Todos sus odios
¿De qué no me trataron por culpa de ser mujer? ¿Qué de mí no dijeron, qué de mí no odiaron? Desde mis carteras hasta mis hijos. Desde mi marido hasta mi madre. Jamás tuvieron la mesura que se ha de tener con una dama. E incluso cuando fui viuda ustedes no dejaron de hablar, de decir. Se burlaron. Me humillaron. Me vieron llorar y otra vez dijeron —como cuando yo aún no era gobierno— que estaba loca. Sí, yo: la loca, la tilinga, la yegua.
Ustedes se olvidan rápido. Incluso, y más que ningún otro, aquellos que aquí, en esta casa, esperan que les sirva en el plato del perro. Esos aquellos que hablan a mis espaldas. Esos aquellos de quienes todo sé.
Y ahora, ahora que trato de festejar, de bailar un poco y comerme esta torta; ahora, que de vez en vez me quiebro, ustedes siguen sin recordar, y lo peor, rabia me tienen. Por todo este amor que aquí llevo. Por mi corazón roto. Por mi llanto.