Se me
estruja el corazón cuando escucho hablar de ballenas. No porque use ropa con la
petición de que las salven. Las ballenas o ballenitas, que en otras partes
llaman “laminilla” o “barba”, eran aquellas que yo le veía poner a mi viejo en
el cuello de sus camisas, para que aquella parte de esas prendas quedase
realmente dura. Antiguamente las hacían con una parte de esos cetáceos, por eso
su nombre. Dejé un paraíso en esos días de mi infancia y no dejo de echarlos de
menos. Esa es una de las razones por las que suelo propender escandalosamente a
la tristeza.
La última vez que vi a un vendedor de ballenitas fue en el subte,
línea A, en el trayecto Castro Barros-Plaza de Mayo. El tipo se subió. Tenía el
pelo blanco, enrulado y un poco largo. Recorrió el vagón de una punta a la
otra. ¡Ballenitas, ballenitas!, dijo, y yo comencé a sentirme mal. Pensé en mi
infancia, en esa rutina de ver a mi viejo calzarse las ballenitas en el revés
del cuello de sus camisas antes de ir al trabajo. Pensé también en mi hijo el
mayor, en Melville, en Moby-Dick: hacía un año que no le leía Moby-Dick a mi
hijo. Íbamos por la página cuatrocientos y pico y una noche se había terminado
la lectura, al parecer para siempre. Él sabe leer. Pero disfrutaba muchísimo
escucharme. Yo le hacía voces. Ismael tenía la suya. Queequeg tenía la suya. Y
Tashtego. Y Ahab. Y cada uno de los tripulantes del Pequod. Pero en algún
momento seguir leyéndole un libro sobre ballenas se me volvió insoportable y
decidí cambiar a la Odisea. Todavía Ahab nos espera en la biblioteca. Todavía,
a pesar de las más de cuatrocientas páginas, no aparece Moby-Dick. Estaba, al
momento de la última lectura, por hacerlo, pero no pude soportar que
apareciera. Y entonces el viejo vendedor de ballenitas. Y entonces yo ahora
escribo sobre él, porque otra vez ando triste, patológicamente triste.
“El viejo vendedor de ballenitas” se llamará esto que escriba.
Comenzará diciendo que “una vez hubo un viejo vendedor de ballenitas, que fue
el último vendedor de ballenitas del mundo”, y que “tras fracasar en todo lo
largo del vagón tratando de vender una triste ballenita”, que “comenzó a
hablarnos a todos los pasajeros”.
“El viejo vendedor de ballenitas” será un texto muy triste.
“El viejo vendedor de ballenitas” dirá: “Orillábamos el 6 de
enero”, dirá: “Orillábamos el día de los Reyes Magos”, pero nada habrá de que
yo tampoco quería escuchar hablar de los Reyes Magos, que recordar todo aquello
era también retroceder hacia mi infancia, descubrir que los Reyes Magos habían
muerto, que no había Reyes Magos sino mi viejo, en calzones y camiseta blancos,
caminando a hurtadillas por el balcón del departamento donde vivíamos, para
dejarme, junto al agua y el pasto, un Matchbox. “El viejo vendedor de
ballenitas” será, tal vez, un cuento, o una manera de bajar un poco mi
tristeza, pero no hablará de ella; dirá que “el viejo vendedor de ballenitas se
guardó las ballenitas en un bolsillo de su camisa”. Y que “se sujetó a un caño
del vagón y mirándonos a todos, rojo y sudado, comenzó a decirnos que ese 6 de
enero no llegarían los Reyes Magos”.
Obviaré también que sentí náuseas, que en mi garganta hubo el
latir frío de un sapo, que por alguna razón debía yo bajarme en Plaza de Mayo,
que por alguna razón que ya no recuerdo andaba yo apurado. Porque este será un
texto que se llamará “El viejo vendedor de ballenitas” y no la tonta tristeza
de un tarado. “No vendrán esta vez los Reyes Magos, el viejo vendedor de
ballenitas dijo”, así rezará lo que escriba. Que “no vendrán, pero no porque se
hayan muerto”. Que “no vendrán porque los que se murieron fueron los camellos”.
Y habrá gente que comenzará a reírse, y otra que siguirá mirando la nada o
leyendo la nada de los diarios. Y yo dejaré de lado mi reacción frente al enojo
del viejo. Tan solo me limitaré a escribir “No”, que “el viejo vendedor de
ballenitas a todos nos dijo que los Reyes Magos no habían muerto”, y quedará fuera
de todo decir acerca de que mi viejo fue mi Rey Mago.
“El viejo vendedor de ballenitas insistió,” escribiré, “con que
los Reyes Magos vivían”, y que
“aunque un poco complicados”, que “lo hacían todavía bien, como
reyes, así ahora no pudieran realizar esos viajes alrededor del mundo. Porque
los camellos están muertos”, escribiré que el viejo vendedor de ballenitas
dijo, “porque los camellos fueron bombardeados”. Y habrá un freno, tras el que
el viejo vendedor de ballenitas atacará de nuevo, con algo como “¿qué es Medio
Oriente, carajo?, ¿en qué se ha convertido Medio Oriente?”, así gritará su
grito.“¡Si mataron a los camellos y ahora no van a venir los Reyes Magos! ¡Si
unos aviones arrojaron las bombas y los Reyes Magos vieron cómo sus camellos
volaban por el aire! ¿Quién, entonces, ahora solucionará todo esto? ¿Si no solo
murieron esos tres camellos sino casi todos los camellos de Medio Oriente?”.
El viejo vendedor de ballenitas querrá arrancar el caño de donde
se sujeta mientras hable. Tendrá ojos oftálmicos, grandes y sobresalientes. Le
estará subiendo la presión. Y a mí se me confundírán las ballenas y los
camellos. Se me confundírán los Reyes Magos, Melville, mi hijo el mayor
preguntándome papá, ¿por qué ya no me leés Moby-Dick? Pero no, no me dejaré tentar,
nada de hablar de mí. Tan solo hablará el viejo vendedor de ballenitas cosas
como estas: “¡Están matando a todos los camellos! ¡Los están matando a todos!”,
y no escribiré que mi hijo el mayor me explicó una vez la diferencia entre los
dromedarios y los camellos, que también me detalló qué es exactamente un
cachalote, que me dijo que las orcas no son ballenas, sino delfines gigantes.
Me reduciré a escuchar y copiar lo que el viejo vendedor de ballenitas diga.
Que “¡el mundo se muere!”, que“¡no es solo Medio Oriente!”, y el sapo en la
garganta, y el paraíso perdido, y mi hijo el mayor, y esta cosa de ser adulto y
no poder llorar en público, todo eso quedará sin ser escrito, porque antes el
viejo vendedor de ballenitas bramará “¡ahora mismo, en Medio Oriente, siguen
matando camellos!”, y lo hará todavía sujeto al caño del vagón, sin que yo me
vea tentado, ni por una sola vez, a decir lo que me pasa, a contar lo que me
ocurre, mientras en el subte viajo.