5. EL SAMURAI, LA MUJER, SU VIOLADOR
Nadia. El muerto
No había calefacción, no cerraba bien la ventanilla izquierda, el carburador se ahogaba, los limpiaparabrisas ni limpiaban ni se movían. Impedida de ver más allá de dos metros, a cuarenta, Nadia subió el puente Pueyrredón.
El Riachuelo era un manto negro que reverberaba luces de vez en vez. Apenas servía para decir esto es Capital Federal, esto es provincia de Buenos Aires.
La cabeza de sensei, mal cortada, llena de coágulos aquí y allá, verde, hinchada, iba encerrada dentro del mismo bolso negro que sensei entero había utilizado hasta el harakiri para guardar calzones, medias y remeras de repuesto que vestía luego de las clases en el gimnasio, el dojo.
La detuvo el semáforo, sobre el principio de la Avenida 9 de Julio. Un hombre y una mujer, jóvenes los dos, escupieron fuego, enfrentados al fitito.
Borrosa se veía la imagen de la pareja lanzafuegos a través del parabrisas: ella parecía llevar una pollera corta, por encima de las rodillas, acampanada, oscura como la campera abierta y las medias; él tenía el cabello recogido por detrás. Se metían en la boca primero el pico de una botella de cerveza, luego un palo negro; enseguida escupían fuego. Nadia había dejado su billetera, sus documentos, su dinero. No tenía con qué retribuir el escaso espectáculo lanzafuego.
Pensó, y fueron segundos, en una película en blanco y negro que junto al sensei había alquilado una noche, cuando el sensei todavía era simple festejante, mas no el concubino de poco más tarde. Había sido filmada en la década del cincuenta y el sensei algo había dicho acerca del argumento conduciendo el fitito, ese mismo fitito. Era la adaptación de un cuento de cierto escritor japonés irrecordable para Nadia, también desconocido, que se había suicidado, ¿con pastillas?, entre la primera y la segunda guerra mundial. También llovía en el inicio de la película, también había un noble, samurai o cosa parecida; también una mujer. Y un tercero en discordia. Y un muerto, que era uno de los tres. La mujer iba a caballo; el samurai, de a pie, guiaba al caballo. El tercero los veía pasar oculto entre los bambúes y los árboles de lo que sería un bosque cercano a Kyoto. Esperaba un descuido el tercero. Lo encontraba. Y ahí las versiones se bifurcaban y Nadia, la memoria de Nadia, quedaba vencida. Pero sí le era posible recordar que el tercero en discordia, aprovechando la ausencia intempestiva del otro hombre —que habría ido a orinar o a cazar un pato o Di-s fuese a saber a qué—, tomaba a la mujer movido por la exaltación de su sexo, la vejaba; a lo que el otro, el que podía ser samurai, de regreso —con la vejiga vacía o con el pato colgandolé de la mano—, descubría el crimen y entonces era planteado el tema del honor, de los tres honores, pues al fin y al cabo el violador no se juzgaba violador sino hombre necesitado de mujer, a quien los dioses, después de numerosos ruegos, habían obsequiado en ese bosque el motivo de las oraciones.
Había después un combate entre los hombres para ver quién se quedaba con la mujer. Y antes un par de súplicas: la mujer le pedía al samurai que la matara por ya no ser pía; el samurai rogaba lo mismo al tercero, razonando que su mujer, así se hubiese resistido, lo acababa de deshonrar. Ganaba el malo, que corría con la ventaja de no desearse la muerte para salvarse, que sabía que existía otro camino: matar al enemigo, convertir a la mujer ajada por su calentura en señora respetuosa.
La pareja lanzafuegos terminó el acto antes que el semáforo pasara al amarillo. Pero Nadia no les dio tiempo de acercarse a la ventanilla rota, a medio cerrar. Tocó bocina; aceleró.
La cabeza del sensei largaba olor a mierda.
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