13.3.12

Fellner

Antes del fin del mundo la historia había comenzado más o menos así:


Llegó al edificio en junio. El departamento era de su padre. Un tres ambientes de los antiguos: techos altos, molduras en las paredes, pisos de roble de Eslavonia. Puliría esos pisos cuando pudiese, pero eso sería más tarde, ahora no tenía con qué, apenas las correcciones, los textos para las revistas de vestidos. Cargaba la computadora el día que llegó, una vieja imac, de las primeras con disco y monitor unidos.
Sólo había una cama, un ropero; y una mesa con rueditas y una silla donde trabajar. El gas y el teléfono estaban cortados. Días después de su llegada habilitó ese par de servicios, hizo reparar una estufa, concurrió a la asamblea extraordinaria convocada por los vecinos.
La reunión se realizó en la portería del edificio, en lo que alguna vez había sido portería y que ahora nomás servía como sala de máquinas: el tablero de la electricidad, las bombas de agua (dos, se notició, alternándose para que ninguna reventase), los medidores de gas en el patio. Y le resultó fácil conocer a sus vecinos. Eran pocos departamentos; uno estaba en venta.
En la planta baja vivía un peruano con su concubina. El peruano trabajaba de empleado delívery en un local de empanadas; alquilaba al señor Nunes.
En el primer piso se hallaban él y la señora Kudjimijian, una anciana de origen armenio y buena salud que todavía era capaz de revender cosméticos con cierto éxito.
En el segundo piso, el último, lo hacían el contador Barrios, también anciano y hasta ese mes administrador del consorcio, más la inválida señora Kicherer.
Fellner se notició también de la interna:
Barrios ni administraba bien ni pagaba sus expensas. Los peruanos, la señora Kudjimijian y Kicherer creían que ya lo habían esperado lo suficiente; habían resuelto su remoción, sugiriendo como reemplazante a una administración externa a cargo de un tal Ruiz.
Vestido como un cura —camisa gris, pantalón negro—, Barrios negó todas las acusaciones, se entusiasmó con la irrupción de Fellner, le hizo notar la bola que empujaba la carne de su ingle. Los peruanos y las señoras Kudjimijian y Kicherer anunciaron que el nuevo vecino no traía carta poder del verdadero dueño, y aunque Barrios insistió, aunque ordenó a Fellner que no les hiciera caso, que se interpusiese al abuso que se practicaba contra un viejo enfermo, Fellner debió dar un paso al costado y desistir de la votación.