Una vez trepé, y lo suelo repetir como si fuera una hazaña, un volcán. Hace unos años también alcancé el faro del Palacio Barolo. Poco después, por esa última "gesta", escribí una nota para una revista hecha y pensada para ricachones y, a la par, empecé un cuento que es el que inicia Tulipanes..., un cuento que no es el más efectista, que seguramente no debería ser el primero, pero que por una cuestión de orden narrativo debía estar en ese lugar (es, además, un cuento que a mí me gusta mucho, no porque yo lo haya escrito, sino porque en buena medida hace referencia a una parte de mi vida, así no esté muy bien visto tomarse tan directamente como referente para escribir).
El volcán que trepé es el Villarrica. Tiene hielos eternos en sus alturas y acceder a su cráter no es sencillo, por la cuesta pronunciada que se forma y por el olor a azufre que se huele en la medida en que uno está supuestamente "lográndolo". En su cumbre directamente es imposible respirar sin un pañuelo tapándote la nariz. Punto aparte.
El faro del Barolo también tiene su dificultad de acceso. La escalera se angosta, se encaracola de forma artera, los hombros de un sujeto tan poco hombre como yo, que no soy una bestia, se chocan con las paredes ascendentes que conducen al faro en cuestión. Su luz, según la alegoría que quiso aplicar Mario Palanti, su arquitecto, es Dios y es todo el edificio —nada nuevo digo— toda una representación de la Divina Comedia.
La felicidad, el Reino del Amor que anunciaba Juan el Bautista, el renunciamiento al Yo que proponen el cristianismo y las religiones en general, en fin, todas esas invitaciones a dejar de lado pasiones e intereses personales y egocéntricos suponen estrecheces y dificultades semejantes a las del Villarrica y el Barolo, salvando las enormes distancias. Pero el problema, Señor, oh, Señor, así creemos todos, así también cantamos, ahí no termina. El problema es qué hacés si, además de tu humana condición, tenés el caballo cansado y triste. Qué se hace, Señor, oh, Señor, cuando lo que abunda es la tristeza, o la patología, o el error temperamental y persistente. Si tan sólo fuera una cuestión de pasiones, de lucha contra la voluntad... Pero sabemos, Señor, oh, Señor, que no es únicamente de eso de lo que versan tus llamadas telefónicas.
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