Llegó
al edificio en junio. El departamento era de su padre. Un tres
ambientes de los antiguos: techos altos, molduras en las paredes,
pisos de roble de Eslavonia. Puliría esos pisos cuando pudiese, pero
eso sería más tarde, ahora no tenía con qué, apenas las
correcciones, los textos para las revistas de vestidos. Cargaba la
computadora el día que llegó, una vieja imac, de las primeras con
disco y monitor unidos.
Sólo
había una cama, un ropero; y una mesa con rueditas y una silla donde
trabajar. El gas y el teléfono estaban cortados. Días después de
su llegada habilitó ese par de servicios, hizo reparar una estufa,
concurrió a la asamblea extraordinaria convocada por los vecinos.
La
reunión se realizó en la portería del edificio, en lo que alguna
vez había sido portería y que ahora nomás servía como sala de
máquinas: el tablero de la electricidad, las bombas de agua (dos, se
notició, alternándose para que ninguna reventase), los medidores de
gas en el patio. Y le resultó fácil conocer a sus vecinos. Eran
pocos departamentos; uno estaba en venta.
En
la planta baja vivía un peruano con su concubina. El peruano
trabajaba de empleado delívery en un local de empanadas; alquilaba
al señor Nunes.
En
el primer piso se hallaban él y la señora Kudjimijian, una anciana
de origen armenio y buena salud que todavía era capaz de revender
cosméticos con cierto éxito.
En
el segundo piso, el último, lo hacían el contador Barrios, también
anciano y hasta ese mes administrador del consorcio, más la inválida
señora Kicherer.
Fellner
se notició también de la interna:
Barrios
ni administraba bien ni pagaba sus expensas. Los peruanos, la señora
Kudjimijian y Kicherer creían que ya lo habían esperado lo
suficiente; habían resuelto su remoción, sugiriendo como
reemplazante a una administración externa a cargo de un tal Ruiz.
Vestido
como un cura —camisa gris, pantalón negro—, Barrios negó todas
las acusaciones, se entusiasmó con la irrupción de Fellner, le hizo
notar la bola que empujaba la carne de su ingle. Los peruanos y las
señoras Kudjimijian y Kicherer anunciaron que el nuevo vecino no
traía carta poder del verdadero dueño, y aunque Barrios insistió,
aunque ordenó a Fellner que no les hiciera caso, que se interpusiese
al abuso que se practicaba contra un viejo enfermo, Fellner debió
dar un paso al costado y desistir de la votación.