2.12.11

Paradis -otra versión-

1

Dejlig er jorden, praegtig er Guds himmel, cantará el pastor. Dejlig er jorden, praegtig er Guds himmel, skon er sjaelenes pilgrimsgang!

Aquí, a mi lado, tengo la hoja impresa con la canción, una canción que habla de la amistad, que tiene letras que no sé reproducir con esta máquina. La o partida por una diagonal. La contracción de ciertas vocales. Gennem de favre riger pa jorden, un pequeño círculo sobre la a de pa. Otro más en la a siguiente, la de gar: Gar vi til Paradis med sang.

—Ella, como todos los domingos, se levantó temprano —dirá el pastor—. Y como buena danesa y mejor luterana no lo hizo para ir a misa, sino para trabajar la tierra, hacer negocios, perderse en una charla con clientes.

Tendrá el pastor, para cuando todo eso diga, la sotana negra que tal vez reciba otro nombre según su fe, y el cuello que, he leído, en castizo se llama “escarolado” o “de lechuguilla”; en el caso del pastor, demasiado artificial y blanco y tal vez también nombrado de otro modo por los seguidores del gran reformista germano, pero, para el caso, fácil de asociar con los cuadros de los siglos XVI o XVII, e incluso con cierto retrato de Cervantes, con la diferencia de la rigidez de la forma de aquél del velorio, de esa apariencia de ser, antes que atuendo, base donde colocar una torta de casamiento.

Elegante el pastor estará. Tradicional como un gaucho danés. También moderno: lo he visto en los diarios, mucho antes de la muerte de la mujer luterana, en una foto, celebrando el bautismo del hijo artificioso de un par de lesbianas.







2

Di skjonne ungdomsdaw, aaja, de daw saa Svaer aa find!, también cantará tras las oraciones, con alguna variante en las vocales, y asimismo tras el saludo al espíritu de la muerta y el énfasis en la resurrección de los muertos. Y: Vi’el lowt wor kop saa glaadle op for dem daw saa laeng, laeng sind!

—Porque ella hubiera querido que así la despidiéramos, cantando estas cosas —dirá.







3

(Internet me provee las vocales y la aparentemente correcta escritura de algunos versos que el pastor cantará: Di skjønne ungdomsdaw, å ja, de daw så svær å find! Vi’el løwt wor kop så glådle op for dem daw så læng, læng sind! Y: Vi’ el Løwt wor kop saa glaadle op for dem daw saa Læng Læng sind! Podría traducirlos. Recurrir a un traductor online. Pero no es esto lo importante.)







4

Svend me cuenta estas cosas. Christoffer es el pastor que cantará. Mette se llama la muerta. Svend. Christoffer. Mette.







5

—Ella quedó viuda de muy joven, no me acuerdo de papá —Svend dice—. Era una mujer fuerte. Ahora se me vienen recuerdos de ella y eso me pone triste. Ella no estaba mal de salud, eso creíamos. Todos estábamos equivocados. El médico llegó a la media hora. En su gomón. Le gusta trabajar en las islas, es un buen médico, era... Arigó. La intentó reanimar, pero ya estaba ida. Dijo Arigó “no sufrió”, que salvo la descompostura y el hacerse encima, que, luego, no sufrió.

—El cuerpo —a Svend el médico dijo— tiene sus propios anestésicos.

—Y yo le debo creer —Svend dice—, pero en el fondo no hay certezas ni ciencia en lo que Arigó dijo. Puedo fiarme más en el isleño, que estuvo en todo momento. Él dijo que hubo una última arcada y que enseguida los ojos dejaron de mirarlo; que seguían abiertos y que ella todavía respiraba, pero que los ojos se fijaban en un punto más allá de la mirada del isleño, de su cabeza. Algo así —Svend dice que el isleño dijo— como los ojos de un pez que duerme. Y a él sí le creo; por él puedo pensar que, ahí, ella dejó de sufrir.

—El corazón de su madre estaba ya muy enfermo.

—Pero ella jamás se quejó del corazón.

—Recordemos esas molestias gástricas. El estómago, la acidez. Ahora me doy cuenta, ¿me entiende? Infartos.

—¿Ahora se da usted cuenta?

—Sin estudios es difícil adivinar.

—Pienso en su corazón —me dice—; pienso en un pedazo de carne que, con los años, se petrifica. Me apena mucho pensar así, pero aquí, sí, aquí, en esta parte, puedo aferrarme a las palabras de Arigó, no tengo por qué dudar, en este aspecto, de su experiencia.

“Arigó fue el que allí estuvo sentado, en ese rincón, el que ya no está. Un hombre de bigotes que prefiere las islas, que por deporte atiende a los isleños. Tiene una casa por ahí. También dinero tiene, como para poderse dedicar a la Medicina sin pensar en sus honorarios. A esas alturas del río todos lo conocen. No le perdono el detalle. ‘¿Pero cómo saberlo antes?’, otra vez me dijo recién, antes de irse.

“Ella era terca, está bien. Pero él era, es, médico, ¿no?”







6

Cuenta, dice Svend. De espaldas al féretro, unos cinco metros distante de lo que aquel féretro contiene. Con ganas de hablar.

—Porque ahí está ella, y yo estuve dentro de ella alguna vez.

Quitándome dos cabezas, tres o cuatro cuerpos de ancho. ¿Tranquilo? Así parece. Tranquilo y angustiado.

Hay en sus labios algo de esa angustia, un temblor intermitente.







7

El domingo, cuando el isleño lo llamó, cuando le dijo:

—La señora está mal.

El domingo, cuando Svend respondió:

—Llame a Arigó, que yo veo cómo llegar.

El domingo, a esas horas de la mañana, escribo que ya quemaba el sol para ser otoño y que los ríos comenzaban a llenarse de lanchas colectivo, de alquiler, de paseo.

El domingo, también, Svend llamó a dos o tres compañías de lanchas.

—Pero que ya no había qué alquilar —dice.







8

Escribo: era la última revolución turística de la temporada; luego, todo sería frío y lluvias intermitentes. Tristeza. Alguna vez Svend había tenido embarcación. Tiempos mejores. Alguna vez se había visto obligado a venderla y a dedicarse a otros asuntos: dejar la isla, a su madre; transformarse en eso que jamás había deseado ser, un hombre, y un hombre dedicado a faenas distintas a las del agua, la madera, la tierra.

Logró dar con un conocido.

—Un conocido que me debía algún favor, Robledo; tiene una de esas barcazas con la cabina nomás. Una de esas barcazas donde, salvo la cabina, todo es intemperie. Con la barcaza de Robledo se podía llegar más rápido que en las lanchas colectivo. Yo podría haber insistido. Podría haber llamado a más empresas, probar un poco más. Pero ¿cómo hacerlo? ¿Cómo seguir intentando alternativas si en la isla mi madre estaba por morirse?

Robledo lo llevó.

—Robledo me llevó.

Cuando a las dos horas y pico Svend saltó aparatosamente al muelle, el isleño, en cuero, sudado, lo atajó a la vez que pateaba pavos. Más atrás esperaba el doctor Arigó con las manos en los bolsillos y un chicle de nicotina en la boca, al pie de la escalera y de la casa, los bigotes caídos.

Pasaban por el arroyo canoas, lanchas, motos de agua, escribo. Especialmente por el río pasaban. Y el verano, ese domingo, había definitivamente vuelto para morir enseguida.







9

Otra anotación para hacerme el poeta: Svend podía imaginar los preparativos en las otras casas y en las otras islas. Cajones de cerveza, cajas de vino, carne de cerdo, papines, música, chicas en bikini. E isleños como el isleño, pero borrachos hacia las cuatro o las cinco de la tarde, embrutecidos por esas formas femeninas tan superiores a las que Leiva podía ofrecerles en su almacén flotante y que venían de la ciudad para apenas pasar ese día y, tal vez, con suerte, el lunes.

Y olvidaba escribir sobre el señor Johansson. Que el señor Johansson, padre de Svend, marido de Mette, antes de ahogarse les dejó el aserradero y una sociedad para el dragado de algunos hilos de agua. Más tarde intervino el general Krupp, cuyas ocupaciones lo inclinaron a sacar a Mette y a Svend de la isla. Olvidaba entonces que hubo cuatro años de idas y venidas, de la ciudad a la isla, y viceversa, y en el ínterin apareció el isleño, suerte de capataz del aserradero, suerte de protector de la isla; y la sociedad quebró.

Con la muerte del general Krupp recién todo pareció volver al orden original.

—Pero, Svend, aquí ya no hay lugar para un hombre —Mette dijo.

Y Svend comprendió. Podía continuar con la administración de los negocios de su madre, pero lo cierto es que la ilusión del tiempo le sobraba y era necesario ocupar esa ilusión. Con artificios. Había, además, que eludir a Leiva, sus putas. Había que disputarle el gobierno al pecado, intentar el golpe moral, del espíritu. Svend, lo sé, algo de eso consiguió. Desde entonces, también sé, no para de engordar.







10

(Ésta podría ser la historia de un hombre que se pone grueso en la medida en que se aleja del pecado. Podría también ser una explicación psicomoral de la gordura. Sería hasta posible remontarse hasta Santo Tomás de Aquino y precisar que su abundante figura fue proporcional a su teología y su virtud. Pero se trataría de un intento vano: el pastor Christoffer es delgado. Crist- también lo fue.)







11

—Hace relativamente poco me dio una señal, un indicio, de que iría a morirse. En estos momentos me doy cuenta. El pastor dice que vio a mucha gente morir y que mucha de esa mucha gente suele saber tiempo antes que se va a morir y que da mensajes bastante explícitos acerca de ello. “No quiere esa gente”, dice el pastor, “no quiere esa gente decir directamente”, dice, “no quiere esa gente decir directamente que está convencida de la hora y el lugar de su fin, pero se las arregla para darlo a entender”. Y ella, hace relativamente poco, me dio una señal, una clara señal, sí.

“La acompañé al oculista, ya no podía leer. Cataratas. El oculista le dijo que sería bueno operarla primero de un ojo, luego del otro. Ella lo escuchó, nada dijo, pero cuando salimos fue terminante. ‘¿Para qué me voy a operar si con estos ojos todavía puedo distinguir una cara de la otra? ¿Para qué gastar, hijo, entonces, en una operación, o en dos, si, además, no sabemos quién va a llegar primero, si la ceguera o la muerte?’

“Esa vez del oculista, antes de subirse a la lancha colectivo, mi madre también me dijo que, desde que yo era chico, solía imaginarme primero de joven, luego de adulto, finalmente de anciano. ‘Pero no voy a poder verte de viejo’, me dijo. ‘No voy a poder verte de viejo, aunque sé que no vas a perder el pelo.’ ‘La confianza en el Señ-r’, suele decir el pastor, ‘hace que seamos un poco fríos con estas cosas’.”

Dice, me dice Svend, se quita los anteojos, se pasa el pañuelo por la cara. La mano lampiña, obesa, muy blanca.

—Igual ésta es también la peor pesadilla para un hijo, ¿no? Uno no espera que se le muera la madre, aun sabiendo que en algún momento se le irá a morir.







12

—Cuando Robledo me llevaba hacia la isla —escribo: bajo ese sol del domingo, llenos los ríos de piraguas, botes, lanchas colectivo, almacenes y milicos de la prefectura—, todo me hacía pensar en ella. El isleño se había comunicado conmigo otra vez, me había dicho primero que todo se había complicado; enseguida, que ya había fallecido. Y ahí estaba yo, sobre la barcaza de Robledo, realizando ese viaje que con ella había realizado miles de veces y de manera sostenida. Ahí estaba yo, ya sabiendo que el doctor Arigó se había hecho cargo de su parte; ahí estaba yo y, del otro lado, otra vez Arigó, que le había hecho decir al isleño que no me olvidara del documento de mi madre, el documento, el único documento de mi madre, que dormía en un cajón de mi casa desde hacía años.







13

Mientras iba en busca del cuerpo de su madre, entre las islas llenas de verde y chicas en bikini, sobre los ríos atestados de embarcaciones y gente feliz, fuera dentro de un yate o de un botecito; mientras Svend miraba cómo los arroyos se llenaban de la estela que dejaba la barcaza; mientras escuchaba el ruido del motor, los carajos de Robledo porque ya empezaban los problemas eléctricos y el chillido de las cotorras; mientras todo eso a Svend le pasaba por delante y por detrás y hacia uno y otro costado, ese todo dejaba de ser el paisaje conocido para ser otro.










14

El pastor repartirá las hojas fotocopiadas con el par de canciones. El pastor luego comenzará a entonar las primeras estrofas de una canción que, aclarará antes, habla de la amistad.

—La amistad que, aquí, todos tuvimos, de una u otra manera, siendo conocidos, hijos, hermanos, negociantes, con la señora Mette, quien, desde el Cielo que Jes-cristo a todos nos ha prometido, estoy seguro que ahora nos mira. Porque fue una buena mujer. Porque en el amor y la tristeza de todos ustedes cualquiera puede descubrir que fue una buena mujer. Y si nosotros, pecadores y mortales, hemos sido capaces de amar y de perdonar a Mette, cuánto más Nuestro Señ-r, ¡cuánto más en su Infinita Misericordia!







15

El isleño había entrado a la casa, aguardaba en la oscuridad de la pieza a los otros. Sentado en una silla de mimbre, no miraba a la muerta, sino las alpargatas con barro en las puntas y los tobillos.

Svend dice, cuenta, que lo vio llorar al isleño, antes o después de subir la escalera y encontrarse con el cuerpo de su madre. Haya sucedido o no, lo cierto es que todos lo veremos llorar al isleño cuando el pastor Christoffer cante el credo apostólico junto al féretro, esa oración donde no hay Santa Iglesia Católica, sino Santa Iglesia Cristiana.







16

—No lloré —Svend dice—. Más bien me asusté —dice—. Tuve de morirme yo también.

Le besó la frente. Arigó esperó pasos atrás, junto al isleño. Robledo quedó fuera, a la espera, espantando a esos pavos guardianes de la isla. Svend volvió a besar la frente de su madre, intentó sin éxito cerrarle los ojos.

El pastor más tarde estrechará la mano del doctor Arigó, la de Svend, incluso la mía.







17

—En realidad ya no sé bien cómo fueron las cosas. No sé si todo lo que digo es mayoritariamente un invento. Estoy boleado, eso pasa. Desde que la vi muerta ya no puedo hilar bien. Sé que la tuve que sacar de la isla y que nadie nos dijo nada. Sé también que los milicos no se metieron y que llevamos a mi madre en la barcaza de Robledo. Sé además que la barcaza se quedó sin luz. Que se hizo de noche. Que navegamos con el cuerpo de mi madre en la cubierta, atado a un catre por las manos y los pies. Sé que me ayudó Arigó, que me ayudó Robledo, que vi la lancha de Leiva en un recodo, no sé bien cuál, y que Leiva nos miró y que se persignó. No sé quién me dijo una vez, hace tiempo, que nacemos para ser huérfanos. No para morir. Morir es lo de menos.







18

Di skjønne ungdomsdaw, å ja, de daw så svær å find! Vi’el løwt wor kop så glådle op for dem daw så læng, læng sind!, cantará el pastor. Vi’ el Løwt wor kop saa glaadle op for dem daw saa Læng Læng sind!, y dirá luego que los luteranos también creen, por supuesto, en la resurrección de los muertos, porque son cristianos, porque también lo son, claro. Y antes de los cantos Svend me volverá a mirar, tal vez para ver si leyendo yo la hoja impresa en danés me las arreglo. Más allá, Mette: dentro del cajón; el cajón: cerrado. Y otra vez Svend, su hoja impresa, entre sus gruesas manos, y una mujer diminuta repentinamente cerca suyo, con pinta de isleña,de la que no sabré hasta ese día que es la nueva mujer de Svend.