16.10.11

Elefantes aquí no hay

ABC, 2009
Después de los pequeños egos pasajeros y pajeros. Después de creer por un rato en las tapas duras como justificación. Después de todo eso nada queda y el Cielo sigue igual de lejos. Y seguramente está bien que así suceda.
Ayer fui a una librería. ¡Qué caros que están los libros, Dios mío! Había novedades de todo tipo. Pero especialmente novedades de personas que se han hecho medianamente famosas a través de la televisión. En un rincón, apartado, estaba el pobre Cheever, por ejemplo, resistiendo al olvido y el desdén de quienes preferían (con justicia, nadie está obligado a conocer a Cheever) a GM, periodista de noticiero que descubrí que escribió un libro de su embarazo, o a MB, otra periodista que está revolucionando el mercado editorial con su experiencia acerca de cómo hacer chicos artificialmente. Andaba tambien Onetti bien abajo, en otro rincón. Y encima otras celebridades vernáculas más.
Nadie resiste al olvido. Nadie. Los fantasmas existen y no hay mínima gloria que pueda prolongarse. Uno, que creía en la cultura nacional y popular. Uno, que apostaba a la escritura como el zapatero a sus zapatos, debe caer una vez más en la cuenta necesaria y perentoria de que ello es impracticable. Se sucederán generaciones y asimismo palabras y más palabras se irán quedando en la nada. Porque si hay algo que existe en la escritura es eso, la nada misma. El silencio.
Son buenos estos tiempos. Son los tiempos del ocaso de la fama y del fin del culto a la personalidad; poco a poco todo se atomiza de manera exagerada y los referentes se reducen a lo tribal. Y nada mejor que la emancipación absoluta de esa manía de la fama para poder seguir escribiendo, o haciendo zapatos, o lo que sea. El star system se va al carajo en todos los órdenes. Justin Bieber toca en River ahora mismo, pero están muriendo, él y su fama, ahora mismo. Y qué mejor que hacer sin otro sentido que el mismo hacer, como quien defeca o crece, se reproduce y muere.
Alabado sea el Señor, por siempre sea alabado.