24.11.11

Lorenzo, Ursulina



Lorenzo nació en El Dorado, Misiones, pero se crió en el Paraguay, de donde procede su esposa, Ursulina. Ellos, junto a sus cuatro hijos, llegaron a Villa Soldati a fines de octubre, tras 20 años en El Pueblito. "Allá nuestra casa tenía alguna rajadura pero por la humedad, yo soy albañil y mi sueño era construirle una segunda planta", dice el hombre.

El departamento donde ahora viven tiene cuatro ambientes. En una habitación instalaron un almacén. "Yo me traje mi cocina viejita —dice Ursulina—, así que ahora tengo dos cocinas. Pero como todavía no llegó el gas, dicen que tiene que llegar en estos días, me arreglo con mi garrafa".

—Usted que es albañil, ¿qué opinión le merece esta vivienda?

—Está muy bien. Hay gente que dice que está feo, pero nosotros estamos contentos. Allá teníamos humedad y olor. Mi mujer fue al Pena y ahí le salió diabetes, además, no sabía nada, y a mí alta presión, por eso me sofoco. Acá es fresco. Tiene telgopor como aislante y hormigón. Está bueno —dice Lorenzo.

—Y las paredes tiene un revestimiento, como un plástico —agrega Ursulina.

—¿Vieron las viviendas antes de mudarse?

—Sí —dice Lorenzo.

—¿Y no tuvieron miedo de mudarse, dejar El Pueblito y venirse acá?

—Nosotros no tuvimos miedo, pero había gente que no quería venirse porque decía que esto no estaba terminado —responde Ursulina.

—Y nos gustó.

—¿En El Pueblito pagaban la luz, el agua?

—Todo. Acá tengo la última factura. Ahí donde estábamos se pagaba, ya más adentro no —explica Lorenzo.

—¿Trabajan?

—Tenemos el kiosco —dice Ursulina—. Pero nos ayuda una hija a la que le falta un año para recibirse de abogada.

También cuentan que esa hija, de 25 años, y otro hijo, de 22, por ser mayores de edad, fueron mudados al departamento del primer piso del mismo edificio, mientras que la de 20, que es discapacitada, y el de 9, viven con ellos, y son llevados por micros escolares hasta Pompeya durante este año. Para el que viene, deberán matricularlos en una escuela de la zona.

—El de 22 no es hijo mío, sino de ella, es un hijastro.

—Pero es buenísimo.

—¿Y la discapacitada, ¿qué tiene?

—Nació con la paladar abierta —dice Ursulina confundiendo géneros—. Prematura. La operaron a los cinco años. Va a una escuela especial.

—¿De cuánto es la cuota que tendrán que pagar por el departamento?

—De $550 —dice Lorenzo—, todos los meses.

Por la ventana se asoma un hombre, extiende $20 y pide un sánguche de milanesa en pan francés. "Francés no tengo, tengo argentino", bromea Lorenzo.

Antes de despedirse señala el pequeño altar doméstico (está la Virgen, está Cristo, están varios santos) y confiesa un nuevo sueño: tener una capilla dentro del barrio.