10.6.26

Una revolución como la muerte (novelita en vivo): 6, 7 y 8


 

(((Para no perder el hilo, todo inció acá y continuó acá))).

6


Me has dicho anteayer, Reina, y tus otras primas y amigas son testigos, que tu Varguitas anda con misión muy importante que le encomendara el recién finado señor Presidente del Partido. Te mostraste, la verdad, ¡santo Dios!, muy orgullosa de decirlo, que tal es mi obligación así nada más sepas y deba yo condenarme a santiguarme hasta que la Providencia, que todo lo sabe, de mí se encargue. Porque no has notado que todas nosotras, tus amigas y primas, nada te contestamos y ni siquiera exhibimos alegría al escuchar tu comentario. Porque añadiste que para tal misión el Varguitas se andaba perfumado esa mañana y las anteriores y que salía a la calle con el único traje que guarda en el ropero y asimismo con guantes y lienzos de revisación doctoril, lo que te llamó fuertemente la atención desde la primera vez, pero que como él te reiteró que la misión encomendada era secreta, y como también nos dijiste medio avergonzada que desde hacía unas mañanas que te venía bien acariciando los sonrojos, que lo aceptaste cada vez. Pero es hora, Reina, de que sepas que el Varguitas anda en la busca de mujer, que la encontró. Dios se encargue de perdonarlo o no, que no soy quién para meterme en esos líos celestiales.



7


Escribió también el general Díaz, por él y por su amigo el sargento:


Le entregamos al caballero Fernando Lago papel y lápiz, a fin de que nos escribiera lo que desease, vista su boca sin lengua y su paladar reseco…


Y todo obró para la furia de los interrogadores muy enseguida, al comprobar que el forastero, contrario a lo que ellos se maquinaban, nada escribía, ni una triste vocal, y sí mucho dibujaba, lo que, como más tarde le escribiría el general Díaz al señor Presidente Sorondo, antecesor de Acuña y Figueroa, en ese orden:


Nos llenó de turbación.


Al cabo de llevarlo a los Palos Revolucionarios para los Aleccionadores Azotes, lo vieron desfallecer. Entonces escribió el general:


Ramos, primero que yo, he de reconocerlo, me dijo «éste se está muriendo» y así era nomás que se nos moría el forastero analfabeto, pero no por los azotes y las variadas torturas revolucionarias, sino porque ya venía medio muerto de donde viniera.

Después supimos, y eso era verdad, que lo perseguía un hombre.


De suerte que lo condujeron en carro de dos burras hacia el hospital, donde los médicos, emperifollados con sus trajes blancos, luego de desnudarlo, lo resucitaron con mucha paciencia y secreto —todavía no querían, sargento y general, que el señor Presidente Sorondo se enterase de nada, no por ocultarle algo de importancia, sino porque aún ellos creían que nada la tenía, o que sí, pero no lo sabían asegurar— y que, en todo caso, el señor Presidente Sorondo o se moriría de inmediato o, de sobrevivir un tanto más, nada les objetaría si después del hospital ambos se encargaban de los tiros y el horno de los infiltrados y enfermos que no han sido asados en las piras.


Claro, nos habíamos equivocado recurriendo a la tortura; los doctores nos dijeron: «El caballero Fernando Lago no escucha ni puede hablar».


Eso admitió el mentado, cosa que ya la sabían éste y sargento desde horas antes —y también yo, que me habían vuelto a mandar llamar con una urgencia sin fundamento—, pero hasta ahí, y más cuando agregaron los doctores que «tampoco sabe leer y escribir», por lo que habían podido comprobar en los exámenes de rigor, motivo suficiente para que Ramos y el general, así con hambre y todo, se rieran y, rápido, intentasen disculparse con el caballero don Fernando Lago.

Escribió el general:


…que creo es la primera vez que nos entiende.

Pero será oportuno preguntarse cómo fue que nosotros lo entendimos a él.


Escribió.

Leyeron.

Más tarde copié.



8


Tomé rumbo incierto, confundidos mi olfato y mi orientación por los sabores de las piras que me subían por narices y ojos como si de orina caliente se tratara, que así es ya como huele nuestro pueblo y esto no constituye novedad, hasta dar con lo de las Santamarina, tan putas que son como de salud es que gozan y tras, repito, que siempre es de buen proceder repetir, más aún en los cargos oficiales, donde uno es culto y entendido y los demás, animales, que decía que, tras innumerables y arriesgadísimas visitas a otras muchas muchachas de la población, di con la casa de las Santamarina, porque ninguna muchacha de las anteriores parecióme tan agraciada y afable como las Santamarina en general y la Rosita Santamarina en lo privado, quien era de la catadura del antecesor del Señor Presidente que también fuera Presidente hasta poco atrás.

Díjele a la niña, luego de, por precaución, escrutar ingle y sobacos, que acompañárame hasta lo de los Cornejo, donde ahora se está muy bien y alimentada, llena de perfumes silvestres que yo mismo hele proporcionado y unos coloridos maquillajes que transfórmanla en verdadera ninfa, proporcionándole al menor de los Cornejo, El Niño, lo que Natura no da ni Salamanca presta, y deprisa hele dicho a quien hámelo preguntado —y a quien no también, a excepción de mi mujer, a quien, por discreción, respeto y resguardo, ocultéselo— que el Señor Presidente, o como suena más fino en llamarlo, Su Excelencia Revolucionaria, es bueno y misericordioso y que puesto que la misión secreta ya fue cumplida en su primera mitad y ha dejado de serlo en esa parte, que El Niño Cornejo portose como cristiano derecho con el forastero sordomudo que arribó a estas santas tierras, lugar donde todo buen hombre es bienvenido por el Partido, y que muy bien, que por eso ha recibido el favor de una mujer saludable con la que ha de concubinarse, si él lo manifiesta, o bien disfrutarla hasta que se canse o muera, que tal es el parecer y tal la norma impuesta por el Señor Presidente, mi gran amigo Sorondo y compadre, y que nadie habrá de impedirlo, y que si alguno nace torcido con esos propósitos, que tendrá que rezarle al Diablo Satanás para que lose lleve rápido, pues merecerá infiernos peores, cosas tan ciertas como que las putas de las Santamarina están para disfrutar como el jugo de las naranjas.

Por supuesto, esta tarea no hame sido fácil. En nuestro pueblo —además de las ya desahuciadas con sus bolas de fraile en ingle y sobacos, quienes han de haber muerto desde que helas visto hasta esta parte—, por un lado —y ya refiriéndome a las que quedan sanas— hay faltante de mujeres bellas y dóciles y afables y agraciadas, y por otro hay de las vulgares y bonitas, pocas pero más que las que el Señor Presidente, mi compadre Sorondo, habíame encomendado para ofrendar al Niño Cornejo en caso de probarse el faltante de Evas. Motivo por el que pronto vime muy desasosegado, teniendo en cuenta tres cosas:

Que había desvestido y probado con el mayor de los respetos y como la Ciencia Médica lo ordena en estos tiempos a media población femenina.

Que, igual, tanto si mi familia enterábase, como si sospechábanme lujurias: adiós.

Que habíame recorrido, palmo a palmo, el pueblo y sus alrededores, exponiéndome a la malaventura por más cubrimientos y guantes que usara, solo faltándome la casa de las Santamarina, quienes poseen la peor de las famas, pero que gozan de una fermosura vulgar, pero digna de cantos y poemas.

Atrevíme y entrevisté con cada una, acomodado por una mayor simplicidad que en los demás casos —donde había debido primero pedir permiso a los padres de cada muchacha—, y de resultas de las conversaciones con unas y otras de las lindas Santamarina quedéme con la Rosita, la más jugosa, como señalé. Circunstancia que, quitando mi éxito de lado en lo referente al Niño Cornejo, intuyo que acarrearáme no pocas dificultades domésticas, sino tal vez inconvenientes peores hasta por cuestiones de igualdades en la inicial de los nombres de la una que es mi esposa y de la otra que obra de tan puta.

Pero, que quede bien en claro: sé que uno debe jugarse el tegumento por La Causa; que hasta los hijos son nada en comparación con nuestra gesta. Y que también se entienda y lea que ándome muy preocupado pues he visto a la señora Encarnación Vilma Ruiz de Sánchez Céspedes, que hácese llamar la Vilma a secas, interpretar el papel de zonza al cruzarse conmigo. Y que por ello hela seguido y visto cómo entraba a lo de los Cornejo, donde habita ya la Rosita Santamarina, la tan furcia, y como es el hábito de esta muchacha, acostumbrada, en tiempos de salud, a los quehaceres libertinos, paseándose, sean bajas o altas las horas, en menores paños, cuando no exhibida en toda su exquisita blancura de puntiagudos pezones de color desteñido, y más tarde también he visto salir a la señora Encarnación Vilma Ruiz de Sánchez Céspedes, con rumbo, entre los humos negros de las piras, hacia lo de las Santamarina, echándole coces y miserias a los parroquianos que frecuentaban esa casa para relajar sus masculinas ansiedades y que ahora miran, anudados en sus partes bajas, en soledad y nostalgia, desde fuera, con sus venas hinchadas, y ruegan pecar así sea con la mirada, a lo que las Santamarina responden con generosidad, hay que decirlo, ya la una asomando una curva por la ventana, ya las otras besándose, desnudas, entre ellas. De lo que desprendo con lógica partidaria que mi señora mujer cargará desde hace días sus oídos de barbaridades espantosas que quizás apártenla de mí y de mis cosas, como voylo comprobando estas últimas noches, donde no duermo y búscola y ella siempre dase vuelta, diciéndome «sal, Varguitas, sal», sin otra cosa espetarme; lo que hame puesto con el ánimo caído, que si no fuera por la misión cumplida a medias, ya hubiérame descerrajado los sesos con la escopeta, que sé que si apúntola sobre mi garganta, con los dedos de los pies haciendo presión en el gatillo, que bien podría dispararla y acabar con mi revolucionaria vida.

Mas como estas son mis cuitas, mejor dejar todo ahí, solo rogando al que lea lo que escribo que sepa entregar esta parte de la misiva a quien corresponda, ya sea mi mujer, mis hijos o quien parezca razonable, y que lese diga a quien sea que Lisandro Vargas es hombre de ley que no ha traicionado a nadie ni tiene mal hasta donde sabe; y que si acaso ha debido hacer lo que hizo y otras más, que todo fue en cumplimiento de su deber secretísimo y sin conmoción lúbrica, y que si calló, el callar resultó obra de la dignidad que trabájale a todo real partidario del Partido, y más aún a quien se precia de ser su Secretario. Ni más ni menos. Honores, agrego, que llevaré hasta el fuego.


*

Agradecemos a Tiziano por su «Venus y Adonis».


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