18.1.12

Total, a quién le importa (1) - Pájaros en la boca - Samanta Schweblin

La Nación, entre su suplemento cultural (3/12/11) y su revista (15/1/12), me ofrece una serie de cuentos. No compro diarios ni revistas, advierto. El material es prestado. Aclaraciones aparte, voy a la primera lectura, con otra aclaración (medio huevón soy): suelo no emitir opinión sobre textos que directamente me impresionan una bosta. No es el caso, por ejemplo, del que sigue, ni de los que agregue a esta lista de "Total, a quién le importa". Sí hay y habrá críticas, pero sobre la base de cierta aceptación de base.

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"Pájaros en la boca" (Samanta Schweblin)
"Pulso preciso y clima inquietante en la segunda entrega de la serie que propone LNR, dedicada a jóvenes escritores argentinos", reza la bajada de la revista de La Nación, calificando de prepo el cuento de la Schweblin que le da nombre también a su libro homónimo.
La historia es la de una chica que se come pajaritos. Hija de padres separados, su madre se la quita de encima y la protagonista es alojada por su padre, que vendría a ser el narrador del cuento. Un narrador absolutamente inverosímil, falto de carisma, que cuenta sus acciones como si realizara una lista de compras para el supermercado. No entiendo por qué la escritora eligió ese punto de vista. No le sale, además, hacer de varón. El tipo cuenta su drama, pero lo cuenta con pretensiones literarias, yéndose en rodeos, en descripciones fatuas que más que aportarle a la fábula, la estropean, la tornan aburrida. No es la primera vez que me enfrento con este déficit en las producciones de Schweblin, a quien no se le puede negar el oficio, pero con el oficio no alcanza. El tratamiento de lo fantástico, o por lo menos de "lo raro", después de Borges, Bioy Casares, Cortázar (solo por mencionar a tres argentinos) se torna peligroso y corre el riesgo de lo trillado. Esos tres autores lo probaron casi todo en esta parte del planeta; intentar algo distinto supone un gran desafío y una gran valentía, que la argentina asume con hidalguía, que le reporta premios y fama, pero que, no obstante, no le alcanza para el objetivo de continuar con una tradición y de aportarle algo novedoso; al menos no en cuentos como este.
Estamos grandes para leer cosas como
"Mi nena era realmente una dulzura, pero dos palabras alcanzaban para entender que algo estaba mal en esa chica, algo seguramente relacionado con la madre".
Estamos grandes como para creerle a un narrador-padre que quiere contar su drama, el drama de su hija come-pájaros, y que se pasa hablando de boludeces para llegar al punto.
Estamos grandes, demasiado grandes, para creer. Y no es solo Di-s el asunto. Es también la literatura que opta por temas y puntos de vista que ya no pueden ser creídos.
Ojalá todo el oficio y toda la técnica de esta linda chica nacida en el 78 y que cuenta con el premio del Fondo Nacional de las Artes 2001, el Haroldo Conti y el Casa de las Américas, más allá de los doradores de píldoras, atiendan sugerencias de lectores chotos como yo. Si lograra ella activar esa fe en tipos descreídos como quien viste y calza, entonces sería indestructible. Mientras se siga guiando por una fórmula que le da (no hay dudas) resultados, podrá seguir acumulando premios y libros. Pero eso, al final del camino, es la misma nada.