—Arabatá arabatatatá —me despidió
la vieja, y diciendo que mi ángel era Ariel. ¿Hay un ángel que se llame Ariel?
También dijo—: Los ateos solo creen en Di-s.— Y que ella tenía el don de
lenguas, que por eso arabatá arabatatatá—. No te asustés —me previno—, con lo
que te voy a decir.— Y me tomó la mano libre de la correa del perro y me dijo
arabatá arabatatatá. Y que era pastora, joder, y que se había casado tres
veces—. Una legal —me dijo—, con un turco —me dijo.
Estaba sentada
en la vereda de Martín de Gainza al 900. Tomando mate con azúcar. Sentada en
una silla, estaba. Debía pesar 35 kilos y exagero. Y el hijo, canoso, enjuto,
pesaría como mi can, unos 25 kilos. Tenía gorra de béisbol el hijo, tenía una
remera que se levantó para mostrarme lo flaco que estaba. Tenía, también, unas
bermudas por donde le asomaban dos patitas sin pantorrillas. Los dos, la
representación burda de mi tristeza patológica.
—Estoy
inválido —me dijo el hijo—. Me levantó por el aire un C4 y estoy inválido. En
Gavilán y Gaona.
Joder, joder,
joder.
—Y me fui a
pasar las fiestas a Ciudadela con No Sé Quién, el que pasea perros, ¿lo
conocés?
—No, soy nuevo
en el barrio —dije.
—Ah.
—Sí —le dije.
—Pero nunca le
des a No Sé Quién tu perro para pasearlo.
Y la vieja:
—Anda en la
joda No Sé Quién.
—Sí, en la
merca anda.
—Uh.
—Sí.
El viento
apenas me despeinaba el pelo. Un viento caliente como la sopa, pesado como este
bajón anímico que perdura. Que perdura, doctor, a pesar de su ciencia. Y olor a
nada, había, a cigarrillo como mucho, olor a todo el tabaco que me venía
fumando por esos días que también son estos, llenos mis pulmones de enfermedad,
de esa enfermedad que uno se genera para atemperar la otra enfermedad, la
enfermedad de la cabeza.
—Y yo me fui
para las fiestas porque No Sé Quién es amigo de Fumanchú y Fumanchú tiene remís
—el hijo me dijo—. Yo tenía andador. Tenía andador para andar, porque mirá
—dijo, y se puso de pie tomándose de las dos paredes del largo pasillo de la
casa, una casa chorizo—. ¿Ves cómo me paro? Pero no puedo caminar solo.
—Se va a matar
—la vieja dijo.
—Sí, me puedo,
¡pero pará!
Yo lo adopté
—siguió la vieja—. A él y a su hermano. Su hermano es gemelo. ¿Vos sabés que
tienen igual la huella del pulgar? ¿Lo podés creer?
—Sí, sí —dijo
él—; como estuvimos adentro de una misma bolsa tenemos todo igual, mi hermano
vende flores en Chacarita.
—¡Flores,
flores!, se la pasa diciendo —dijo la vieja.
Pero chupa que
es un asco —dijo él.
A mí no me
hace gracia —ella.
¡Pará, pará un
poco! —dijo él.
La vieja tenía
dos o tres dientes marrones. La vieja tenía dos o tres dientes. Y la nariz
ancha. Y arrugas que le comían la cara, que se la chupaban; empleadas ellas,
las arrugas, de la muerte cercana, segura.
—Mi papá era
norteamericano, se casó con una mulata —dijo la vieja.
—Pero usted
tiene pinta de gringa —le contesté.
—No te creas
—dijo la vieja y se tocó la nariz.
—Entonces yo
fui a pasar las fiestas con No Sé Quién y Fumanchú —el hijo recapituló—, y me
tuvieron cinco días metido en una pieza, abajo; ellos se mandaron para arriba
para darle a la merca. Les tenía que gritar para que me llevaran al baño.
Porque una cosa es que yo camine por el pasillo, ¿me entendés?, y otra por una
pieza, no me alcanzan los brazos, ¿me entendés?
—¿Y el
andador? —pregunté.
—El andador
Fumanchú lo metió en el baúl del remís, el muy hijo de puta, me lo dejó ahí
metido, el muy hijo de puta.
—Uh.
—Sí.
—¿Me querés
morder, vos, eh?
—Cuidado, que
es cachorro y medio hinchapelotas.
—No se lo des
a No Sé Quién, ¿eh?
—¡Ya te dijo
que no lo conoce, Juan Carlos!
—¡Pará, pará
un poco!
—A mí también
me tocaron el timbre No Sé Quién y el otro: Señora, venga a pasar las fiestas
con nosotros. Déle, señora. ¿Pero quién se queda a cuidar la casa?, les dije,
dejensé de joder —dijo la vieja.
—Pero yo sí me
fui —el hijo dijo.
—Pero yo no. Y
le dije, ¿para qué te vas con No Sé Quién y el otro?
—Fumanchú,
mamá.
—Pero se fue,
se fue.
—A pasar las
fiestas me fui.
—Acá antes
alquilaba dos piezas a dos peruanos. Me robaron todo —la vieja dijo—. Estamos
en la lona; se me rompió la cocina, no tenemos gas, a la buena de Di-s vivimos,
ratatá, maranatá, arabatatatá.
—Y les tuve
que gritar más para que me llevaran de vuelta a casa, estaban repuestos —siguió
el hijo.
—Yo le dije no
vayás, porque él no toma alcohol, decile.
—No, no tomo
ni una gota, solo esa sidra, ¿cómo se llama?, esa sidra que toman los chicos,
sin alcohol.
—Ah —dije.
—Pero mi
hermano se toma hasta el agua de las jarras, es igualito a mí.
—Igualito, sí
—dijo la vieja.
—La otra vez
viene el Pollo y me dice: Che, te vi en Chacarita de lo más bien.
—Y a mí
—intervino la vieja otra vez, cruzada de piernas, dos caños de una pelopincho
las piernas—, y a mí me vino arabatá arabatatatá rarrarrá y me dijo: ¡Ay, qué
suerte que Juan Carlos está mejor! Y yo le dije: No es Juan Carlos, ¡es el
hermano! No es gracioso. ¡Pero son dos gotas de agua! ¡Tiene la misma huella
del pulgar!, ¿lo podés creer?
—Pero mi
hermano chupa mal; chupa —dijo el hijo—. Ayer me tocó el timbre a las 7 de la
mañana.
—Pero yo no lo
escuché —ella dijo; lamentándose, ella, como si algo malo hubiera sucedido o
fuera a pasar; mi can, cada vez lo quiero menos, cada vez me angustia más,
resignado a esperar sentado o echado sobre la vereda sucia.
—Venía con una
sidra de verdad —el hijo dijo de su hermano—, pero yo, para llegar hasta ahí,
mirá cómo tengo el culo todo chato, mirá.
—¡Sentate que
te vas a matar! —dijo la vieja.
—¡Pará! Y yo
para llegar hasta la puerta me tengo que sentar en la cama, de ahí tirarme al
piso y caminar con el culo hasta el pasillo. Me tomé un vasito de sidra nomás,
y me agarré un pedo. No estoy acostumbrado —dijo, y yo le vi, en el lóbulo de
la oreja izquierda, un arito barato, una flor azul y triste como mi tristeza y
como todas las tristezas patológicas.
—Y el otro quedó
tirado en mi cama —la vieja dijo.
—Rechupado
—acotó el hijo.
—No es
gracioso —acotó la vieja.
—¡Basta! —dijo
el hijo, se levantó y se volvió a sentar, tomándose de las paredes. La vieja en
la silla, chupando de la bombilla. Mi can acostado en la vereda de Martín de
Gainza. Yo con fuertes ganas de orinar, de llorar, pero impedido de lo segundo,
yo, por las pastillas que ni soñar te dejan, y con todo eso y con doscientos
mangos milagrosamente en el bolsillo.
—Y Fumanchú me dejó para Reyes
—el hijo dijo—, pero me dejó tirado acá en la puerta y se mandó mudar con el
andador en el baúl el muy hijo de puta.
—¿A vos te
parece? —la vieja preguntó—. Es gente que tiene el alma enferma. Enferma la
tiene —dijo ella también.
—¿Pero por qué
no lo llama por teléfono a Fumanchú?
—¡Es que no
tengo el teléfono de Fumanchú! —dijo él—. No tenemos teléfono.
—¿Y No Sé
Quién? —pregunté.
—No Sé Quién
no le quiere dar el teléfono —dijo la vieja.
El hijo se
había vuelto a parar y sentar con dificultad en el escalón de ingreso a la
casa, ahora volvía a ponerse de pie.
—¡Te vas a
matar!
—¡Pará!
El hijo giró
sin soltarse de las paredes, soportados sus 25 kilos por esa presión de sus
manos; soportados, en menor medida, por las cañas tacuara que tenía por
piernas. Mostró cómo se las arreglaba esta vez con mayor cantidad de ejemplos.
La vieja se tapó los ojos, se chupó los labios, le salió la punta de la
mandíbula disparada hacia delante, y yo, que solo había querido pasear al
perro, que solo había querido eso para quitarme un poco toda esta desgracia de
andar mal de la cabeza, me había venido a encontrar con ese par de chiflados.
—Un andador
cuesta gamba y media, nuevo —el hijo dijo, deslizándose por el pasillo, girando
sobre sí.
—Y yo fui a la
iglesia de Buenos Aires —levantó el dedo la vieja—, pedí un andador, uno usado,
no uno nuevo, él tenía uno nuevo.
—¡No era
nuevo, mamá, era usado! —dijo él.
—Pero los
curas no me dieron nada —siguió la vieja—. Les pedí un poco de pan. Pero no me
dieron pan tampoco. Yo soy pastora. Hablo en lenguas.
—Se casó tres
veces —dijo el hijo en regreso, como un muñeco mal articulado.
—Una legal
—dijo la vieja.
—Era rápida
mamá —el hijo buscó sonreír.
—¿Usted no
tiene pensión por invalidez? —me salió preguntarle al hijo.
—No, me iba a
hacer el documento —dijo el hijo—, me falta el documento, pero tengo todo lo
demás. Mamá, ¿por qué no le mostrás todo los papeles?
La vieja salió
eyectada de la silla, camino al pasillo, que se había oscurecido bastante desde
que habíamos comenzado con todo esto.
—No me tardo,
el es soltero, contale —dijo la vieja antes de mandarse mudar.
—Desde hace
cinco años soy soltero, me separé. Mi mujer no deja que vea a los pibes. Y me
agarró el C4 por el aire y Fumanchú se quedó con mi andador. Hoy comí
salchichas. En la esquina una vecina me dio salchichas y esa cosa que se les
pone, ¿cómo se llama?
—¿Pan?
—Eso, pan.
Pancho.
—Tomá —la
vieja regresó, se sentó, le entregó una talega marrón al hijo y se quedó con
una bolsa de supermercado con papeles dentro. Antes le dije:
—Cuidado con
el mate, señora.
Porque vi que
se iba a la mierda la vieja, que pisaba el mate y se iba a la mierda.
Mi can,
dormido. En mi cabeza, una canción brasileña de moda, desintegrándose, yéndose
ella sí a la mierda, de esas canciones que se escuchan en las zonas de veraneo
y que sirven para que la época de celo prospere. Yo le había visto el pito a mi
can por esos días, me había dado mucho asco, no quería saber nada de sexo por
un tiempo. Por eso días también había escuchado un programa de solos y solas,
viejos y viejas, y cuando los viejos se entusiasmaban con las viejas yo les
había imaginado las vergas levantándonse, despegándose de los huevos, bajo
calzones sucios, meados. No tiene nada que ver con lo que estoy contando, o sí,
no sé.
La vieja sacó
de la bolsa unos papeles ajados, amarillos. El hijo hizo lo mismo con otros
papeles, pero de la talega.
—Tomá —me dijo
el hijo.
—Deme de a uno
porque el perro ve papeles y se los come —le pedí.
—Ahí está el
turno que saqué para el documento en el CGP —dijo el hijo—. ¿Pero cómo hago
para ir si el andador? Media gamba cuesta uno nuevo, ¿de dónde saco esa guita?
—Creo que los
del CGP pueden venir a domicilio, usted está inválido —dije—. Solo tendría que
llamarlos por teléfono, del teléfono de un vecino.
—Claro, sí, en
la esquina —dijo él.
—Pero hay que
solucionar el asunto de los pulgares —dijo la vieja, y a mí—: Tomá, ¡tomá!.
La mano de la
vieja empuñando el papel. Llena de nudos, la mano. Artrosis. La muerte cerca,
la puta que la parió a la muerte, a la tristeza, a la decrepitud.
Una partida de
matrimonio, con el nacimiento de la vieja, en el papel.
—¿Usted es
Alba? —pregunté.
—Alba viuda
del turco, sí —dijo la vieja.
—Se casó tres
veces ella —dijo el hijo.
—Una legal
—dijo la vieja.
—¿Y tiene
usted pensión, señora? —pregunté.
—Jubilación
tiene —dijo el hijo.
Primero hay
que saber sufrir, después amar, ahora en mi cabeza. Después qué importa del
después, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. La puta madre que
la parió a mi tristeza.
Qué le habrán
hecho mis manos, qué le habrán hecho, para dejarle en el pecho tanto dolor.
Mi can,
dormido.
Primero hay
que saber sufrir, después amar. Joder.
Toda mi vida
es el ayer.
Y también:
Y pienso en la
vida: las madres que sufren, los hijos que vagan sin techo ni pan.
—Tendría entonces
que conseguir un teléfono y llamar, con el documento puede recibir una pensión
por invalidez, ¿vio? —le dije al hijo, sin saber ya qué decirle, llorándome
todo por dentro, yo.
—Eso digo yo
—dijo la vieja.
—Total, es
cuestión de que le saquen una foto, que usted llene unos papeles, y después se
lo envían a domicilio —seguí.
—Sí. Además
sin documento no me revisan los médicos de la otra parte, de la parte del C4
—el hijo dijo.
—Tomá —cortó
la vieja.
Otro papel.
—Lo escribí yo
—dijo.
—Ah.
—¡Leelo!
—pidió.
"Rodéate
de cosas que amas, ya sea la familia, mascotas, música, plantas, pasatiempos,
en fin, lo que sea que te guste."
Yo fui
bailarina, modelo pero no de pasarela, cantante. Levanté toda una familia yo
sola —dijo la vieja.
"Tu casa
es tu refugio", leía yo.
—Dame la mano
—pidió la vieja.
"Tu casa
es tu refugio. A las personas que amas, díselo en cada oportunidad que
tengas."
—No te asustés
con lo que te voy a decir —dijo la vieja.
"Elimina
de tu vida los números que no son esenciales. Esto incluye la edad, peso y
altura, deja que tu médico se preocupe por ellos."
—Arabatá
arabatatatá.
"Mantén
amistades alegres, las quejosas bajan el ánimo."
—Arabatá
arabatatatá.
"Aprende
nuevas cosas, no permitas que tu cerebro sea holgazán, se enferma."
—Arabatá
arabatatatá.
"Ríe más
a menudo, fuerte y por largo tiempo. Ríe hasta que te quedes sin aire."
—Arabatá
arabatatatá. Y del Hij- y del Espíritu Sant-.
"Sufre,
laméntate y luego sigue adelante."
Primero hay
que saber sufrir, después amar.
—Arabatá
arabatatatá. Y amén.
"La única
persona que estará con nosotros toda la vida somos nosotros mismos."
—¡Y amén!
"La vida
no se mide por los descansos que tomamos sino por los momentos que te roban el
aliento."
—Listo, listo.
"Carrusel
® Serie M Poemas 61 Industria Argentina - carrusel@fibertel.com.ar."
El hijo se
había vuelto a incorporar, otra vez me pedía que le mirase lo chato que tenía
el culo.
—Di-s tira
pero no ahorca —le dije en el ínterin.
—¡Eso digo yo!
—dijo la vieja—. ¡Di-s es único! Tu ángel es Ariel. Arabatá arabatatatá —dijo
también.
La vida es una
herida absurda, también en mi cabeza, mi cabeza, mi triste cabeza, despeinada
por la brisa caliente como un puchero, como si mi cabeza perteneciera a la de
un actor de Hollywood con fiebre.
Y la vieja
ahí, en su silla. Y el hijo también ahí, sosteniéndose con las manos.
Representantes de estos, mis días, por este barrio que, para mí, todavía es
nuevo, tan nuevo como lo es, aunque en menor medida, para mi joven can.