23.5.26

Ascorbato de sodio


 

Hace poco un cuento sobre un perro que tuve quedó seleccionado para una antología de cuentos de duelo. Sucedió en Granada. Creen que aquel ha sido el primer concurso de duelo de la historia de la literatura. Poco interesa. ¿Las "Coplas a la muerte de su padre", de Jorge Manrique, aprendidas en el colegio, datan de cuántos siglos? ¿Y qué no es el hecho de escribir, cuando pierde toda utilidad, sino una forma de duelo, de echar de menos algo que se amó o que se ama, como la mera realidad invadida por el tedio? ¿Debo de continuo recurrir a referencias librescas o etimológicas para sostener cada archivo argumental que expongo? No lo haré esta vez.

Terminé de leer Koljós, de Emmanuel Carrère, no deseaba escribir de esto, para comentar este último libro de EC en realidad habría que decir antes que se torna perentorio leer por lo menos Una novela rusa. Como sea, en Koljós hay duelo. Como también abunda en la "Santa Misa", como mencionan los ultramontanos a la celebración eucarística católica. El duelo es ubicuo y suele estar a barlovento de la dictadura del éxito y la felicidad a la que imagino que mucha humanidad es sometida, cuando no fue, la mayoría, obligada a hundirse hasta las rodillas en la mierda.

¿Qué es el duelo? No quiero recurrir a Corominas. Un escritor sevillano, jurado (es probable) del referido concurso dijo que "supone la pérdida de un amor incondicional". En realidad no recuerdo las palabras exactas. Mi memoria falla. Carrère en Koljós parafrasea a un coach que se quita la máscara y confiesa que no hay peor cosa que "vivir en el aquí y el ahora", "en el presente"; que de eso se trata la guerra, de un presente continuo sin pasado y sin futuro, o con un pasado que jamás volverá y un futuro donde el soldado, en el mejor de los casos, se hallará sentado en un silloncito de ruedas, sin sus dos rodillas, aquellas que, antes, hundió en la mierda. No lo dice así Carrère. Imagino que tampoco interesa.

El duelo es encontrarte con diapositivas de las décadas de 1960 y 1970 y no contar con proyector. El duelo es buscar una lámpara que antes fue botella de whisky y a contraluz adivinar quiénes son los personajes. El duelo es aquel pasado que no regresa de las diapositivas. Tampoco de las fotos en el teléfono.

La voz de tu madre muerte grabada en el teléfono es el duelo. Y los números telefónicos de tus padres muertos, ahí, en tu lista de contactos. Sin ser borrados.

Pero todo a contramano, otra vez, de lo que uno debe pensar, de lo que uno debe comer, de lo que uno debe cagar, para estar sano y fuerte y no morir y así trabajar para no ser un estorbo y, si es posible, ayudar a los hijos, a quienes, como a todos, no les alcanza el dinero en un país que nació como una pequeña enfermedad.

Escribo de noche, bebo mate, no pienso demasiado en las palabras, este es mi viejo blog. Antes leí lo que me quedaba de Koljós, evité llorar. Y todavía antes, pero después de mi calistenia, hablé con un primo que se preocupa por mi salud y por mi vida, y que me aconseja recurrir a la medicina funcional con sus médicos y médicas de Instagram que son un estresor, un vasoconstrictor en sí mismos. Ascorbato de sodio me recomendó tomar mi primo. Ese debe ser uno de los tantos nombres del duelo. Del haber perdido un amor incondicional como la salud.

Me gustaría ser joven, llamar por teléfono a mis padres. Verlos un rato. Y que no estén viejos. Y me gustaría no haber vivido muchos de los años que viví. Aquí el duelo casi se choca con la ucronía, a la que tanto apela Carrère en Koljós. ¿Quién hoy sería yo si no me equivocaba tanto en mis elecciones del pasado? Es probable que un ser más feliz. Aquí va mi duelo por todo lo que nunca fui. Ni más ni menos. ¿Quién no siente ese duelo? O, por formularlo de otro modo, ¿quién cuenta con la enorme ventura de saberse en el mejor lugar y en su "mejor versión", como le llaman, gracias a la teoría de la elección racional y a sus, repetición, buenas elecciones de vida desde el momento cero hasta este preciso minuto?

En las fotos de mis mayores todos mis mayores han atravesado días de tragedia de la buena: mueren hijos, sufren amputaciones, mueren más hijos y también hermanos enferman y mueren, y hay noches de éxitos pero mayoritariamente un océano de fracasos. Y, sin embargo, en uno de los peores años de las vidas de todos mis muertos, ahí están mis padres, que celebran sus esponsales, y mi abuela Carmen, que poco recuerda de Galicia, que ha sufrido y mucho aquel año, como mi abuelo Ernesto, y que, sin embargo, no se ahorró en el vestido y por sobre todo en aquella suerte de corona con la que se luce como madrina de la boda. Todos están de duelo y por muchos motivos aquel año. Todos están también de fiesta un 30 de diciembre donde mis padres se casan para no caerse del calendario y porque no dan más y quieren estar juntos, aunque duela. Aunque duela mirar a aquel que pasó las de Caín y aunque también duela ver detrás de las sonrisas el dolor de todos que saben que ese, 1966, no resultó un buen año.

Y qué más.

No hay más.

Creer que la literatura de duelo es una novedad supone forzar mucho el sentido de lo nuevo y desconocer demasiado qué hay desde el Génesis, ese tango bíblico donde se pierde el paraíso y etcétera.

Nada es más viejo, creo yo, que el dolor de saber que se vive sabiendo que todo un día se termina y que, peor aún, antes se irán muchos a los que uno quiere demasiado.

(El verbo "ir", dicho sea de paso, no es más que un eufemismo que tiene de sustantivo a la muerte).

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