Hubo un tiempo donde la industria editorial podía darse ciertos lujos. El Libro Muñeco era uno de ellos. Como reza la publicidad de arriba, se trataba de una "magnífica combinación de libro y juguete, que constituye una verdadera revolución en el arte del libro, por lo que agrega a la fábula moral de la narración, el aliciente de un entretenimiento que ha de provocar el entusiasmo en los más pequeños lectores, a quienes está dedicado".
Existen versiones chinas, es cierto, contemporáneas, que tienen algo de todo esto. Yo tengo uno de un bombero. Y asimismo hay otros printed in China que poseen distintas texturas y que utilizan el agujereado del cartón para darle cierto dinamismo a la historia. Pero son una especie en extinción, calculo, y eso no es lo importante, o lo trágico, sino que no se hayan pensado en libros-linterna, libros-cortaplumas, libros-porta paquetes de cigarrillos.
Asimismo también están prácticamente desaparecidos los libros folletinescos cuya impresión era cubierta por la publicidad de las retiraciones de tapa, las páginas impares y la contratapa. Qué bueno hubiese sido, por ejemplo, tener un libro de Onetti con la contratapa bancada por JB. O uno de Cheever financiado por una empresa fabricante de máquinas para cortar el pasto.
Las disfunciones en el sistema capitalista y editorial actual son notorias. Antes no había demasiada preocupación por las corporaciones en figurar en los folletines, así estos tuvieran escenas subidas de tono. Respondía, en casos elogiosos, a la desfiguración de una lógica publicitaria que alguna vez tuvo sus ideólogos, con peticionantes y ofertantes, y aunque ya estaban contaminados esos folletines por la lógica británica del aviso publicitario, por el mercantilismo más vil, no dejaba de ser elogioso que las corporaciones económicas actuaran de benefactores de casas editoriales y de lectores.
Armand Mattelart (La publicidad, 1990) cuenta el caso de Théophraste Renaudot, quien en 1630 fundó un bureau de recontre et d'adresse, "inspirándose directamente en el proyecto romántico de Montaigne", quien había ideado "hacer del anuncio (...) un medio de 'resolver el problema de los pobres', un medio de 'entreadvertirse' para 'enteentenderse' en la prolongación de las instituciones de caridad y de asistencia pública. En pocas palabras, un servicio público en el que convergían las ofertas de unos y las peticiones de los otros. En la primera agencia de Renaudot —concluye Mattelart con un ejemplo—, la propaganda política ocupaba tanto lugar como el reclamo económico".
Tal vez no quede del todo clara la propuesta. Pero imagínense un Manhattan Transfer patrocinado por algún partido de izquierda, el comunismo o lo que sea de su especie, o por cierta constructora de casas económicas y de fácil acceso para los que se sumen en la depresión económica. Combinaciones distintas a las de más arriba, las de los folletines, pero donde el interés del anunciante estaría directamente ligado al contenido o a su escandalosa neutralización, verbigracia, una publicidad de Coca-Cola o del Congreso Eucarístico de 1934 en Buenos Aires, en la contratapa de un libro de Marx.
