30.3.26

Barrio Chino

Vi therians. Adolescentes que se ladraban entre sí. Que, a metros del Barrio Chino, bajaban las barrancas o las subían. Que jugaban a ser zorritos con máscaras algunas no muy sofisticadas, de cartón. Therians que habían llegado en el 55, en el 15, desde el oeste o el sur. Chicos necesitados de hacer durar la vida sin sentirse del todo humanos, del todo grandes, del todo víctimas del secuestro del tiempo.

Y vi a un tullido, casi sin pantorrillas, dar séptuples vueltas mortales, con un metro sesenta de estatura, y a un moreno que giró hacia atrás elevándose casi dos metros, compañero del otro, y a siete chicas bailando k-pop.

Y también vi a un anciano atascado en una ochava del Barrio Chino, junto a su mujer: el andador clavado en la vereda, el pañal torcido bajo el pantalón de fin de semana. Emperrado igual el hombre en cruzar la calle, no sé ya ni qué calle, y luego al servicio de urgencias vi y al mismo anciano, sentado, en un ojo un río de sangre o más bien una mueca, el principio de una hemorragia interna, y ahí el anciano otra vez, en el Barrio Chino, mordiendo los últimos trozos de este pastel.

Ninguno de todos estos del Barrio Chino se quería morir. Tampoco el Hombre Araña que se pone a bailar un poco antes de atravesar el portal.

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