Escuchaba hoy, además, acerca de la posibilidad casi real de la clonación y la eternidad humana, tras regresar de una visita hipocondríaca al médico de guardia, y tras haberme conmovido con una afirmación de la segunda exmujer de José Luis de Jesús Miranda, el autoproclamado Jesucristo Hombre que debió en 2011 o 2012, ya no recuerdo, transformarse en un ser eterno y radiactivo capaz de volar y atravesar paredes. Esa mujer había afirmado con sencillez que nuestros cuerpos son tan solo naves, bajeles del espíritu. Desde ese punto de vista, que pueda ser multiplicado nuestro organismo ene veces no supone que ene veces seamos nosotros multiplicados. La identidad en el animal humano la da el espíritu, no las huellas digitales ni las circunvalaciones de nuestro cerebro.
Dios es implacable. Su paladino azote está en una invención suya a la que siempre ha escapado justamente por ser Dios: el tiempo. Esto lo decía con mejores palabras hace unos días, oh, casualidad, un exorcista español que acaba de terminar su doctorado en Teología en Roma.
Un pasaje de san Lucas lo resume todo, como suele suceder con el Evangelio, ese texto magnífico que creyentes y no creyentes debieran frecuentar, porque nada mejor nunca jamás se ha escrito. Las negritas, claro, son mías:
En aquel tiempo, decía Jesús a la gente: Cuando veis una nube que se levanta en el occidente, al momento decís: "Va a llover", y así sucede. Y cuando sopla el sur, decís: "Viene bochorno", y así sucede. ¡Hipócritas! Sabéis explorar el aspecto de la tierra y del cielo, ¿cómo no exploráis, pues, este tiempo? ¿Por qué no juzgáis por vosotros mismos lo que es justo? Cuando vayas con tu adversario al magistrado, procura en el camino arreglarte con él, no sea que te arrastre ante el juez, y el juez te entregue al alguacil y el alguacil te meta en la cárcel. Te digo que no saldrás de allí hasta que no hayas pagado el último céntimo.
(Lucas 12, 54-59)
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