30.8.26

Un hombre equivocado (de la serie: Estos textos me los volaron de una revista aún no sé por qué, o de la serie: Textos encontrados después del apocalipsis)

[Recuerdo cierta mañana de otoño en el 160, trayecto Almagro-Palermo, junto a la que era mi mujer, embarazada de mi primogénito; aún no se le notaba en la panza. Recuerdo que se liberó un asiento doble, que una anciana me empujó con su cartera, que me robó el asiento junto a lo que, supuse, era su marido. Recuerdo que comencé a levantar la voz dentro del 160. Que insulté al matrimonio. Aquella mañana yo, todavía, era muy joven].


*

A principios del siglo XX, la rama paterna de mi padre zarpó de Burdeos no sin inconvenientes. Lo cuenta mejor Eduardo González Lanuza en Cuando el ayer era mañana, desde la partida original de la familia desde Santander hasta el puerto francés, y de ahí hasta Buenos Aires. Eduardo fue uno de mis numerosos tíos abuelos y una eminencia literaria cuando nací: publicaba con frecuencia en La Nación, era ya hacía años Premio Nacional de Literatura y conservaba su amistad con Jorge Luis Borges, de quien, si los recuerdos no me fallan, había sido testigo de su primer matrimonio por civil. Wikipedia avala alguno de estos datos.

Lo habré visto un par de veces a Eduardo. En casa de mis tías abuelas de la calle Anchorena. La primera vez, estoy seguro, me regaló un libro infantil imagino que de su autoría. Tenía ilustraciones. Había un montón de familiares casi desconocidos por mí, entre ellos, él, que no era otra cosa que un anciano.

Leí su libro. Ya no sé de qué trataba. La última oportunidad en que lo vi fue en el mismo lugar, él ya estaba muy enfermo y apenas podía abrir la boca. Como suele pasar, para el padre de mi padre, mi abuelo paterno —que no fue célebre—, su hermano Eduardo era eso, solo su hermano. Sé que la muerte de aquel escritor en 1984 le disparó a mi abuelo un Parkinson que lo liquidó en tres años: se querían mucho.

En la partida de Burdeos, los González Lanuza se cargaron todo en los baúles, además de llevarse consigo a una decena de hijos. Hubo una situación dramática, desconozco si en ese puerto europeo o al llegar a Buenos Aires. Había un cuadro, el cuadro de Eduardín, el hijo finado que había precedido a mi tío Eduardo. Es un retrato donde Eduardín, de unos cuatro o cinco años, luce un peinado de la época, a lo Cristóbal Colón. Tiene melenita, el flequillo cortado, es rubio o pelirrojo, y bordea su melena un cuello blanco y payasesco, casi de pastor luterano. El cuadro, por la impericia de los marineros del transatlántico, cayó al agua. Hubo gritos de desesperación de mi bisabuela, es probable que insultos y hasta alguna pelea de puños cargada de amenazas que impulsó el rescate de la imagen. Los daños no fueron mayores. El retrato terminó colgado en el departamento de la calle Anchorena adonde se mudaron mis tías abuelas por la década de 1950, tras permanecer en otros domicilios de la ciudad de Buenos Aires. Allí, en la calle Anchorena, todas ellas, mis tías solteras, fueron muriendo una detrás de la otra, entre las décadas de 1980 y 1990. Eran buenas mujeres, docente jubilada una, modista otra, cocinera la mayor y la última poliomielítica, modista, maestra de piano y cocinera de seguro: llevó hasta su fin unos zapatos ortopédicos y un andar difícil, se llamaba María de la Cruz y era la más joven y agraciada, una mujer de verdad bonita. Siempre que las iba a visitar la tía Cruz me llevaba a su cuarto. Junto a una ventana siempre llena de luz, donde se recortaba el sol gracias a la pericia de un plátano añoso, sobre una mesa redonda, María de la Cruz me mostraba su habilidad plegando papeles y haciendo figuras tridimensionales con ellos.

De aquella inmigración quedaron bajo mi exclusivo poder los dos tomos del Quijote que mi bisabuelo, dicen, releyó y releyó hasta el final de su vida. También hay otro libro, de Feliciano Ortego. Los tres ejemplares, editados por Seix, se vendían juntos en España hacia fines del siglo XIX por 50 pesetas. En la amplia casa de la calle Nahuel Huapi donde vivió la mayor parte de su vida, también dicen, a mi bisabuelo se lo escuchaba reír solo por obra de la lectura. Cervantes era para él un divertimento superior, calculo que también Ortego. La muerte de su esposa, es decir, mi bisabuela, fue el principal motivo de su muerte: la tragedia frecuenta tales redundancias. Mi bisabuelo no soportó la viudez, el perder a su compañera. Mi bisabuelo fue uno de esos animales monógamos, de esas aves que se arrojan en picada cuando fallece su pareja. Creo que es un mal familiar y que no solo atañe al amor conyugal: el fin de mi abuelo por la pérdida del hermano es una prueba de nuestro sentimentalismo fatal. La reciente muerte de mi padre mientras corrijo este texto que no sé si es un cuento, una crónica, una carta o un ensayo, esta reciente muerte tras el fallecimiento de mi madre, cinco meses y medio antes, obra como una constatación de lo que, con esfuerzo, trato de escribir.

El primer tomo de El ingenioso hidalgo Don Quijote de la Mancha —en «lujosa edición» editada por F. Seix, con un proemio del «Excmo. Sr. D. José Ma. Asensio», de la Real Academia, más el «facsímil de varios documentos inéditos relativos al autor», volumen que también incluye ilustraciones en cromolitografía de D. J. Moreno Carbonero y D. L. Barrau, con «cabeceras é iniciales prolicromadas de diferentes artistas»— es de 1898. Y el proemio que el cervantista Asensio escribe oficia de tumba de todas las buenas intenciones que tuvo don Feliciano Ortego, su compañero promocional según los dictados de Seix. Supongo que fue la relación textual entre las afirmaciones del uno y las impugnaciones del otro lo que mayor gracia le causó a mi bisabuelo en vida, incluso todavía más que las desventuras del caballero de la triste figura. No entiendo, si no, por qué motivo fue conservado el volumen de Ortego, que es un trabajo inútil, un templo de la confusión, el grito de un loco, todo aquello que lo convierte en el campeón de los underdogs, pues no hay persona, en materia libresca al menos castellana, más desvalida y equivocada que don Feliciano Ortego; no existe en la historia de la literatura hispanoamericana —que yo no conozca— otro personaje con menos chances de ganar nada.

Cualquiera hoy puede colegir los errores de Ortego con rapidez. Bastan una computadora y una regular conexión a Internet. Por ejemplo hay, entre muchos otros, el trabajo del cervantista Juan Bautista de Avalle-Arce, que es demoledor. Entiendo que mi bisabuelo, y posteriormente sus hijos, conservaron el ejemplar de Ortego no solo para divertirse, sino también por piedad. La inmigración de esa rama de mi sangre —como la correspondiente a parte de mis antecesores itálicos— es fruto de la equivocación, de una equivocación que se sostuvo con entereza y que se defendió con uñas y dientes. Porque, una vez equivocado, una vez con el pantalón sucio y la bragueta rota, ¿qué otra cosa te queda que seguir avanzando con hidalguía, así te escupan?

El libro de Feliciano Ortego se llama La restauración del Quijote. Estudio comparativo de varias ediciones y sus respectivas notas con un ejemplar de la de 1605 impresa por Juan de la Cuesta que contiene anotaciones, acotaciones y correcciones de puño y letra de Cervantes en los márgenes de la impresión. No pienso plegarme a las hordas de cervantistas que realizaron la misma broma acerca de la longitud del título. No me causa gracia, en absoluto.

Una digresión importante: de Avalle-Arce escribe, por si alguna duda cabe sobre el precio promocional de 50 pesetas por los tres libros, que La restauración del Quijote «salió como tercer volumen de la útil edición del Quijote hecha por el destacado bibliófilo sevillano don José María Asensio, en Barcelona, por la imprenta de Seix en 1898». (Anticipo, hay en el dato algún error). Traducido: en 1898, todo indica que Francisco Seix y Faya lanzó los dos tomos del Quijote que leyó mi bisabuelo y que hoy custodio, más La restauración del Quijote, que también obra en mi haber (los de Cervantes curados por Asensio, el tercero escrito por Ortego). El motivo de las risas de mi bisabuelo a estas alturas son palmarias: lo que Feliciano Ortego afirma como Rodrigo de Triana subido al carajo y gritando «¡tierra!», Asensio lo desmiente «científicamente», y aunque las razones de éste sean rotundas, no dejan de despertar cierta compasión por el pobre marinero de las letras, que dentro de la misma casa editorial termina ultrajado por un catedrático. Agrego: el trabajo a Ortego le lleva los últimos casi veinte años de su vida, lo que no es poco; demasiado tiempo y sacrificio para corregir cualquier equivocación. Además de la locura, se lo imputa de bruto y hasta de antisemita, solo por una expresión que es más una vulgaridad de la época que una sentencia racista. Se lo acusa con ojos del presente, cuando ni siquiera se tenía noción de qué podía significar la monomanía y sus derivados.

Asencio es un poco más justo, seguramente por ser su contemporáneo. Es también tal vez el primer cervantino de una larga saga de compañeros de lecturas que impugnará con severidad las casi 840 páginas por las que Ortego jugó los últimos años de su vida, su honor y buena parte de su fortuna: siendo médico —porque sí, era médico—, buscó la gloria en la literatura y en la hispanidad, el título del campeonato ibérico, o a lo menos el respeto de sus vecinos. Como resultado no solo se aventuró al descenso a los infiernos de los equivocados: su nombre fue transformado en un mal chiste, en la carcajada de cervantinos, chismosos y hombres como mi bisabuelo que, una tarde cualquiera de la década de 1940, en la casa de la calle Nahuel Huapi, buscó en Ortego su pasatiempo. (En este párrafo tal vez cometí algún error, alguna confusión de fechas y ediciones: si es así, sea mi yerro una forma de homenaje al fracaso de mi amigo en la distancia, don Feliciano).

De lo que no tengo dudas: los dos tomos del Quijote que cito, más el libro de Ortego, los tengo a mano, los puedo tocar y oler. Y en eso no hay pifie posible.



*

Calculo que el primer ejemplar en salir de imprenta, de entre los tres libros lanzados en promoción por Seix, fue La restauración del Quijote, así una de las fuentes citadas sostenga lo contrario. O me corrijo: calculo que Asensio estuvo al tanto de los escritos de Ortego antes de salir de imprenta, entre otros motivos porque Ortego ya venía haciendo mucho ruido por Palencia y sus escasos diarios. El indicio me lo da el mentado proemio de Asensio, que sostiene en el primer tomo de la gran novela de Cervantes:

«Hay en la ciudad de Palencia, y en poder del señor don Feliciano Ortego, un ejemplar de una de las ediciones primitivas del Quixote, en cuyos márgenes se encuentran numerosas enmiendas y algunas acotaciones al texto, de letra contemporánea de la edición y que hasta puede creerse la misma de Cervantes en concepto de los peritos calígrafos de la Escuela Normal de aquella ciudad que prolijamente la han examinado».

La frase va en respuesta a las primeras líneas del libro de Ortego, donde afirma que:

«Poseer el ejemplar prueba de corrección que Cervantes hizo de su Quijote, tener esta alhaja y guardar silencio sobre ella, lo consideraba un crimen de lesas nacionalidades».

La posición de Ortego, y que se conservará inalterable a lo largo de sus más de 800 páginas, es entonces:

a) que cuenta con La Primera Edición de la novela,

y b) que más que con La Primera Edición, tiene La Prueba de Galera de 1605, con notas marginales del puño y la letra del Manco de Lepanto,

enmiendas —y este es el punto c)— que jamás tomó en consideración Juan de la Cuesta, por negligencia o economía de recursos.

Ortego se quiere cargar con más de dos siglos de lecturas y tradición, busca destruir al primer imprentero de Cervantes, desea reescribir el Quijote sobre la base de la adquisición del ejemplar que tiene a mano con notas marginales. Hacer justicia, pretende y, subsidiariamente, montar su propia efigie en el Olimpo. De haber sido un Joseph Smith, hoy al menos contaría con la veneración de los seguidores de La Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días. Pero a Ortego todo le sale mal.

Asensio —de quien estoy seguro que era un hombre prudente, aunque no falto de rigor— le concede buena fe al médico palenciano, «porque creyó sin duda ni vacilación que poseía los pliegos de capilla en que Cervantes había hecho sus correcciones». Pero enseguida —y no entiendo qué papel en el error jugó el señor Francisco Seix y Faya—, el miembro de la Real Academia se despacha: «Mi convicción es, como indicado queda, que esas anotaciones fueron puestas por algún curioso poseedor del ejemplar, en los primeros años del siglo XVII, es decir, en fecha muy próxima á su publicación, pero indudablemente cuando ya había salido á la luz la segunda parte de la obra». Y agrega:

«(...) el ejemplar anotado [con el que Ortego se sirvió] corresponde á la segunda edición que estampó Juan de la Cuesta en el año 1605» y que «aquel editor [por Juan de la Cuesta] del Quixote no tuvo presentes tales notas cuando imprimió por tercera vez el libro en el año 1608 (...). Razones de evidencia interna, de carácter más profundo, más literario, pueden persuadir al más obcecado de los lectores de que las anotaciones del ejemplar perteneciente al Sr. Ortego no fueron puestas por el autor de la obra, sino por tercera persona, que se acredita de curiosa, pero no de sagaz ni de muy entendida».

Traducido otra vez: las anotaciones marginales sobre las que se basa Ortego, lejos de mejorar la obra, la empeoran, y son el fruto de un mal lector del siglo XVII, de un entrometido. Lo demás responde al género policial o de intriga.

Es probable que Asensio, noticiado de que los dos tomos del Quijote saldrían junto al libro de Ortego, se haya puesto en contacto con Francisco Seix y Faya, quien, como fe de erratas y lavativa de manos, le ofreció más folios al sevillano para escribir su proemio de artillería.

Entre los siglos XX y XXI, de Avalle-Arce aporta otro dato que fortifica lo expresado por Asensio:

«La primera y única consideración a tener en cuenta (...) es que Cervantes nunca tuvo un ejemplar-prueba de imprenta de la primera edición del Quijote de 1605 entre las manos, por el sencillo motivo de que había vendido sus derechos al librero madrileño Francisco de Robles».

En consecuencia: Ortego confunde la primera con la segunda edición de la primera parte del Quijote y, además, desconoce las circunstancias en las que se imprimía en el siglo XVII y la situación, por llamarla de algún modo «contractual» de Cervantes. Ignora todo eso que los peritos oficiales sí saben (los peritos de Ortego, según de Avalle-Arce, no son más que palurdos, amigos del médico palenciano, gente primitiva). ¿Pero Francisco Seix y Faya? ¿Por qué el señor Francisco Seix y Faya accedió entonces a publicar el libro de Ortego? ¿Por dinero? Puede ser... ¿Pero por qué no cae don Seix en la misma desgracia que el galeno? ¿Es el sino de los desvalidos, de los que nunca llegarán a ganar nada, de los underdogs, el ser expulsados de cualquier posibilidad de buena fama o intención?

El título que enmarca los párrafos del caballero de Avalle-Arce es homónimo al del libro de Ortego y está recopilado junto a otros trabajos de otros autores en Desviaciones lúdicas en la crítica cervantina (Universidad de Salamanca - Universitat de les Illes Balears, España, 2000).

Fuera de los datos bibliográficos, insisto en no reírme de Ortego como lo hicieron todos. Más bien siento mucha empatía por el fracaso literario e interpretativo del médico palenciano. Acaso las mejores historias son aquellas donde hay personajes que aspiran a un campeonato y jamás lo ganan. Al fin y al cabo eso es el Quijote.

(Otro de mis bisabuelos partió del puerto de Nápoles para encontrarse con sus hermanos en «la América»; no sabía leer ni escribir, consideraba que «la América» tenía un solo puerto y que ese puerto eran los Estados Unidos por completo… Llegó a la Argentina. Se equivocó de barco. Jamás volvió a ver a sus hermanos. Se vio forzado a perder y disimular).

*

Esta tarde, que es una tarde lejana a tantas muertes, una tarde de este texto original aún no vuelto a recoger por mis ojos tras la tragedia y la desolación, decía que esta tarde, tras trabajar la tierra y unos textos inmobiliarios, había deseado empezar una escritura en capítulos sobre mi disconformidad con una novelita que trabajé por encargo; había querido denunciar que me dormí intentando releerla, había planeado iniciar un libro sobre la hechura de esa obra pésima y equivocada. Nada conseguí. Y cuando me embarqué en este trámite de referir a Ortego, apenas encontré una mención de su nombre en Wikipedia, y en esa mención sólo lo destratan.

Escribir es también una equivocación, una equivocación obcecada y voluntariosa como el amor, de quien persiste en el error pero creído de que no está equivocado, o de que lo está, pero ya no hay marcha atrás. El empeño de escribir suele ser como el de quien toca mal la guitarra y desafina pero no se da cuenta; supone entrar al casino, jugarle siempre al mismo número y depositar la fe en las martingalas. Escribir al fin y al cabo es la fe del creyente que ya no cree en Dios, pero que sigue a la espera de que exista. Tal vez equivocarse voluntariamente sea una forma de la esperanza, de la esperanza de que alguna vez algo salga bien. Un bisabuelo que llega a la Argentina y no a los Estados Unidos, pero que a nadie reclama nada, es muy parecido a escribir. Otro bisabuelo, el cantábrico, que lo hace por un error de negocios en España que lo obliga a partir ya no solo de la patria, sino del continente, también lo es. Que se te rompa la bragueta en la calle por tu culpa, no de casualidad, y que no tengas luego con qué taparte y debas seguir caminando, eso es equivocarse, perder y disimular. Quien esté libre de pecado y de error, que arroje la primera piedra.

El siglo XIX no trajo sólo las revoluciones liberales, cocinó esa ortodoxia ideológica en lo secular, que no admite fallas ni locos obstinados y que es absolutamente heterodoxa en lo sacro. Feliciano Ortego se equivocó. Y en su equivocación resultó un tanto agresivo, está bien: alrededor de 840 páginas lo denuncian. Pero luego nada más hizo de malo. Perdió y disimuló. Y perder y disimular es un hecho casi heroico.

En su homenaje, y en busca de matar las horas que restan de este día con otra equivocación que no es grave, que apenas es venial, armo el borrador de una biografía un tanto adulterada, que espero subir como administrador a Wikipedia cuando la oportunidad me sea dada y entienda cómo funciona ese diccionario. Escribo:

«Feliciano Ortego (Almarza, Soria, 1818 - Palencia, 19 de enero de 1889) fue un médico español, conocido en los círculos literarios, pues su libro La restauración del Quijote, de 1898, se supo vender en España, junto a los dos tomos del mismo año de la primera y segunda parte del Quijote, con prólogo y notas de José María Asensio, quien objeta todo el contenido de la primera obra que conforma el terceto promocional de Seix. Según María Jesús Fraga Fernández-Cuevas, en “El Quijote restaurado por Feliciano Ortego” (Anales Cervantinos, Vol. XL, pp. 181-204, 2008), los tres libros se vendieron juntos en España por 50 pesetas mientras no se acabó la tirada en cuestión. El señor Francisco Seix y Faya nada parece haber dicho de la contradicción y la enemistad entre el volumen de Ortego y los dos tomos curados por Asensio. El señor Francisco Seix y Faya da la impresión de que no fue afectado por la controversia y el ridículo: alguien debería realizar un trabajo sobre el señor Francisco Seix y Faya y sobre todos los editores que se lavan las manos y siempre caen de pie.

»Se sabe que el médico nacido en Soria trabajó en el Hospital de San Bernabé y San Antolín de Palencia durante cuarenta años, y que se opuso al centralismo madrileño y al dogmatismo científico y literario (la ortodoxia sólo la reservó para la lectura de las Sagradas Escrituras y la defensa de su capital error). También se sabe que Baldomera Larrea fue su primera esposa y que Rafaela Fernández, la segunda, con quien casó cuando frisaba los 70 años, de lo que se desprende que al menos tuvo éxito en el amor.

»En 1898, con 80 años y ya tildado por muchos de “chiflado”, Ortego publicó su famoso libro La restauración del Quijote, pero poco pudo disfrutar de las regalías: el 19 de enero de 1899 falleció. Para ese día, desde hacía años, todos murmuraban que se había equivocado, cuando no vuelto loco. En su agonía, se cuenta que, a su última mujer, Ortego señaló como última e íntima defensa: “La única equivocación que tuve es el no haber nacido en Madrid o Barcelona, y el no pertenecer a academias reales de ninguna especie. La verdad es propiedad de las geografías y de aquello que falazmente llaman erudición y método científico. Por eso el mundo ya no tiene salvación” [cita requerida]».



*

[Recuerdo la misma mañana de otoño en el 160, trayecto Almagro-Palermo, junto a la que era mi mujer embarazada de mi primogénito. Recuerdo al matrimonio que increpé. Él, contra la ventanilla, la vista extraviada. Ella, del lado del pasillo: levantó la cara, me odió con sus ojos, me dijo: «¿No te das cuenta de que es ciego?». Recuerdo también los murmullos de los demás pasajeros, el insulto que me dirigió un discapacitado del asiento para discapacitados, la amenaza de bajarme a las trompadas del colectivero. Pero por sobre todas las cosas recuerdo que me vi obligado a seguir tirando del carro de mi equivocación: o me hacía el guapo o ahí mismo me linchaban. Redoblé mi apuesta: «¿Y qué tengo que ser, adivino, para saber que su marido es ciego, señora? ¿Eso justifica su carterazo? ¿Y ustedes, todos los demás, qué se meten?». Logré aguantar dos o tres paradas. A la altura de la Avenida Córdoba supongo que nos bajamos. La que era mi mujer nada me reprochó. Había entendido que la equivocación, de algún modo, era una de mis artes; quizás, la que mejor manejaba].

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