19.1.12

Gainza al 900


—Arabatá arabatatatá —me despidió la vieja, y diciendo que mi ángel era Ariel. ¿Hay un ángel que se llame Ariel? También dijo—: Los ateos solo creen en Di-s.— Y que ella tenía el don de lenguas, que por eso arabatá arabatatatá—. No te asustés —me previno—, con lo que te voy a decir.— Y me tomó la mano libre de la correa del perro y me dijo arabatá arabatatatá. Y que era pastora, joder, y que se había casado tres veces—. Una legal —me dijo—, con un turco —me dijo.
Estaba sentada en la vereda de Martín de Gainza al 900. Tomando mate con azúcar. Sentada en una silla, estaba. Debía pesar 35 kilos y exagero. Y el hijo, canoso, enjuto, pesaría como mi can, unos 25 kilos. Tenía gorra de béisbol el hijo, tenía una remera que se levantó para mostrarme lo flaco que estaba. Tenía, también, unas bermudas por donde le asomaban dos patitas sin pantorrillas. Los dos, la representación burda de mi tristeza patológica.
—Estoy inválido —me dijo el hijo—. Me levantó por el aire un C4 y estoy inválido. En Gavilán y Gaona.
Joder, joder, joder.
—Y me fui a pasar las fiestas a Ciudadela con No Sé Quién, el que pasea perros, ¿lo conocés?
—No, soy nuevo en el barrio —dije.
—Ah.
—Sí —le dije.
—Pero nunca le des a No Sé Quién tu perro para pasearlo.
Y la vieja:
—Anda en la joda No Sé Quién.
—Sí, en la merca anda.
—Uh.
—Sí.
El viento apenas me despeinaba el pelo. Un viento caliente como la sopa, pesado como este bajón anímico que perdura. Que perdura, doctor, a pesar de su ciencia. Y olor a nada, había, a cigarrillo como mucho, olor a todo el tabaco que me venía fumando por esos días que también son estos, llenos mis pulmones de enfermedad, de esa enfermedad que uno se genera para atemperar la otra enfermedad, la enfermedad de la cabeza.
—Y yo me fui para las fiestas porque No Sé Quién es amigo de Fumanchú y Fumanchú tiene remís —el hijo me dijo—. Yo tenía andador. Tenía andador para andar, porque mirá —dijo, y se puso de pie tomándose de las dos paredes del largo pasillo de la casa, una casa chorizo—. ¿Ves cómo me paro? Pero no puedo caminar solo.
—Se va a matar —la vieja dijo.
—Sí, me puedo, ¡pero pará!
Yo lo adopté —siguió la vieja—. A él y a su hermano. Su hermano es gemelo. ¿Vos sabés que tienen igual la huella del pulgar? ¿Lo podés creer?
—Sí, sí —dijo él—; como estuvimos adentro de una misma bolsa tenemos todo igual, mi hermano vende flores en Chacarita.
—¡Flores, flores!, se la pasa diciendo —dijo la vieja.
Pero chupa que es un asco —dijo él.
A mí no me hace gracia —ella.
¡Pará, pará un poco! —dijo él.
La vieja tenía dos o tres dientes marrones. La vieja tenía dos o tres dientes. Y la nariz ancha. Y arrugas que le comían la cara, que se la chupaban; empleadas ellas, las arrugas, de la muerte cercana, segura.
—Mi papá era norteamericano, se casó con una mulata —dijo la vieja.
—Pero usted tiene pinta de gringa —le contesté.
—No te creas —dijo la vieja y se tocó la nariz.
—Entonces yo fui a pasar las fiestas con No Sé Quién y Fumanchú —el hijo recapituló—, y me tuvieron cinco días metido en una pieza, abajo; ellos se mandaron para arriba para darle a la merca. Les tenía que gritar para que me llevaran al baño. Porque una cosa es que yo camine por el pasillo, ¿me entendés?, y otra por una pieza, no me alcanzan los brazos, ¿me entendés?
—¿Y el andador? —pregunté.
—El andador Fumanchú lo metió en el baúl del remís, el muy hijo de puta, me lo dejó ahí metido, el muy hijo de puta.
—Uh.
—Sí.
—¿Me querés morder, vos, eh?
—Cuidado, que es cachorro y medio hinchapelotas.
—No se lo des a No Sé Quién, ¿eh?
—¡Ya te dijo que no lo conoce, Juan Carlos!
—¡Pará, pará un poco!
—A mí también me tocaron el timbre No Sé Quién y el otro: Señora, venga a pasar las fiestas con nosotros. Déle, señora. ¿Pero quién se queda a cuidar la casa?, les dije, dejensé de joder —dijo la vieja.
—Pero yo sí me fui —el hijo dijo.
—Pero yo no. Y le dije, ¿para qué te vas con No Sé Quién y el otro?
—Fumanchú, mamá.
—Pero se fue, se fue.
—A pasar las fiestas me fui.
—Acá antes alquilaba dos piezas a dos peruanos. Me robaron todo —la vieja dijo—. Estamos en la lona; se me rompió la cocina, no tenemos gas, a la buena de Di-s vivimos, ratatá, maranatá, arabatatatá.
—Y les tuve que gritar más para que me llevaran de vuelta a casa, estaban repuestos —siguió el hijo.
—Yo le dije no vayás, porque él no toma alcohol, decile.
—No, no tomo ni una gota, solo esa sidra, ¿cómo se llama?, esa sidra que toman los chicos, sin alcohol.
—Ah —dije.
—Pero mi hermano se toma hasta el agua de las jarras, es igualito a mí.
—Igualito, sí —dijo la vieja.
—La otra vez viene el Pollo y me dice: Che, te vi en Chacarita de lo más bien.
—Y a mí —intervino la vieja otra vez, cruzada de piernas, dos caños de una pelopincho las piernas—, y a mí me vino arabatá arabatatatá rarrarrá y me dijo: ¡Ay, qué suerte que Juan Carlos está mejor! Y yo le dije: No es Juan Carlos, ¡es el hermano! No es gracioso. ¡Pero son dos gotas de agua! ¡Tiene la misma huella del pulgar!, ¿lo podés creer?
—Pero mi hermano chupa mal; chupa —dijo el hijo—. Ayer me tocó el timbre a las 7 de la mañana.
—Pero yo no lo escuché —ella dijo; lamentándose, ella, como si algo malo hubiera sucedido o fuera a pasar; mi can, cada vez lo quiero menos, cada vez me angustia más, resignado a esperar sentado o echado sobre la vereda sucia.
—Venía con una sidra de verdad —el hijo dijo de su hermano—, pero yo, para llegar hasta ahí, mirá cómo tengo el culo todo chato, mirá.
—¡Sentate que te vas a matar! —dijo la vieja.
—¡Pará! Y yo para llegar hasta la puerta me tengo que sentar en la cama, de ahí tirarme al piso y caminar con el culo hasta el pasillo. Me tomé un vasito de sidra nomás, y me agarré un pedo. No estoy acostumbrado —dijo, y yo le vi, en el lóbulo de la oreja izquierda, un arito barato, una flor azul y triste como mi tristeza y como todas las tristezas patológicas.
—Y el otro quedó tirado en mi cama —la vieja dijo.
—Rechupado —acotó el hijo.
—No es gracioso —acotó la vieja.
—¡Basta! —dijo el hijo, se levantó y se volvió a sentar, tomándose de las paredes. La vieja en la silla, chupando de la bombilla. Mi can acostado en la vereda de Martín de Gainza. Yo con fuertes ganas de orinar, de llorar, pero impedido de lo segundo, yo, por las pastillas que ni soñar te dejan, y con todo eso y con doscientos mangos milagrosamente en el bolsillo.
—Y Fumanchú me dejó para Reyes —el hijo dijo—, pero me dejó tirado acá en la puerta y se mandó mudar con el andador en el baúl el muy hijo de puta.
—¿A vos te parece? —la vieja preguntó—. Es gente que tiene el alma enferma. Enferma la tiene —dijo ella también.
—¿Pero por qué no lo llama por teléfono a Fumanchú?
—¡Es que no tengo el teléfono de Fumanchú! —dijo él—. No tenemos teléfono.
—¿Y No Sé Quién? —pregunté.
—No Sé Quién no le quiere dar el teléfono —dijo la vieja.
El hijo se había vuelto a parar y sentar con dificultad en el escalón de ingreso a la casa, ahora volvía a ponerse de pie.
—¡Te vas a matar!
—¡Pará!
El hijo giró sin soltarse de las paredes, soportados sus 25 kilos por esa presión de sus manos; soportados, en menor medida, por las cañas tacuara que tenía por piernas. Mostró cómo se las arreglaba esta vez con mayor cantidad de ejemplos. La vieja se tapó los ojos, se chupó los labios, le salió la punta de la mandíbula disparada hacia delante, y yo, que solo había querido pasear al perro, que solo había querido eso para quitarme un poco toda esta desgracia de andar mal de la cabeza, me había venido a encontrar con ese par de chiflados.
—Un andador cuesta gamba y media, nuevo —el hijo dijo, deslizándose por el pasillo, girando sobre sí.
—Y yo fui a la iglesia de Buenos Aires —levantó el dedo la vieja—, pedí un andador, uno usado, no uno nuevo, él tenía uno nuevo.
—¡No era nuevo, mamá, era usado! —dijo él.
—Pero los curas no me dieron nada —siguió la vieja—. Les pedí un poco de pan. Pero no me dieron pan tampoco. Yo soy pastora. Hablo en lenguas.
—Se casó tres veces —dijo el hijo en regreso, como un muñeco mal articulado.
—Una legal —dijo la vieja.
—Era rápida mamá —el hijo buscó sonreír.
—¿Usted no tiene pensión por invalidez? —me salió preguntarle al hijo.
—No, me iba a hacer el documento —dijo el hijo—, me falta el documento, pero tengo todo lo demás. Mamá, ¿por qué no le mostrás todo los papeles?
La vieja salió eyectada de la silla, camino al pasillo, que se había oscurecido bastante desde que habíamos comenzado con todo esto.
—No me tardo, el es soltero, contale —dijo la vieja antes de mandarse mudar.
—Desde hace cinco años soy soltero, me separé. Mi mujer no deja que vea a los pibes. Y me agarró el C4 por el aire y Fumanchú se quedó con mi andador. Hoy comí salchichas. En la esquina una vecina me dio salchichas y esa cosa que se les pone, ¿cómo se llama?
—¿Pan?
—Eso, pan. Pancho.
—Tomá —la vieja regresó, se sentó, le entregó una talega marrón al hijo y se quedó con una bolsa de supermercado con papeles dentro. Antes le dije:
—Cuidado con el mate, señora.
Porque vi que se iba a la mierda la vieja, que pisaba el mate y se iba a la mierda.
Mi can, dormido. En mi cabeza, una canción brasileña de moda, desintegrándose, yéndose ella sí a la mierda, de esas canciones que se escuchan en las zonas de veraneo y que sirven para que la época de celo prospere. Yo le había visto el pito a mi can por esos días, me había dado mucho asco, no quería saber nada de sexo por un tiempo. Por eso días también había escuchado un programa de solos y solas, viejos y viejas, y cuando los viejos se entusiasmaban con las viejas yo les había imaginado las vergas levantándonse, despegándose de los huevos, bajo calzones sucios, meados. No tiene nada que ver con lo que estoy contando, o sí, no sé.
La vieja sacó de la bolsa unos papeles ajados, amarillos. El hijo hizo lo mismo con otros papeles, pero de la talega.
—Tomá —me dijo el hijo.
—Deme de a uno porque el perro ve papeles y se los come —le pedí.
—Ahí está el turno que saqué para el documento en el CGP —dijo el hijo—. ¿Pero cómo hago para ir si el andador? Media gamba cuesta uno nuevo, ¿de dónde saco esa guita?
—Creo que los del CGP pueden venir a domicilio, usted está inválido —dije—. Solo tendría que llamarlos por teléfono, del teléfono de un vecino.
—Claro, sí, en la esquina —dijo él.
—Pero hay que solucionar el asunto de los pulgares —dijo la vieja, y a mí—: Tomá, ¡tomá!.
La mano de la vieja empuñando el papel. Llena de nudos, la mano. Artrosis. La muerte cerca, la puta que la parió a la muerte, a la tristeza, a la decrepitud.
Una partida de matrimonio, con el nacimiento de la vieja, en el papel.
—¿Usted es Alba? —pregunté.
—Alba viuda del turco, sí —dijo la vieja.
—Se casó tres veces ella —dijo el hijo.
—Una legal —dijo la vieja.
—¿Y tiene usted pensión, señora? —pregunté.
—Jubilación tiene —dijo el hijo.
Primero hay que saber sufrir, después amar, ahora en mi cabeza. Después qué importa del después, toda mi vida es el ayer que me detiene en el pasado. La puta madre que la parió a mi tristeza.
Qué le habrán hecho mis manos, qué le habrán hecho, para dejarle en el pecho tanto dolor.
Mi can, dormido.
Primero hay que saber sufrir, después amar. Joder.
Toda mi vida es el ayer.
Y también:
Y pienso en la vida: las madres que sufren, los hijos que vagan sin techo ni pan.
—Tendría entonces que conseguir un teléfono y llamar, con el documento puede recibir una pensión por invalidez, ¿vio? —le dije al hijo, sin saber ya qué decirle, llorándome todo por dentro, yo.
—Eso digo yo —dijo la vieja.
—Total, es cuestión de que le saquen una foto, que usted llene unos papeles, y después se lo envían a domicilio —seguí.
—Sí. Además sin documento no me revisan los médicos de la otra parte, de la parte del C4 —el hijo dijo.
—Tomá —cortó la vieja.
Otro papel.
—Lo escribí yo —dijo.
—Ah.
—¡Leelo! —pidió.
"Rodéate de cosas que amas, ya sea la familia, mascotas, música, plantas, pasatiempos, en fin, lo que sea que te guste."
Yo fui bailarina, modelo pero no de pasarela, cantante. Levanté toda una familia yo sola —dijo la vieja.
"Tu casa es tu refugio", leía yo.
—Dame la mano —pidió la vieja.
"Tu casa es tu refugio. A las personas que amas, díselo en cada oportunidad que tengas."
—No te asustés con lo que te voy a decir —dijo la vieja.
"Elimina de tu vida los números que no son esenciales. Esto incluye la edad, peso y altura, deja que tu médico se preocupe por ellos."
—Arabatá arabatatatá.
"Mantén amistades alegres, las quejosas bajan el ánimo."
—Arabatá arabatatatá.
"Aprende nuevas cosas, no permitas que tu cerebro sea holgazán, se enferma."
—Arabatá arabatatatá.
"Ríe más a menudo, fuerte y por largo tiempo. Ríe hasta que te quedes sin aire."
—Arabatá arabatatatá. Y del Hij- y del Espíritu Sant-.
"Sufre, laméntate y luego sigue adelante."
Primero hay que saber sufrir, después amar.
—Arabatá arabatatatá. Y amén.
"La única persona que estará con nosotros toda la vida somos nosotros mismos."
—¡Y amén!
"La vida no se mide por los descansos que tomamos sino por los momentos que te roban el aliento."
—Listo, listo.
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El hijo se había vuelto a incorporar, otra vez me pedía que le mirase lo chato que tenía el culo.
—Di-s tira pero no ahorca —le dije en el ínterin.
—¡Eso digo yo! —dijo la vieja—. ¡Di-s es único! Tu ángel es Ariel. Arabatá arabatatatá —dijo también.
La vida es una herida absurda, también en mi cabeza, mi cabeza, mi triste cabeza, despeinada por la brisa caliente como un puchero, como si mi cabeza perteneciera a la de un actor de Hollywood con fiebre.
Y la vieja ahí, en su silla. Y el hijo también ahí, sosteniéndose con las manos. Representantes de estos, mis días, por este barrio que, para mí, todavía es nuevo, tan nuevo como lo es, aunque en menor medida, para mi joven can.