15.3.12

Fellner


Antes de acá, allá

Ruiz fue presentado a la semana. No tenía pinta de administrador, al menos no la idea que todos ahí, en el edificio, tenían de un administrador. Frisaría los cincuenta años. Los ojos le saltaban de sus cuencos, la boca la llevaba inclinada hacia el pómulo izquierdo, el color de la cara era entre bordó y cetrino.
Los peruanos y la señora Kudjimijian exigieron a Barrios que entregara el libro de actas y todo el papelerío de su ejercicio. Barrios se negó, dijo que eso le sería imposible ahora mismo, que eran treinta años de trabajo, que no podía juntar treinta años de trabajo en unos minutos. Fellner, aunque sin carta poder, presenció el nuevo altercado y buscó mediar. Logró un acuerdo entre las partes mientras Ruiz se repasaba un pañuelo celeste, sucio, sobre la frente. El acuerdo: Barrios juntaría toda la documentación para fin de mes.
Pero antes de fin de mes Barrios quedó sin habla y nada presentó.
El veneno —le comentó a Fellner la señora Kudjimijian una de esas tardes en que lo vio salir en busca de cigarrillos—. Se está tragando su propio veneno —comentó arreglándose el peinado.
Fellner presenció desde entonces el crecimiento de la ira vecinal. Escuchó a diario a los peruanos, la señora Kudjimijian, también a Ruiz, subir hasta el segundo piso, donde eran recibidos por los gritos o las quejas de la inválida señora Kicherer. Escuchó insultos hacia el viejo mudo, amenazas de llevarlo a remate si no entregaba el papelerío, el libro de actas, los planos; si no devolvía el dinero que —decían— se había robado, incluidas las expensas impagas con sus punitorios contraídos. Y quiso preguntar la razón por la cual todos habían permitido, de ser cierta, aquella administración fraudulenta. Pero le faltó valentía.