Sí, se acordaba de memoria. Ella lavando los platos en la cocina de la casa fea de Avellaneda, medio drogada pero lúcida, y él detrás, sentado en un banquito, tomando mate. Ella en camisón violeta. Él en calzones, metido dentro de uno de esos calzones ceñidos, chillones, rojos. Los dos haciendo las veces de matrimonio bien constituido al que sólo le faltaban los hijos. Nadia y Horacio, como eran conocidos en el barrio, u Horacio el karateca y su novia, la chica de pelo largo, parloteando del tercero, de Zamudio. Se acordaba. De memoria se acordaba. El sensei tomaba la pava, volcaba un chorrito de agua dentro del mate, chupaba de la bombilla y decía, hablaba. Le hablaba a ella, en pantuflas ella, unas pantuflas verdes que no eran suyas, que lo habían dejado al sensei en chancletas negras, las uñas de los pies del sensei largas, negras, crecidas, a la espera de las manos de Nadia, del trajín de Nadia —tomar la tijerita de la mesa de luz, cortarle las uñas—. Los dos felices por ellos mismos y también por la irrupción de Zamudio. Sin embargo Zamudio escribía muy mal. Pero así y todo otra vez los dos, dentro de la cama, una mañana de sábado, tras la primera exhibición de armaduras que el sensei había realizado en el Jardín Japonés, así y todo los dos se habían dicho con palabras disímiles que esto es gracias a Zamudio, ¿te das cuenta? Él a ella. Ella a él. La dura verga del sensei entrandolé a ella y ella otra vez drogada pero disimulando. Que había que llamarlo, que darle las gracias, que aconsejarle que no se sintiera mal por la nota, que el editor de Golpes y Patadas había sido muy injusto. Y enseguida el sensei en el teléfono de la habitación, ella en la cocina con el inalámbrico, los dos: Zamudio, queremos que seas representante, el representante de Horacio, mi representante; él, ella, los dos: si no fuese por vos yo seguía acá en Avellaneda haciendo mis armaduras sin que nadie se entere, quiero que vos, queremos, quiere él, ella, los dos, queremos que te vengues del editor de Golpes y Patadas, que eso también es vengarnos, vengarte, que trates de conseguir una entrada en algún programa de televisión; Horacio, yo, él, tiene los contactos, tengo, tenemos, que no debe ser difícil, ¿gacetilla de prensa, se dice? Que informes que Horacio, que yo, estoy está en el Jardín Japonés, estamos, que es el único hacedor de armaduras samurai de Latinoamérica, cosa que es cierta, es más, de América toda, porque Horacio, él, yo, conoce sólo a un francés, pero que vive en Japón, y no sabemos, no sé, no sabe, si en Japón hay muchos más que sigan haciendo armaduras después del puto Meiji. Una gacetilla, Zamudio, y que la lea el editor de Golpes y Patadas, de tu puño y letra, por vos firmada: la venganza; el cinco por ciento de lo que vendamos es tuyo, las armaduras son caras, no te creas, ¿qué te parece? Y a Zamudio que le había parecido, que le entusiasmaba: Silvita, soy representante del karateca, ¿te acordás del karateca? Otro ingreso, Silvita, estoy muy contento.
Se acordaba Nadia. De todo se acordaba. De éste y aquél pormenor.
El primer llamado de Zamudio, ella atendiendoló; la voz monótona de Zamudio, templada, seguramente triste.
—Buenas tardes, con el señor Horacio, por favor —diciendolé Zamudio a Nadia.
—¿De parte?
—Soy periodista.
Y después Nadia:
—¿Qué quería?
—¿Te interesa?
—Horacio, no empieces.
—Hacerme una nota, ¿te interesa? Hacerme una nota y una producción fotográfica —el sensei diciendo, sólo entusiasmado con ir de visita al Jardín Japonés gratis; en absoluto conjeturando exhibiciones en ese Jardín; en cuero el sensei, en cuero y con una toalla blanca tapandolé los países bajos, recién salido de la ducha; la calva húmeda, la verdadera calva de orejas medio salidas de la circunferencia más o menos estándar de cualquier testa que se precie de normal, húmeda y limpia, oliente a champú de manzanilla la calva que contenía los pensamientos de Horacio el karateca, el tipo de la fea casa de Avellaneda.
Y días después otra vez Zamudio, anunciando que la nota se realizaría un jueves, que él los pasaría a buscar en el auto de mi mamá, que me lo presta, y el sensei, después del después, comentando sin gracia la forma infantil que tenía Zamudio al hablar, sobre todo en eso de referirse a la madre como “mi mamá” y no como se estilaba llegada una edad, implementando distancias, otras voces, la voz “vieja”, por ejemplo, o la misma “madre”; el sensei comentando aquello sin gracia, una tarde tal vez de lunes, a su regreso del gimnasio, tarde casi noche, Nadia también recién llegada del consultorio odontológico de Bernal; él de pantalón azul de gimnasta, zapatillas blancas y remera roja; ella de trajecito: saco gris a rayas también grises pero más claras, pollerita al tono y medias negras, vestida de secretaria linda de consultorio odontológico, presta para la vulgar imaginación del dentista mirón que, así ella lo imaginaba, no bien encontraba un tiempo más o menos adecuado para estarse en el baño del consultorio allí se encerraba para tocarse, justificandolé a la chica su belleza, esa belleza que para ella había sido de cualquier cosa y que así lo seguía siendo aunque ahora existiera sensei, su sensei salvador, su caballero defensor de viudas, huérfanos y chicas descarriadas y cocainómanas. No debería drogarme. De todo se acordaba. En serio.
No hay comentarios:
Publicar un comentario