30.12.08

BALLARINO




Ballarino era uno de esos chicos que se visten de monaguillo mientras otros se calzan sus camperas de cuero. Yo pertenecía al bando de Ballarino pero me desligué un par de años antes, eso pasó, y “dos años” cuando se es joven equivale a por lo menos diez cuando se pasaron los treinta y cinco.
Dos meses atrás un conocido común celebró los treinta y seis. Ballarino no fue, dejó dicho que lo disculpáramos. Estaba Claudia, la primera novia de veras de Ballarino, pero Claudia no solía interesarse por si Ballarino venía o no venía a los eventos que todavía podían llegar a reunirnos. Claudia está casada, tiene tres chicos y un marido muy exitoso e importante que dice ser cirujano y de los buenos. Hace dos meses de eso y un par de semanas de la muerte de Ballarino. Por eso escribo sobre Ballarino, si no se hubiese muerto seguramente no lo haría. ¿Quién escribe de los hombres buenos que están vivos?
En el cumpleaños del conocido común, el conocido común me dijo:
—Llamó Ballarino, dijo que no está bien, que anda tomando unos remedios que lo tienen mal.
No fumaba Ballarino pero estaba con una metástasis, así me lo dijo el mismo Ballarino cuando lo llamé a los dos días del cumpleaños.
—Tengo una metástasis, empezó con un dolor de espalda, pero ya está.
Creo que se largó a llorar; no se lo pregunté. Nada me salió decirle.


Después se me cruzaron por la cabeza las cosas que uno o al menos yo me impongo que no estén: que la vida es de prestado, que todos somos mortales… Eso se me cruzó. Todos golpes bajos que trato de evitar porque no hacen bien, porque como una vez escuché que dijo una señora en la radio, “la vida es dos días y ya pasó el primero”.
Me acuerdo que le prometí ir a visitarlo, me acuerdo que le pregunté por sus chicos, Ballarino era padre de dos chicos y estaba casado con Norma, que ahora se fue a vivir a Chivilcoy con los chicos porque en Chivilcoy Norma tiene a sus padres, a un par de hermanos. Me acuerdo que también nomás corté llamé a Claudia y le dije, y que ella no disimuló y se puso a llorar y a preguntarme de manera compulsiva que cómo cómo cómo, y que nos encontramos diez minutos antes de que ella retirara del colegio a sus chicos, en un café, y que nos pusimos a recordar a Ballarino como si ya se hubiese muerto y a decir de él que realmente no se lo merecía, que siempre la muerte agarra de joven a la gente buena y esas cosas.
—Es que lo era, no tiene que ver con que se esté muriendo —me dijo Claudia—, realmente es un buen tipo —me dijo y yo me acordé que Ballarino siempre me había dicho lo mismo de Claudia, que estaba un poco loca pero que era una buena chica.
Ella lo dejó, así terminó la historia. Lo dejó por un morocho de pelo largo que se llamaba Federico y andaba en moto. Lo dejó porque, como me dijo Ballarino, “había descubierto que a mí me preocupaban demasiado ciertas cosas que a ella no. Y también por lo otro, me imagino, porque se debe de haber dado de que ella era mi primera mujer. No es que estuve mal, creo que esas cosas son tan naturales como andar en bicicleta, una vez que tomás velocidad ya está, el equilibrio viene solo, pero si uno se pone a repasar, si ella repasó cómo se dieron las cosas y si después se acordó de todas nuestras charlas… Digo, en algún momento habrá notado que cuando le decía que la quería, que me quería casar, que ya me había casado de cuerpo, esas frases que suenan graciosas pero que yo tan en serio le decía, seguro estoy, seguro, de que ella entonces se asustó”.


Dos años antes que Ballarino, como contaba al principio, me desligué de las sanas costumbres de Ballarino y de la parroquia adonde íbamos los viernes para hablar de Jesús, así que cuando Ballarino vino y me contó que él también había iniciado ese camino no se lo pude terminar de creer. Hasta que en una fiesta me presentó a Claudia, y ahí sí le tuve que creer, aunque no cuajaban. Era ver al monaguillo de civil con una de las chicas de los hombres de cuero. Pero era cierto. Los vi besarse, los vi bailar, los vi irse juntos y doblar por la esquina rumbo a la parada del colectivo. Los vi perderse por la calle y sentí algo así como bronca o envidia, en todos los casos la sensación de que nada me había hecho superior a Baly, como le decía entonces, y que Baly al fin y al cabo rápidamente me había igualado. En otras palabras, me di cuenta de que nada fuera de lo común había hecho yo en esos años y que sí en cambio había sucedido en Ballarino hasta Claudia, y eso me hizo repensar mi olvidado y fervoroso catolicismo, aunque toda la reflexión no llegó a mayores consecuencias y continué en la tibieza de los negligentes, esos condenados que se salvan de milagro, en el último momento de sus vidas, cuando se arrepienten.
—El problema que tenía Ballarino —me dijo Claudia— es que no sabía qué hacer con la culpa.
Claudia también me dijo en el café, mientras todavía había algún tiempo antes de la salida de sus chicos, que, ahora que todo esto de la metástasis estaba pasando, le venían de continuo las charlas con Ballarino, las charlas que yo supe por él y no por ella que tenían luego acostarse. Y me dijo también Claudia —y nunca más volvió a tocar el tema—: “Pero él siempre fue bueno y no por eso como vos te creés, siempre fue bueno y vos que fuiste igual sos distinto, siempre fuiste distinto, más humano, menos de otro mundo. En cambio él siempre fue de otro mundo. Un santo moderno, si querés”.


La bondad de Ballarino. El muchacho sufrido porque Claudia lo dejó. El torturado por otra novia con la que le pasó más o menos lo mismo. O el que se casó de apuro con la tercera novia de verdad porque en la casa le armaron un lío. La bondad de Ballarino… No, la bondad de Ballarino pasaba como Claudia me lo dio a entender uno de esos días previos al final, por cuestiones que incluso iban más allá de lo que las apariencias mostraran en su favor y en su contra. Porque era lógico y normal decir “Ballarino es un buen tipo” si uno tomaba nota como si fuese un inquisidor de que a pesar de su incursión varonil en el mundo femenino no se había alejado de ese espíritu solidario y compungido por el dolor ajeno que había aprendido en la parroquia, era fácil y hasta obvio gritarlo si se describía a Ballarino de novio con la experimentada Claudia pero yendo igual a visitar a los viejitos y a los ciegos y a los moribundos. La bondad de Ballarino no pasaba por esas cosas, en esas cosas se podía ver en todo caso algo así como los coletazos de su condición de buen tipo. La bondad de Ballarino había siempre estado, lo descubrí; desde que lo conocí en primer grado había estado, desde que vi que nunca se había peleado con nadie, desde que supe que el tipo siendo un chico de seis, siete, ocho años, se ponía a llorar si uno venía al colegio y lloraba porque se le había muerto la abuela. La bondad de Ballarino era muy parecida a la debilidad que sienten unos pocos elegidos por las injusticias del mundo o por la existencia o por las dos cosas, y no es que Ballarino haya sido en su infancia un chico triste, no. Pero sí lo es que siempre se portó como un chico llamemoslé “profundo”, de “mucha vida interior”, como se dice. No pronunciaba grandes palabras, pero sabía darte un abrazo o darseló a cualquiera en el momento en que seguro lo necesitabas, como si el instinto a eso lo llevara. Era instintivamente bueno, ahí está. Claudia lo descubrió mucho antes que yo y creo que en definitiva fue eso la que la resolvió a sufragar por Federico el de la moto. Nunca se lo pregunté pero es casi seguro. Es muy pesada la bondad, no la resiste cualquiera. De los que conocimos a Ballarino ninguno la resistió.


Lo fui a visitar después de muchas idas y venidas. Una tarde. Yo había quedado con Claudia que iríamos juntos, pero a último momento ella me llamó y me dijo “no me atrevo, no sé qué voy a decirle, es una desgracia espantosa”, y yo la entendí porque a mí me pasaba lo mismo.
Ballarino había vuelto a caer internado. Me enteré por su mujer Norma que ya lo había estado y que todo había sido muy rápido. Norma me lo reiteró en el pasillo del Centro Gallego mientras esperábamos que unas enfermeras lo higienizaran. Me lo dijo como contagiada por la bondad de Ballarino, por esa debilidad, con los ojos a punto de explotarle, dolida, muy dolida, pero guardando al mismo tiempo la calma. Mirandolá llegué a pensar que tal vez fuera la bondad lo que mataba.
Todo había comenzado con un dolor de espalda y en realidad todo no había comenzado en la espalda sino en la cabeza.
—Cuando se tiene nuestra edad y te agarra eso, es lo peor —me explicó Norma, y yo sabía qué te hace el cáncer cuando te agarra de joven pero la dejé seguir igual porque pensé que tal vez necesitaba contarmeló.
No me sorprendió la metástasis como tal, que la enfermedad le hubiese tomado otros órganos y esas cosas. Me sorprendió la velocidad y la imprevisión de esa velocidad por más conocimiento médico que uno de oído tenga. Había comenzado todo en enero de ese año. Ballarino, su mujer y sus dos chicos están en San Clemente, él va a jugar al fútbol a la playa, siempre fue bastante malo jugando al fútbol pero siempre le gustó mucho jugarlo, y de repente le viene un dolor fuertísimo, así me lo contó la mujer de Ballarino, y entonces de vuelta en Buenos Aires pide turno con el médico, el médico le manda hacerse unos estudios. Y chau.
—Se lo dijo el mismo médico —me contó la mujer de Ballarino—. Él fue con los estudios en un sobre, el médico lo abrió y se lo contó, y esa fue la primera vez en todos estos años que llegó tarde a casa, a eso de las tres. Había apagado el celular, yo me asusté mucho, llegó medio tomado, muy triste, y se quedó sentado en la habitación de los chicos sin decirme nada, mirandolós, y yo hecha una histérica, murmurandolé rabiosa que adónde se había metido.
Estaba hinchado Ballarino. No quiero entrar en detalles. Me reconoció con la mirada, le entraban unas sondas por la nariz y otras por la boca y no podía hablar. Hizo un gesto y Norma le acercó un papelito y un lápiz negro de los Faber, de los que usábamos de chicos en las clases de dibujo. Su letra era un desastre y eso fue peor. Escribió y yo ya no pude estar junto a su cama. Era una habitación privada porque los padres de Ballarino así lo habían pedido, no querían que su hijo, su nuera y sus nietos tuviesen que convivir con otros enfermos. No había nada que hacer, no había ya más razón para que estuviera ahí que higienizarlo y ayudarlo a sufrir lo menos posible. Estaban esperando el desenlace. Ballarino me escribió “hola!” en el papelito, con ese signo de admiración al final.
Salí del modo que mejor me vino para no amedrentar ni a él ni a Norma. Al final del pasillo busqué el teléfono público y me atendió la chica que ayuda a Claudia en la casa.
—¿No está la señora?
—No —me dijo la chica—, fue a buscar a los chicos al colegio, ¿de parte?


Murió a los tres o cuatro días con los sacramentos, como debía ser. Por lo menos ahí Dios se mostró un poco justo. Claudia tampoco tuvo fuerzas para ir al entierro. “Para qué”, me dijo.
Todos los amigos de Ballarino, que no éramos muchos y que más bien nos habíamos transformado en viejos conocidos, le pusimos en la corona la frase “Tus amigos”. Estaba el padre Raúl. Hacía años que no lo veía, me saludó, hizo el responso, después me habló de algunas cosas de su trabajo, que había ya pasado por cuatro parroquias distintas, y me aseguró que Ballarino había sido un santo.
Creí ver al sol que se partía en tres. Quise creer que así ocurría y me dije así tiene que ocurrir. Pero nada de eso pasó y el entierro terminó como todos los entierros, con cada uno en su auto o camino al subte o el colectivo.
Estaban los dos chicos, Norma, los padres de Ballarino. Estaban todos menos Claudia y daban ganas de subirse a una escalera para mandarse una puteada pidiendo explicaciones.

2 comentarios:

  1. Oh, qué buen escrito. Es de admirar cómo haces lúcidas algunos hechos, como eso de que no muchos aguantan la bondad, tan verdadero eso.

    Algo sorprendente es que, si me visitaran en el hospital, también escribiría "Hola!".

    Saludos :)

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  2. Love it my friend, te dije, no sé por qué, pero me hace recordar a Muerte de Sevilla en Madrid, tal vez nada que ver, pero así es el cerebre, engañoso. Me gustó leerlo de nuevo, ahí te va un abrazo broder.

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