Mi pequeña, tímida empatía con los perros me vino de adolescente. Un ruso en Villa Gesell, que se había casado con una alemana. Ese fue el disparador.
El ruso vivía hacia el sur de la Villa. Había llegado con la alemana tras escapar de Alemania. La alemana no era judía. Pero había sido el salvoconducto del ruso. A él lo habían enviado preso los nazis, Stalin, las dos cosas juntas. Contaba que había simulado estar muerto en una fosa común. Contaba, y era tan borrosa su manera de hablar como mi memoria, de un tren partiendo de algún lugar de Rusia, y de Isolda, más tarde, dándole un uniforme de soldado alemán.
Vaya Dios a saber cómo escapó del campo de concentración. Vaya a saber si todo lo que el ruso me dijo fue cierto. Sí recuerdo que no parecía mentir, que no tenía necesidad. En la Villa sabía de plomería. Era uno más del montón de inmigrantes y de ser cierta su historia no debió haber sido del todo cómoda su vida en este país. Aunque tal vez prejuzgo desde la ignorancia.
(Una alemana, otra alemana, hace poco tiempo me dijo que los que se venían de Europa durante o después de la guerra cortaban los vínculos con el pasado. Que todos, en ese presente argentino, de alguna manera se igualaban. Esa otra alemana llegó de chica a la Argentina después de sufrir las metrallas aliadas en el extremo occidental de Alemania. Vino con su madre. Su madre, madre soltera. Maternidad hecha entre el espanto y la angustia de la guerra. El padre de la alemana que me contó lo que ahora cuento era un soldado alemán. Jamás quiso reconocer su paternidad. Y decía. La alemana me contó eso del corte de vínculos y de la igualación en la Argentina de los inmigrantes mientras me mostraba unas fotos. Su madre, con los ahorros de una cervecería que había instalado en Almagro, había sido convencida de invertir en la construcción de una propiedad en la Villa. Quien la convenció fue un marino del Graf Spee, quien, a su vez, trabajaba en el campo de otra alemana.
Se estableció en el país, me contó la alemana de este cuento, y nunca más se habló de Alemania con él.
Vuelvo, ahora sí, al ruso.)
El ruso escapó con Isolda. El ruso se llamaba Pedro. Pedro e Isolda ya están muertos. El ruso, después de relatarme su escape de Alemania, después de hablarme del tren, otro tren, que lo llevó a Suiza o por ahí cerca, después también de referirme otros trenes más que lo acercaron a algún puerto para zarpar hacia el Río de la Plata, el ruso, después de todo aquello, sacó un libro. Fiel guardián, la traducción al español. Un libro de un tal Georgi Vladimov, de quien veo que Wikipedia ya se ha ocupado:
"Georgi Nikolaevich Vladimov (...) real familiy name Volosevich (...) (February 19, 1931 Kharkiv, Ukraine - October 19, 2003 Frankfurt, Germany) was a Russian dissident writer".
Y más abajo:
"Vladimov's most famous novel was Faithful Ruslan (...) the tale of Ruslan, a guard dog in a Soviet Gulag labor camp, told by the dog".
En la edición de Emecé que tengo, que encontré después de mucho buscar y tras muchas mudanzas, veo que Pedro subrayó en la página 13:
"A fines de la Segunda Guerra Mundial, los campos recibieron otra gran oleada de víctimas: todos los soldados y civiles soviéticos que habían sido deportados para trabajar en Alemania durante la contienda, y cualquiera que hubiese tenido contacto con extranjeros; más tarde: intelectuales, judíos, viejos bolcheviques, creyentes religiosos. Tan inhumano era el sistema de terror de Stalin (...)".
Y sigue la frase, pero ahí termina el subrayado.
El texto corresponde a la nota que la editorial realizó para esa edición en español y no es difícil imaginar que uno de esos rusos fue Pedro.