Mi hermano mayor aprendió a tocar el piano de muy chico, como Charly García. Fue el único que lo hizo. A mí y a mi hermana no nos dio el talento. También es verdad que zafamos por eso de ser yo "el del medio" y ella "la menor". Mi hermano mayor aprendió a tocar el piano, también la guitarra y el bombo legüero. Y mamá y papá hicieron lo típico. A cada reunión con familiares, conocidos o extraños, lo obligaron interpretar una pieza folclórica, una partecita de la Misa Criolla, por ejemplo, de manera que mi hermana y yo acostumbramos desde muy chicos a verlo sufrir. Llegaba del cuarto o del baño, donde pasaba horas, saludaba o volvía a saludar con esa distancia japonesa que sabía tener, y manos a la obra. Así fue su infancia, así también buena parte de la nuestra, con Italpark, Sacoa en los veranos, Pumper Nic y también esas veladas musicales, que se transformaban en recital si la noche caía en buena, con una gran yapa tras nacer Cristo a las doce doble cero cero uno.
Después, es decir, cuando los tres crecimos, él primereó con la música, yo lo seguí un tiempo y mi hermana hizo la suya. Eran los 90, muchas bandas de la época que se hacían con gente que sabía o nada sabía de música: Peligrosos Gorriones, Los Brujos, Los Babasónicos. Una alta capacidad de meterle nombre a las bandas y a otras que venían desde antes. Cualidad que antes habían tenido los del palo del folclore, por ejemplo con el caso Los Fronterizos, un gran nombre, un nombrazo.
Mi hermano un día armó su primera banda, dejó el folclore aunque no del todo, siguió yendo a misa todos los domingos con todos nosotros y a mí me dijo vos tocás el bajo, es una boludez, yo te enseño. A lo que no me pude oponer. Él había pegado un estirón y había salido robusto. Ya me había enseñado que decirle no suponía recibir una trompada.
Su primera banda se llamó Acme. Nunca la creí mía. Hacíamos un cover de Sumo, "El ojo blindado". En el bajo yo hacía cualquier cosa. A mi hermano, o eso decía, le gustaba lo under, la noche, las bandas que tocaban o habían tocado en Cemento. Le gustaba Don Cornelio y La Zona. Pronto le empezó a gustar beber cuando todavía cursaba quinto año del colegio de curas. Pronto también le empezó a dar al porro, y con el porro, como en las campañas de la época, la profecía autocumplida, llegó la cocaína. Ahora que hablo de la merca, tratamos de hacer un cover de "La primera línea", de Don Cornelio. Se notó en la sala de ensayo que no me daba el cuero. Te vas, voy a buscar a un bajista de verdad, me dijo mi hermano. Yo le agradecí a la Virgen, a todos los Santos y también al Cristo que nacía a las doce doble cero cero uno.
Era como Charly García, si se quiere, mi hermano tocaba muy bien la guitarra pero prefería los teclados. Una vez con Acme fuimos a La Plata, yo ya de plomo, esto es, para los que nada sepan de estas cosas, cargando todo lo que una banda precisa, menos la droga y el alcohol. También fueron mi hermana y un grupito de chicas amigas de mi hermana. Una, antes de que se subieran a tocar, le dijo vení, lo miró a la cara, sacó de la cartera unos anteojos de sol y largó: ¡Pero boludo, sos igual a Elton John!
No hubo caso, le quedó.
Yo todavía no sabía que le gustaban las travas.
En aquel recital de La Plata se terminó Acme. Rompió una guitarra, arrojó el silloncito de los teclados a unos hinchas de Estudiantes, dijo viva Gimnasia y todo terminó en trompadas, sangre, escupitajos, policías.
En alguna parte de aquella noche a mi hermana y a mí nos dijo de esto en casa no se habla. Y así fue. Era el mayor. Y todavía no sabíamos la gravedad de que le hubieran dicho Elton John. En los 90 ser come trava, medio gordito y parecido a Elton John, cuando todos querían ser Kurt Cobain, era peor que vergonzoso. Si bien desconocíamos sus gustos sexuales, aún, no pudimos desde esa noche mirarlo todavía con pelo y disimular nuestro sí, es igual, y sí, está gordo. Y sí, también, no lo debe soportar.
En Punta Carrasco se jugaba a la pelota en los 90. Íbamos a jugar a Punta Carrasco a la pelota. Los de la banda Acme. Desde que pasó lo de La Plata la historia de la banda también se pudrió y bastante. Además, mamá y papá le dijeron que tenía que meterse a ingeniero, que al fin y al cabo desde el abuelo todos los de la rama de papá eran ingeniero, y se anotó en el CBC para Ingeniería y eso definió que dejáramos y bastante de ir a Punta Carrasco. Pero es importante. Porque el baterista de Acme era Fito Martínez, yo ahora lo escribo todo esto con rabia, un poco porque estoy aburrido, porque tampoco me fue tan bien, porque a la única que le fue bien fue a mi hermana, es jueza. Pero qué sé yo, hacía tiempo que no nos veíamos con mi hermano, y resulta que Fito Martínez, el batero de Acme, el que hacía de delantero en Punta Carrasco, hoy se llama Katia y de esto me enteré mes y medio atrás, no más, ¿qué te pasa, pelotudo, no te acordás de mí?, me dijo, y atrás venía Elton repuesto, con el culo transpirado después de estar catorce horas arriba del 504 por zona oeste. Sí, claro que me acuerdo, le contesté. ¿Pero qué hacés vestido así? Me llamo Katia, me contestó Fito, y soy la pareja de tu hermano.
Tras Acme hubo otras bandas, pero le quedó marcado el Elton John. Un karma, no sé. O un boca en boca. O la mala onda que esparció en La Plata. Pronto comenzarían a iniciar su triunfo en la música los Illya Kuryaki, todas esas bandas hijas del poder, según mi hermano por ese tiempo. Pronto armaría y desarmaría bandas, se pelearía con dueños de salas de ensayo, se sospecharía de su participación en el robo de una, del incendio de otra, duraría tres años en el CBC hasta convencer a mamá y a papá de que jamás sería Ingeniero, se metería a estudiar Marketing en esa década donde te juraban que seríamos una potencia, el primer mundo, una economía basada en servicios. Dejaría Marketing. Yo avanzaría con bajo perfil mi carrerita de Derecho en la UCA, mi hermana un año detrás de mí, y llegaría más lejos, ya lo he dicho, y mamá y papá tomarían a nuestro hermano mayor como "el problemático", el que debía ir a terapia. Le harían marca personal, le preguntarían si siendo las siete de la tarde del domingo había ido o no a misa, y esa rutina continuaría mientras mi hermana se metía de novia, se casaba y se iba a vivir a San Isidro, y mientras yo hacía lo mismo con una chica de San Isidro, para también casarnos para instalarnos no en San Isidro, sino en Almagro, porque, ya saben, no me habría de ir tan bien como a mi hermana. Y nuestro hermano mayor, mientras tanto, asistiendo a la progresiva vejez de mamá y papá, y en gerundio asimismo armando y desarmando nuevas bandas, comprándose con plata de mamá y papá el primer auto para usar de remís, y así, hasta que un día chau, me voy. ¿A dónde, Ricardo?: mamá y papá. Un compañero de la remisería me da una pieza en Morón. Pero Ricardo. Tranquilos, no quiero ser una carga para ustedes. Todo contado por mamá y papá, que no lo podían creer, mientras con mi hermana les ofrecíamos el paisaje soñado de nuestros matrimonios consolidados con hijos que berreaban un poquito, que habían salido bonitos, cachetones, etc.
No fue que un día Ricardo dijo me borro de sus vidas. Morón queda en la otra punta con respecto a San Isidro. Y si bien no lo es tanto de Almagro, también está lejos. Más cuando, dentro de Almagro, te vas corriendo cada vez más para Boedo. Debo decir, sin nombrarla demás porque no quiere aparecer en este cuento, que mi mujer es una gran compañera. Se tiene que fumar a mi hermana jueza, sus perritos, el marido ingeniero, a mamá y papá chochos con su yerno ingeniero y su hija exitosa, y a los mellizos, que pintan para genios, no como nuestros tres hijos, uno más boludo que otro un día la escuché decir a mamá, en la cocina de su casa; papá asintiendo.
En fin. No fue que de un día para el otro Ricardo se borró. Empezó a escasear y digamos que nadie tampoco lo reclamó demasiado. Se hizo remisero de verdad, hasta el día de hoy. No trabaja con aplicaciones, dice, no le creo, pero no importa, dice que trabaja para una remisería de Paso del Rey. Y punto. Lo dice desde que inició la hipérbole de aquella distancia japonesa que marcaba con el mundo cuando era chico. En contadas reuniones familiares, años nuevos, navidades, pascuas. No tuvo hijos. Es el único que no tuvo hijos. Nunca, ni mi hermana ni yo nos animamos a preguntarle la razón, tampoco nos animamos a preguntarles a mamá y papá. Supongo que mamá y papá sí le preguntaron, que Ricardo les contestó con algo para no preocuparlos, del tipo no me casé, cómo voy a tener hijos si no me casé. Sí, supongo que les habrá contestado con esa lógica de mamá y papá.
El marido de mi hermana hace dos meses sacó su tercer libro, nada que ver con la Ingeniería. Es un libro sobre sus viajes a la Antártida, donde postula por qué, para él, la Antártida no puede ser de ningún país. Mi hermana está insoportable. Mi mujer se ha transformado en una santa. A mí me hubiera gustado tener la fuerza de Ricardo y cagar a trompadas por cipayo a mi cuñado. Pero mamá y papá también están embelesados con ese hijo que no tuvieron, con ese hijo varón que les hubiera gustado tener.
En una de las presentaciones, no es joda, El Ateneo, o en La Presentación del tercer libro de mi cuñado vimos reaparecer después de ¿cuánto, dos, tres años? a Ricardo. Llegó solo. Se quedó parado, detrás de todos nosotros. Luego saludó, se me acercó, me dijo necesito que me prestes plata. ¿Cuánto? Llamame, después te cuento. Bueno, pero podemos tomarnos algo, ¿no? Bueno, dijo, y por WhatsApp me pasó una dirección de Ramos Mejía, donde me aclaró fuera del teléfono, ahora vivía. Es un departamento alquilado, estamos debiendo, nos van a echar y la mano no está fácil.
Lo miré. Cada vez menos pelo, cada vez más grueso. Elton John pero sin maquillaje ni tintura ni peluca ni trajes blancos con estrellas. Por lo menos tenía el gusto de vestir de negro, remera y vaquero negros. Y zapatillas también negras. Unas de esas zapatillas cuyas marcas fueron inventadas tres días antes de ser fabricadas, de esas que se llaman X028 o Supersonic.
Quedamos en que al sábado siguiente lo iría a ver. Me dijo que mejor fuera solo, que no tenía tampoco mucho que ofrecer a mi mujer y a los chicos, que tampoco ya están tan chicos. Bueno, le dije. Pero, ¿vos bien, más allá de la deuda? En mi mejor momento, me contestó mirándome a los ojos. No me miraba así a los ojos desde que me había enseñado que mis no serían siempre respondidos con una trompada.
Mi mujer me dijo es tu hermano. Mamá y papá dijeron no se baña hace un mes. Mi hermana dijo que había que presentar una prescripción de capacidad, que seguro era ya un tipo peligroso para sí y para terceros. Mi cuñado el ingeniero dijo que su próximo libro abordaría el tema Falkland. Deseé que de puta casualidad hubiera en El Ateneo un nacionalista católico en buen estado, un excarapintada, un alguien que le dejara la nariz hundida en la nuca.
El sábado llegó solo como llegan los finales, estos finales. Desde fuera se escuchaba a todo volumen "Manicomio gris", Peligrosos Gorriones. Tuve que patear la puerta. Abrió Fito. Bah, Katia. Todo ese mal entendido. Se me rebobinó toda la película de mi vida o de buena parte de mi vida más o menos autónoma o con uso de razón y discernimiento entre el bien y el mal. Acme, Punta Carrasco, los partidos, luego todos en bolas en los vestuarios.
El tema es que con que nos zafes de la deuda no termina la cosa, comandó el monólogo Fito. Él no te lo dijo, pero te lo voy a decir yo: chocó el auto, lo hizo mierda, le está dando a la ketamina que es más fuerte que la quetiapina, anda que no puede dormir, que se hace malasangre y yo tengo miedo, ya tiene un infarto, tres stents, decí que todavía queda algo de lo que fue este país, si te pasa esto en Paraguay, te morís, te lo digo porque tengo amigas paragua que si te pasa allá nadie te atiende.
Pero Fito, ustedes quieren que le compre un auto.
No, que le prestes el tuyo. ¿Qué es? ¿Un Nissan?
¿Pero por cuánto tiempo?
No sé, eso te lo puede decir Elton.
¿Elton? ¿Cómo le decís Elton, Fito?
Una hace proceso y los cierra, yo lo hice, Richard también.
Necesito el auto hasta levantar unos mangos, hacer plata fácil, no preguntes más, ya sabés cómo se hace plata fácil en un remís.
Bueh, no sé. Tal pretendí yo que fuera mi respuesta, pero mi hermano se había levantado de la silla de aglomerado hasta donde entonces había permanecido sentado, detrás de Fito, que andaba con un batón que imitaba la seda y que imaginé era altamente inflamable. Bueno, está bien, dije, cuando lo tuve casi nariz contra nariz. Nunca había existido lugar para mi no. Ricardo se había ocupado de actualizar aquella máxima.
Me llevó de regreso en mi Nissan y me cobró el viaje. Dijo que nos teníamos que ver más seguido. Dijo también que no era puto. No soy puto, yo soy activo. Encendió un porro. Encendió otro más. Condujo sin darle pelota a los semáforos. ¿Les hablás a tus hijos de su tío Ricardo?
Obvio, sí.
¿Y qué le decís?
Que sos un gran músico.
¿Y el boludín del marido de Silvina?
Alto hijo de puta cagado en guita, mamá y papá lo aman.
No me dio vuelto cuando le pagué. Tampoco me dijo la verdad en la comisaría. Ahí solo dijo no sé, deben tener el inhibidor del cierre de puertas. Yo lo dejé junto al edificio y chau, a la mañana no estaba.
Ya en la vereda se sinceró. Te voy a dar una parte, la mitad. Pero me tenés que acompañar. Vos te llevás lo tuyo, pero yo me tengo que ir con un chabón de ahí a hacer otra cosa que no te la voy a explicar. Sí te pido que no hables con nadie, en la esquina hay una parada de bondis, por ahí te va a recoger Katia en un Taunus y de va a dejar en General Paz. De ahí seguís solo.
Una semana atrás me llamó Katia. (Jamás me buscó en ningún Taunus y jamás fui a ninguna parte con Ricardo. No lo robaron, eso es seguro; tampoco es que lo dio a un desarmadero; no es porque sea mi hermano, pero me la juego a que también lo estrelló, como al 504).
Decía. Una semana atrás me llamó Katia. Dijo que lo metieron adentro. Que lo pescaron con un Corsa haciéndole delívery a uno de estos cantantes de cumbia electrónica que alquilan casas en barrios cerrados en el oeste y son además influencers. Pero que de eso nada sabe la policía y que no importa si lo sabe o no. Que lo que importa, dijo, es que no tengo para un abogado, tampoco para seguir sola acá.
Fito, le contesté, no sé qué más querés que haga.
Presentarme a tu hermana, es jueza, ¿no? O hablá vos con ella.
Y no sé qué hacer, esa es la verdad. Mi hermana es jueza en lo civil, le expliqué a Katia. Katia dijo que existe la familia judicial. Le retruqué que la familia judicial de San Isidro debe de despreciar a la familia judicial del departamento, valga la reiteración, de Morón. Y bueno, qué me importa, dijo Katia, vos dejámela a mí. No, dije: a Fito, Katia, como se quisiera llamar, le podía decir no. Yo también soy abogado.
Estoy dispuesto a defender a mi hermano. Y parte de este cuentito es una punta del asunto. Mi mujer me apoya. Tiene amigas psicólogas grosas, todas dicen que mi hermano es víctima, no victimario. Alguien tiene que entender que su vida no fue fácil y que las expectativas de mamá y papá fueron muy altas para con él.
Ricardo necesitó toda su vida de alguien que lo hiciera brillar, de alguien que lo lustrara. Para que saliera su magia, su mago de su propia lámpara.
Voy a intentarlo. Por caminos alternativos. Sinuosos. Como debe ser con la defensa de un tipo como él. El código procesal está a mi favor, también el penal y aquel pasado donde alguna vez fuimos parte de Acme, de los picaditos en Punta Carrasco y hasta de las misas los domingos en el Santísimo.
No te voy a dejar a pie, hermano mío, aunque te culpes por ser gordo, adicto, sucio, fracasado y come trava.
Y si mamá y papá se atacan, que sepan toda la verdad. Que lo dejen de hinchar. Que ya todos estamos demasiado grandes.
Y a vos, bobo, se dice "Malvinas" y no "Falkland", y tu libro de la Antártida es una pelotudez esférica, fosforescente y ruidosa.


