Dejlig er jorden, praegtig er Guds himmel,cantará el pastor.
Dejlig er jorden, praegtig er Guds himmel, skon er sjaelenes pilgrimsgang!
Aquí, a mi lado,
tengo la hoja impresa con la canción, una canción que habla de la amistad, que
tiene letras que no puedo reproducir con esta máquina.
Gennem de favre riger pa jorden.Un pequeño círculo sobre la a de pa. Y otro más en la a siguiente, la de gar:
Gar vi til Paradis med sang.
Ella, como todos los domingos, se levantó temprano, también dirá el
pastor. Y como buena danesa y mejor luterana no lo hizo para ir a la misa, sino
para trabajar la tierra, hacer negocios. Tendrá,
para cuando todo eso diga, la sotana negra que tal vez reciba otro nombre según
su fe, y el cuello que, he leído, en castizo se llama “escarolado” o “de
lechuguilla”; en el caso del pastor, demasiado artificial y blanco y tal vez
también nombrado de otro modo por los seguidores del gran reformista germano,
pero, para el caso, fácil de asociar con los cuadros de los siglos XVI o XVII,
e incluso con cierto retrato de Cervantes, con la diferencia de la rigidez de
la forma de aquél del velorio, de esa apariencia de ser, antes que atuendo,
base donde colocar una torta de casamiento.
Elegante el pastor
estará.
Tradicional como un gaucho danés.
También moderno: lo he visto en los diarios, mucho antes de la muerte de la mujer luterana, en una foto, celebrando el bautismo del hijo artificioso de un par de lesbianas.
Tradicional como un gaucho danés.
También moderno: lo he visto en los diarios, mucho antes de la muerte de la mujer luterana, en una foto, celebrando el bautismo del hijo artificioso de un par de lesbianas.
Di skjonne ungdomsdaw, aaja, de daw saa Svaer aa find!,
también cantará tras las oraciones, con alguna variante
en las vocales, y asimismo tras el saludo al espíritu de la muerta y el énfasis
en la resurrección de los muertos. Y:
Vi’el lowt wor kop saa glaadle op for dem daw saa laeng, laeng sind!
Porque ella
hubiera querido que así la despidiéramos, cantando estas cosas, dirá.
(Internet me provee las vocales y la aparentemente correcta
escritura de algunos versos que el pastor cantará:
Di skjønne ungdomsdaw, å ja, de daw så svær å find! Vi’el løwt wor kop så glådle op for dem daw så læng, læng sind!Y:
Vi’ el Løwt wor kop saa glaadle op for dem daw saa Læng Læng sind!Podría traducirlos. Recurrir a un traductor online. Pero no es esto lo importante. Y estoy triste. Motivos demasiado personales.)
Svend es el hijo de la muerta.
Christoffer es el
pastor que cantará.
Mette se llama la
muerta.
Svend. Christoffer. Mette.
Dice, habla Svend: Ella quedó viuda de
muy joven, no me acuerdo de papá. Dice: Era una mujer fuerte, siempre mueren las
mujeres fuertes. Dice: Ahora se me vienen recuerdos y eso me pone mal. Ella no estaba
delicada de salud, eso creíamos. Estábamos equivocados. El médico escuchó el
llamado del isleño, llegó a la media hora. En su gomón. Le gusta trabajar en
las islas, es un buen médico, era... El doctor Arigó. Dijo
No sufrió. El cuerpo tiene sus propios anestésicos, dijo.
Pero no hay certezas ni ciencia en lo que Arigó dijo. Puedo fiarme
más en el isleño. Él dijo que hubo una última arcada y que enseguida los ojos dejaron
de mirarlo; que seguían abiertos y que ella todavía respiraba, pero que los
ojos se fijaban en un punto más allá de la mirada del isleño, de su cabeza.
Algo así —Svend dice que el isleño dijo— como los ojos de un pez que duerme. Y
a él sí le creo; por él puedo pensar que, ahí, ella dejó de sufrir.
Arigó: El corazón de su madre estaba ya muy enfermo.
Svend: Pero ella jamás se
quejó del corazón.
Arigó: Recordemos esas
molestias gástricas. Ahora me doy cuenta, ¿entiende?
Svend: ¿Qué?
Arigó: Infartos.
Svend: ¿Ahora se da usted
cuenta?
Arigó: Sin estudios es
difícil adivinar.
Pienso en su corazón; pienso en un pedazo
de carne que se pudre y llena de moscas. Me apena mucho pensar así, y aquí,
aquí, en esta parte, puedo aferrarme a las palabras de Arigó, no tengo por qué
dudar, aquí, en este aspecto, de su experiencia. Arigó fue el que estuvo
sentado en ese rincón, el que ya no está. Un hombre de bigotes que prefiere las
islas, que por deporte atiende isleños. Tiene una casa por ahí. Dinero tiene,
como para poderse dedicar a la Medicina sin pensar qué va a comer. A esas
alturas del río todos lo conocen... Pero no le perdono el detalle, Zamudio. Porque
ella era terca, está bien. Pero él es, era médico, ¿no?
Cuenta, dice Svend. De espaldas al féretro, unos cinco
metros distante de lo que aquel féretro contiene. Con ganas de hablar. Porque
ahí está ella, y yo estuve dentro de ella alguna vez, dice. Porque la última vez que
la vi le dije cosas desagradables. Porque no hay cielo ni perdón para mí.
Ahí, Svend: quitándome dos cabezas, tres o cuatro cuerpos
de ancho. ¿Tranquilo? Así parece. Tranquilo y angustiado. Hay en sus labios
algo de esa angustia, un temblor intermitente.
***
El domingo, cuando el isleño lo llamó, cuando le dijo La
señora está mal. El domingo, cuando Svend respondió Llame al doctor Arigó, que
yo veo cómo llegar. El domingo, a esas horas de la mañana, cuando ya quemaba el sol
para ser otoño y los ríos comenzaban a llenarse de lanchas colectivo, de
alquiler, de paseo. Ese domingo Svend llamó a dos o tres compañías de lanchas.
Pero ya no había qué alquilar, dice. Y yo agrego: Era la última revolución
turística de la temporada; luego, todo sería frío y lluvia intermitente.
Tristeza. Alguna vez Svend tuvo embarcación. Tiempos mejores. Alguna vez se vio
obligado a venderla y a dedicarse a otros asuntos: dejar la isla, a su madre;
transformarse en eso que jamás había deseado ser, un hombre, y un hombre
dedicado a faenas distintas a las del agua, la madera, la tierra.
Svend: ¡Pero usted es el médico!
Arigó: Tranquilo.
Svend: ¿Cómo quiere que me
tranquilice?
Di skjønne ungdomsdaw, å ja, de daw så svær å find! Vi’el løwt wor kop så glådle op for dem daw så læng, læng sind!
Logré dar con un conocido, dice. Un conocido que me debía algún
favor: Robledo; tiene una de esas barcazas con la cabina nomás. Una de esas
barcazas donde, salvo la cabina, todo es intemperie. Con la barcaza de Robledo
se podía llegar más rápido que en las lanchas colectivo. Yo igual podría haber
insistido. Podría haber llamado a más empresas, probar un poco más. Pero mi madre
estaba por morirse.
O muerta.
O muerta, ya, sí.
De manera que Robledo lo llevó.
Robledo me llevó.
Y cuando a las dos
horas y pico Svend saltó aparatosamente al muelle, el isleño, en cuero, sudado,
lo atajó a la vez que pateaba pavos. Más atrás esperaba el doctor Arigó con las
manos en los bolsillos y un chicle de nicotina en la boca, al pie de la
escalera y de la casa, los bigotes caídos. Pasaban por el arroyo canoas,
lanchas, motos de agua. Especialmente por el río pasaban. Y el verano, ese
domingo, había definitivamente vuelto para morir enseguida. Como esa canción
brasilera que habla de la tristeza; que, en realidad, reprocha a la felicidad.
Svend podía imaginar los preparativos en
las otras casas y en las otras islas. Cajones de cerveza, cajas de vino, el
olor dulce de la carne de cerdo y el todavía más dulce de las chicas en bikini.
Podía imaginar todo aquello y saber que habría isleños borrachos hacia las
cuatro o las cinco de la tarde, embrutecidos por esas formas femeninas tan
superiores a las que Leiva podía ofrecerles en su almacén flotante, formas que
venían de la ciudad, blanquísimas, para pasar ese día; tal vez, con suerte, el
lunes.
***
Hace relativamente poco me dio una señal, un indicio, de
que iría a morirse. En estos momentos me doy cuenta. El pastor dice que vio a
mucha gente morir, que mucha de esa mucha gente suele saber tiempo antes que se
va a morir y que por eso da mensajes bastante explícitos acerca de ello. No
quiere esa gente, dice el pastor, no quiere esa gente decir directamente, dice,
no quiere esa gente decir directamente que está convencida de la hora y el
lugar de su fin, pero se las arregla para darlo a entender. Y ella, hace
relativamente poco, me dio una señal, una clara señal, sí. La acompañé al
oculista, ya no podía leer. Cataratas. El oculista dijo que sería bueno
operarla primero de un ojo, luego del otro. Ella escuchó, nada dijo, pero
cuando salimos fue terminante. ¿Para qué me voy a operar si con estos ojos
todavía puedo distinguir una cara de la otra? ¿Para qué gastar, hijo, entonces,
en una operación, o en dos, si, además, no sabemos quién va a llegar primero,
si la ceguera o la muerte? Esa vez del oculista, antes de subirse a la lancha
colectivo, mi madre también me dijo que, desde que yo era chico, solía
imaginarme primero de joven, luego de adulto, finalmente de anciano. Pero no
voy a poder verte de viejo, me dijo. No voy a poder verte de viejo, aunque sé
que no vas a perder el pelo. La confianza en el Señ-r, suele decir el pastor,
hace que seamos un poco fríos con estas cosas... Como sea, después de esa vez
hubo la última. Discutimos por el muelle, la isla. Mamá, me arruinaste la vida,
le dije. Ahora no puedo pedir perdón, no tengo a quién.
A Di-s sí.
¿Quién es Di-s?
Dice, me dice, se
quita los anteojos, se pasa el pañuelo por la cara. La mano lampiña, obesa, muy
blanca.
***
Mientras iba en busca del cuerpo de su madre, entre islas
verdes y chicas en bikini, sobre ríos atestados de embarcaciones y gente feliz,
fuera esa gente dentro de un yate o de un botecito; mientras miraba cómo los
arroyos se llenaban de la estela que dejaba la barcaza; mientras escuchaba el
ruido del motor, los carajos de Robledo porque ya empezaban los problemas
eléctricos y el chillido de las cotorras; mientras todo eso a Svend le pasaba
por delante y por detrás y hacia uno y otro costado, ese todo dejaba de ser el
paisaje conocido para ser otro, el paisaje de una pesadilla, me dice, porque, me
daba cuenta, ya de nadie era yo.
***
El pastor repartirá las hojas fotocopiadas con el par de
canciones en danés. El pastor luego comenzará a entonar las primeras estrofas
de una canción que, aclarará antes, habla de la amistad. La amistad que, aquí,
todos tuvimos, de una u otra manera, siendo conocidos, hijos, hermanos,
negociantes, con la señora Mette, quien, desde el Cielo que Jes-cristo a todos
nos ha prometido, estoy seguro que ahora nos mira. Porque fue una buena mujer.
Porque en el amor y la tristeza de todos ustedes cualquiera puede descubrir que
fue una buena mujer. Y si nosotros, pecadores y mortales, hemos sido capaces de
amar y de perdonar a Mette, cuánto más Nuestro Señ-r, ¡cuánto más en su
Infinita Misericordia!
(¿Quién es Di-s?)
***
El isleño había entrado a la casa, aguardaba en la
oscuridad de la pieza a los otros. Sentado en una silla de mimbre, no miraba a
la muerta, sino las alpargatas con barro en las puntas y los tobillos. Svend
dice, cuenta, que lo vio llorar al isleño, antes o después de subir la escalera
y encontrarse con el cuerpo de su madre. Haya sucedido o no, lo cierto es que
todos lo veremos llorar al isleño cuando el pastor Christoffer cante el credo
apostólico junto al féretro, esa oración donde no hay Santa Iglesia Católica,
sino Santa Iglesia Cristiana.
Yo, en cambio, no lloré, dice Svend. Que no lloró cuando entró a la pieza
y vio a su madre tendida en la cama, con el camisón gris y la boca y los ojos
todavía abiertos. Más bien me asusté, dice. Más bien miedo tuve de su muerte.
Le besó la frente. Arigó esperó pasos atrás, junto al isleño. Robledo quedó fuera, a la espera, espantando a esos pavos guardianes de la isla. Y Svend volvió a besar la frente de su madre e intentó sin éxito cerrarle los ojos.
Le besó la frente. Arigó esperó pasos atrás, junto al isleño. Robledo quedó fuera, a la espera, espantando a esos pavos guardianes de la isla. Y Svend volvió a besar la frente de su madre e intentó sin éxito cerrarle los ojos.
El pastor, más tarde, estrechará la mano del doctor Arigó, la
de Svend, incluso la mía.
En realidad ya no sé bien cómo fueron las cosas. No sé si
todo lo que digo es mayoritariamente un invento. Estoy boleado, eso pasa. Desde
que la vi muerta ya no puedo hilar bien. Sé que la tuve que sacar de la isla,
que nadie nada nos dijo. Sé que los milicos no se metieron, que llevamos a mi
madre en la barcaza de Robledo. Que la barcaza se quedó sin luz. Que se hizo de
noche. Que navegamos con el cuerpo de mi madre en la cubierta, atado a un
catre, por las manos y los pies. Que me ayudó Arigó, que me ayudó Robledo, que
vi la lancha de Leiva en un recodo, no sé bien cuál. Que Leiva nos miró, que se
persignó. Pero qué me importa. ¿Qué puede entonces
importarme ahora todo? No sé quién dijo una vez que nacemos
para ser huérfanos. No para morir. Morir es lo de menos.
***
Di skjønne ungdomsdaw, å ja, de daw så svær å find! Vi’el løwt wor kop så glådle op for dem daw så læng, læng sind!,
cantará el pastor. Y
Vi’ el Løwt wor kop saa glaadle op for dem daw saa Læng Læng sind!
Y hablará de la resurrección de los muertos y antes de los cantos Svend me
mirará para ver si leyendo yo la hoja impresa en danés me las arreglo.
Más
allá, Mette: dentro del cajón; el cajón: cerrado. Y otra vez Svend, su hoja
impresa, entre sus gruesas manos, con esa lengua protestante y enrevesada.
Vi’ el Løwt wor kop saa glaadle op for dem daw saa Læng Læng sind!Esa lengua que se le trabará cuando menos lo crea, que lo comenzará a tumbar hasta dejarlo en ridículo junto a los restos de su madre. Llorando. La camisa abierta. La panza gigantesca al aire.