3.3.09

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Estoy terminando "Los adioses", de Onetti. No lo había leído. Tampoco "El pozo". El segundo relato no tiene demasiada importancia. Está bueno leerlo cuando ya se leyó algo de Onetti. Entonces sí, como suele ocurrir, uno puede observar ciertos rasgos de lo que más tarde será su forma de narrar, su estilo. En "Los adioses", en cambio, ello está muchísimo más consolidado y el pueblo extraño y mediocre donde ocurren los hechos bien podría ser Santa María o El Rosario o Puerto Astillero. Más bien Santa María. Es interesante en esta época de primera persona del singular (secuela histérica del individualismo y la democracia liberal) observar el punto de vista de "Los adioses" y en general los puntos de vista que Onetti asume en sus cuentos, sus relatos y sus novelas. Difícilmente haya una nítida primera persona. En el caso de "Los adioses" de hecho no la hay, ni tampoco lo que hay es una simplona tercera del singular, el trillado "yo testigo" que me enseñaban en el colegio secundario. Hay otra cosa más que eso, una especie de posesión demencial de quien cuenta, una artificialidad bien armada o dicho mejor, más que bien armada, borrosa, onettiana, que permite que a través del relato de un tercero quien asume el rol de contar lo haga con cierto lujo de detalles y también con cierto lujo de omisiones. Recomiendo fervorosamente la lectura de "Los adioses". Como toda lectura de Onetti es algo lento, de regresar sobre la línea, de reincidir. Pero una vez que se entra en esa gimnasia es fácil entonces estar.

Todo lo anterior para contarles, escasísimos seguidores de este blog más bien malo y más bien inútil, que mi mano operada (que es la izquierda, y yo soy zurdo) al parecer tiene un pronóstico reservado. Se me acalambra el índice en pinza de vez en cuando. La última vez fue el viernes, cenando con dos amigos y hablando de Di-s, la inmortalidad, las mujeres y la sensualidad. Quería pinchar mi calabaza al horno con el tenedor, pero antes el índice de mi zurda se me arqueó y debí arrojar el tenedor para no incrustarme un trozo de calabaza en el ojo. Mi mano derecha ya está acostumbrada a las locuras de su hermana y rápidamente la contuvo mientras yo me encargaba de lanzar los carajos. El dedo luego volvió a su lugar y yo seguí cenando. Pero está claro. Alguno de los clavos que adentro lleva mi zurda le están jugando una mala pasada a los tendones, y acaso deba entonces regresar, espero que en el larguísimo plazo, al quirófano. Mientras ello no ocurra, voy a sacarle jugo a la capacidad de mi manita enferma para seguir tecleando, así sea lenta y defectuosamente.

1 comentario:

  1. Loco, y lo que me gustó El Pozo. Es de esos libritos que te molesta cuando se acaban; además en el mismo libro estaba también "Para una tumba sin nombre", y, claro, desde ese momento me volví un fanático de Onetti.

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