10.9.11

El hombre tiene un escobillón donde apoya su flanco izquierdo. Está parado entre mi lancha coreana y el horrible edificio junto a las vías del Sarmiento. Encargado, así habrá de hacerse llamar. Encargado. Yo vengo de gastar lo que no tengo en un candado para la rueda de auxilio y en un fierro para trabar el volante. El hombre se cree el poronga del barrio, el tantas veces mentado patrón de la vereda. Me mira y yo le digo "me bautizaron". (Forro, pienso, no entendés, yo tampoco entendería, pero forro igual, sos, y que el Señ-r sepa perdonarme.) "Forzaron la cerradura del auto, me bautizaron." Supongo que sabe que soy nuevo en el barrio. Supongo que me tiene rabia nomás por yo ser nuevo, como si ese fuera motivo válido. "Por eso es mejor dejar el auto en un garaje", me dice. "Pero está salado dejarlo en un garaje", le contesto (forro en serio sos). "Y si no, mudarse a una casa o un edificio con garaje", me dice. Y ahí me callo. Qué le voy a decir al hombre del escobillón, al encargado, de precios que aumentan increíblemente si te vas a un lugar con garaje, de precios que no podría pagar. Ahí me callo pero por poco tiempo. "Además, esto es como si entraran a su edificio", le digo, "chorros", le digo. "Después seguro los consorcistas piden un sereno, un tipo de seguridad. Porque ahí está el negocio, en que haya chorros, para que haya empresas de seguridad." El hombre se me queda mirando y yo pienso mirá si hoy a la noche te entran en el edificio, o ahora en un rato, a la tarde, cómo te van a putear por ser sencillamente el encargado. Cómo, putilín, cómo.