Mi enemigo en el consorcio me acusó de usar inteligencia artificial cuando disentí acerca de las expensas extraordinarias que se han impuesto sin mi consentimiento, pues, es verdad, no estuve en la asamblea, me hallaba de viaje, lejos, bailando cumbia mexicana en mi habitación con king size del piso 20 de un Marriott que daba al mar.
Mi enemigo, el mismo, dijo que, si deseaba impugnar la asamblea, que observara qué temperamento yo iría a tomar, que si bobadas de inteligencia artificial o si la vía legal. Y que no continuara con mi resistencia a pagar, pues se vería él obligado a actuar.
Tres vecinas sexagenarias no dudaron en salir en mi defensa. Todo el resto se llamó a silencio, menos dos que me sindicaron de egoísta, poco solidario y mal vecino.
Mi enemigo del consorcio tiene 65 años, me saca tres cabezas, es gordo, rudo y calvo, y, aunque de origen vasco, le dicen compadrito, también gitano. Ha ganado fama en los últimos meses por haber noqueado de una trompada al yerno de la vecina del 1 A, a quien no tengo el gusto de conocer.
En la internet he reunido más información de mi enorme enemigo. En Internet dice que mi hercúleo potencial asesino presta servicios personales que incluyen actividades de astrología y espiritismo, las realizadas con fines sociales como agencias matrimoniales, de investigaciones genealógicas, de contratación de acompañantes, más la actividad de lustrabotas y acomodador de autos.
Dejo de leer. Me persigno tres veces. Me toco ahí donde un hombre ha de tocarse para evitar las desgracias, transfiero el monto impuesto y me subo a este tren, donde saco mi teléfono, escroleo y suspiro, mientras un cantor melódico atrona desafiando a la armonía en todo el fókin vagón.
Bailar pegados no es bailar, o sí lo es, como baila el mar, grita, y yo necesito que alguien lo mate.
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