Este año escribí dos o tres libros y varios textos firmados por otros. Naturalmente, como los abogados y los médicos, o como los confesores, se dice el pecado pero no el pecador, así en alguna de esas obras por lo general aburridas, por lo general hechas escandalosamente con entusiasmo, figure en tipografía tamaño 6.5 —y por ahí perdido— mi nombre.
A continuación, un decálogo mediocre del pálido oficio de escribir afantasmado:
1. Para ser escritor fantasma o fantasma a medias es preciso contar con cierto histrionismo sin que este llegue a ser un severo trastorno de la personalidad.
2. También es necesario dejar de ser (por eso lo de fantasma, claro), para ser otro. Ello seguramente tenga sus derivaciones negativas, como cierta sensación de sentirse un mercenario. En esos casos se torna urgente tratar de ser lo menos mentiroso posible, y una de las formas de ser lo menos mentiroso posible es la saturación, el exceso de verdades falseadas y adjetivaciones tan exageradas como reiterativas. Joder, tu cliente quedará chocho, y vos, por tu parte, sabrás que en la hipérbole el lector torturado que se atreva a leerte podrá intuir que ahí detrás hay alguien que le está guiñando un ojo, que le está diciendo "si esta es la nonagésima vez que hablo de excelencia y responsabilidad social, por Dios, date cuenta de que se está insistiendo demasiado en el asunto, comenzá a sospechar".
3. Otra derivación negativa puede provenir de transfigurar a Lex Luthor en el Dalai Lama, en ese caso el antídoto es más difícil de resolver. Hacer de un demonio un santo ya conlleva un problema de difícil solución, más aún si se compara esta tarea con la de un médico rural que le está salvando la vida a una criatura.
4. Impugnando todo lo anterior, o más bien reforzando una idea que no me atrevo a decir francamente, la realidad del escritor fantasma, de su faena, es la de un relator que cuenta lo que le ordenan contar, y que lo hace para llevar carne, manteca y pan a su casa. Hay de aquellos que ganan fortunas, y hay de estos otros como yo que podemos todavía pagar la luz. Moralmente, no es el trabajo más honesto del mundo.
5. Pero volviendo al ejemplo de Lex Luthor, o incluso al anterior, subyace un poder benéfico sutil, que puede contrarrestar todos los males de estos quehaceres: al escribir un libro de otro, al hacer a ese otro más bueno, al decir que ese otro es la bondad pura, lo estás haciendo, también, esclavo de sus palabras. En ese sentido, y siempre imaginando al infeliz lector de estos volúmenes, este sentirá rápidamente escándalo si descubre que tras el santo está el demonio. Por su parte, si el demonio es medianamente vivo, comprenderá que deberá hacerse realmente un poco santo para no desentonar con la sarta de cosas que en su libro ha "escrito".
6. Igual no todo es tan fácil. Me ha pasado el tener que bajar cierto testimonio y poner en su lugar a otro para no deteriorar la imagen de una gigantesca corporación. Me ha pasado eso de ser el abogado del diablo y de decir "no pongan estos números, son una vergüenza". Ello no se ve en el volumen final. Aquí, la omisión es diabólica. Más todavía cuando la obra en cuestión debe sacar conclusiones medianamente objetivas sobre realidades concretas. Bendito sea en esos casos el anonimato, el carácter fantasmagórico de quien realmente escribe, así luego, al menos en mi caso, la culpa me impida dormir tranquilo unas cuantas noches, más precisamente hasta que llegue el consuelo de que tal libro casi nadie lo leerá.
7. Pensar en el dinero, en que no sos un asesino a sueldo, es imprescindible.
8. Creer en alguna deidad también lo es, pues se tornará urgente pedirle perdón a alguien elevado cuando la culpa invada.
9. Asumir que el periodismo ha muerto o que es peor el periodismo que la escritura fantasmal igualmente se torna perentorio.
10. Y por último, no estará de más cuestionarse el trabajo y darle rienda suelta a la culpa cuando todos los puntos anteriores se transformen en un rotundo fracaso.