(((Oh, esto comenzaba aquí)))
2. BLANCO Y FINO POLVO HOMICIDA
Nadia, el muerto no muerto
Primero, en busca de un pañuelo con el rojo sol del imperio, en pantalón azul de gimnasta, halló la pequeña carta en uno de los cajones de la cómoda. “Estoy triste. Creo que no debemos seguir con esto. Está mal. Está muy mal.” Primero también, quitó del ropero de la pieza la katana de noble acero toledano y empuñandolá la encaró, le dijo blandiendo la carta:
—Decime qué significa esto.
Ella respondió:
—Nada. —Sorprendida en el baño de azulejos azules. Sus ojos pardos fijos en los mosaicos del suelo y en la pequeña carta allí repentinamente arrojada. Su nariz fría, empolvada por la blanca cocaína procedente de un oscuro condominio de Lanús. El corazón ensayandolé nuevas acrobacias entre el esternón y la columna vertebral.
—¿Nada? —reiteró él.
—Nada —confirmó ella.
Luego, con la mano que antes había empuñado la carta, él pretendió golpearla en la cara, pero ella antes en su recule trastabilló con el inodoro y cayó de espaldas en la bañera amarilla, descolgando gancho a gancho la cortina de vivos girasoles e impactando su castaña cabellera en la alfombrita rosa antideslizante de esa misma bañera. Luego también él, tras dejar la katana junto a la carta, con sus fuertes brazos samurai la levantó en peso llamandolá puta, desgraciada y drogadicta, y la hizo volar como si fuera una novia recién salida de la iglesia que así es festejada por las fuerzas masculinas de la fiesta, pero al notar que ni de ese modo ella confesaba su traición, aquella traición que debía encerrar la pequeña carta con esa letra estilizada y masculina, decidió dejarla caer contra el piso en el último vuelo, junto a carta y katana y también cerca de la bolsita blanca de cocaína. De esa manera ella quedó, como si antes de caer ya estuviese muerta, y con esa certidumbre él salió del baño y de la fea casa, atravesó el patio, y sabiendosé definitiva y tristemente perdido, en el taller contiguo a la fea casa resolvió matarse con lo primero que encontró, un destornillador puntiagudo y largo, el más largo del taller, pero la punción bajo el esternón, en el centro geográfico del torso, una punción hasta el mango, hasta donde ya era imposible hundir más nada, fue vana, no consiguió matarlo, lo que lo llevó a pensar en el puñal que también guardaba en el ropero de la pieza y a revolcarse hasta la puerta y el patio, por donde reptó hasta otra vez entrar a la fea casa.
No tardó en notar que ella no había muerto. Desde la cocina escuchó los ruidos provenientes del baño de azulejos azules. Pidió en un susurro que por favor lo matara, dijo que le dolía mucho, la llamó desgraciada y puta y drogadicta a ver si así se le acercaba, pero debió aguardar un rato más a que ella acabara con la faena que había emprendido y que consistía en golpear con la katana el lavatorio, el bidet, el inodoro y el espejo, pensando en la pequeña carta y en la culpa y el error que esa pequeña carta encerraba. Luego sí, atendió el murmullo fatídico del todavía más fatal suicida, y sin soltar la katana de noble acero caminó zigzagueante, entre subrepticios temblores y adolorida, hasta la sucia cocina de la fea casa, donde llevandosé una mano a la boca encontró a su todavía amado retorcido y lleno de insultos sibilantes, y se lo quedó mirando de ese mismo modo —la mano en la boca, los ojos haciendolé doler los párpados, el corazón todavía más agitado—, incapaz de ignorar la sangre que del torso manaba y la belleza de los ojos celestes y fotofóbicos que años atrás la habían seducido en un gimnasio al que concurría para endurecerse el culo.
Él, contemplandolá ida en su herida y sus ojos, le sostuvo la mirada intentando sonreírle; en busca de que lo matase insistió con renovados insultos dosificados en susurros, probó luego reclamandolé el puñal del ropero y también piedad, atestiguando su dolor, y finalmente, viendo que nada de eso le servía, decidió pronunciar su último ataque. Desde el suelo, como un paralítico a medio recibir su milagro, logró incorporarse, la zurda contra el abdomen y la herida, y no bien lo hizo se avalanzó sobre ella como un zombie, y aunque poco más pudo hacer, aunque un vómito de sangre y moco lo forzó a doblarse, el susto en ella fue suficiente como para que se defendiera, cosa que hizo mientras atendía o imaginaba que ahora su todavía amado le ordenaba que cumpliera con cierto códice secundario, con cierta máxima referida al honor. Sin embargo el impulso que ella reunió para cumplir con esas obligaciones y asimismo con sus miedos y su odio no se basó en esas altas razones samurai ni tampoco resultó suficiente. Con una trompada lo tumbó, pero con la katana sólo pudo desagarrar los primeros pliegues de piel sobre la yugular, matandoló despacio, mas no matandoló del todo.
Estática, la remera blanca, sudada y sucia, contempló el chorro de sangre que había comenzado a manar del cuello samurai, un chorro harto más líquido y poderoso que el otro, que aquél que ya había teñido panza y pantalón azul de gimnasta. E igual de estática y tristísima, buscó pedirle perdón, brindarle todos los detalles y lujos que encerraba la carta, pero antes el rechazo a la expresión de dolor de su todavía amado la hicieron renunciar a esa forma de la piedad. Ahí moribundo, él ahora era un estúpido y molesto suicida que la llenaba de culpas, de vergüenzas.
Miró hacia la calle. No pasaban automóviles ni vecinos, pero podían hacerlo. Resolvió atravesar el patio de cemento y devolverlo al taller donde al fin y al cabo él había pasado la mayor parte de sus últimos años, creyendosé no sé quién, se dijo ella, y al decirseló y arrastrarlo notó que los mosaicos y el cemento, en ese orden, recibían la marca definitiva y real de los últimos minutos samurai, una gruesa estela roja de quien había sabido hasta no hacía mucho tiempo levantar las aclamaciones de espectadores adultos y la admiración de niños, ancianos y enfermos en centros culturales, dojos, hospicios y geriátricos. Regresó a la cocina en busca de la katana, y otra vez a su lado lo miró tendido junto a la mesa rectangular de madera, plantada en medio del taller, donde se hallaban numerosas herramientas de las cuales a más de la mitad ella no sabía cómo llamar. Subió la vista hacia la bombita de cuarenta vatios que colgaba del techo, la bombita obsequiandolés ese tipo de luz estúpida, chirle, que destruye la mera conjetura de felicidad en el universo, direccionó los ojos hasta hincarlos en la puerta cerrada del taller, vio sus pies casi hundidos en el sobaco izquierdo del sensei, entintadas las topper blancas por las dos sangres, la primera, brotada desde el centro geográfico del torso; la otra, reciente, nacida en la yugular, y vio también que él ya nada pedía ni le recriminaba. La lengua, ella jamás había notado la largura real de esa lengua, apoyada sobre el costado derecho de la boca, ensangrentada, hasta morir, como si se tratase de la lengua de un can, elástica y delgada, avanzado el pómulo; los ojos dandolé la señal de vida que ella deseaba que ya terminara, vez en vez, ahora ella, abandonando la cementeria situación de su sensei y todavía amado para volver a otear las topper, el sobaco que las cobijaba y manchaba, la katana de acero toledano en el piso.
No lo había muerto, era evidente, y él no paraba de sufrir y ya columbraba no la nada de los muertos, sino la desolación indecible de quien se está muriendo y no encuentra el término al espasmódico dolor de la agonía. Los ojos celestes del sensei, de corzo (el sensei descendía de corzos), daban la impresión de querer decir lo mismo que antes había dicho, el por favor, que lo matara de una vez; pero ella igual, ella ahí, estática, continuaba sin saber qué hacer: si probar otra vez con la katana, o si abrazarlo y pedirle perdón, o si llamar a una ambulancia, a la policía, para pedir socorro, auxilio, clemencia con el sensei, con ella, olvidandosé de los códigos samurais, violandolós y a la vez vituperando al muerto no muerto, quitandolé otra vez la honra por él rogada entre estertores, esa honra que ella le había quitado y que las autoridades policiales jamás podrían comprender, ni las autoridades ni nadie, sólo él o algún otro demente que se creyera samurai.
La noche de martes se desplomaba sobre Avellaneda, en esa calle Iriarte donde el sensei vivía, y se desplomaban junto a la noche el gris y los colores herrumbrados de las casas cuadradas y feas que componían lo que era un barrio proletario más del montón. Todo impresionaba, como se dice, desolación, por la lluvia reciente y el frío, y ni los perros tenían ganas de salir a caminar, sólo Nadia, sólo ella.
Había arbolitos pelados. ¿Plátanos? ¿Paraísos? Ella lo desconocía y al mismo tiempo la conturbaba esa necesidad inoportuna, maníaca, de saber nombrar a los árboles. Había los arbolitos pelados y las casas horribles y el pavimento, desprolijo, ungido por la llovizna rala que hacía unas horas había caído y que convertía a la calle en un espejo negro donde nada era reflejado salvo la luz mortecina proveniente de las nubes, una luz tan pobre e infeliz como los cuarenta vatios del taller donde finaba el no finado, el sensei, su sensei, y ella no es que había resuelto, había requerido salir de la casita también cuadrada, gris y fea del sensei, para ver si así se le moría.
Iba sobre la calle —no la vereda; la calle—, en dirección a la avenida Rocha o al revés, no lo podía determinar, y eso también le irritaba el ánimo, esa intención geográfica y paralela a la otra, a la de reconocer el nombre exacto de un árbol, de todos los arbolitos del barrio. Iba jurandosé no drogarse más, calzando su gorra de cuero negro con visera sobre el cabello marrón y suelto, cayendolé sobre los hombros el cabello, con la remera blanca transparentandolé los encajes del corpiño, un corpiño igual de blanco que la remera, con las topper también blancas, algo escondidas bajo el borde inferior del vaquero ceñido y azul, vestida toda como al sensei le gustaba, cuando ella y él no coincidían en el gimnasio (ella de alumna, él de profesor de gimnasia), cuando ella y él no tenían a Zamudio, cuando salían de baile, pero corridos el rímel, el rush, la base y todo lo que constituía el maquillaje, corrido todo aquello no por lágrimas, pues ella no lloraba; corrido todo por el largo trajín de haber querido cumplimentar inútilmente su defensa o las órdenes últimas, samurais, de su desilusionado y triste sensei: darle muerte, salvarle el honor, apiadarse surtiendolé el final al mentado harakiri que también había sido inútil, incompleto y tal vez inspirado en cierto códice samurai secundario e ignorado y en el horror que le había expelido la pequeña carta encontrada; iba Nadia en esas condiciones hasta que notó, al fondo del espejo negro de la calle, la silueta del Hospital Fiorito, pintada de blanco y enorme en comparación con las otras construcciones de la avenida, y sintió morirse, irritada otra vez con su cabeza por pretender ahora la precisión de ciertos detalles idiotas, en este caso, el nombre de la avenida, vio al Fiorito y a la muerte más o menos reciente de su mamá en el hospital, reculó sobre el espejo negro que era calle y también luz blanca reflejada, y determinó, frenética, que si su sensei todavía no había fallecido, que de ningún modo lo dejaría a medio morir por mucho más tiempo. Porque por ella él se había matado, porque por él ella casi había sido muerta y porque ahí estaba ella, desentendiendosé, lavandosé las manos.
Nomás corrió la reja oxidada de ingreso al patio vacío y roto, de predominantes ocres que eran también óxidos variopintos e inexactos en combinación con el cemento del suelo, se adentró en el taller contiguo a la casa del sensei, su sensei, tomó la katana y en cuclillas buscó un resoplido, un aliento, un síntoma de calor enviado por la boca del muriente. Tras hallarlo, se incorporó decidida, los ojos cerrados, la katana en alto, y lo apaleó más que otra cosa.
Sin atreverse a abrir los ojos, tranquila por la inexistencia de aullidos delatorios o quejas del muriente, sabiendo a la vez que esa noche también sería la de su propio final, laceró parte a parte todo lo que había sido sensei y alguna vez, ya pretérita, también amado, mas no consiguió la suerte esperada, cortarle la cabeza. Sudó, rompió las mangas y el cuello de su remera en el intento, no detuvo la caída de su gorra negra sobre la pelvis del muriente ni tampoco limpió los ramalazos de sangre que saltaban como renacuajos colorados sobre su cara. Pensó en su madre muerta mientras trozaba de modo parcial la epidermis samurai del sensei. Pensó en él acompañandolá al Fiorito para ver la agonía de su madre. Rogó a su madre que la auxiliara en la consecución de su fin. Y pensó también en Zamudio mientras iba en busca de su bolsita, mientras aspiraba unas montañitas de polvo blanco homicida, auxiliada con sus dedos, mientras buscaba excusas como ésa para no acabar con lo que ahora sí ya había empezado. Pero su persistencia también fue inútil, tan inútil que la depositó mecánicamente en el taller, donde, como necesitada de una extraña liberación de lo que le sucedía, contra la masa todavía uniforme e inequívoca del sensei, golpeó incluso hasta mucho después del dolor de sus brazos, y cayó luego sobre el cuerpo extinto del ya más extinto, para abrazarlo y propinarle los últimos besos. Sin embargo, al abrir los ojos y notar que la cabeza seguía en su lugar, unida al cuello y el cuello haciendo lo propio con el torso, loca, atacada por el fiasco de sus golpes y por la rabia de no haber cumplido la última voluntad del finado, se levantó, buscó sobre la mesa del taller un par de herramientas que hiciesen las veces de cincel y martillo, encontró al fin un destornillador puntiagudo, similar, si no el mismo, al del harakiri, improvisó el martillo con una llave inglesa, y esta vez prolija, exacta, los ojos abiertísimos y en extremo paciente, seccionó lo deseado durante el tiempo que le fue menester, sólo deteniendosé para aspirar algo más de ese polvo homicida.
Después, no mucho después, pero después, llamó a Zamudio.
—Esta también es tu culpa —le dijo.
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