27.1.12

Formas de estar solo

No suelo tomarme demasiado en serio los elogios, pero sí la crítica. Y ni qué hablar de la autocrítica. Todo ello no me hace mejor, pero me sirvió siempre para fracasar menos. Soy culpógeno y tengo escrúpulos y no me perdono quedar en ridículo, porque sé que soy ridículo.
Hace ya casi un año a todos los poquísimos que saben de mí prometí el envío, y así cumplí, del borrador de El cuaderno enfermo. Estaba apurado, estaba entusiasmado, también. ¡Más de 250 páginas! ¡Oh!
Hubo enseguida comentarios elogiosos, gestos de generosidad que siempre voy a apreciar, y silencios sugerentes. Me guié, naturalmente, más por esas segundas y tácitas opiniones. También por mis propios azotes.
El cuaderno enfermo fue podado, recortado, amputado. El cuaderno enfermo fue aniquilado en su nombre. Ya no hay más "cuaderno enfermo" en ese sentido. Hay otro nombre y una estructura que me satisface un poco, nada más que un poco, pero peor podría ser nada.
Los perros que fueron echados de ahí ahora duermen en sus caniles hasta recibir nuevos adiestramientos o ser lisa y llanamente sacrificados; tal vez un par más pronto los acompañen. Suele sucederme, al fin y al cabo, que del 100% de lo que escribo apenas el 10% podría ser publicable. Por eso me gusta tanto leer y tan poco escribir así, con ínfulas y pretensiones.