3.12.08

Pasional

6. FATUO

Zamudio
Fuera, la llovizna era molesta, rala y molesta. Embadurnaba el asfalto de Medrano. Asomado, sobre el último escalón del sauna, Zamudio se subió las solapas de su campera verde militar y avanzó hasta Bartolomé Mitre, otro viceroy colgandolé de un extremo de los labios, la ceniza del viceroy ganandolé territorio al papel, al tabaco. “Nadie estaba exento, nomás”, se lamentó Zamudio. “Nadie lo estaba”, se dijo y se prometió no llorar porque no tenía derecho, “no lo tengo, no hay excusas, Zamudio”. Alguna vez no había querido casarse para que después no le sucedieran esas cosas, esas cosas las de recién, como las anteriores a las de recién. Sus errores, sus innumerables errores, “que en realidad son hijadeputeces”, se dijo. “Me tengo que dejar de dar tanta lástima; soy un maricón.”
Con las manos frías y suaves como las de una mujer que jamás ha lavado un plato, ahora de pie sobre la ochava de Bartolomé Mitre y Medrano, bajo el alero de la ochava que era también el piso de un balcón, dejó Zamudio pasar a los automóviles de la noche, al camión de la basura con un morocho corriendo a la par y el otro colgado de la parte trasera. Siempre vestían de verde o celeste y siempre ponían un cajón de madera en esa parte del camión, colgado del gancho de esa parte, al medio, a la altura del paragolpes, para no engancharse, para no sufrir accidentes que después, en el juicio, deberían explicar con lujo de detalles, pericias médicas, psicológicas y hasta psiquiátricas. En eso se detuvo Zamudio, para no pensar en los ojos de sus hijos, en la acusación involuntaria que le surtirían desde sus ignorancias los ojos de sus hijos llamandoló para que él se les acercara y también los mirase y les atendiera las preguntas. Que cuándo vas a volver papá. Que por qué te fuiste. Que dónde estuviste anoche.
Haciendo fuerza con la cabeza, los párpados furiosamente unidos entre sí, conectados de ese modo con los mecanismos extraños y engañosos de la memoria, y otra vez abiertos para fijarse nuevamente en el camión y los morochos, en las luces amarillas del camión y hasta en el olor ácido del camión que también entraba por los ojos, haciendolós llorar un poco, recordó Zamudio el caso aquél del basurero que había quedado medio estúpido y que su madre había defendido. Recordó abrirle la puerta en alguna ocasión al hermano del basurero, que era morocho, fornido y policía. Recordó su temor de esas veces frente a un hombre armado ahí dentro del estudio y también que su madre —carente de paciencia, cansada y resentida con el hijo porque no le había seguido los pasos profesionales— le había contado los hechos. Que el basurero se había golpeado la nuca contra la parte trasera del camión de basura. Que él iba corriendo en dirección al camión con diez kilos de basura sostenidos por una mano y otros quince de la otra, y que pisó un charco y se fue a la miércoles, hijo, impactando su cabeza contra la parte trasera del camión, y que había quedado tendido en el asfalto escarchado de una madrugada de invierno, asistido, hijo, por su compañero que era un tal Sepúlveda, que lamentablemente se murió y no lo tuve de testigo, y por otro tal Ramírez, que era el chofer y que también se murió pero que llegó a testificar en la prueba testimonial, a Di-s gracias. Y que después lo habían internado al basurero, también recordó, y que había salido de la muerte mientras la muerte se lo cruzaba a Sepúlveda un fin de semana, aparentemente el corazón de Sepúlveda estallando como los jets en el aire, como dicen que estallan los jets en el aire, repentina, insospechadamente, al tiempo que el basurero accidentado salía de la muerte, pero con sus esfínteres sí medio muertos, como sus piernas —le gustaba jugar al fútbol, hijo, eso me dijo el hermano, hijo—, y ahora se hace encima y no puede caminar y la cabeza no le funciona muy bien para algunas cosas; ya no trabajaba de basurero el basurero, lee las revistas de caricaturas que su hermano el policía le lleva al hospicio adonde fue a parar; me cago en la justicia, hijo.
Recordó finalmente Zamudio que su madre un día había llegado emocionada, porque al fin había sentencia de Cámara. Una vez en este país, al fin, había dicho entonces la mamá de Zamudio en el estudio, una vez en este país, al fin, se hace lo que nunca se hizo, había dicho, la escuchó decir otra vez, años después de todo aquello, parado sobre la ochava, bajo el balcón de la ochava, con las manos ahora un poco sudadas y la avenida Medrano de paisaje junto al camión de basura transitandolá despacio, a veces frenando el camión para cargar las bolsas dejadas por los vecinos, a veces acelerando el camión fuertemente para calentar el motor, para darle un pequeño impulso de cinco, diez metros, hasta la nueva carga de basura realizada por los morochos. Recordó finalmente Zamudio aquellas cosas y miró Zamudio esas otras, sintiendo a su espalda la presencia del sauna y a la puta reciente. El alma de Zamudio, un trapo sucio, amarillo y mojado, que le enfriaba el esternón, las costillas, la parte superior del estómago.

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