27.11.08

Pasional

3. NO HAY TIBIO SOL, NI ALEGRE ABRIL

Zamudio
Jamás había entrado al sauna de Medrano y Bartolomé Mitre. Entró esa noche.
El sauna era primero una casa vieja, de frente gris o marrón con un cartel que rezaba “Pool”. Había luego un pequeño zaguán con luces azules y después un enorme salón con algunos sillones y tres o cuatro de chicas dispuestas en derredor de la barra, en tanga, con frío, mostrando a nadie sus traseros flacos.
Zamudio pidió una coca, el barman, un hombre joven y obeso, de labios carnosos, marrones y pesados, le sirvió pepsi, y una morocha teñida de rubio a la que le faltaba un incisivo se arrimó, ordenó al barman que pusiera cierto tema haciendosé la entendida, el tema ése que era uno de un cantante norteamericano conocido, pero cantado por una mujer en castellano y a ritmo norteño, “mi amor, te amo, te llamé para decírtelo”, y entre las piernas de Zamudio la puta comenzó a mover la cadera huesuda, las tetas, los brazos, con una gracia deshilachada y triste.
Bailaron un rato. Zamudio intentó sonreír, le fue imposible. Movió también los brazos, las piernas, un paso adelante, otro hacia atrás, y no bien la canción pedida terminó, se apoltronó en un sillón en la punta opuesta de la barra.
—¿Estás triste, bebé? —le preguntó entonces la puta, acomodandolé el pelo que a Zamudio le caía sobre la frente.
—No, cansado —contestó Zamudio.
—Bueno, yo te voy a divertir, bebé —dijo la puta. La nariz chata, la boca capaz de mandarse una naranja de ombligo de un solo bocado—. Voy a hacer pis —le dijo también—, no te vayas.
Zamudio se acercó otra vez a la barra, pidió otra coca. El barman le sirvió de nuevo pepsi y lo mismo hizo con un viejo de pantalones blancos que recíen había llegado y que ya le manoseaba el traste a una morocha enjuta de larga nariz. Miró Zamudio al viejo, le dijo buenas. El viejo no le contestó entretenido con su puta. Siguió Zamudio el proceder del viejo.
Lo vio dejarse llevar hasta uno de los sillones. Vio cómo la puta le bajaba hasta las rodillas los pantalones blancos y el calzón con motivos búlgaros. Vio cómo la puta iniciaba con su boca el trabajo, de rodillas, las tetas sueltas, movedizas, mientras el viejo comenzaba a relajarse, la cabeza hacia arriba, la boca largandolé un hilito de baba que se le enroscaba en el revés de la oreja, y el barman interrumpió a Zamudio para pedirle la cuenta de las dos pepsis.
—Ese señor, ¿cuántos años tiene? —preguntó Zamudio al barman, haciendo tiempo, mientras buscaba desesperadamente en sus bolsillos el par de billetes.
—Y qué sé yo —fue la respuesta que obtuvo.
Su puta lo rescató del desdén proveniente del barman.
—Ya está —le dijo al oído—, ¿vamos?
—No traje forros —respondió Zamudio—. Me olvidé de comprar —dijo.
—Bueno, andá, sentate, que te consigo —le contestó la puta.
Zamudio la miró desde el sillón intercambiar palabras con el barman obeso y, desde recién, también antipático, se preguntó cómo habría sido la infancia de la puta, cómo la cara de la madre de la puta, la del padre, se entretuvo con esas cosas tristes para no pensar en otras peores y también perdió el tiempo contemplando de vez en vez lo que ocurría en el cogedero vecino, donde el viejo había empezado a jadear como una oveja enferma: la cabeza vuelta totalmente hacia arriba, la puta del viejo acelerando los movimientos de ascenso y descenso.. Encendió un Viceroy Zamudio mirando estas cosas y mientras su puta todavía se demoraba, o mientras el barman lo hacía en busca de una caja de tulipanes, tal vez puteandoló por lo bajo, rechazando que un tipo entrase a un sauna sin un forro, sin un triste forro. Fumó Zamudio a la espera de su puta, como sediento de humo, y apagó el cigarrillo en el suelo cuando ella regresó a su lado, o un poco antes, cuando el viejo acabó su asunto con un grito agudo.
El tiempo que duró Zamudio con la nuca recostada en el respaldo del sillón, los ojos cerrados y la boca entreabierta, Priscila y sus Balas de Plata, así dijo la puta que se llamaba el grupo y la mujer que cantaba, volvieron a la carga. “No hay tibio sol, ni alegre abril. No hay frescas flores ni un sábado feliz.” Luego Zamudio se subió la bragueta, dio las gracias, entregó a la puta otro par de billetes.

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