10.12.11

Hoy parece que hubo una fiesta

A la que no estuve invitado. Deambulé por mil sitios del conurbano en busca de una farmacia que me cubriera la obra social. Cargadas mis retinas estaban de esas escenas entre dramáticas y felicísimas de la presidenta siendo otra vez presidenta, progresista y millonaria, también viuda; cargadas mis retinas e hinchada mi zurda por la mordida del perro, demasiado hinchada para los galenos.
Ellos me recetaron antibióticos, calmantes y un par de inyecciones. El par de inyecciones: cerca de cien dólares su precio, sin el descuento, que jamás conseguí, de la obra social. Resignado, pedí dinero prestado, pensé en mi falta de responsabilidad por andar con tan poco dinero en el banco, en el bolsillo, en los cajones, en la billetera, y lo pensé doblemente más al suponer que en lugar de mi mano esa mano enferma podía ser la de uno de mis hijos. Tanto es que trabajo, señora, a la presidenta dije, y tan poco es lo que gano, dije también, para mis adentros, porque ella no podía escuchar, porque ella seguía de fiesta.
Logré dar, en fin, con los medicamentos y las inyecciones listas para usar, pero me costó encontrar una experta en pinchazos.
En esta farmacia no damos aplicaciones.
En esta tampoco.
En esta menos.
Era una parodia de la Sagrada Familia en busca del pesebre donde parir a Di-s.
Terminé en un hospital, en las manos de un ángel de sexo femenino, de unos cuarenta y tantos, retacona, gauchita. Me dijo mi amor mientras me aplicaba la primera aguja,
mi amor ahora va a doler un poquito.
Me volvió a decir mi amor cuando fue el turno de mi temerosa nalga izquierda, aquella que habría de recibir la aguja más grandota, aquella del suero, de algo demasiado denso y voluminoso.
Esta te la meto despacito, mi amor, para que no te duela tanto. ¿Te duele, mi amor?
No, tus manos son mágicas,
le respondí, echado en la camilla, lógicamente boca abajo.
Ella me dijo que no le gustaban las agujas que traían esas aplicaciones, ella criticó lo torcida que había venido la segunda.
¿Y cómo sigue?,
me dijo.
Tenés unas manos únicas,
le respondí.
Y quise darle mis últimos quince pesos, pero ella se negó,
nononó,
me dijo,
no lo hago por eso,
me dijo,
de manera que debí conformarme con abrazarla, con desearle una feliz navidad, con sentirle su cuerpo.
Cuando de regreso estuve en casa, mientras tomaba un café con leche para clavarme el primer antibiótico, pensé largamente en ella, mi enfermera. Lamentablemente luego alguien encendió la televisión, y allí seguía la presidenta, con su melodrama personal, creyéndose heroína, reina de Java, conquistadora del espacio. Cantaba el himno nacional, con Charly García al piano.
Comprendí entonces que la vida seguía siendo fundamentalmente triste.
Tristísima.