5.9.26

Peces

Nota: este cuento fue publicado en Hermanocerdo hacia 2013 o antes. Por ese año fue traducido por Jorge Salavert a Azuria, en Australia. Y fue escrito más o menos para cuando salía Tulipanes para Zamudio. ¿Y qué más? Que ahora que ya nada importa y que no me siento a esperar a nadie, y ahora que el amor continúa, porque aquí sí hay mucho de lo que alguna vez pasó, lo cuelgo en este viejo blog, que es de lo más fiel que he encontrado en esta vida. La dedicatoria es la de siempre. La longitud y los errores también. 






A Mateo






1





Mientras esto escribo, vos descansás junto a tu madre. La pierna derecha sobre una almohada azul. La canilla de esa pierna vendada. Con quince puntos de sutura superficiales y otros más, no sé cuántos, realizados por capas, desde el músculo hacia arriba, desde el músculo hacia arriba, y así varias veces. Tuvimos miedo. Pero lo bueno es que ya pasó como ya pasaron muchas otras cosas horribles; lo bueno es que ahí estás, en alguna parte del planeta. El tiempo es una porquería pero tiene una cosa buena, el olvido. Donde ahora estés solo te habrá de quedar la cicatriz, la cicatriz bajo tus pelos. No este reverbero del susto. No esta inquietud que un poco todavía perdura. Tampoco esta sensación de haber llorado.

Corrí con vos alzado, así fueron las cosas. Antes, en el viejo departamento donde vivías, a tu madre le di mi remera de figuras geométricas. Es una remera azul con figuras geométricas en el pecho. Con esa remera tu madre te hizo un torniquete un poco por debajo de la rodilla. Nomás te lo hizo salí en chancletas, con vos alzado.

Me hablabas. Me hablaste todo el camino. La cabeza metida en mi sobaco izquierdo. Yo te decía tranquilo, que todo iba a estar bien. Tu madre también te había envuelto la pierna en una toalla para que chupara la sangre. Y fueron dos cuadras. En la esquina de Gascón Dios detuvo al taxi y el taxista no nos cobró, nos llevó volando al hospital. Después de abrirnos la puerta para bajar el tipo te acarició la cabeza. No te conocía, pero estaba muy preocupado.

(Ojo, no escribo estas cosas para recordarte lo malo. No lo pienses así. Hay ciertas cosas que a uno lo disparan a escribir sin mayores pretensiones. A sincerarse, digamos. Este es uno de esos momentos. Si me pongo un poco sentimental, un poco choto, te pido disculpas).

Cuando te vi nacer. O un poco antes, digo. Vos conocés la historia donde yo soy tu salvavidas. Pero en realidad cumplí con lo que me dijo el obstetra. Tenías una apnea, por eso estabas azul y lánguido. Yo sostuve la manguerita del oxígeno a la altura de tu nariz, de tu boca. Pero insisto, solo cumplí con lo que me habían dicho y no fui un héroe, comenzaba simplemente a ser tu padre.

Poco después de tu nacimiento, cuando abriste los ojos, mientras yo sostenía la manguerita del oxígeno, se me cruzaron tres cosas. La primera: que te conocía, que ya te conocía desde antes. Una vez me hicieron una carta astral, yo no estaba bien y la terapeuta que me trataba estaba peor que yo; estuve muy cerca de volverme loco, culpa mía, no soy un enfermo, eso fue hace muchísimo tiempo, ni siquiera conocía a tu madre. La terapeuta esa me dijo que me vendría bien una carta astral. Soy acuario con ascendente en acuario y luna en escorpio. Una estupidez. La astróloga me dijo que por alguna extraña razón mi alma reencarna en diferentes cuerpos y que siempre persigue el destino de todos ustedes, no el de tu madre, el de ustedes; tu madre, según la astróloga, sería un alma joven. Me dijo que por algún poder indescifrable mi alma tiene la capacidad de reunirlos a ustedes alrededor de mi nuevo cuerpo y que sería por eso que los velaría en vida, como ya extrañándolos por lo que serían cuando yo no estuviera vivo. No creo en las reencarnaciones, tampoco en la astrología y esas huevadas, pero, si lo hiciera, aquella primera reflexión me confirmaría que sí, que en alguna otra vida, por no decir que en las últimas cien, nos conocimos, y que en todas, por muchísimas extrañas razones, quedé en deuda con ustedes. (Tuve durante algún tiempo un sueño recurrente, medieval. Un soldado viene a quemar nuestra casa de madera. Es una venganza por algo que le hice. El soldado tiene nariz curva, ojos saltones y negros, y es más bien moreno y alto. Yo intento defenderlos. El soldado me vence con brutalidad. Visto un atuendo franciscano y lo último que veo es el sol y la espada luminosa).

Lo segundo que se me cruzó por la cabeza fue que no te iba a poder dar valor el día que te murieras. Que eras tan mortal como yo y que si las cosas no terminaban en tragedia, que no podría acompañarte como ahora, acá, mientras tu madre, allá, a tu lado, en la cama.

Lo tercero. Lo tercero fue un pensamiento tan involuntario como los anteriores. Me dije «puedo imaginarme muerto». Me dije «puedo imaginarlo muerto». Y me dije también «pero es imposible que desaparezca de este mundo el amor que le tengo». Parece una cursilería y probablemente lo sea. Independientemente de estas cuestiones de estilo te puedo decir que esa fue de las mayores certezas de mi vida. Y te la debo.

Lo que estaba haciendo a las cuatro y media de la tarde de este martes que ya no es, acá, en este viejo escritorio que era de tu tío bisabuelo, lleno de libros, Soriano, London, Irving, MacCarthy, Wilcock, García Márquez, Bryce Echenique, Dos Passos, Dylan Thomas, y la lista sigue porque no tenemos espacio para los libros, el departamento es muy chico; lo que estaba haciendo en ese instante fatal, acá, con todo eso en el escritorio y también con la radio y el almanaque de la compañía de seguros donde todavía trabaja tu abuelo y la billetera y los anteojos de sol y las facturas con las cuentas por pagar y las estampas del Sagrado Corazón y la Virgen Desatanudos; lo que estaba haciendo: una nota espantosa sobre la industria hípica. El editor me había enviado por mail un power point con datos de entre diez y cinco años de antigüedad. En el mail había escrito: «Nota sin moverte de donde estás para mañana, ¿cómo lo ves?». Y no era mucha plata pero había aceptado, claro. Son notas espantosas que me salen rápido si no me obsesiono, si estoy bien de ánimo. En un par de horas ese tipo de notas, y exagerando, están listas. Hasta un premio me gané hace poco por una de esas notas. La primera mención a una nota de interés general dada por una asociación de periodismo técnico-corporativo. En fin, que mientras andaba en eso fue que escuché la idea a contramano de tu madre. Yo dije ahora no, por favor, necesito terminar con esto. Pero ella como es su costumbre no me hizo caso y ya estaban todos ustedes yendo y viniendo con el balde azul. Ya el menor y el tercero empujaban la puerta del comedor y me decían peces. Ya vos succionabas el aire de la manguerita para que cayera el agua y ya tu hermana maniobraba el cucharón sopero, en busca de sacar a Nemo, Tiger, Cars, en ese orden bautismal, disneylandístico, a mi modo de ver hasta satánico. Odio Disney, creo que lo sabés. Pero eso no importa. Lo que importa es que de haber sabido que te ibas a lastimar, o de haber dejado todo para que no te lastimaras, tu cicatriz no sería. Por una nota de mierda te descuidé y me siento muy responsable. No solo por eso, está claro, pero también por eso. Querría llevar yo esa cicatriz profunda y ese sinnúmero de puntos. Quisiera no tener brazos si mis brazos valiesen tu tajo. No vivir si eso te hubiera evitado esos otros muchos dolores que te causé. Quise ser un buen padre. No lo fui. Y fue una equivocación estar trabajando esa vez. Descuidarte. Nunca descuides a tus hijos por las monedas que te da el trabajo. Nunca seas un mediocre como yo. Como vos decís con tus diez años, el dinero es un invento demoníaco. Y aquí tenés más de una prueba. Espero que en ese futuro donde estás tus ideas prendan fuego, un fuego no violento; un fuego moral, así nomás sea entre tus amigos.

No vi cómo fueron las cosas. Estaba armando un recuadro con números desactualizados de la industria hípica argentina. Que nuestro país es el productor número uno de Latinoamérica y el cuarto en el mundo. Que la provincia de Buenos Aires tiene el siete por ciento de la cría de caballos purasangre de carrera sobre el total mundial. Ese tipo de nociones que no sé para qué sirven si uno no tiene caballos. Aburrido con esos datos andaba cuando escuché tu grito y, pegado a él, el de tu madre.

—¡Es para llevarlo!

Había un charco de sangre, llorabas.

Un par de años atrás uno de tus hermanos se rompió la cabeza contra la punta del moisés del más chico. Parecía que le habían baleado la cabeza, pero cuando lo limpié no era para tanto, le cerraron la herida con pegamento. En este caso fue distinto. Vi la herida en tu canilla y fue distinto. En tu caso fue distinto. Me saqué la remera con motivos geométricos y le pedí a tu madre que te hiciera con ella un torniquete. Tu madre fue muy valiente, es muy impresionable, temblaba, estaba por desmayarse, pero te hizo el torniquete. Después te alcé, después corrí doscientos metros cargando tu cuerpo de cuarenta kilos.

Peces de mierda, me decía. Peces de mierda.

—¿Pero cómo carajo fue?

—¡No sé!

—¿Pero cómo, cómo?

—¡Te digo que no sé cómo fue que hizo!

—¡Peces de mierda!

—¡Se subió al borde, resbaló, se dio contra el filo!

—¿Pero tiene vidrios? ¡Fijate si le quedó algún vidrio, carajo!

—¡Ya me fijé!

Logré parar el taxi a dos cuadras de casa. Vos pedías anestesia total. En el hospital nos vieron pasar familiares de pacientes que morían, tenían lágrimas en la cara, esperaban los resultados de complejísimas y sangrientas operaciones de corazón, pulmones, cerebro. Un residente pelirrojo que venía en sentido contrario me dijo te ayudo. Te tomó de los brazos, yo seguí sosteniéndote las piernas, la toalla que te envolvía la herida abierta. El residente nos dejó en la guardia, ni gracias pude decirle. Ahí, uno de seguridad dijo seguí hasta el fondo y al fondo ya estaban los pediatras, que te hicieron lugar en una camilla y que me preguntaron qué le pasó, qué le pasó. Vos seguías pidiendo anestesia, anestesia total, sabías ya qué era eso de la anestesia total. Estabas en cuero. Tenías un short y estabas en cuero. Un short gris tenías. Se acercaba el verano.

(Está haciendo mucho calor estos días y ustedes se están aburriendo demasiado. Pero tu madre y yo necesitamos trabajar. El año pasado fue muy difícil y este, que pintaba mejor, ahora se está complicando un poco).

Más tarde supe que la demora de la doctora Sakurako y su asistente provinciano era estratégica. Me lo dijo tu abuela, tu abuela me lo dijo por teléfono a la noche, cuando ya todo esto había terminado, que así se lo había dicho tu abuelo. Que no hay que coser las heridas de inmediato. Que es mejor esperar porque así luego se notan menos las cicatrices. Además, los pediatras de la guardia y las enfermeras estaban en la obligación de esperar a la doctora Sakurako. La doctora Sakurako debía estar ocupada con otro paciente. Así que fueron ellos los que se hicieron cargo y te limpiaron la herida mientras la doctora no vino; preguntaron que qué te había pasado, vos pediste no escuchar y todos volvieron a preguntar que qué. Chorrazos de suero te tiraron sobre la herida. Con guantes investigaron qué había y largaron todavía más chorros.

—No llegó al hueso pero hay que esperar a la doctora Sakurako —más o menos dijeron.

—¿Y la arteria?

—No, no hay ninguna arteria comprometida. Si hubiera una arteria comprometida no para de sangrar hasta vaciarse.

—¿Y tendones?

—¿A ver? —dijo uno de los pediatras, a vos te dijo—. ¿Podés mover el pie?

Vos lo moviste, dijiste que sí, lo volviste a mover; agregaste pero duele.

—No, el músculo nada más.

Que estaba un poco cortado el músculo, eso dijeron, no sé si ese músculo se llama gemelo. Que estaba un poco cortado pero que podías mover el pie.

—¿Entonces?

—Entonces hay que esperar a la doctora.

La doctora era la especialista.

Vos volviste a pedir que te durmieran.

—Papá, no quiero estar despierto, quiero estar dormido —dijiste—. No me sueltes la mano, yo cierro los ojos, no quiero ver, duérmanme, pero vos no me sueltes la mano.

Tuve que esperar a conocerte para darme cuenta de que la vida siempre había tenido sentido. Más o menos así fue: cursi, tremendamente cursi y hasta afeminado de mi parte. Y tu madre, antes, me supo rescatar de una película de terror.






***





La pecera estaba sin esos peces de mierda, en la bañera. Eso me contó tu madre mientras yo te levantaba. Hasta ahí pude saber. Que te subiste al borde de la bañera y chau, la canilla directo contra el filo de la pecera. Después corrí las dos cuadras, vos me dijiste que me querías, que nunca más me ibas a insultar, y había veces que refugiabas tu cabeza en mi sobaco izquierdo —mis chancletas doblándose, manchada mi mano derecha con tu sangre.

El tipo de seguridad del instituto de inglés nos vio correr hacia él. Se metió en el instituto, de ese modo resolvió no ayudarnos. Pasó una Grand Cherokee por la calle, del mismo modelo que la que nos chocó el año pasado, la manejaba una mujer rubia. La tipa nos miró, siguió de largo. Entonces Dios llamó al taxi, lo detuve, y el taxi estuvo en la esquina.

El taxista era un hombre canoso, de mi altura. No sé qué será de él ahora. Bajó del taxi, nos abrió la puerta.

—¿Al hospital? —preguntó visiblemente impresionado.

—¡Sí, al de acá a tres cuadras!

Metió primera, tocó bocina hasta que la bocina se le ahogó; tomó de la guantera unos papeles, los sacó con la zurda por la ventanilla, puteó a un colega que adelante obedecía las señales del semáforo, aceleró a fondo cuando lo pudo convencer de que lo que había detrás era una urgencia, y eludió más autos, más estúpidos manejando sus autos, y frenó a la entrada principal del hospital. Ahí bajó, me ayudó a salir, te acarició la cabeza.

No sé su nombre. Me gustaría saberlo. Tener la dirección de donde vive. Hacerle un regalo. Era un hombre bueno el taxista, un supermán al volante, un personaje breve pero clave. Fundamental.

(Se podría creer que soy un buen padre, que quien esto escribe es un buen padre. No te voy a pedir opinión. Es verdad que hasta hoy tampoco es que haya sido un cretino. Pero levantarte, correr y llevarte al hospital no refuerza la posibilidad de mi canonización, como tampoco beatifica a la doctora Sakurako el que haya cumplido con su obligación de coserte. Los médicos están para curar y salvar vidas. Y yo estoy para acompañarte. Y los zorros para cazar gallinas. Muchísimas veces lo hago mal, y cuando lo hago bien tengo la misma bondad que la de un semieje en buen estado. La misma que cuenta esta maceta que aquí, en el balcón, a mi izquierda, recibe la ceniza de mi cigarrillo. Además soy un gritón y tengo mal carácter y no siempre te trato bien. Aquí, si hay héroes, ese héroe es el taxista, que está para llevar gente por dinero).

(Un hombre, abajo, en la calle, entra a un Ford, lo enciende. Vos dormís junto a tu madre. Los otros duermen en sus camitas. Así los voy a recordar. Aquí quedará mi último cielo. El departamento es chico. Y yo escribo estas cosas como si fuera una carta. Donde hay una cicatriz, donde hay pasado).













2





Tu madre dejó a tus hermanos con la vecina del tercer piso. Llegó a la guardia despeinada, flaquita. Te solté la mano y me acerqué a ella, di vuelta la cabeza y te dije ahí está mamá, vos igual no quisiste abrir los ojos.

Tu madre lloró en mi hombro. Hasta ese día no había llorado muchas veces en mi hombro. Una fue cuando te operaron por primera vez. Eras chiquito, tendrías tres años. Un pocito arriba de la raya del culo era el asunto; nada perdías por ahí, pero había que quitar ese pocito, si lo dejábamos crecer se te transformaría en un quiste cuando fueras adolescente y la operación podría ser entonces un poco más difícil, podría el quiste presionarte la médula. Esa vez del pocito encima del culo tu madre lloró sobre mi hombro, cuando bajábamos en el ascensor de la clínica, hacia el bar de la misma clínica, mientras la cirugía se iniciaba.

Para la segunda cirugía estuvo más calma, pero lo hizo otra vez. Y volvió a llorar cuando a tu hermana, que tendría seis meses, hubo que internarla por una bronquiolitis que no la dejaba respirar. Estábamos en un pasillo del sanatorio, los médicos nos habían dicho que saliéramos un rato. Le tenían que enchufar a tu hermana una aguja al pie por si era necesario pasarle por ahí alguna medicina. Tu hermana pegó un grito terrible, de gato que atropellan, cuando le clavaron la aguja en el pie. Entonces tu madre me abrazó y apoyó su cabeza en mi hombro.

Después no sé qué otras veces necesitó apoyarse en mí, no las recuerdo. Pero serán contadas. Dos o tres como mucho contando a esta de su llegada al hospital. Yo le dije tranquila, que vos podías mover el pie, que te habían puesto una guía con suero y algún calmante y que también te habían sacado sangre por si te tenían que subir al quirófano, cosas que se imaginaron los pediatras, que me dijeron que todo dependería de lo que viera la doctora Sakurako. Pero que no había ninguna arteria comprometida, le dije a tu madre, y que todo era menos grave de lo que nos había parecido.

Ella siguió llorando un rato más, diciendo qué horror, sintiéndose mal por algo de lo que en todo caso éramos no sé si culpables, pero sí responsables.

Le pedí a uno de los pediatras de la guardia que confirmara lo que yo le había dicho a tu madre, que le diera él su diagnóstico como médico. El tipo hizo caso, le dijo más o menos lo mismo que yo le había dicho. Vos seguías con los ojos cerrados.

La quiero. Me salvó de la soledad. De una película de terror me salvó. Y jamás se fue de mi lado, siempre estuvo ahí, incluso cuando yo no anduve muy bien de la cabeza, incluso cuando creí que me volvía loco otra vez, ahí al principio de nuestra relación, ahí cuando los psicotrópicos parecían no hacerme efecto. Es una gran mujer tu madre. Y es linda. A veces me pregunto qué vio en mí. Si la peleo es porque todavía me interesa mucho, si no, no me preocuparía tanto por ella. Pasa que suelo no saber cómo tratarla y ella también es un poco bastante cabeza dura cuando quiere. Ahí es cuando las cosas se desarman y vienen los gritos, esas escenas desagradables y dolorosas que te podríamos ahorrar. Pero sabelo, grabátelo, la quiero a pesar de todo. Es muy importante dar con una buena mujer y yo tuve una suerte increíble. Si das con una no la pierdas. Me gustaría estar con ella hasta mi entierro. Fui muy desdichado sin su compañía, sin sus órdenes, sin su sentido de la realidad y su capacidad de hacer fácil lo que a mí me era y es imposible. No se separó de vos ni mientras la doctora Sakurako y su asistente todavía demoraban en llegar ni luego, mientras te cosían. No te soltó la mano. Yo sí. Cuando la doctora Sakurako llegó yo sí. Me había bajado la presión. Mirándola a ella ahora me nacía la cobardía que solo un hijo se permite frente a su madre. Me temblaban las piernas. Necesitaba ir por una Coca, fumarme un cigarrillo. Darme un recreo de todo eso que lo venía viviendo mal, no como una pesadilla pero casi, mal por verte padecer, mal por ese tajo en tu pierna.

Tu madre me dijo andá. Yo le dije ya vuelvo. Y a vos no necesité decirte nada. Estabas con tu madre, como los primeros meses que estuviste dentro de ella, sin mi compañía porque todavía no vivíamos juntos, porque primero, por esas cuestiones de la decencia y las tradiciones y mis dudas, debía resolver si me casaba. Ella me propuso matrimonio. Tardé días en responderle. No pensaba vivir sin ustedes pero no sabía si un casamiento debía resolverse en esas condiciones.

Si la ves en ese futuro donde no sé si estoy contale alguna de estas cosas.





***





Nos relajó ver llegar a la doctora Sakurako. No supimos que era la doctora Sakurako hasta que la vimos. No medía más del metro cincuenta. Tendría veintisiete años y llevaba el pelo recortado apenas por debajo de la nuca. Era delgada y un poco seca, pero es necesario para un médico esa característica: la sequedad. Un médico sin una buena dosis de sequedad permite que la histeria del paciente y los familiares aflore. Los médicos son extraños. Los buenos médicos son gente rara y está bien que así sea. Nos dio alivio y relajo la sequedad de la doctora Sakurako, y a mí particularmente me tranquilizaron mucho más sus ojos rasgados. Una tontería, pero de ese modo se dieron las cosas. Hay en mí un prejuicio acerca del perfeccionismo y la obsesión de los japoneses. No lo puedo racionalizar, está ya incorporado a mis nociones más elementales. Tengo la poco científica certeza de que esos tipos no trabajan para ganarse el dinero solamente. Creo que repudian a los artistas de la mediocridad. Creo que o se vuelan la cabeza o son genios. La doctora Sakurako pertenecía a la segunda especie, y su asistente provinciano y un poco excedido de peso lograba con sus nervios compensar esa frialdad oriental y necesaria.

Ella hurgó en tu herida, la limpió todavía más bajo la luz blanca de la guardia, preparó unas agujas y en perfecto castellano dijo que solo te dormiría la pierna, cosa a la que vos te negaste, a la que le viniste con lo de la anestesia total. Pero la doctora Sakurako supo cómo tratarte. Con cuatro palabras te quitó esa voluntad.

—Eso es más peligroso —dijo.

Te entregaste, y con tu madre nos entregamos, a la faena de la doctora: tus ojos siempre cerrados para no ver. Y gritaste con los pinchazos hasta que ya no sentiste los dedos enguantados de la doctora removiéndote otra vez la herida, ni escuchaste lo que ella le decía a su asistente más luego, ni tampoco tu madre ni yo la escuchamos.

La doctora Sakurako te echó todavía más suero, su asistente emplazó sobre tu pierna una sábana verde con un agujero en el centro. Encajó el asistente aquel agujero en la herida. Cuarenta minutos la doctora Sakurako tardó en coserte, silenciosa, capa por capa, desde el músculo hasta la piel, solo abriendo la boca, ella, para murmurarle alguna indicación imperceptible al asistente.

Tu madre y yo de vez en vez mirábamos el trabajo, tu madre más que yo, y mientras todo eso sucedía me acabé la Coca.

Después, cuando te colocó el Pervinox y la venda, la doctora Sakurako dijo ya está. Después también anotó el antibiótico que te debías tomar y anotó también una orden para el equipo de ortopedia infantil. Nos recomendó a una ortopedista de apellido inglés. Y que estaba todo bien, dijo, pero que mejor te viera esa médica del equipo de ortopedia.

—En cuarenta y ocho horas van y le hacen la primera curación —nos dijo, y yo me quedé mirándole los ojos.

—Gracias —dijo tu madre—. Muchas gracias.

La doctora Sakurako respondió que no era nada, te saludó, y su asistente también te saludó, tras quitarse un poco de sudor de la frente con el lomo de la zurda.

—¿Qué hacemos con los peces? —te pregunté no bien Sakurako y su asistente se fueron.

—No los tires —me dijiste—. No lo hagas.

Pasa un tipo por la calle. Me mira. Recién tu madre medio dormida se acercó para preguntarme si pensaba dormir. Ya comienzo a irritarla. No encajo muchas veces con el hombre que ella pretende que sea. No la culpo. Ella carga con el lastre de nuestro pequeño pasado compartido. Es que no fueron buenos los primeros años de matrimonio, lo sabés muy bien. Desde muy chico tuviste una inteligencia especial, una percepción especial. Las dos cosas. Yo no estaba bien y no hacía demasiado por estar mejor. Jamás me había creído capaz de tener a una mujer y a un hijo y ahí estaba, recién casado, con vos en pañales, rehusándome a lavar los platos, a ser compañero de eso que era mi esposa y no ya tan solamente la chica que me gustaba. Un inmaduro de mierda era. No estaba preparado, podría decirte, pero sería caer en un lugar común y en excusas de cuarta categoría. Nadie está preparado para nada, nadie puede justificarse diciendo estas cosas. Nos vamos de la existencia sin saber bien de qué se trata.

Hace unos meses volví a tomar pastillas. Me hacen bien. No espero que lo notes, pero hasta tu madre me lo dijo. Que estoy mejor. Y sí, es cierto, hay veces que no comprendo de dónde me viene esta extraña calma, esta rara ausencia de angustia, y mirá que no es que no haya motivos: me va muy mal económicamente y los abuelos están ya en el crepúsculo y eso no es para nada lindo. Hace unos meses me estaba angustiando mucho por todas estas cosas, como hacía tiempo que no sucedía. Estaba la crisis económica mundial y estaba también otra vez la falta de trabajo y mi no resignación a nuestra condición de mortales. Las pastillas vinieron a ordenar un poco las cosas y me siento con más fuerza, menos preocupado. Me puedo ahora mismo enojar con tu madre, puedo discutir con ella, pero no hay punto de comparación con eso de nuestros primeros años de matrimonio. Ahora me puedo dar el lujo de ponerme a fumar en el balcón y escribirte estas cosas. Me puedo dar el lujo de pensar en el dinero, pero, a la vez, de replantearme mi relación tibia con todos ustedes y con Dios. Necesito creer en Él. Estar seguro de que tiene un buen lugar adonde ir cuando todo esto se acabe. Mi falta de fe es más chica que toda esta necesidad. Disculpame si me pongo insistente con este temita recurrente de la mortalidad, pero es que creo que un padre debe hablar de estas cosas con sus hijos. Así el Cielo se desdibuje, no puedo negarte la posibilidad de que pienses especialmente en él. Es nuestra primera y última esperanza.

Abajo, en la calle, un grupo de chicas muy lindas regresa de una fiesta. Se está levantando un poco de viento. Ya huele a humedad el viento, a lluvia. Las chicas ríen entre sí. Adentro, los peces están en un balde azul, navegando entre la mierda que desparraman, con la manguerita del aireador funcionando y todo. Ya decidimos con tu madre que no más peceras de vidrio. Ya fue tu madre a preguntar si las había de otro tipo. El veterinario del barrio le dijo que no. Pero tu madre es más buena que yo. No quiere liquidarlos, como vos. Por ella estarán en el balde hasta que se pudran por respirar sus heces.



Dos perros se largaron a ladrar. No sé de dónde provienen sus ladridos, podría ser del otro lado de las vías, pero no lo sé. Ladra uno, contesta el otro. Ladra uno, contesta el otro. Así pierden el tiempo. Será que intuyen, como yo, la tormenta que se viene. O el Apocalipsis.

3.9.26

Autos eléctricos


Mi ritmo circadiano me jugó una mala pasada. Pero provechosa. Me puse a ver videos sobre autos eléctricos de segunda mano. Y son una pesadilla. También vi que venden o quieren vender un Renault 12 TS en internet a USD2000. Está impecable. Pero están locos. O era un Fiat 1500. Para el caso, lo mismo. Un delirio. Pero una cosa se ata con la anterior. Frente a la estandarización del diseño automotriz, donde cada vez los modelos se parecen más unos a otros y hasta comparten caras y perfiles, como el Yaris Cross, si no me equivoco, entre Toyota y Daihatsu, pero es un ejemplo entre miles, los autos falopa viejos al menos tenían tanta personalidad como intenciones de matarte. Y motores fieles, que, eventualmente, los podías hacer de nuevo. He visto en esta madrugada océanos de autos usados eléctricos descartados, puesto que las compañías de seguros frente a un pequeño daño de sus baterías prefieren darte la destrucción total antes que poner, esto estaba en España, 20.000 euros en arreglártelos. Intuyo que si todo es cierto estamos frente a una de las estulticias más grandes de Bruselas, bien aprovechadas por los chinos, mientras, a su vez, los ingleses deciden fundir una nueva marca, Jaguar, mutándola todo a electrónica. ¿A dónde irá a parar todo este litio ya no sólo de laptops, celulares y parecidos? ¿Y por qué se empeñan ciertas figuras del arte en desgarrarse las vestiduras por Vaca Muerta mientras tienen el último modelo de iPhone, andan en patinete eléctrico y, si les es posible, se compran un lector electrónico de libros, un muñeco electrónico de bombero, otro para el sexo y una vida electrónica para suplir la nada? Una nota muy buena en Dólar Barato ha dicho estas últimas cosas de mejor forma. Lo mío es tan solo un desvío, un recreo, antes de volver a corregir, y mientras aguardo a que me baje una banana y un puñado de nueces para ver si tomo la bicicleta o me conformo con la doméstica calistenia. Que no todo es literatura. Que no todos son libros. Que también están los autos y ya que estamos por qué esos escritores de la nueva inquisición no protestan por la Fórmula 1, por la Fórmula 2, por el Turismo Carretera y el Automóvil Club, y por las líneas de colectivo, por el macrilarretismo porteño que incentiva el consumo de gasoil o la barbarie de la tracción a sangre sin casco en bicicletas desvencijadas con el logo de un banco, cosa que yo utilizo cuando no ando en mi propio potrillo de dos ruedas. Miren si hay para distraerse un rato cuando nada más uno se toma ese rato, manga de aburguesados que abogan por la salud del planeta sin mirar dos minutos un video de Youtube. 

Posdata, aquí un link crudo, pero hay un montón.

1.9.26

Borrador definitivo



Profesor, me pregunta, porque además de campeón mundial de natación, soy profesor. ¿Cuándo cree usted que un borrador deja de ser borrador?

Leo, porque es mediante el chat. En voz alta. Menciono las doscientas correcciones que Horacio Quiroga le echó así nomás a un cuento que ya había publicado en los diarios de la época. Hablo de Borges, que siempre da un importante ethos y de las versiones homéricas. Termino con el Quijote, que vendría a ser, junto con toda la Biblia, de lo poco que ya es un borrador definitivo.

Hablo y hablo. 

Y hablo y hablo.

Pero no digo que yo escribo y no reviso mucho. O que lo hago diez años más tarde. Y que no por ser campeón mundial de natación. También fui en 1985 campeón mundial de baloncesto y en ese año compositor negro de We Are the World, cuando el gobierno de Reagan, creo que era de Reagan, o más bien Reagan me llamó por teléfono sabiendo que ya era un verdadero genio y me dijo please, write a song about Africa, something like USA for Africa.

El domingo (o fue el sábado) pasé por la casa deshabitada de mis fallecidos padres. Había un baño con papel higiénico sin tirar. Había el otro baño con la válvula rota y una hez. Ese baño, el más grande, tenía retraída el agua por la falla de la válvula. Fui con mi hijo el mayor y su perro. Tranquilo, dije, busco un balde, le meto lavandina. Dejalo al perro que recorra el departamento, si hay un animal nos avisará.

Luego llamé al gordo de Remax. No me atendió. Le escribí. No voy a discutir de quién es la caca. Mejor dejemos las cosas como están, la exclusividad ya venció. Se acabó. Basta. No quiero perder el tiempo.

También le escribí un mail. 

No, alumna, no revisé la corrección del mail. Mi mail fue un borrador definitivo como el Quijote, como la Biblia, como We Are the World. 

Decime a qué hora paso por la oficina para retirar las llaves. Se acabó.

Todo eso escribí, luego soñé con mi padre. Estábamos en Madrid, en una Madrid de avenidas todas como la Castellana, más fuentes y muchos ríos, diría que una Madrid mediterránea, todavía más rival de Barcelona. Mi padre allí tenía un condominio.

¿Cómo no me dijiste?, le pregunté a mi padre. ¿Cómo no me dijiste, que hasta ahorro en comida?

Tranquilo, todo se va a solucionar, lo que sí, tengo que pintar buena parte del condominio, sólo una de las unidades está ocupada.

Mi padre en Madrid. Práctico. Sano. Tranquilizándome.

Conduje una Ferrari por Madrid, mi empleo era ser el chambelán y el chofer y todo lo que uno pueda imaginarse de una vieja, menos su gigoló. Odiaba a su gigoló, yo. Su gigoló: un tipo que vestía siempre de smoking.

Mi debilidad, decía la vieja, que tomaba champán, que se ponía a mi lado en la Ferrari, que me indicaba que fuéramos a un club privado madrileño de esos que en mis sueños había junto al Mediterráneo. Donde su gigoló la esperaba para bañarse al sol en smoking y hacerle el amor.

Debía yo quedarme en el muelle, a la espera. Porque había un yate. Y en la espera sonaba el despertador del teléfono, creía apagarlo pero sólo dilataba su nuevo grito. De gallo. Eso fue el lunes.

El lunes me devolvió mensaje el gordo de Remax: hoy no paso por la oficina, mañana sí.

Entonces va mi hijo, escribí, pasé su número de documento, etcétera.

Por favor, le pedí a mi hijo.

Cuando regreso de la facultad, me contestó.

Gracias. Porque necesito solucionar esto del departamento, le dije.

Ya lo sé, me dijo.

Porque es una forma de terminar con una parte importante del duelo.

Sí, papá.

Porque...

Ya entendí.

Me gustaría regresar a mis tiempos de niño genio. Que estén mis padres vivos y que suene el teléfono para avisarme que me eligieron finalista del concurso de belleza infantil mundial que realiza la Asociación Internacional de Belleza Infantil.

No saben lo que daría por ser niño otra vez y que un negro de los Harlem Globetrotters, tras realizar una exhibición con sus amigos en el gimnasio del colegio, anuncie que me he convertido en el campeón mundial de baloncesto.

Extraño esos tiempos donde Reagan estaba vivo y mi madre decía:

¿Sabés que antes fue actor?

¿Actor?

Sí, de películas de cowboys. Muy malo.

Bueno, pero mejor que no se sepa.

No mejor que no.

La extraño también a ella.

30.8.26

Un hombre equivocado (de la serie: Estos textos me los volaron de una revista aún no sé por qué, o de la serie: Textos encontrados después del apocalipsis)

[Recuerdo cierta mañana de otoño en el 160, trayecto Almagro-Palermo, junto a la que era mi mujer, embarazada de mi primogénito; aún no se le notaba en la panza. Recuerdo que se liberó un asiento doble, que una anciana me empujó con su cartera, que me robó el asiento junto a lo que, supuse, era su marido. Recuerdo que comencé a levantar la voz dentro del 160. Que insulté al matrimonio. Aquella mañana yo, todavía, era muy joven].


*

A principios del siglo XX, la rama paterna de mi padre zarpó de Burdeos no sin inconvenientes. Lo cuenta mejor Eduardo González Lanuza en Cuando el ayer era mañana, desde la partida original de la familia desde Santander hasta el puerto francés, y de ahí hasta Buenos Aires. Eduardo fue uno de mis numerosos tíos abuelos y una eminencia literaria cuando nací: publicaba con frecuencia en La Nación, era ya hacía años Premio Nacional de Literatura y conservaba su amistad con Jorge Luis Borges, de quien, si los recuerdos no me fallan, había sido testigo de su primer matrimonio por civil. Wikipedia avala alguno de estos datos.

Lo habré visto un par de veces a Eduardo. En casa de mis tías abuelas de la calle Anchorena. La primera vez, estoy seguro, me regaló un libro infantil imagino que de su autoría. Tenía ilustraciones. Había un montón de familiares casi desconocidos por mí, entre ellos, él, que no era otra cosa que un anciano.

Leí su libro. Ya no sé de qué trataba. La última oportunidad en que lo vi fue en el mismo lugar, él ya estaba muy enfermo y apenas podía abrir la boca. Como suele pasar, para el padre de mi padre, mi abuelo paterno —que no fue célebre—, su hermano Eduardo era eso, solo su hermano. Sé que la muerte de aquel escritor en 1984 le disparó a mi abuelo un Parkinson que lo liquidó en tres años: se querían mucho.

En la partida de Burdeos, los González Lanuza se cargaron todo en los baúles, además de llevarse consigo a una decena de hijos. Hubo una situación dramática, desconozco si en ese puerto europeo o al llegar a Buenos Aires. Había un cuadro, el cuadro de Eduardín, el hijo finado que había precedido a mi tío Eduardo. Es un retrato donde Eduardín, de unos cuatro o cinco años, luce un peinado de la época, a lo Cristóbal Colón. Tiene melenita, el flequillo cortado, es rubio o pelirrojo, y bordea su melena un cuello blanco y payasesco, casi de pastor luterano. El cuadro, por la impericia de los marineros del transatlántico, cayó al agua. Hubo gritos de desesperación de mi bisabuela, es probable que insultos y hasta alguna pelea de puños cargada de amenazas que impulsó el rescate de la imagen. Los daños no fueron mayores. El retrato terminó colgado en el departamento de la calle Anchorena adonde se mudaron mis tías abuelas por la década de 1950, tras permanecer en otros domicilios de la ciudad de Buenos Aires. Allí, en la calle Anchorena, todas ellas, mis tías solteras, fueron muriendo una detrás de la otra, entre las décadas de 1980 y 1990. Eran buenas mujeres, docente jubilada una, modista otra, cocinera la mayor y la última poliomielítica, modista, maestra de piano y cocinera de seguro: llevó hasta su fin unos zapatos ortopédicos y un andar difícil, se llamaba María de la Cruz y era la más joven y agraciada, una mujer de verdad bonita. Siempre que las iba a visitar la tía Cruz me llevaba a su cuarto. Junto a una ventana siempre llena de luz, donde se recortaba el sol gracias a la pericia de un plátano añoso, sobre una mesa redonda, María de la Cruz me mostraba su habilidad plegando papeles y haciendo figuras tridimensionales con ellos.

De aquella inmigración quedaron bajo mi exclusivo poder los dos tomos del Quijote que mi bisabuelo, dicen, releyó y releyó hasta el final de su vida. También hay otro libro, de Feliciano Ortego. Los tres ejemplares, editados por Seix, se vendían juntos en España hacia fines del siglo XIX por 50 pesetas. En la amplia casa de la calle Nahuel Huapi donde vivió la mayor parte de su vida, también dicen, a mi bisabuelo se lo escuchaba reír solo por obra de la lectura. Cervantes era para él un divertimento superior, calculo que también Ortego. La muerte de su esposa, es decir, mi bisabuela, fue el principal motivo de su muerte: la tragedia frecuenta tales redundancias. Mi bisabuelo no soportó la viudez, el perder a su compañera. Mi bisabuelo fue uno de esos animales monógamos, de esas aves que se arrojan en picada cuando fallece su pareja. Creo que es un mal familiar y que no solo atañe al amor conyugal: el fin de mi abuelo por la pérdida del hermano es una prueba de nuestro sentimentalismo fatal. La reciente muerte de mi padre mientras corrijo este texto que no sé si es un cuento, una crónica, una carta o un ensayo, esta reciente muerte tras el fallecimiento de mi madre, cinco meses y medio antes, obra como una constatación de lo que, con esfuerzo, trato de escribir.

El primer tomo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha —en «lujosa edición» editada por F. Seix, con un proemio del «Excmo. Sr. D. José Ma. Asensio», de la Real Academia, más el «facsímil de varios documentos inéditos relativos al autor», volumen que también incluye ilustraciones en cromolitografía de D. J. Moreno Carbonero y D. L. Barrau, con «cabeceras é iniciales prolicromadas de diferentes artistas»— es de 1898. Y el proemio que el cervantista Asensio escribe oficia de tumba de todas las buenas intenciones que tuvo don Feliciano Ortego, su compañero promocional según los dictados de Seix. Supongo que fue la relación textual entre las afirmaciones del uno y las impugnaciones del otro lo que mayor gracia le causó a mi bisabuelo en vida, incluso todavía más que las desventuras del caballero de la triste figura. No entiendo, si no, por qué motivo fue conservado el volumen de Ortego, que es un trabajo inútil, un templo de la confusión, el grito de un loco, todo aquello que lo convierte en el campeón de los underdogs, pues no hay persona, en materia libresca al menos castellana, más desvalida y equivocada que don Feliciano Ortego; no existe en la historia de la literatura hispanoamericana —que yo no conozca— otro personaje con menos chances de ganar nada.

Cualquiera hoy puede colegir los errores de Ortego con rapidez. Bastan una computadora y una regular conexión a Internet. Por ejemplo hay, entre muchos otros, el trabajo del cervantista Juan Bautista de Avalle-Arce, que es demoledor. Entiendo que mi bisabuelo, y posteriormente sus hijos, conservaron el ejemplar de Ortego no solo para divertirse, sino también por piedad. La inmigración de esa rama de mi sangre —como la correspondiente a parte de mis antecesores itálicos— es fruto de la equivocación, de una equivocación que se sostuvo con entereza y que se defendió con uñas y dientes. Porque, una vez equivocado, una vez con el pantalón sucio y la bragueta rota, ¿qué otra cosa te queda que seguir avanzando con hidalguía, así te escupan?

El libro de Feliciano Ortego se llama La restauración del Quijote. Estudio comparativo de varias ediciones y sus respectivas notas con un ejemplar de la de 1605 impresa por Juan de la Cuesta que contiene anotaciones, acotaciones y correcciones de puño y letra de Cervantes en los márgenes de la impresión. No pienso plegarme a las hordas de cervantistas que realizaron la misma broma acerca de la longitud del título. No me causa gracia, en absoluto.

Una digresión importante: de Avalle-Arce escribe, por si alguna duda cabe sobre el precio promocional de 50 pesetas por los tres libros, que La restauración del Quijote «salió como tercer volumen de la útil edición del Quijote hecha por el destacado bibliófilo sevillano don José María Asensio, en Barcelona, por la imprenta de Seix en 1898». (Anticipo, hay en el dato algún error). Traducido: en 1898, todo indica que Francisco Seix y Faya lanzó los dos tomos del Quijote que leyó mi bisabuelo y que hoy custodio, más La restauración del Quijote, que también obra en mi haber (los de Cervantes curados por Asensio, el tercero escrito por Ortego). El motivo de las risas de mi bisabuelo a estas alturas son palmarias: lo que Feliciano Ortego afirma como Rodrigo de Triana subido al carajo y gritando «¡tierra!», Asensio lo desmiente «científicamente», y aunque las razones de éste sean rotundas, no dejan de despertar cierta compasión por el pobre marinero de las letras, que dentro de la misma casa editorial termina ultrajado por un catedrático. Agrego: el trabajo a Ortego le lleva los últimos casi veinte años de su vida, lo que no es poco; demasiado tiempo y sacrificio para corregir cualquier equivocación. Además de la locura, se lo imputa de bruto y hasta de antisemita, solo por una expresión que es más una vulgaridad de la época que una sentencia racista. Se lo acusa con ojos del presente, cuando ni siquiera se tenía noción de qué podía significar la monomanía y sus derivados.

Asencio es un poco más justo, seguramente por ser su contemporáneo. Es también tal vez el primer cervantino de una larga saga de compañeros de lecturas que impugnará con severidad las casi 840 páginas por las que Ortego jugó los últimos años de su vida, su honor y buena parte de su fortuna: siendo médico —porque sí, era médico—, buscó la gloria en la literatura y en la hispanidad, el título del campeonato ibérico, o a lo menos el respeto de sus vecinos. Como resultado no solo se aventuró al descenso a los infiernos de los equivocados: su nombre fue transformado en un mal chiste, en la carcajada de cervantinos, chismosos y hombres como mi bisabuelo que, una tarde cualquiera de la década de 1940, en la casa de la calle Nahuel Huapi, buscó en Ortego su pasatiempo. (En este párrafo tal vez cometí algún error, alguna confusión de fechas y ediciones: si es así, sea mi yerro una forma de homenaje al fracaso de mi amigo en la distancia, don Feliciano).

De lo que no tengo dudas: los dos tomos del Quijote que cito, más el libro de Ortego, los tengo a mano, los puedo tocar y oler. Y en eso no hay pifie posible.



*

Calculo que el primer ejemplar en salir de imprenta, de entre los tres libros lanzados en promoción por Seix, fue La restauración del Quijote, así una de las fuentes citadas sostenga lo contrario. O me corrijo: calculo que Asensio estuvo al tanto de los escritos de Ortego antes de salir de imprenta, entre otros motivos porque Ortego ya venía haciendo mucho ruido por Palencia y sus escasos diarios. El indicio me lo da el mentado proemio de Asensio, que sostiene en el primer tomo de la gran novela de Cervantes:

«Hay en la ciudad de Palencia, y en poder del señor don Feliciano Ortego, un ejemplar de una de las ediciones primitivas del Quixote, en cuyos márgenes se encuentran numerosas enmiendas y algunas acotaciones al texto, de letra contemporánea de la edición y que hasta puede creerse la misma de Cervantes en concepto de los peritos calígrafos de la Escuela Normal de aquella ciudad que prolijamente la han examinado».

La frase va en respuesta a las primeras líneas del libro de Ortego, donde afirma que:

«Poseer el ejemplar prueba de corrección que Cervantes hizo de su Quijote, tener esta alhaja y guardar silencio sobre ella, lo consideraba un crimen de lesas nacionalidades».

La posición de Ortego, y que se conservará inalterable a lo largo de sus más de 800 páginas, es entonces:

a) que cuenta con La Primera Edición de la novela,

y b) que más que con La Primera Edición, tiene La Prueba de Galera de 1605, con notas marginales del puño y la letra del Manco de Lepanto,

enmiendas —y este es el punto c)— que jamás tomó en consideración Juan de la Cuesta, por negligencia o economía de recursos.

Ortego se quiere cargar con más de dos siglos de lecturas y tradición, busca destruir al primer imprentero de Cervantes, desea reescribir el Quijote sobre la base de la adquisición del ejemplar que tiene a mano con notas marginales. Hacer justicia, pretende y, subsidiariamente, montar su propia efigie en el Olimpo. De haber sido un Joseph Smith, hoy al menos contaría con la veneración de los seguidores de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero a Ortego todo le sale mal.

Asensio —de quien estoy seguro que era un hombre prudente, aunque no falto de rigor— le concede buena fe al médico palenciano, «porque creyó sin duda ni vacilación que poseía los pliegos de capilla en que Cervantes había hecho sus correcciones». Pero enseguida —y no entiendo qué papel en el error jugó el señor Francisco Seix y Faya—, el miembro de la Real Academia se despacha: «Mi convicción es, como indicado queda, que esas anotaciones fueron puestas por algún curioso poseedor del ejemplar, en los primeros años del siglo XVII, es decir, en fecha muy próxima á su publicación, pero indudablemente cuando ya había salido á la luz la segunda parte de la obra». Y agrega:

«(...) el ejemplar anotado [con el que Ortego se sirvió] corresponde á la segunda edición que estampó Juan de la Cuesta en el año 1605» y que «aquel editor [por Juan de la Cuesta] del Quixote no tuvo presentes tales notas cuando imprimió por tercera vez el libro en el año 1608 (...). Razones de evidencia interna, de carácter más profundo, más literario, pueden persuadir al más obcecado de los lectores de que las anotaciones del ejemplar perteneciente al Sr. Ortego no fueron puestas por el autor de la obra, sino por tercera persona, que se acredita de curiosa, pero no de sagaz ni de muy entendida».

Traducido otra vez: las anotaciones marginales sobre las que se basa Ortego, lejos de mejorar la obra, la empeoran, y son el fruto de un mal lector del siglo XVII, de un entrometido. Lo demás responde al género policial o de intriga.

Es probable que Asensio, noticiado de que los dos tomos del Quijote saldrían junto al libro de Ortego, se haya puesto en contacto con Francisco Seix y Faya, quien, como fe de erratas y lavativa de manos, le ofreció más folios al sevillano para escribir su proemio de artillería.

Entre los siglos XX y XXI, de Avalle-Arce aporta otro dato que fortifica lo expresado por Asensio:

«La primera y única consideración a tener en cuenta (...) es que Cervantes nunca tuvo un ejemplar-prueba de imprenta de la primera edición del Quijote de 1605 entre las manos, por el sencillo motivo de que había vendido sus derechos al librero madrileño Francisco de Robles».

En consecuencia: Ortego confunde la primera con la segunda edición de la primera parte del Quijote y, además, desconoce las circunstancias en las que se imprimía en el siglo XVII y la situación, por llamarla de algún modo «contractual» de Cervantes. Ignora todo eso que los peritos oficiales sí saben (los peritos de Ortego, según de Avalle-Arce, no son más que palurdos, amigos del médico palenciano, gente primitiva). ¿Pero Francisco Seix y Faya? ¿Por qué el señor Francisco Seix y Faya accedió entonces a publicar el libro de Ortego? ¿Por dinero? Puede ser... ¿Pero por qué no cae don Seix en la misma desgracia que el galeno? ¿Es el sino de los desvalidos, de los que nunca llegarán a ganar nada, de los underdogs, el ser expulsados de cualquier posibilidad de buena fama o intención?

El título que enmarca los párrafos del caballero de Avalle-Arce es homónimo al del libro de Ortego y está recopilado junto a otros trabajos de otros autores en Desviaciones lúdicas en la crítica cervantina (Universidad de Salamanca - Universitat de les Illes Balears, España, 2000).

Fuera de los datos bibliográficos, insisto en no reírme de Ortego como lo hicieron todos. Más bien siento mucha empatía por el fracaso literario e interpretativo del médico palenciano. Acaso las mejores historias son aquellas donde hay personajes que aspiran a un campeonato y jamás lo ganan. Al fin y al cabo eso es el Quijote.

(Otro de mis bisabuelos partió del puerto de Nápoles para encontrarse con sus hermanos en «la América»; no sabía leer ni escribir, consideraba que «la América» tenía un solo puerto y que ese puerto eran los Estados Unidos por completo… Llegó a la Argentina. Se equivocó de barco. Jamás volvió a ver a sus hermanos. Se vio forzado a perder y disimular).

*

Esta tarde, que es una tarde lejana a tantas muertes, una tarde de este texto original aún no vuelto a recoger por mis ojos tras la tragedia y la desolación, decía que esta tarde, tras trabajar la tierra y unos textos inmobiliarios, había deseado empezar una escritura en capítulos sobre mi disconformidad con una novelita que trabajé por encargo; había querido denunciar que me dormí intentando releerla, había planeado iniciar un libro sobre la hechura de esa obra pésima y equivocada. Nada conseguí. Y cuando me embarqué en este trámite de referir a Ortego, apenas encontré una mención de su nombre en Wikipedia, y en esa mención sólo lo destratan.

Escribir es también una equivocación, una equivocación obcecada y voluntariosa como el amor, de quien persiste en el error pero creído de que no está equivocado, o de que lo está, pero ya no hay marcha atrás. El empeño de escribir suele ser como el de quien toca mal la guitarra y desafina pero no se da cuenta; supone entrar al casino, jugarle siempre al mismo número y depositar la fe en las martingalas. Escribir al fin y al cabo es la fe del creyente que ya no cree en Dios, pero que sigue a la espera de que exista. Tal vez equivocarse voluntariamente sea una forma de la esperanza, de la esperanza de que alguna vez algo salga bien. Un bisabuelo que llega a la Argentina y no a los Estados Unidos, pero que a nadie reclama nada, es muy parecido a escribir. Otro bisabuelo, el cantábrico, que lo hace por un error de negocios en España que lo obliga a partir ya no solo de la patria, sino del continente, también lo es. Que se te rompa la bragueta en la calle por tu culpa, no de casualidad, y que no tengas luego con qué taparte y debas seguir caminando, eso es equivocarse, perder y disimular. Quien esté libre de pecado y de error, que arroje la primera piedra.

El siglo XIX no trajo sólo las revoluciones liberales, cocinó esa ortodoxia ideológica en lo secular, que no admite fallas ni locos obstinados y que es absolutamente heterodoxa en lo sacro. Feliciano Ortego se equivocó. Y en su equivocación resultó un tanto agresivo, está bien: alrededor de 840 páginas lo denuncian. Pero luego nada más hizo de malo. Perdió y disimuló. Y perder y disimular es un hecho casi heroico.

En su homenaje, y en busca de matar las horas que restan de este día con otra equivocación que no es grave, que apenas es venial, armo el borrador de una biografía un tanto adulterada, que espero subir como administrador a Wikipedia cuando la oportunidad me sea dada y entienda cómo funciona ese diccionario. Escribo:

«Feliciano Ortego (Almarza, Soria, 1818 - Palencia, 19 de enero de 1889) fue un médico español, conocido en los círculos literarios, pues su libro La restauración del Quijote, de 1898, se supo vender en España, junto a los dos tomos del mismo año de la primera y segunda parte del Quijote, con prólogo y notas de José María Asensio, quien objeta todo el contenido de la primera obra que conforma el terceto promocional de Seix. Según María Jesús Fraga Fernández-Cuevas, en “El Quijote restaurado por Feliciano Ortego” (Anales Cervantinos, Vol. XL, pp. 181-204, 2008), los tres libros se vendieron juntos en España por 50 pesetas mientras no se acabó la tirada en cuestión. El señor Francisco Seix y Faya nada parece haber dicho de la contradicción y la enemistad entre el volumen de Ortego y los dos tomos curados por Asensio. El señor Francisco Seix y Faya da la impresión de que no fue afectado por la controversia y el ridículo: alguien debería realizar un trabajo sobre el señor Francisco Seix y Faya y sobre todos los editores que se lavan las manos y siempre caen de pie.

»Se sabe que el médico nacido en Soria trabajó en el Hospital de San Bernabé y San Antolín de Palencia durante cuarenta años, y que se opuso al centralismo madrileño y al dogmatismo científico y literario (la ortodoxia sólo la reservó para la lectura de las Sagradas Escrituras y la defensa de su capital error). También se sabe que Baldomera Larrea fue su primera esposa y que Rafaela Fernández, la segunda, con quien casó cuando frisaba los 70 años, de lo que se desprende que al menos tuvo éxito en el amor.

»En 1898, con 80 años y ya tildado por muchos de “chiflado”, Ortego publicó su famoso libro La restauración del Quijote, pero poco pudo disfrutar de las regalías: el 19 de enero de 1899 falleció. Para ese día, desde hacía años, todos murmuraban que se había equivocado, cuando no vuelto loco. En su agonía, se cuenta que, a su última mujer, Ortego señaló como última e íntima defensa: “La única equivocación que tuve es el no haber nacido en Madrid o Barcelona, y el no pertenecer a academias reales de ninguna especie. La verdad es propiedad de las geografías y de aquello que falazmente llaman erudición y método científico. Por eso el mundo ya no tiene salvación” [cita requerida]».



*

[Recuerdo la misma mañana de otoño en el 160, trayecto Almagro-Palermo, junto a la que era mi mujer embarazada de mi primogénito. Recuerdo al matrimonio que increpé. Él, contra la ventanilla, la vista extraviada. Ella, del lado del pasillo: levantó la cara, me odió con sus ojos, me dijo: «¿No te das cuenta de que es ciego?». Recuerdo también los murmullos de los demás pasajeros, el insulto que me dirigió un discapacitado del asiento para discapacitados, la amenaza de bajarme a las trompadas del colectivero. Pero por sobre todas las cosas recuerdo que me vi obligado a seguir tirando del carro de mi equivocación: o me hacía el guapo o ahí mismo me linchaban. Redoblé mi apuesta: «¿Y qué tengo que ser, adivino, para saber que su marido es ciego, señora? ¿Eso justifica su carterazo? ¿Y ustedes, todos los demás, qué se meten?». Logré aguantar dos o tres paradas. A la altura de la Avenida Córdoba supongo que nos bajamos. La que era mi mujer nada me reprochó. Había entendido que la equivocación, de algún modo, era una de mis artes; quizás, la que mejor manejaba].

29.8.26

He escrito



He escrito un cuento

que se tradujo al polaco.

He escrito

y ahora que lo hago

en verso libre

me siento un poeta.

¿Cómo se llama el cuento en castellano, papá?, pregunta uno de mis hijos.

Dejame pensar, que no me acuerdo, le respondo,

y pienso en estos versos, 

en lo que he escrito, 

más aún ahora que me siento poeta.

Un hombre bueno, al fin le digo.

Un cuento que he escrito

hace ya miles de millones de años.

Cuando todavía no se habían muerto tantos y cuando la pena no valía.

(Y que jamás, abro un paréntesis,

fue publicado

en castellano).

He escrito.

He escrito cosas para aquella revista donde me recibieron como a un poeta

y me echaron como a lo mismo.

Cientos de textos del que salió un libro

y otros más

que quedaron en la reserva (y tan luego en el olvido).

Tratábase, ¡oh, poetas!, de una revista manejada por una corriente narcopolítica:

el macrilarretismo.

Desos cientos de textos del que no salió un libro apenas quedaron un puñado,

que también he escrito,

mientras que el resto fue borrado por un asno

(o por varios)

porque yo los había escrito.

Suena el celular.

Es mi hijo.

Una treinta y ocho de la mañana. 

Escribe para decirme que tengo un sitio en Wikipedia

donde también se dice que

he escrito.

Y así sucesivamente todo continúa en este verso libre que en poeta me convierte

como a aquel gordo sinvergüenza

de bigotes

que tiempo, mucho tiempo atrás, armó su garito editorial y me dijo:

vas a ser un gran escritor.

Ya no me acuerdo su nombre, o sí,

pero en alguna parte, como ya se lo imaginan,

lo he escrito.

¡Oh, ahora que soy poeta,

que declamo y me toco la frente, 

ahora que grito como un loco

y me pintó de marrón la cara para hacer negocio con la raza,

ahora, oh, ahora, que canto y bailo y me desnudo

y me dejo los pelos largos, me pregunto:

¿jugaré en primera y me pondrán la casaca del mítico nueve

que por cardiaco antes de morir debió retirarse del fútbol?

¿Seré el toro puntano de largas crenchas,

el que despliega su energía junto con la pelota

en un partido en Mar del Plata,

temporada de verano,

de la década del 80?

¿Podré con mi presencia en Wikipedia ser

el Juan Gilberto de la literatura,

el mito (¿he repetido esta palabra?) vivo

por una muerte desgraciada?

Oh, oh, oh.

No lo sé.

Nadie lo sabe.

Sólo conozco que ayer ha muerto gente

y que hoy pasará lo mismo

y que debo encontrar a aquel cuento que he escrito y que una vez

al polaco

me tradujeron.

Podría decir más, pero antes, poeta amigo, aquí me silencio,

y con mis pelos al viento me coloco los pantalones cortos,

la camiseta con la publicidad de Fate,

me calzo las medias y los botines,

disimulo todos mis males,

apago el cigarrillo,

atiendo las últimas indicaciones del

mefistofélico

Bambino

y salgo a la cancha

en una temporada de verano, donde,

¡casualidades!,

también habremos de enfrentar a los polacos.

De lo que no estoy seguro es de la formación,

de si en ella yo, Juan Gilberto, formaré parte.

Deberé buscar Funes, Polonia y Mar del Plata,

y deberé también, más tarde, peinarme.


La sucursal Cariló de Sin Pastillas se encuentra en este link que está BIEN GRANDOTE.