11.2.12

Había a mitad de cuadra

Había a mitad de cuadra una pareja y dos chicos, nene y nena, entre ocho y siete años, respectivamente. Los chicos les gritaban a sus padres ¡pará, pará!, la madre de los chicos lloraba y también gritaba, el padre era un hombre calvo que no gritaba pero que sí gesticulaba con alguna violencia. Crucé la calle con mi perro, caminé despacio. Del otro lado todo iba de mal en peor, y los chicos, esos dos chicos ahí.
—Siempre es lo mismo —me dijo un viejo con dentadura postiza, apoyado en un escobillón, a la entrada del garaje de un edificio.
—¿Los conoce? —pregunté y mi perro otra vez se echó sobre la vereda, como cuando hace poco me detuvo una mujer, también anciana, que decía tener el don de lenguas.
—Sí, ella vive enfrente —me dijo el viejo.
—Habría que buscar un policía —dije—. ¿Usted es portero?
—Encargado.
Los gritos subían. Especialmente los gritos de la mujer. Los chicos alternaban ahora algo así como un juego desesperado de saltar con sus pedidos de que sus padres la cortaran. Yo quería ir nuevamente de donde venía, seguro que donde venía había algún policía. No estaba seguro de que un policía quisiera meterse. Pero no podía ser uno más pasando por la escena sin hacer nada. Había chicos. Chicos a los que les estaban haciendo cajeta la vida probablemente desde hacía años. El viejo comenzó a la par a contarme su historia tras compartir de alguna manera, aunque sin abandonar su escobillón, la bronca que daba ver a esos pibes ahí asistir a otro combate público de sus padres. Hacía un mes y medio al viejo lo había dejado la mujer por otro tipo más viejo, vecino, un edificio distante, sobre la misma vereda, sobre la misma cuadra.
—Ellos pasan, pasan adelante mío. De la mano. Ella me mira como gozándola. Y también él. Hay veces que ando con una sevillana, tengo ganas a veces de encararlo y llevarlo hasta las vías, ahí donde no se ve, para matarlo. Pero me dicen que no lo haga, que voy a terminar preso.
Días atrás había caído yo en la cuenta de mi dificultad de salir a la calle. Días atrás lo había estado conversando, no importa con quién. Soy bastante maniático, pero ese no es el problema. Como los mosquitos, se me pegan los problemas cuando salgo a la calle. Soy al que le piden monedas, al que lo intenta asaltar un drogón y terminamos hablando de cocaína y de paco y de cómo zafar de las drogas. Soy el que no sabe decir no, el que no sabe no mirar y seguir de largo. Y si bien este karma lo arrastro desde hace años ya estoy vulnerable, me pega demasiado la gente con sus problemas, y además a la gente, como a los mosquitos, es evidente que algo le genero. Será cara de boludo. Será cierto olor que largo. No lo sé. Pero es así y por eso trato de salir lo menos posible, de salir con mi perro.
Noches atrás, carajo, fui a comprar cigarrillos con mi perro. Hice cien metros y hallé a un muerto. 911 y todo eso siguió.
—¿Que cómo sabe que el señor está muerto? —me preguntó una mujer.
—El kiosquero dice que se acercó y que estaba duro.
—¿Pero a usted le consta?
—Lo estoy viendo, no se mueve, está duro.
Vino un patrullero. De un bolsillo posterior un policía le sacó al muerto la billetera. NN, indocumentado, poca plata, una bolsa de supermecado con una gaseosa y otras cosas más en la otra mano. Y en la billetera más elementos: tarjetitas de telos, de departamentos donde pagar una puta. Ustedes no saben lo que es salir a comprar cigarrillos en la otra cuadra y demorar una hora o más. Daña.
El portero me siguió contando sus desventuras, sus propósitos de venganza. Yo alterné mi atención entre su historia y la pelea del otro lado de la calle con esos dos pibitos de testigos. Hijos de puta, me decía y de vez en vez lo cortaba al portero, hijos de puta. Hasta que no me aguanté y le dije que me iba en busca de un policía. Nadie lo había hecho, nadie lo hacía, y yo, Súper Nadie estaba llamado otra vez a cumplir contra mi voluntad mi nimia misión de "hombre medianamente bueno".
—Búsquese un abogado, denuncie el adulterio —liquidé la historia del portero—. Venguesé de esa manera y no termine preso.
Mi perro y yo tuvimos relativa suerte. Sobre la avenida encontramos a tres bici-policías, dando nomás vuelta la ochava desde donde podía verse la escena de pelea y chicos. Los policías, dos hombres, una mujer gruesa, estaban cumpliendo cierta tarea que daba la impresión de no ser muy perentoria: dos morochos, de rodillas, contra la pared, sus mochilas abiertas, los brazos cruzados tras la nuca.
Me acerqué a la mujer policía. Una mujer para estas cosas puede ser más comprensiva. Los hombres generalmente son una mierda. Las mujeres son mejores.
—Acá a la vuelta —indiqué, y todo lo que pasaba.
—Terminamos con esto y vamos —me respondió la mujer.
—Hay chicos —insistí.
—Sí, sí.
Al regresar ya los chicos, la pareja, todos se habían ido.
—Se los llevó el padre —me dijo el portero.
Miré a mi perro. Miré al portero. Miré a una chica que ya lo acariciaba a mi perro. Una chica muy linda. Me despedí de ambos diciendo que a esos pibes les estaban cagando la vida, como si por decirlo se conjurase el destino de esos chicos. Inútil. Absolutamente inútil, como es común, mi misión. Cincuenta metros después vi que los tres bici-policías cumplían. Que por lo menos ahí estaban, bicicleteando la cuadra, al pedo, pero bicicleteándola.
Mi perro tiró de su cadena. Fui tras él. Y tras librarlo en la terraza me senté a revisar correos, entré a la página que aglutina las portadas de los principales diarios del mundo, vi que Crónica había sacado una tapa aborrecible y mi también inútil reacción fueron más puteadas, por twitter.
Los chicos testigos del odio de sus padres, en ellos pienso ahora. Y en todos los chicos a los que les recontracagan la vida. Y lo posteo. Como si por postearlo ganase mi traje de Súper Nadie alguna eficacia.