, enfrentado a un terreno o tema absolutamente desconocidos. Todo lo que puede hacer es esbozar varias hipótesis y confrontarlas con los hechos.

18.4.18

Máquina de escribir

Desconozco si es ésta la prepotencia de trabajo a la que se refería Roberto Arlt como venganza a las policías literarias de su época -él, como pocos, supo asquearse al ver esa necesidad de poder por el poder mismo de cierta gente, y si uno tan sólo se detiene en las condiciones de su muerte y de su singular sepelio, es suficiente para comprender que siempre se cagó en esas tonterías; así como nadie se lleva la billetera al cajón, tampoco nadie se lleva su buena fama-. Como sea, hace un par de años que vengo escribiendo como un animal y no por afanes narcisistas, sino por la urgencia económica que me aqueja.
Se escribe entonces a quien por ello paga, y aunque no te paguen lo que quieras, se escribe igual, a las apuradas, detrás de una computadora o a mano y hasta en el teléfono. La consigna es facturar por lo que se escribe y escribir para poder llegar a fin de mes. Ahí está mi teoría literaria.
Próximamente, espero terminar una novela que creí que tendría menos páginas. Agradezco a quienes me confiaron el proyecto. No es fácil que crean en vos cuando sos un simple escritor underdog con ideas poco políticamente correctas, un ultramontano.
Allí está mi primer ensayo con la escritura, un libro verde del que Fernando Sabsay luego se adjudicó la autoría porque se amaba demasiado -me reservó las solapas del libro como coautor de una parte del volumen, lo que no es poco tratándose de quien se trataba-. Ahí está Tulipanes para Zamudio. Ahí está también Bonito / Yo soy aquel. Y también en gateras aguardan El cuaderno enfermo y un par de novelitas nada extraordinarias.
Mientras tanto avanzo con El huérfano de Montemarciano, título tentativo de la novela que termino por estos días si ningún contratiempo se me presenta.
Escribir es difícil. Escribir también es un trabajo y no existe la inspiración. Y aunque no te llena los bolsillos, a veces te permite olvidar la tristeza de este mundo y comprarte un pasaje en micro sin pedirle prestado a nadie. Para entonces sí, irte bien al carajo.

28.11.17

Folletín

"La visita al hospital". Luis Jiménez Aranda. 1897.
Hace algún tiempo publico con cierta irregularidad una novelita por entregas. Si bien los textos en general son autónomos y puede que de novelita por entregas nada tenga, si alguien anda con tiempo y tiene ganas de leer e insultar, lo mejor es que pueda hacerlo según el orden de aparición de los textos.
Solo dejo uno afuera porque decididamente no me gusta y en todo caso ya fue suprimido o corregido.
Esto de contar una historia a cuentagotas no es novedoso. Fue durante mucho tiempo -un tiempo antiguo, ya- una forma de ganarse algún dinero. Con mi actividad blogueril alguna vez realicé algún intento. Fue un intento feliz. Conocí a algunos de los muchachos con los que armaríamos HermanoCerdo, la revista de literatura y artes marciales que hoy anda en stand-by pero que cuenta con muy buenos textos.
El folletín motivo de este post todavía no tiene nombre, así que si hay sugerencias de un título, bienvenidas serán.
Dejo una última línea para agradecerle a Junio el impulso inicial de todo esto.
Clic en cada entrega (hasta 2017, las demás no las copié por falta de tiempo) para abrir el link.



20.11.17

La intención está

Son días extraños. Ya no es una novedad. Entre las cosas que descubrí con cierto asombro en este último tiempo se encuentra a) que la juventud dura una década y monedas, b) que los que transitan los cuarenta y pico, al menos en la Argentina, al menos en Buenos Aires, están completamente chiflados, c) que los blogs no murieron del todo o que fueron alrededor de diez años atrás el caldo de cultivo de muchos que, como yo, hoy viven un poco de eso, de bloguear.
Son días extraños donde el martes si todo sale bien termino de desprenderme del auto -y donde si todo sale mal terminaré apareciendo en los diarios- y en los que en líneas generales me debo replantear algunos detalles porque no es el mundo sino yo el que debe rectificarse el motor.
Del periodo que abarca junio 2013-noviembre 2015 recuerdo muy pocas cosas, ese es otro descubrimiento de este último tiempo. A veces me refieren el Mundial del 2014, por ejemplo, que vi en una computadora encerrado en un departamentito de la calle Yatay, fumando peligrosamente sobre el colchón del catre adonde fui a parar cuando me sacaron tarjeta roja. Retengo bien el 7 a 1 de Alemania contra Brasil, pero si me preguntan por algún partido de la Argentina, aunque sea la final, realmente nada retengo.
Existen sin embargo las excepciones. Por ejemplo, una ochava en Palermo, un viejo amigo al que jamás veo bebiéndose un café frío frente a mí, que habré pedido también un café, pero doble y sin azúcar. El Parque Centenario y una chica que hoy no me quiere ver ni en Instagram -ella me filmó en el parque, para que registrara por dónde iba mi vida por ese mes de marzo, porque era marzo, calculo que marzo de 2015-. Una obra de teatro a la que fui en tren con otra chica muy buena, muy piadosa; la obra era en la calle Corrientes, después nos tomamos un colectivo en Congreso, rumbo a Caballito. Y hay algún otro recuerdo más, así de aislado. Debo apretar los ojos para registrarlo. (También me acuerdo de un departamento en la calle Montevideo, creo que era Montevideo, y de ella que me reanima cuando me da un soponcio).
Son días extraños pero hubo días de terror. Están ahí, ahí nomás en mi pasado reciente. Ahora despacio recupero mi condición de underdog para todo. La intención está. Naturalmente no me ganaré ningún torneo. No nací para ser el campeón de nada. Pero disputar la pelota jugando de cuatro genera sus expectativas.
Recién, hace unas horas, recibí un mail, una propuesta peninsular, algo que me recuerda épocas bravas pero donde hacer ciertas cosas por deporte me llenaba de felicidad. De un poco de felicidad. Recuperé algo que tal vez acá o no sé dónde colgué como borrador. No sé, no recuerdo y no interesa. Este tipo de propuestas donde no hay otra cosa que espíritu deportivo me entusiasman. Es como cuando te invitan a un cumpleaños o a un casamiento y estás entero para poder ir. Detrás de ese tipo de invitaciones hay algo muy importante cuando quien te invita no te quiere ni adular, ni usar ni nada.

13.7.17

A 2000 por hora

Siempre es bueno regresar al viejo blog. Si no vengo más seguido es porque ando escribiendo por otras partes, sentado, con dolor de espalda y todo ese folclore. Tengo a mi vieja lancha coreana tirada en la calle, con el embrague destruido. Tengo un juicio por el que debo terminar de pagar unas cuotas. También tengo un tratamiento odontológico que me está destrozando el bolsillo. Se me suicidaron unas muelas. No hay tiempo, tanto tiempo, para el viejo blog.
No me quejo. En un país (en un universo) donde hay chicos que no comen si no trabajan y son explotados, no hay de qué quejarme.
Proceso mientras tanto la edición en tapas blandas de uno de los textos que terminé de reeditar antes de morirme. Jóvenes entusiastas que siguen a underdogs como yo lo piden bajo ese formato, demostrando un clasicismo que admiro.
Haré lo posible no bien pueda. Mientras eso no suceda, pueden, por muy pocos días, bajarlo gratis en este link.
También está en veremos otro textito que no llega a novela porque no le da el cuero, que si no lo toman para editarlo lo introduciré en un conjunto nefasto que intento una y otra vez armar, en espacios donde nadie duerme y se fuma bastante.
Y ya saben, también de algún modo, y más por necesidad de todos los tipos, reinicié mi tarea de escribir aquello que había alguna vez llamado El cuaderno enfermo que también se puede encontrar disperso acá. Es un txt en progreso, que resulta de una suma de txt que tienen cierta autonomía. Con aciertos y muchos errores. Y donde abundan las mentiras, como debe ser.
Eso es todo lo que se puede contar.
Hasta luego.