24.1.12

Camellos


Se me estruja el corazón cuando escucho hablar de ballenas. No porque use ropa con la petición de que las salven. Las ballenas o ballenitas, que en otras partes llaman “laminilla” o “barba”, eran aquellas que yo le veía poner a mi viejo en el cuello de sus camisas, para que aquella parte de esas prendas quedase realmente dura. Antiguamente las hacían con una parte de esos cetáceos, por eso su nombre. Dejé un paraíso en esos días de mi infancia y no dejo de echarlos de menos. Esa es una de las razones por las que suelo propender escandalosamente a la tristeza.
La última vez que vi a un vendedor de ballenitas fue en el subte, línea A, en el trayecto Castro Barros-Plaza de Mayo. El tipo se subió. Tenía el pelo blanco, enrulado y un poco largo. Recorrió el vagón de una punta a la otra. ¡Ballenitas, ballenitas!, dijo, y yo comencé a sentirme mal. Pensé en mi infancia, en esa rutina de ver a mi viejo calzarse las ballenitas en el revés del cuello de sus camisas antes de ir al trabajo. Pensé también en mi hijo el mayor, en Melville, en Moby-Dick: hacía un año que no le leía Moby-Dick a mi hijo. Íbamos por la página cuatrocientos y pico y una noche se había terminado la lectura, al parecer para siempre. Él sabe leer. Pero disfrutaba muchísimo escucharme. Yo le hacía voces. Ismael tenía la suya. Queequeg tenía la suya. Y Tashtego. Y Ahab. Y cada uno de los tripulantes del Pequod. Pero en algún momento seguir leyéndole un libro sobre ballenas se me volvió insoportable y decidí cambiar a la Odisea. Todavía Ahab nos espera en la biblioteca. Todavía, a pesar de las más de cuatrocientas páginas, no aparece Moby-Dick. Estaba, al momento de la última lectura, por hacerlo, pero no pude soportar que apareciera. Y entonces el viejo vendedor de ballenitas. Y entonces yo ahora escribo sobre él, porque otra vez ando triste, patológicamente triste.
“El viejo vendedor de ballenitas” se llamará esto que escriba. Comenzará diciendo que “una vez hubo un viejo vendedor de ballenitas, que fue el último vendedor de ballenitas del mundo”, y que “tras fracasar en todo lo largo del vagón tratando de vender una triste ballenita”, que “comenzó a hablarnos a todos los pasajeros”.
“El viejo vendedor de ballenitas” será un texto muy triste.
“El viejo vendedor de ballenitas” dirá: “Orillábamos el 6 de enero”, dirá: “Orillábamos el día de los Reyes Magos”, pero nada habrá de que yo tampoco quería escuchar hablar de los Reyes Magos, que recordar todo aquello era también retroceder hacia mi infancia, descubrir que los Reyes Magos habían muerto, que no había Reyes Magos sino mi viejo, en calzones y camiseta blancos, caminando a hurtadillas por el balcón del departamento donde vivíamos, para dejarme, junto al agua y el pasto, un Matchbox. “El viejo vendedor de ballenitas” será, tal vez, un cuento, o una manera de bajar un poco mi tristeza, pero no hablará de ella; dirá que “el viejo vendedor de ballenitas se guardó las ballenitas en un bolsillo de su camisa”. Y que “se sujetó a un caño del vagón y mirándonos a todos, rojo y sudado, comenzó a decirnos que ese 6 de enero no llegarían los Reyes Magos”.
Obviaré también que sentí náuseas, que en mi garganta hubo el latir frío de un sapo, que por alguna razón debía yo bajarme en Plaza de Mayo, que por alguna razón que ya no recuerdo andaba yo apurado. Porque este será un texto que se llamará “El viejo vendedor de ballenitas” y no la tonta tristeza de un tarado. “No vendrán esta vez los Reyes Magos, el viejo vendedor de ballenitas dijo”, así rezará lo que escriba. Que “no vendrán, pero no porque se hayan muerto”. Que “no vendrán porque los que se murieron fueron los camellos”. Y habrá gente que comenzará a reírse, y otra que siguirá mirando la nada o leyendo la nada de los diarios. Y yo dejaré de lado mi reacción frente al enojo del viejo. Tan solo me limitaré a escribir “No”, que “el viejo vendedor de ballenitas a todos nos dijo que los Reyes Magos no habían muerto”, y quedará fuera de todo decir acerca de que mi viejo fue mi Rey Mago.
“El viejo vendedor de ballenitas insistió,” escribiré, “con que los Reyes Magos vivían”, y que
“aunque un poco complicados”, que “lo hacían todavía bien, como reyes, así ahora no pudieran realizar esos viajes alrededor del mundo. Porque los camellos están muertos”, escribiré que el viejo vendedor de ballenitas dijo, “porque los camellos fueron bombardeados”. Y habrá un freno, tras el que el viejo vendedor de ballenitas atacará de nuevo, con algo como “¿qué es Medio Oriente, carajo?, ¿en qué se ha convertido Medio Oriente?”, así gritará su grito.“¡Si mataron a los camellos y ahora no van a venir los Reyes Magos! ¡Si unos aviones arrojaron las bombas y los Reyes Magos vieron cómo sus camellos volaban por el aire! ¿Quién, entonces, ahora solucionará todo esto? ¿Si no solo murieron esos tres camellos sino casi todos los camellos de Medio Oriente?”.
El viejo vendedor de ballenitas querrá arrancar el caño de donde se sujeta mientras hable. Tendrá ojos oftálmicos, grandes y sobresalientes. Le estará subiendo la presión. Y a mí se me confundírán las ballenas y los camellos. Se me confundírán los Reyes Magos, Melville, mi hijo el mayor preguntándome papá, ¿por qué ya no me leés Moby-Dick? Pero no, no me dejaré tentar, nada de hablar de mí. Tan solo hablará el viejo vendedor de ballenitas cosas como estas: “¡Están matando a todos los camellos! ¡Los están matando a todos!”, y no escribiré que mi hijo el mayor me explicó una vez la diferencia entre los dromedarios y los camellos, que también me detalló qué es exactamente un cachalote, que me dijo que las orcas no son ballenas, sino delfines gigantes. Me reduciré a escuchar y copiar lo que el viejo vendedor de ballenitas diga. Que “¡el mundo se muere!”, que“¡no es solo Medio Oriente!”, y el sapo en la garganta, y el paraíso perdido, y mi hijo el mayor, y esta cosa de ser adulto y no poder llorar en público, todo eso quedará sin ser escrito, porque antes el viejo vendedor de ballenitas bramará “¡ahora mismo, en Medio Oriente, siguen matando camellos!”, y lo hará todavía sujeto al caño del vagón, sin que yo me vea tentado, ni por una sola vez, a decir lo que me pasa, a contar lo que me ocurre, mientras en el subte viajo.