El día 9 de agosto en la mañana recibimos la orden de recoger nuestras pertenencias para llevarnos a nuestras casas. Tan pronto llegué a Salcedo a través de mi amiga del alma, la única que me visitó en La Victoria, Altagracia Gil, hice contacto con el grupo del cual formaban parte Yolanda Bloise de Brito, René Sánchez Córdoba y Rubén Echevarría.Tomasina Cabral Mejía (Sina Cabral).
Por otra parte, Salvador Sturla contactó al Primer Secretario de la Embajada de México, para que me recibiera en calidad de asilada política.
Ya realizados los contactos, comuniqué a mis padres mi decisión, la noche anterior a realizar mi asilamiento, asegurándoles (que) no correría ningún peligro, pues serían dos los vehículos que participarían, y los compañeros estarían armados. Aunque no era cierto, la versión los tranquilizó. Estaba decidida, y prefería (que) me mataran en el jardín de la Embajada, como ya había sucedido a otros, antes que permanecer indefensa, sujeta a los caprichos de una fiera agonizante. Nunca olvidaré el sollozo de mi padre, en su abrazo de despedida, sin saber cuándo volveríamos a vernos, si era que el asilamiento resultaba exitoso.
A las 6.00 AM se iniciaba la vigilancia de mi casa, lo que hacía necesario salir de madrugada, así lo combiné con el chofer que viajaba a Santo Domingo, miembro no conocido del movimiento, quien de inmediato accedió a cambiar la hora de salida. Mi mamá viajó conmigo. Quedó donde unos parientes, y a Polo, que así se llamaba el chofer, para no comprometerlo, acordamos (que) dijera (que) me dejó en la iglesia del Carmen. En realidad me desomonté en la residencia de Yolanda Bloise, donde ya me esperaban los compañeros mencionados anteriormente. Me informaron (que) el asilamiento, por razones de seguridad, debería realizarse en la Embajada Argentina, donde ya otros compañeros lo habían hecho. Leí una página de la Biblia que Yolanda me señaló, y de inmediato me fui con ellos. Me señalaron la casa "en la Pedro Henríquez Ureña" (sic), y me dejaron a una cuadra de distancia, de la puerta de la verja, que era baja. Nos intranquilizó un cepillo en vía contraria, lo que provocó que yo entrara al jardín de la casa vecina equivocadamente, y que ellos casi chocaran el carro en que regresaban del supermercado la Embajadora y su hija. Al darme cuenta de mi equivocación, ya estaba dispuesta a saltar el seto vivo que separaba ambas residencias, pero al ver al cepillo seguir su camino, salí a la acera y toqué normalmente a la puerta de la embajada. Pregunté por el Embajador o por su esposa, no estaban y me pidieron que esperara, al momentito, muy sonriente y amable, pero algo nerviosa, porque unos locos habían estado a punto de chocarlas, hizo su aparición Doña Elsa Escobar Cello. Yo esperaba sentada en el vestíbulo fumando un cigarrillo, vicio al que me introdujo María Teresa en La Victoria, y que fue motivo de muchas bromas.
Al manifestarse el motivo de mi presencia, se comunicó de inmediato con su Cancillería, y rápidamente estuvo con nosotras el primer Secretario de la Embajada, el Señor Sierra.
Me procuraron un ejemplar del libro Complot Develado (escrito en la 40 por Fefé Valera Benítez) donde los anteriores asilados habían subrayado las fotos de las personas que a juicio de ellos corrían mayor peligro de muerte, entre ellas estaba yo.
A la sazón ya era inminente la celebración de la Quinta conferencia de Cancilleres en Costa Rica, donde se juzgaría la paternidad de Trujillo del frustrado atentado contra la vida del presidente constitucional de Venezuela Rómulo "Bethancourt" (sic). Ante la inminendia de las sanciones diplomáticas y económicas al régimen, el Embajador Don Enrique Escobar Cello, me llamó aparte y me explicó (que) si la ruptura de relaciones diplomáticas se producía antes de nuestra salida hacia su país (que) nosotros quedaríamos desprotegidos, ya que únicamente ellos y su personal conservarían la inmunidad. Me preguntó si contaba con alguien que me escondiera en el caso de que a ellos los conminaran a salir, y yo le contesté que no, haciéndole notar que había otras cosas peores que la muerte, a lo que él me aseguró que nunca me abandonaría. Mi agradecimiento a tan responsable diplomático y a toda su familia será eterno.
Los embajadores y su hija me acogieron como a un miembro más de su familia. Podía salir al patio a jugar con su perrita, después de retirado el servicio doméstico. Un día en que departíamos en la sala, voces alteradas de personas nos hicieron tirarnos al piso. Era el grupo de los Valera Benítez, Hugo Toyos y su esposa Queyita Santos en busca de protección diplomática. Luego llegó José Frank Tapia después de sufrir un vía crucis de irresponsabilidad, luego Evangelina Leroux.
Vehículos de la Embajada Argentina nos escoltaron hasta la Cancillería, en busca de nuestos pasaportes. Allí fuimos contemplados por los empleados como extraterrestres.
El día 26 de agosto, escoltados también por vehículos de la legación diplomática, nos dirigimos al aerpuerto de Punta Caicedo, yo bajo la vigilancia permanente del Señor Sierra, Primer Secretario de la Embajada, con instrucciones del Embajador de no tomar ni agua en el aeropuerto y no separarse bajo ningún concepto de mí hasta que no estuviera en el asiento en el avión. Viajamos por la línea aérea Varig, de la cual en ese momento era funcionario -Papy- Rodríguez Villeta, quien me imagino sufrió un mundo viéndonos escapar del tirano.
El testimonio completo, en este pdf.