9.6.26

Una revolución como la muerte (novelita en vivo): 3, 4 y 5



(((Para no perder el hilo, todo inicia acá))).

3

Fernando Lago no respondió a las preguntas de rutina. Apenas manejábamos que el hombre había eludido, nadie sabía cómo, los controles del Partido y la inundación carretera. Punto.

El general se encargó de orientarlo, sacando de su escritorio la veintidós que bien se conocía era de su propiedad. Después nos apresaron por vez primera los de Sorondo, por no denunciar al forastero, según ellos, infiltrado político, golpeando sobremanera al sargento Ramos (que se lo lleve el Diablo), y más tarde, horas después del después, nos liberaron a cambio del informe generalicio, informe que copio por pasatiempo, pasatiempo que fue toda mi vida. Mi vida servil.

Escribió el general, leyeron las autoridades revolucionarias:

Viendo que no había sido intención del caballero don Fernando Lago violentar a nadie, y más luego cuando el sargento Ramos me lo confirmó por lo bajo y a su entrada, algo así como que «no, mi general, el hombre no escuchó el alto y siguió camino, pero a nadie maltrató ni viene armado, y al desnudo lo he visto sano», tras ver y con prudencia evaluar todas esas cosas, sufragué por darle al reo silla para que hablase y dijera qué era lo que quería.

Ni él ni su amigo —el sargento Ramos— ni yo conocíamos al forastero don Fernando Lago de por aquí o los alrededores. Menos sacamos en limpio nomás el forastero mostró papel donde tenía escrito nombre y demás datos, de lo que apenas general y sargento desprendieron —y es mucho decir— que el papel alguna vez le habría servido al hombre de documento, pero no de los que otorgaba el desgobierno, sino de otra clase de cosa que, escribió el general, leyeron las autoridades revolucionarias:

Ahora, atando cabos, noto que habrá de tratarse de la identificación de cierto mal.

Pero como entonces nada sabíamos de eso, ni él ni yo ni su amigo —el sargento Ramos—, advertidas las ansiedades, el sueño y el enojo a la hora del pequeño almuerzo de granos y grasa al que nos habíamos acostumbrado todos los partidarios y los no tanto, si era que había qué comer, procedieron, ambos —yo no decidía—, a llevar al reo a la Sala de Confesiones del Subsuelo Revolucionario, donde eternamente suena la Francia, o así sonó hasta que dejó de hacerlo, bajo la voz Charles Trenet, «Y’a d’la joie», música que había sido elegida ya nadie recordaba por qué ni por quién.

Escribió el general Díaz, leyeron las autoridades revolucionarias:

Allí derivamos al caballero don Fernando Lago, bajo mi despacho...

Donde supongo que todavía se ubica, si es que el fuego hasta allí no llegó, la Sala de Confesiones, fundada de acuerdo al Reglamento del Partido, ahí donde dice:

«El Comité Central considera que la presión física será usada y aplicada a enemigos conocidos y desconocidos, en todos los casos, contrarios al pueblo, como método justificable y apropiado».

Y junto con su amigo, el sargento Ramos —a mí me mandó a casa, para que no viera—, que me perdí y regreso, que junto con su amigo, el sargento Ramos, al son de la canción de la Francia y la voz de Charles Trenet, el general volvió a revistar el cuerpo del tal Lago y le aplicó puñetazos y variadas torturas, a fin de ver si algo decía el ya preso. Pero como no hubo caso, general y sargento decidieron darle papel para que así cantara, por escrito, dado que en el mientras y en el tanto habían notado que al hombre le faltaba lengua y no había cómo quemársela con hierro.

Escribió el general:

Dicho sea de paso, tal sujeto podría ser la razón, Señor Presidente del Partido, por la que los hermanos Pelegrino se levantaron en armas y después fueron ajusticiados, con toda la Justicia de la Revolución, ya que, como el anterior Presidente del Partido, don Espinoza, bien dijo antes de morir, «el hambre no ha de reblandecer los espíritus ni tirará por la borda a la Revolución…».

Cosa que tanto el sargento Ramos como el general Díaz compartían, o a lo menos sospechaban —no yo—, aunque consideraban, también, y esto fue escrito por el general:

...que, cuando pasan los días y no se come, la cabeza se confunde y comienza a idear fantasías sin ton ni son, que pueden sonar a disparates, pero que muchas veces se llevan a la práctica, como ha ocurrido con esos tales Pelegrino, y más tarde, o por eso mismo, es que se suceden las locuras que terminan en las calamidades a las que, por ejemplo, nombrándolos de nuevo, nos sometieron los tales Pelegrino, hasta que fueron muertos con tan justa intolerancia por alguno de los anteriores señores Presidentes del Partido y por todos nosotros sus partidarios, hoy más muertos que vivos, para que las cabezas Pelegrino se pudran de tan perniciosas que fueron.

Más o menos escribió el general. Y más o menos leí. Y al cabo copié.




4

Lisandro Vargas, Secretario del Partido, a las corridas anoto que el tiempo aprémianos y peligra nuestro pueblo, helo dicho ya y de un plumazo. Pero a pesar de lo escrito en mí la alegría refugio de la misión cumplida por la mitad, mitad que explícase porque ya no solo ha consistido en pedirle disculpas al sargento Ramos a raíz de los golpes recibidos, sino también porque he descubierto nuevos eventos y en consecuencia digo que en la mitad de la misma encuéntrome. Aunque así también asegure que todo cuanto hame pedido el querido señor Presidente Sorondo, a quien con tanto gusto y dedicación sirvo, hase realizado con sus puntos, sus comas, hasta donde he podido, según los medios, cuanto más, cuanto menos, pero con desenvoltura, siguiéndolo en todo, como es común en mí, y así él siempre desde su asumir en reemplazo de su Difunto Antecesor sostiénelo frente a terceros y cuartos, si lese es dada la ocasión, que es por eso, permítaseme anotarlo, que nuestra amistad es pura y nada la manchará con sangre ni parecidos, como en cambio sí ha de quedar manchada, espero probarlo, y disculpe, Presidente, que desdígalo de sus disposiciones y estima al general Díaz, después de que ya desestimólo una vez y habida cuenta de que volverá a tener que desestimarlo, que espero probar las manchas de la amistad que uníanos a todos nosotros, los militantes del Partido, con el antedicho general. Juro que este será el último veredicto y que ésta, la última sentencia. Que, como término, acabaré con la otra mitad, que aún quédame pendiente. Y ya que poseo de unos minutos de libertad, trabajaré los detalles de lo que, al momento, he realizado, adosándole a todo ello una muy principal preocupación, que, si bien es mía y en nada compromete al Partido, no deja de quitarme el sueño correspondiente a esta noche.




5

Estar y no estar, Lisandro Vargas, esa ingravidez me ocupa: llego a la calma de unos pocos y no es que viva sin urgencias ni dolores, no, más bien muchos me has causado y parece que me he vuelto loca.

Decidiste dejarme.

No te culpo.

Tú sabrás.

Solo espero que tiembles, que tiembles al leer estas líneas. Para cuando las levantes de esta mesa, estaré bien muerta y no podrás venir a disculparte o a pedirme que te abaraje la hombría.

Seré yo, Lisandro Vargas, quien por ti con mi ánima venga, para molestarte.

Échale la culpa a la Vilma por el cuento, nada más que por eso. Los cuentos de la Vilma siempre fueron los mismos. Me importan nada. Anda y mátala o haz lo que te guste. Me tiene muy sin cuidado. Ella es igualmente indigna, mucho lo sé. Pero como si yo no fuera de su familia: no me le parezco.

En definitiva, Lisandro Vargas, no se trata de comer cuentos, no me los he comido. Conozco bien cuáles son los pliegues de tu paño y todo el detrito de esta Revolución de la que ni siquiera tú creíste nada nunca y de la que nadie nunca tampoco nada ha sabido nada más que lo que se dijo desde el Partido.

(Intuyo de qué te ha servido la política, de qué les ha servido a todos los funcionarios).

Quien interesa, Lisandro Vargas, en nuestro caso, o en el caso de mi muerte, quien interesa y es responsable, Lisandro Vargas, eres tú.

Quítate esta carga.

Si puedes.


--xx--


(((Créditos. El Greco, «La fábula». Y Charles Trenet))).

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