4. TAMBIÉN ESA NOCHE
Serial
“Fue él”
“Sí, fue él, tal vez fue él. El llamado ‘Deformador de cráneos del oeste’.” Así se expresó, bajo una fuerte tormenta desatada sobre las escaleras de los tribunales, el Dr. Rodrigo Ramírez Gómez, abogado de Olga Beatriz Gadé, hermana de Nora Leonor Gadé, la sexagenaria que fue hallada muerta por aquélla tres días atrás, en el departamento que ésta ocupaba en el barrio porteño de Villa Luro. “La víctima —agregó el abogado— estaba en camisón, por irse a dormir, y presentaba fuertes golpes en el cráneo.”
Anna Grunauer
La señora Anna Grunauer, viuda de Patiño, se soltó el cabello y caminó desgreñada, canosa, hasta el baño, sobre los patines que improvisaba con un par de franelas amarillas y sucias. Orinó copiosamente sentada sobre la tabla del inodoro, de manera inútil y esforzada buscó mover el vientre, y luego fue a su cuarto también arrastrando los pies, los pies sobre los patines, donde se encerró echandolé llave a la puerta.
Metida bajo las sábanas blancas, a oscuras, le molestó que el camisón rosa se le subiera hasta el ombligo arrugado, pero así lo dejó, demasiado cansada y pensando que mejor sería de ese modo y aún más arriba, ni tan siquiera cubriendolé la espalda.
Con los ojos ya cerrados extendió el brazo izquierdo fuera de la cama, lo arqueó e introdujo la mano bajo el colchón, y con lentitud —le dolía el hombro y no quería hacer ruido— jaló primero de la toalla celeste, luego del plástico, y acomodó enseguida plástico y toalla, en ese orden, bajo la bombacha y los riñones.
Más tarde, con las manos en cruz sobre su pecho, se dedicó a dormir y durmió, no supo luego cuánto tiempo, pero durmió, bendecida por la visión nórdica, germana, también patria, de montañas de tierra multicolor y de lagos y cielos azules, poblados de tiroleses rubios y gordos bebiendo frías y traslúcidas lagers.
Era todavía de noche cuando Anna Grunauer, viuda de Patiño, quitó de su trasero la toalla embebida de orín, también el plástico. Era todavía de noche cuando los arrojó por detrás de la cabecera de la cama. Sin perder tiempo, sin del todo abrir los ojos, de debajo del colchón sustrajo la esponja amarilla y verde, una bombacha limpia.
Vilmo Patiño, Martin Grunauer
Debieron bajar del taxi una cuadra antes de la fea casa, un patrullero cortaba el tránsito. Martin Grunauer buscó a Novoa El Fotógrafo por el paisaje triste y nocturno, no lo encontró. Dijo al agente pecoso que se hallaba dentro del patrullero:
—Soy Martin Grunauer, el profesor Martin Grunauer. Y éste es el señor Vilmo Patiño, pues. Fuimos llamados por una vecina.
A lo que el policía pecoso habló por su radio, nombró a Martin Grunauer y Vilmo Patiño, les pidió documentos.
Leyó “Martín Patiño” el policía pecoso. Leyó “Vilmo Patiño”. Miró las fotografías. Miró a los dos hombres vestidos con ropas deportivas. Pensó en proletarios de franco y en empresarios de mentones cuadrados.
—Pero aquí, aquí dice que usted es Martín Patiño —dijo a Martin Grunauer.
—Sucede que somos hermanos —respondió Martin Grunauer—, y Grunauer es mi apellido digamos que artístico —agregó y se quitó la campera de jean para mostrar el “Martin Grunauer” que lucía la remera en su espalda.
—Es verdad, señor policía —terció Vilmo Patiño, que hasta ese momento había querido refugiarse junto a sus manos dentro de los bolsillos de su ropa deportiva.
—¿Y usted por qué lo acompaña? —preguntó el policía a Vilmo Patiño.
—Porque soy Vilmo Patiño, pero —dijo Vilmo Patiño, pero sin sacarse su campera, más bien disimulando su contextura física, sus títulos nacionales y sudamericanos y las decenas de hazañas por él protagonizadas arriba del cuadrilátero—. Y porque el sensei era mi amigo, señor —dijo también—. Uno de mis mejores amigos en el ambiente, señor .
Novoa El Fotógrafo. El changarín lampiño
Sin parar de fumar se sacudió fuertemente la verga y vio caer gotas de orín en el mingitorio. Entonces golpearon la puerta.
—Soy yo —escuchó.
—Marianito, ya salgo —contestó.
Marianito vestía un pantalón blanco y holgado, zapatillas náuticas también blancas, una remera negra. Cargaba ya de un hombro el bolso negro y rectangular con las diversas lentes y la nikon. Había entreabierto la puerta del baño y mirado a Novoa El Fotógrafo sacudirse la verga. Había creído interrumpir un juego solitario de Novoa El Fotógrafo. Sus pómulos se habían llenado de color mientras contraía los glúteos para no hacerse encima.
—Es que estaba durmiendo —se excusó cerrando la puerta. (Algo le había cocinado su padre, algo que le había caído demasiado mal a su frágil estómago. Había en el estómago del joven changarín lampiño de Novoa El Fotógrafo un carnaval violento y nervioso.)
Apoyó el bolso rectangular y negro en el suelo, y notando que le sería imposible seguir de ese modo caminó de un lado al otro del pasillo. Con las manos en los bolsillos del pantalón miró las fotografías de Vilmo Patiño en combate con diferentes rivales y miró también los zócalos. Pero ni así logró distraer la influencia atroz de sus intestinos. Las paredes grisáceas del pasillo, los tubos fluorescentes del techo, el suelo cubierto por una goma opaca que llegaba al borde de los zócalos, nada de todo aquello lo sustrajo de sus urgencias y apuros, y necesitó pensar en cómo decirle a Novoa El Fotógrafo que verdaderamente ya no daba más. Pero nada se le ocurrió más que pedirle permiso. Novoa El Fotógrafo retrucó dandolé pruebas de humanidad. Y en la calle volvieron a encontrarse.
—¿Y?
—Algo me cayó mal, no sé qué —dijo el changarín lampiño.
—Está bien, ya es hora. Manejá vos, que yo ya estoy mareado.
El changarín se sentó al volante del taunus, no sin dificultad le dio arranque y por la 9 de julio recibió el detalle acerca de hacia dónde iban, qué era lo que había ocurrido y en qué consistiría lo que irían a hacer.
—¿Y quién lo mató? —preguntó, más que manejando el taunus, colgado del volante.
—No lo sé —dijo Novoa El Fotógrafo arrojando uno de sus muchos cigarrillos por la ventana.
Kiku, Shinnosuke, Matsuzaka
Kiku se desembarazó de los brazos de su madre y pidió que la dejaran sola.
—Me quiero cambiar —dijo.
La señora Matsuzaka, sin embargo, aguardó sentada en la cama, junto a su hija.
—Shinnosuke, andate vos —ordenó la señora Matsuzaka—, andate que yo me quedo. —Y a Kiku:— Me quedo contigo, Kiku-san.
Shinnosuke se rascó el calzón blanco, sobre la ingle; apretó los ojos, dejó la pieza. Matsuzaka se levantó y abrió el ropero, vio que su hija se había quitado el camisón.
—Yo me quedo contigo, hija —dijo—. Cubrite, por favor.
—No los necesito —retrucó Kiku con el torso desnudo—. Ya soy una mujer —agregó en japonés.
Matsuzaka recorrió el cuerpo de su hija, ese torso desnudo, de pequeños muñones salidos hacia fuera y coronados por un rosa pálido. No logró asociarlo a la identidad de su hija ni a su propio pasado. Se llevó una mano a la boca la señora Matsuzaka movida por esa incapacidad, y otra al mirar la fotografía colgada de la pared donde el sensei karateca samurai sonreía junto a Kiku, esa fotografía que ahora Kiku acariciaba como hacen algunas mujeres sobre los pies de yeso de los santos. Pasó el ferrocarril sobre las vías, dejó detrás su silencio, y Kiku todavía así se mantuvo, desnuda, los ojos fijos en el puente curvo y sacro, en su figura vestida de kimono, tímida, pálida, medida y feliz, la cabeza levemente inclinada hacia la armadura samurai del sensei karateca, los ojos celestes y fotofóbicos del sensei karateca samurai contemplandoló todo desde la profundidad del casco, tal vez oculta la sonrisa y la satisfacción, bajo el cielo plomizo de aquella tarde, accediendo a las indicaciones del fotógrafo, aunque a veces distraído en las acrobacias de los kois en el lago.
—Kiku-san, mi Kiku-san —dijo la señora Matsuzaka—. Kiku, mi querida Kiku —insistió frenada, deseando tocar esos hombros desnudos, esa espalda delgada y femenina que no llegaba a comprender que fuera la de su hija—. Ponete algo, Kiku-san —dijo la señora Matsuzaka, mitad en castellano, mitad en japonés.
Pero Kiku pareció no escucharla, continuó compenetrada en la imagen samurai de la fotografía donde él y ella posaban, surcados sus pómulos por las lágrimas, tejiendo su cabeza la teoría posible de la muerte del sensei karateca, repentinamente deseosa de saltar por la ventana pero no para morir, sino para echar a correr junto a las vías, en dirección a la fea casa, y para enfrentar a la segura y evidente homicida, para increparla y hacer justicia.
—Kiku-san —dijo la señora Matsuzaka y la espalda de Kiku se arqueó levemente mientras otro ferrocarril surcaba las vías interrumpiendo el silencio de la noche, la negra música que sonaba en todo el cuerpo de Kiku achinandolé aún más los ojos.
La señora Matsuzaka avanzó un paso, otro más. Superpuso sus caricias a las caricias de Kiku, pero las manos de la señora Matsuzaka sólo atinaron a deslizarse sobre los brazos de su hija.
—Lo amaba, mamá —dijo entonces Kiku.
No hay comentarios:
Publicar un comentario