Antes de acá, allá
Ruiz
fue presentado a la semana. No tenía pinta de administrador, al
menos no la idea que todos ahí, en el edificio, tenían de un
administrador. Frisaría los cincuenta años. Los ojos le saltaban de
sus cuencos, la boca la llevaba inclinada hacia el pómulo izquierdo,
el color de la cara era entre bordó y cetrino.
Los
peruanos y la señora Kudjimijian exigieron a Barrios que entregara
el libro de actas y todo el papelerío de su ejercicio. Barrios se
negó, dijo que eso le sería imposible ahora mismo, que eran treinta
años de trabajo, que no podía juntar treinta años de trabajo en
unos minutos. Fellner, aunque sin carta poder, presenció el nuevo
altercado y buscó mediar. Logró un acuerdo entre las partes
mientras Ruiz se repasaba un pañuelo celeste, sucio, sobre la
frente. El acuerdo: Barrios juntaría toda la documentación para fin
de mes.
Pero
antes de fin de mes Barrios quedó sin habla y nada presentó.
—El
veneno —le comentó a Fellner la señora Kudjimijian una de esas
tardes en que lo vio salir en busca de cigarrillos—. Se está
tragando su propio veneno —comentó arreglándose el peinado.
Fellner
presenció desde entonces el crecimiento de la ira vecinal. Escuchó
a diario a los peruanos, la señora Kudjimijian, también a Ruiz,
subir hasta el segundo piso, donde eran recibidos por los gritos o
las quejas de la inválida señora Kicherer. Escuchó insultos hacia
el viejo mudo, amenazas de llevarlo a remate si no entregaba el
papelerío, el libro de actas, los planos; si no devolvía el dinero
que —decían— se había robado, incluidas las expensas impagas
con sus punitorios contraídos. Y quiso preguntar la razón por la
cual todos habían permitido, de ser cierta, aquella administración
fraudulenta. Pero le faltó valentía.
