24.4.12

Oh fatua fatuidad

Tener un blog. Escribir en él. Sobre uno. Sobre pareceres de uno. Sobre nada. Tener un blog y llenarlo de autobombos y canciones. No tiene demasiado justificativo. Pero puede ser una manera de no hacer cosas peores o más inservibles todavía, y también una forma de esperar la comunión con el otro que hasta el blog llegue para leer que estoy sin un mango, que cargué cincuenta pesos de nafta, que se vienen dos días feriados antes de que pueda cobrar algo, que pienso seriamente en pedir dinero prestado, que me siento una porquería pensando solo en dinero, que hago bicicleta todos los días que no estoy descompuesto para no pensar en dinero, que tomo pastillas y que también ando leyendo un libro de Alice Munro que me enganchó por suerte y por mucho, que estoy escribiendo algunas cosas que me gustan y que tengo otras que también me gustan guardadas en una carpeta del dock, y que esto y que lo otro y lo de más allá, sin que mis vecinos de mí nada sepan, sin que mis padres de mí nada sepan, sin que nadie de mí nada sepa porque nada digo, porque suelo estar callado, la lengua apretada contra la cara interna de los dientes, marcada por esa presión de no decir y hacer cuentas que más que cuentas son restas vez a vez más pronunciadas que me llevan a pensar si no habré elegido mal el camino, si no estaré sumido en el error, si no debería ser el presidente de una corporación o el dueño de una cadena de restoranes a esta altura de mi vida y no esto que soy, un estúpido engreído que pierde su tiempo en su blog, en otras cosas que en otros cuadernos escribe para que nadie lo lea, y que además escribe para ganar dinero subproductos culturales, para ganar ese dinero que suele ser poco, que suele tardar en llegar, así en otros órdenes no tenga derecho a quejarme, ningún derecho a quejarme, por lo que entonces toda lamentación de mi parte es una injusticia, un modo práctico de asumirme culpable, culpable, culpable.