Serial
“Otra sexagenaria es asesinada”
En la madrugada de ayer, fuentes policiales informaron que una mujer de sesenta y cuatro años fue encontrada sin vida por su hermana, en el departamento que ambas habitaban en el barrio de Villa Luro. La víctima, identificada como Nora Leonor Gadé, registraba un fuerte golpe en la nuca que le causó la muerte de manera instantánea. De acuerdo con las primeras pericias, se trataría de otro crimen del llamado “Deformador de cráneos del oeste”. “No nos queremos anticipar a los hechos, pero sí, esto parece obra del asesino serial”, confirmó un alto funcionario policial a este medio.
PASIONAL
1. ESA NOCHE
Anna Grunauer
Esa noche, Anna Grunauer, viuda de Patiño, esperó a sus hijos despierta, en camisón rosa; el cabello todavía rubio recogido sobre la nuca; la cara sin arrugas, pero desfigurada por enormes ojeras marrones; las manos ya luciendo sus primeras pecas de la tercera edad. Con unas albóndigas los esperó. En silencio los esperó. Sentada a la mesa del comedor de la casa los esperó. Iluminadas ella y la mesa por la lámpara de pie, negra, dispuesta junto al sillón de madera de nogal donde frecuentemente Vilmo Patiño, su hijo menor, se sentaba a meditar lo sucedido durante la jornada de trabajo. De a ratos, mientras aguardaba, era conmovida por el sueño y cabeceaba; creía ver montañas de tierra multicolor, lagos y cielos azules, tiroleses; no bien se restablecía, miraba la hora de su reloj de pulsera, toleraba el descenso del minutero, el arribo al número seis, y apartaba la vista y contaba hasta treinta, para luego verificar si su cuenta coincidía con la del reloj. Lustros, decenios de práctica, habían convertido a Anna Grunauer, viuda de Patiño, en infalible. Su adentro decía treinta y el minutero se clavaba en el número doce. No sabía para qué podía servirle. Tampoco le interesaba saberlo.
Martin Grunauer
Esa noche, Martin Grunauer llegó tarde a la casa, junto a su hermano, Vilmo Patiño. Era la semana de cierre del número ochenta y cinco de la revista Golpes y Patadas; Novoa El Fotógrafo se andaba demorando en demasía con la busca de karatecas en el archivo de la revista y asimismo con la edición de sus propias capturas.
Martin Grunauer acababa de bañarse; había limpiado con la toalla de mano el vapor del espejo. Desnudo, ahora comenzaba a cortarse las uñas de los pies, sentado en el inodoro, rodeandolé los países bajos un toallón celeste.
Empezó por el dedo gordo del pie derecho. Con la punta de la tijera quitó de los extremos de la uña de ese dedo la mugre que ahí se juntaba por el uso de las medias de algodón y el sudor de todo el pie dentro de las zapatillas. Luego cortó el reborde blanco y filoso, avanzó hacia el índice, donde procedió del mismo modo; continuó por el mayor, y trabajandosé el anular escuchó el teléfono, escuchó que Vilmo Patiño lo atendía.
Vilmo Patiño, Martin Grunauer
Esa noche, durante la cena, Vilmo Patiño comió diez albóndigas que acompañó con arroz, queso rayado, jugo de soja. Martin Grunauer, en cambio, apenas si probó bocado. De postre hubo frutas y Vilmo Patiño reiteró su charra manifestación de felicidad y glotonería a la vez que su madre se abstenía y rumbeaba hacia su cuarto de viuda sin despedirse. Martin Grunauer también dejó la mesa; abandonó una naranja gorda de ombligo a medio chupar y se metió en el baño, donde se afeitó, duchó y cortó las uñas. Poco después supo que su hermano andaba echado en el sillón de madera de nogal cuando sonó el teléfono.
Vilmo Patiño pensaba en su estado físico, en lo poco cansado que se había sentido durante el día dentro la Asociación Americana de Kickboxing, la AAK; también pensaba en la revista Golpes y Patadas, en las fotografías que le había tomado Novoa El Fotógrafo en Santa Fe durante la revancha con el santafesino, fotografías que saldrían publicadas en ese número ochenta y cinco de la revista. Atendió diciendo ¿diga?
El muerto
Esa noche, la vecina del muerto, aunque forzada por las autoridades policíacas, se negó a reconocer el cadáver por asco, por impresión, por no frisar la mayoría de edad. De un cuaderno que se hallaba junto al teléfono del muerto, y después de varios intentos fallidos, un uniformado rechoncho de apellido Espinosa le dijo Llamá a este, y la chica, sumisa, nerviosa, esmirriada, creyó que del otro lado le hablaba Grunauer, siendo Patiño y no Grunauer quien la escuchaba. La chica dijo:
—Profesor Grunauer, le hablo de la casa del señor Horacio. Está muerto el señor Horacio. Le cortaron la cabeza. Eso dicen. Yo no lo vi y se necesita que alguien lo vea, que lo reconozca. —Silencio.— Y disculpemé, profesor Grunauer, pero no encuentro a nadie en esta agenda, todos llaman y nadie contesta. Sólo la mujer del señor Zamudio, no sé quién es el señor Zamudio; dice Zamudio nada más; pero la mujer del señor Zamudio dice que el señor Zamudio no está en la casa, que lo llame al hotel, pero en el hotel tampoco está el señor Zamudio, ¿quién es el señor Zamudio? La policía dice que tiene que venir, profesor Grunauer. Porque nadie sabe quién es el señor Zamudio.
—Que habemos de ir ande Horacio —dijo después Vilmo Patiño a Martin Grunauer—. Que habemos de ir ande el sensei, que es necesario que alguien diga es el sensei Horacio y pues que nosotros seguramente podemos saberlo —dijo y se largó a llorar, asustado.
Vilmo Patiño, Martin Grunauer, Anna Grunauer
Esa noche, Martin Grunauer abrió la puerta del baño y se encontró con un Vilmo Patiño similar al que había visto en el velorio de Inocencio Patiño, el difunto, el padre, su padre, y fue la tristeza de su hermano o la muerte del gran sensei karateca samurai o las dos cosas las que le impusieron por un rato la pronunciación de la olvidada patria boliviana.
—Vilmito, Vilmito, ven aquí —dijo Martin Grunauer, abrazó a su hermano—: Quítate esa ropa, pero, y báñate, Vilmito.
Esa noche, también, pero un poco después, en la cocina, Martin Grunauer escribió sobre un papel amarillo un mensaje destinado a su madre:
“Habemos de regresar a la revista. No te preocupes, mamá, si no regresamos mañana, pero”.
Al día siguiente, tras leer la nota escrita de su hijo el primogénito, Anna Grunauer, viuda de Patiño, supuso que algo malo había ocurrido, pero a nadie llamó; aguardó a ser llamada y en la espera se limitó a cotejar los minutos de su adentro con los de su reloj de pulsera. Estaba segura de ya no querer a nadie. Eso la tranquilizaba.
Kiku, Shinnozuke, Matsuzaka
También esa noche, Kiku dormía en su cuarto de la planta alta, sobre la tintorería Okinawa, junto a las vías del ferrocarril. No escuchó el teléfono ni tampoco escuchó los trenes. Su padre, luciendo unos calzones blancos, enjuto, con el cabello negro y revuelto, vino a despertarla perseguido por su esposa, la señora Matsuzaka (en ruleros, la señora Matsuzaka; en salto de cama violeta y pantuflas verdes, la señora Matsuzaka). Hablando un castellano perfecto, el padre de Kiku dijo:
—Kiku-san, teléfono.
—¡Shinnosuke! —lo retó la señora Matsuzaka—. ¡Shinnosuke, no! —chilló.
Él era un hombre alto, todavía joven y apuesto, a quien en Sarandí llamaban Chino. Matsuzaka era una japonesa de cara redonda y baja estatura. Le habían pasado los años, estaba gorda; el cabello, año tras año, se le hacía más blanco; le habían salido várices. Imputaba a Shinnosuke la culpa de esos signos de deterioro, de vejez: Shinnosuke era el beneficiario de las emanaciones vaporosas de las planchas gigantescas; Shinnosuke la había confinado al mostrador de la tintorería Okinawa con excusas en apariencia loables (que el trabajo bruto era de hombres; que mejor, Matsuzaka-san, que atiendas a los clientes, que descuelgues los trajes, que los troques por numeritos y órdenes de limpieza), pero ahí, tras el mostrador de la tintorería Okinawa, no había la humedad que entre las planchas; ahí, Matsuzaka estaba persuadida, se envejecía más rápido.
—Shinnosuke, no seas animal —dijo Matsuzaka esta vez en nipón: las cejas arrugandolé el ceño; las manos contra el torso desnudo y marcado de Shinnosuke, apartandoló de la cama de Kiku.
Shinnosuke, mirando las vías del ferrocarril a través de la ventana del cuarto de Kiku, soportando los golpecitos de Matsuzaka, los insultos insulares, sacudía alternativamente la cabeza, masticaba el aire encerrado de su boca, pero no oponía resistencia. Se demoró un rato pensando qué hacer y finalmente resolvió desobedecerla, excusandosé en alguna extraña obligación paterna.
Kiku estaba echada boca arriba, sobre la cama. Las luces voltaicas que iluminaban las vías del ferrocarril se filtraban a través de la ventana de su cuarto. Abrió un ojo, lo cerró, dio media vuelta y quedó dandolé la espalda a sus padres. Matsuzaka aprovechó el despertar lento de Kiku y la indecisión de Shinnosuke. Rauda, bajó la escalera, atravesó las planchas gigantescas de la tintorería Okinawa, a oscuras, y por una puerta ingresó a la pieza trasera. Allí levantó el teléfono.
—Está dormida, profesor. Nosotros le avisaremos —dijo—. Llame a la mañana. Kiku duerme. Es una niña.
Pero Kiku ya andaba despierta, sentada en el borde de la cama: los brazos extendidos a lo largo del cuerpo, a lo largo del camisón blanco envolviendolé el cuerpo; las manos, en puño, contra el colchón y la sábana; la mirada un tanto extraviada, entre los ojos de su padre y la fotografía que colgaba de la pared: ella, el sensei, el puente curvo y sacro del Jardín Japonés.
Matsuzaka así los encontró. Volvió a reprender a su marido llamandoló por su nombre, y creyendosé que Shinnosuke ya le había comunicado a Kiku lo que no debía comunicar, rogó en japonés, sentandosé junto a Kiku, abrazandolá con el brazo derecho:
—Pero no quiero que vayas, Kiku-san. El profesor se está encargando de todo. Es mejor que duermas.
Shinnosuke entonces, aprovechandosé del desliz de Matsuzaka y de las preguntas ahora insistentes de su hija, barbotó entrecortado, y también en japonés, la triste novedad.
—Y el profesor Grunauer me pidió que fueras —terminó diciendo—; pero no lo considero necesario, Kiku-san. Hazle caso a tu madre, Kiku-san.
Matsuzaka, odiandoló, apoyó la cabeza de Kiku en su hombro, la dejó llorar, y mientras duró el llanto Matsuzaka no apartó su mirada violenta de los ojos de Shinnosuke, su marido, también su primo.
Novoa El Fotógrafo, Martin Grunauer, la fotografía de Vilmo Patiño. También el muerto
—¿Qué? —preguntó Novoa El Fotógrafo esa noche, repantigado frente a la mac mal cuidada de Golpes y Patadas: el cigarrillo trabado en el extremo izquierdo de los labios; la diestra sobre el ratón, la otra trabajando el pulgar, el índice, el teclado (control ese, control equis, control cu, control zeta); hombro y cabeza oprimiendo el tubo telefónico, enrojeciendolé la oreja el tubo telefónico; el cenicero, más allá del ratón, al borde del escritorio, atestado de colillas y ceniza; la radio en la punta opuesta, cargada de boleros y tangos que anunciaba un presentador maduro, cursi, disfónico, bipolar; bajo el escritorio, un cajón metálico, sustraído de lo que se llamaba “el archivo”, lleno de fotografías color o blanco y negro con karatecas argentinos y extranjeros todavía sin escanear, todavía sin ser evaluadas; y junto al cajón la impresora y el escaner, encendidos, titilantes sus lucecitas rojas y verdes—. ¡No estoy de acuerdo! —dijo Novoa—. ¡De ninguna manera! —dijo y la diestra abandonó el ratón, tomó el cigarrillo, lo despositó en el vado del cenicero—. Carajo —dijo, pero no con virulencia, sino como solicitando piedad—. ¡Me llevó tres horas recortar la foto, y me falta lo demás! —La diestra regresó al cigarrillo, lo sacudió, volvió a dejarlo; tenía largas las uñas, largas y amarillas.— Está volando en la foto —dijo mirando al Vilmo Patiño de la pantalla y la máquina; Vilmo Patiño ahí verdaderamente volaba: una pierna, la derecha, más alta que la otra; el torso cubierto por la camiseta de la selección argentina de fútbol, la cara marrón, torso y cara, cara y torso, defendidos por los puños enguantados; sólo faltandolé a la fotografía el título que Martin Grunauer había pensado, “El gran campeón argentino humilló al santafesino”, a lo que Novoa se había opuesto pues estaba la rima, el “ino”, y la demora en la nueva nacionalidad de Vilmo. Mas ahora (eso escuchaba Novoa, eso le decían) Grunauer había cambio de planes: ni la fotografía de Vilmo Patiño ni ese título—. Está volando y vos ya sabés, yo no soy el rey del photoshop —siguió Novoa El Fotógrafo, a sabiendas de que sus palabras eran inútiles—. Le dejé un fondo blanco —explicó—. Me esforcé. Y no es justo, no es justo.
—Lo siento —respondió Martin Grunauer.
—Es que es tirar el trabajo a la basura. Trabajé como un burro en la tapa, no sé si llegás a comprender. Yo voy, no hay problema, pero…
—Mirá, Novoa, escuchame bien —volvió a la carga Grunauer—, porque me parece que no me estás entendiendo. Me importa un soberano carajo cómo quedó la tapa. Sacame a Vilmito de la tapa. Sacameló que yo sé por qué te lo digo. Y venite. ¡Ya, venite! —gritó Martin Grunauer.
Luego, algo más sosegado, explicó a Novoa que tenía en la cabeza un título poco ingenioso, palmario pero vendedor, “El último samurai”, a grandes letras rojas, por encima de la captura del sensei decapitado. Y aunque Novoa El Fotógrafo volvió a meter sus objeciones, aunque regresó a uno de sus deportes favoritos, llevar y traer su odio contra Grunauer y contra quien fuera una, dos, tres, cuatrocientas mil veces; aunque intentó buscar ángulos dispares desde donde hacerle entender a ese alemán boliviano que sus ideas eran absurdas, aunque deseó incluso que ahora mismo ocurriera algo todavía más importante que la muerte del sensei decapitado, debió asumir, tras prevenir a Grunauer que la idea del sensei decapitado en tapa desvirtuaría seriamente el espíritu de la revista, “ese halo orientaloide, Martin, orientaloide y pacifista”, debió a sumir nomás otra vez su derrota contra aquél a quien le tocaba mandar.
—Yo quiero contarte una cosa —tan sólo se atrevió a retrucar: otra vez el cigarrillo en el extremo de la boca, el extremo izquierdo—. Yo no trabajo para vos y nada más. Tengo otras obligaciones. Mañana temprano me comprometí con otra revista. Yo voy, pero no me hagás pensar que todo el tiempo que estuve acá fue al soberano cuete.
—La decisión está tomada y no me queda mucho crédito en el teléfono. Venite en taxi que yo te lo pago —dijo Martin Grunauer–. Y si es por dinero, no te preocupés, que te pago las horas extras…
Novoa El Fotógrafo prometió estar cuanto antes en Avellaneda, el lugar del encuentro y no Quilmes, como en algún momento había creído escuchar. Se despidió, y sin siquiera apagar la máquina ni la luz de la redacción de Golpes y Patadas descolgó de su cintura el teléfono celular. Mientras salía de la Academia Americana de Kickboxing digitó el número de su changarín lampiño.
—Digalé que se venga ya mismo para la redacción de Golpes y Patadas —le dijo al padre del changarín—. Despierteló. Digalé que si no se está en quince minutos, que está despedido.
La llovizna rala de lo que había sido martes le desteñía la tintura ocre con que se untaba el pelo.
Vilmo Patiño, Silvita
—Holá, perdone las horas —Vilmo Patiño le habló esa noche al contestador automático; lloraba; de vez en vez tragaba sus mocos sin disimular, con fuertes aspiraciones—. ¿Hay alguien por allí? —preguntó—. Que en el hotel no lo encuentro, pero. —Silencio; de fondo, voces de hombres, discusiones, gritos—. Bueno, pues por favor, que si es tan amable, que le dice que lo he llamado, que ando con el teléfono del profesor Grunauer. Que no se moleste por reconocerlo, dígale al señor que ya lo hará el profesor, dígale. Y gracias… Y disculpe otra vez las horas.
Esa noche, el hijo menor prendido de la teta, los ovarios doliendolé, esa noche Silvita pensó en Zamudio, mas no fue un pensar triste, melancólico, ni tampoco el dolor le impresionó peligroso, desconocido: no había vuelto a menstruar y ya era hora. Nada de todo aquello —Zamudio, la muerte del sensei karateca samurai, el llamado de la vecina del sensei karateca samurai anterior al de Vilmo Patiño— podía conturbarla. Transformada en la blanca y tibia leche que su hijo el menor mamaba y que también habían mamado los otros dos, no había en Silvita pena ni Zamudio ni tragedia que pudiesen quitarle de vista ésa, la vigilia infinita de la maternidad, de su maternidad. Esa noche, simplemente, se negaba a la tristeza. Y pensaba. Y le ocurría ese dolor. Físico.
El hijo menor de a momentos abría los ojos mirandolá sin soltarse de la teta; el hijo menor, como antes sus dos hermanos, succionaba del pezón, lo partía, lo estriaba.
Sola, Silvita acababa de burlar las insinuaciones provenientes de la desgracia samurai del sensei karateca por segunda vez en la noche, primero diciendo que su Zamudio no estaba, importandolé muy poco el degüello noticiado y las urgencias policíacas y judiciales por reconocer lo que de cadáver quedaba; recién, directamente, no atendiendoló a Patiño. Y pensó en Zamudio, pero como si ella o él o los dos se hubiesen muerto; armada ella de la distancia sentimental que propicia el recuerdo de una muerte que ha ocurrido diez, veinte años atrás. Pensó en los efectos devastadores de la muerte samurai sobre lo que había sido su Zamudio. Pero no sintió compasión.
Se vio en cinematógrafos, él a su lado, apenas tocandolé una mano, la pierna. Se vio de vacaciones en el mar durante las únicas vacaciones que se habían podido obsequiar junto a la madre de Zamudio y el primero de los pequeños Zamudio, en una casa alquilada por la madre de Zamudio en la zona norte de Villa Gesell. Se vio, lo vio, mucho antes, dentro de un hotel alojamiento, ella diciendolé que lo amaba con un tesón que ahora no podía comprender; él transpirado, ido, encima; los dos copulandosé sin del todo desnudarse, apresurados, la noche que habían creído concebir al primer hijo. Recordó el noviazgo, el hotel alojamiento, el retraso, el test y la noticia del primer hijo casi a la par de la propuesta de matrimonio, y se vio, como si aquélla que miraba no fuese ella misma, se vio junto a otros hombres dentro de diversos fornicatorios, hombres anteriores a Zamudio, acaso más cuerdos que Zamudio, más prácticos, más productivos y viriles; abogados, arquitectos, ingenieros, artistas; todos prometiendolé la casa, el jardín, la pileta y los perros. Y sin embargo Zamudio, el test, el primer hijo, pero por sobre todo y sin embargo Zamudio, que por entonces, a pesar de sus cuitas y miserias, le había dado la impresión de ser un hombre bueno, que causaba esa impresión a la Silvita que jamás lo había sido, desprovista esa Silvita, la otra Silvita, del pringue lechoso, infinito, de la maternidad. A esa Silvita que no era Silvita, Zamudio le había dado la impresión de ser bueno, de quererla, y que más podía pedirselé a la vida, que más que un buen hombre y un vestido blanco y un hijo.
Cambió al hijo menor de teta. Tenía el camisón blanco desabrochado hasta el ombligo. Andaba flaca, muy flaca. Hasta el último día en el departamento de la calle Peluffo, Zamudio no se había despertado por los llantos de los hijos, no los escuchaba o se negaba a escucharlos. Silvita recordó la transpiración de Zamudio por las noches, bajo las sábanas, en la cama. Recordó los ronquidos de Zamudio, las apneas heredades de la madre. Recordó al Zamudio de las revistas pornográficas ocultas tontamente bajo el colchón donde dormían, llevandolá ese Zamudio, antes de casarse por iglesia, a un confesionario, Porque tenemos que estar en gracia, Silvita, porque solos no podemos; y vio a aquella otra Silvita que principiaba a ser blanca y tibia leche, de rodillas, contandolé a un cura joven, moreno y parco sus pocos pecados.
Se vio, la vio, comenzó a reconocerse, creída en Zamudio, apostandolé a Zamudio, al Zamudio de antes que no cuajaba con el del después, el absurdo, que no podía ser el del después.
Volvió a sonar el teléfono de la mesa de luz —la manita blanda del hijo menor, la manita izquierda, rasguñaba el contorno de la teta que succionaba; la otra se perdía bajo el sobaco materno; y al otro lado del pasillo del departamento de la calle Peluffo se escuchaba el sonido de los otros dos cuerpecitos revolviendosé entre sábanas y mantas, un sonido como de viento corpóreo— y Silvita otra vez no levantó el tubo.
Vilmo Patiño dejó grabado en el contestador automático el segundo mensaje, su llanto desconsolado. Que si sabía algo de Zamudio, señora, que por favor le avisara, señora. Que nadie contesta en el hotel, pero. Que eso sucedía.
Esa noche Silvita pensó en Zamudio y terminó de pensar en él. Quedó dormida con el hijo menor en brazos, medio sentada sobre la cama. Esa noche, después del último llamado de Vilmo Patiño, ya nada más quiso escuchar.
Excelente historia, llena de tensión, Cozz, la imprimí para leerla en el metros; era major que el periódico, que el libro que estaba leyendo.
ResponderEliminarSaludps
perdona mis errores, ya sabes, siempre con prisa aquí
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