A Lucía
Mi hija está creciendo. Cumplirá cuatro años en abril, pero ya no es la misma. Creo que su crecimiento real comenzó en la última Pascua.
Estábamos con mi mujer y mis otros dos hijos en supermercados Jumbo, que suelen ser mucho más cómodos y provistos que los Coto, aunque tal vez algo más caros. Chocolates Milka había invertido buen dinero en la Pascua. Amén de sus vacas holando-argentinas trocadas de color —ahí donde naturalmente se dibujaba el blanco Milka había puesto su violeta corporativo—, había también conejos, enormes conejos con sus huevos de ocasión. Debo decir que no estaba mal que dentro de un súper pudiese uno meterse bajo una glorieta improvisada y simular la Pascua-Milka entre vacas, conejos y huevos. Pero pequé de ingenuo. Supuse que a mi hija le gustaría ese mundito mágico, de televisión. Y quizá parte de esa primera tragedia de su crecimiento, de verla crecer —los padres somos egoístas—, fue mía.
Ella me preguntó:
—Papá, ¿qué es la Pascua?
Desde mi primer hijo me he impuesto obsequiarles a Di-s. Sé que acaso más tarde lo desdeñen, pero me parece que es de buen padre darles la oportunidad de creer; no creer es mucho menos dificultoso. Traté de explicarle del modo más sencillo; ella ya conocía algunos detalles de Jesús. Eso me simplificó un poco las cosas.
—Cuando Jesús se murió —y ya el verbo fue desastroso en el ánimo de mi hija— en realidad no se murió. Quiero decir, nadie se muere, todos pasamos de la tierra hacia el cielo, eso es la Pascua. Recordamos que Jesús y que todos nosotros pasamos de la tierra al cielo, de la muerte a la vida.
No sé bien con qué palabras ella buscó saber cómo era el cielo. Intenté darle la imagen más apropiada y piadosa para una niña de tres años.
—En el cielo hay perros, todos los perros del mundo, y gatos, muchos gatos, y todos los que se murieron pero que no se murieron. Ahí está Jesús, también —rematé, convencido de que eso la tranquilizaría.
Mi mujer luego reprochó mis lecciones religiosas. Nuestra hija lloraba desconsolada, ahora sentada en el carrito de supermercados Jumbo, bajo el otro asientito donde andaba mi hijo el menor. Pedía no ir al cielo. Quedarse en su casa, con nosotros.
Ya en la Navidad otro hecho me asombró. Los niños por lo general no saben que las carnes rojas o no rojas son carnes animales. Ellos simplemente se alimentan. Alguna vez yo había intentado desbaratarles la idea para que no viviesen engañados. Sé que mi intento era idiota, que carecía de algún fin, que era más bien decirles eso para luego esperar sus reacciones. Me gustan las reacciones de mis hijos; jamás son las esperables. Mi mujer otra vez censuró eso que llamó “acto subversivo”. Pero en la cena de Navidad debió cerrar la boca: el concubino de mi cuñada había cocinado cerdo como se los ve a los cerdos en las películas, todo entero, con la cabeza incluida, sus dientecitos amarillos mordiendo una manzana. Por supuesto, me impresionó de pésimo gusto y, de hecho, no probé bocado de cerdo en toda la noche. Por el contrario, mi hija se empecinó. Quería probar la cabeza, también los ojitos, no conforme con su pecho de cerdo al horno. Hubo risas por ello.
Yo no me reí.
Tal vez mi hija, aún con tres años, iba demasiado lejos con sus reflexiones existenciales y la muerte comenzaba a resultarle más que natural y absurda, comestible.
Al día siguiente, 25 de diciembre, comprobé que las circunstancias, por suerte, no eran tan graves. Ella jugaba con sus animalitos plásticos, de granja, junto a su hermano, es decir, mi hijo el mayor; el menor de mis hijos gateaba por ahí. Yo, señalándole un cerdito, le dije a mi hija que ese cerdito era igual al que ayer había cenado. Ella se opuso a la idea:
—No, estos no se comen. Estos son los de mi granja.
Una semana atrás no hubo preguntas ni eventos que disparasen el tema de la muerte, tan asociado a Di-s, al problema de Di-s. (Y a mí, que en 2005 tanto le temo, que ni me atrevo a nombrarlo). Le había calzado sus bracitos inflables con motivos de la Walt Disney y ella creía nadar en la pileta. A veces yo le decía que era su caballito de agua y la llevaba encima hasta la parte más profunda.
En un descanso, sentados los dos en los escalones de la pileta, seria, me dijo:
—Papá, no me quiero morir. No me quiero morir nunca.
A mí me ocurre exactamente lo mismo.
No recuerdo bien estos diálogos, los he recuperado a través de ciertas maniobras en internet. Sí estoy seguro de que la debo haber abrazado y que le debo haber pedido que estuviera tranquila. Según los archivos de 2005, debí inventar otro juego, ser el cocodrilo que hace cosquillas, el tiburón idiota que fácilmente es vencido, el oligofrénico al que he llamado Bedodudo y que dice dar clases de natación y muestra parte de su trasero. Debí inventar cualquier cosa para hacerla sonreír. Los bucles de mi hija son muy parecidos a los de la chica mala de la familia Ingalls. No me acuerdo el nombre de la chica mala de la familia Ingalls. No, sí que me acuerdo: Nellie Oleson. Mi mujer, por eso me acuerdo, muchas veces bromea, y le dice Nellie. Especialmente cuando nuestra hija se porta mal.
Todo ya ha quedado en el pasado, se supone.
Sin embargo sé que aún estamos en 2005, en la pileta, y que la muerte tiene muy diversas formas. Pero de aquel detalle ninguno de los dos todavía sabe nada.
Camino por el borde de la pileta, intentando no ser visto. Resbalo, caigo en ella. Mi otro yo evita que nuestra hija nos mire, la toma con su brazo derecho. Con el izquierdo me toma de los pelos, hunde mi cabeza, me ahoga.

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