29.5.13

Estado de mis cuentas

J. me envió hace dos días o tres un poema de Olga Orozco, que alguna vez leí y lo pasé por alto, o, lo más probable, lo dejé mientras se me freían las manos y los ojos. Ahora ese poema es una necesidad antes que una lectura que pasó. Dentro está por lo menos una verdad sobre mí, lo que no es poco. Una verdad que no logro tomar sobre el estado de mis cuentas no precisamente económicas. J., creo que fue J., me habló también de círculos de fuego. No sé si es una figura trillada o no, pero pensar que hay círculos de fuego que se atraviesan en distintas etapas de la vida no está mal. También genera mucha perturbación.
"Para hacer un talismán" se llama esto de Olga Orozco enviado a mi casilla en gmail (jgcozzolino), adonde me pueden también escribir si desean comprarme Bonito..., que ando flojo de papeles y necesito un poco de estímulo.

Para hacer un talismán

Se necesita sólo tu corazón
hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios.
Un corazón apenas, como un crisol de brasas para la idolatría.
Nada más que un indefenso corazón enamorado.
Déjalo a la intemperie,
donde la hierba aúlle sus endechas de nodriza loca y no pueda dormir,
donde el viento y la lluvia dejen caer su látigo en un golpe de azul escalofrío
sin convertirlo en mármol y sin partirlo en dos,
donde la oscuridad abra sus madrigueras a todas las jaurías y no logre olvidar.
Arrójalo después desde lo alto de su amor al hervidero de la bruma.
Ponlo luego a secar en el sordo regazo de la piedra,
y escarba, escarba en él con una aguja fría hasta arrancar el último grano de esperanza.
Deja que lo sofoquen las fiebres y la ortiga,
que lo sacuda el trote ritual de la alimaña,
que lo envuelva la injuria hecha con los jirones de sus antiguas glorias.
Y cuando un día un año lo aprisione con la garra de un siglo, antes que sea tarde,
antes que se convierta en momia deslumbrante,
abre de par en par y una por una todas sus heridas:
que las exhiba al sol de la piedad, lo mismo que el mendigo,
que plaña su delirio en el desierto,
hasta que sólo el eco de un nombre crezca en él con la furia del hambre:
un incesante golpe de cuchara contra el plato vacío.

Si sobrevive aún, si ha llegado hasta aquí hecho a la viva imagen de tu demonio o de tu dios;
he ahí un talismán más inflexible que la ley, más fuerte que las armas y el mal del enemigo.
Guárdalo en la vigilia de tu pecho igual que a un centinela.
Pero vela con él.
Puede crecer en ti como la mordedura de la lepra; puede ser tu verdugo.
¡El inocente monstruo, el insaciable comensal de tu muerte!

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