Ayer comencé a leer Los verdaderos hombres de negro, de Fabio Zerpa. Un libro lisérgico, con la reiteración como principio motor para que lo inverosímil pierda potencia. Hasta donde voy, la mitad de la obra, no se encuentran pruebas contundentes, a menos que las afirmaciones de Zerpa lo sean. No obstante, la sugestión cobra vuelo en mi yo lector. Estoy ya técnicamente convencido de haber tenido uno o dos contactos con hombres de negro.
Hay, luego, porciones maravillosas. Una de ellas es la clasificación que Zerpa hace de las distintas teorizaciones en el mundo acerca del origen de los hombres de negro. Entre ellas hay una que habla de que esos tipos son un conjunto de paranoicos que se creen extraterrestres. Me parece un muy buen argumento.
Otra anécdota para destacar es la de un yanqui que, tras contactarse con una nave intergaláctica y tras ser advertido por un hombre de negro acerca del problema en el que se ha metido (por lo que es preferible que nada cuente a nadie), rumbea hacia su casa con la necesidad de participarle a su mujer lo que ha vivido. Pero su mujer lo desconoce. El hombre se llama Charles. Charles no sé cuánto. Pero la mujer llama a gritos a Charles porque un desconocido se ha metido en la casa. El hombre corre tras la mujer, se enfrenta a un espejo. No es él el de la figura del espejo, sino un desconocido. Charles pierde su identidad, su credibilidad, todo. Está encerrado en el cuerpo de otra persona. Y seguramente termine en un hospital psiquiátrico, convencido de ser quien es, así su apariencia lo desmienta.