Contentos parecen Sebastián y Beethoven. Felicitas no tanto. Perdió a la madre hace muy poco, debió viajar al Paraguay y recién se enfrenta con su nuevo lugar en el mundo. Mientras su compañero firma papeles en el trailer del IVC, ella presenta a su "hijo", el mentado Beethoven, un can amarronado, tirando al té con leche, con algún antepasado ovejero y que tiene como señas particulares unos lunares de pelos que le crecen bajo los ojos.
"Hoy me tuve que pedir el día —dice Felicitas—, yo cuido a una viejita, de 8 a 6 de la tarde, en Villa Urquiza."
Sebastián se acerca al trote. Es más bajo que Felicitas y tiene la voz más aflautada. Uno no entiende qué hace una chica como Felicitas con él. Paraguayo como ella, le entrega una llave.
"Tomá", dice, y continúa la marcha.
Felicitas tira de la correa de Beethoven.
"Tiene ocho meses", dice.
Al llegar a su nuevo departamento nota que faltan bombitas.
"¿Trajiste de casa?", pregunta Sebastián.
"¿Qué casa?"
"Donde estábamos."
"No, me las dejé."
En el baño no hay lavatorio.En el pasillo del edificio faltan matafuegos.
Tampoco existe conexión de gas.
Y los rastros del humo del incendio que ocasionaron los usurpadores hacia marzo, abril, todavía están en las paredes.
"Pero se puede limpiar", dice Felicitas tras pasar el dedo por la pared, mostrando la negrura reciente de ese dedo.
Sebastián dice:
"¿Y, te gusta lo que te conseguí?", y le guiña un ojo.
"Sí", dice Felicitas, sin exclamaciones, de ningún modo con exclamaciones así yo haya escrito eso en otra parte, así yo haya omitido y ahora deba verme en el Juicio Final con el Señor porque la omisión es aún peor que la mentira; porque la omisión supone una buena dosis de cobardía. Y viendo que todavía no le pusieron cerradura a la puerta, mira la llave que empuña. Y mira el piso.
"Ya se la vamos a colocar, señora", un obrero vocifera desde el hall de ingreso al edificio.
Beethoven olisquea los rincones sucios del lugar, Sebastián va de un lado al otro.
"Es grande, sí, muy grande", dice.