26.10.11

Ratas


Me miran. Aquí en esta casa, en las fotos que salen publicadas en los diarios. Me miran en mis discursos, a ver qué tiene puesto ahora, a ver cuándo se quitará el luto. Y yo sé que nadie piensa en el dolor de mujer que ha quedado sola, sin su hombre, sin su Él. Él, hasta eso les molesta, hasta esa palabra. Y yo sé también que el día en que deje el luto todos comenzarán a decir que ya lo olvidé, que ya no lo necesito, que estoy con otro, con aquel que me imputan, con aquel otro, lo sé todo, todo, todo de cada uno, especialmente de los que están en esta casa, y de los que entran y salen de ella. De todos sé. Y ellos ya saben que sé.
Me acuerdo bien, también, de todo lo que se dijo de Él cuando murió. Que no había muerto, se dijo. Que el cajón nada tenía. Que esos rostros jóvenes, emocionados y que me demostraban su amor, eran los mismos rostros, unos pocos rostros, que giraban y giraban para dar efecto de multitud. Me acuerdo de las conjeturas que comenzaron todos a trazar. Todos. Los de aquí y los de allá. De si me beneficiaba. De si beneficiaba al país. De si era bueno para la economía. Ratas. Como si la muerte de un hombre fuese buena. Como si por la muerte de Él yo me hubiera sentido feliz en el mismo momento en que sucedía. Ratas. Hienas. No me gusta el odio, soy mujer, las mujeres estamos hechas para la paz y la concordia. Pero me duele, me sigue doliendo su ausencia agravada por todas esas teorías, por todas esas infamias, porque todavía haya quien pueda molestarse por mi luto. Solo yo sé qué pasó esa noche. Solo yo sé cuántas lágrimas derramé. Cómo se lo llevaron en la ambulancia. Cómo los médicos buscaron resucitarlo cuando ya su suerte, Dios mío, estaba, como suele decirse, echada. Debí meterme en una burbuja, en la burbuja de mi dolor. Debí hacer de mi dolor una coraza para que esos buitres propios y ajenos no llegaran a Él, a mí, a mis hijos. Y cuando el amor vino a consolarnos, y cuando esos jóvenes espontáneos llegaron para decirme fuerza, ¡fuerza!, esa palabra que tanto nos identifica, las ratas, las hienas, los buitres, todos juntos otra vez, aquí en esta casa, y fuera también, no perdieron ocasión para otra vez preguntarse si eso, a mí, me, nos, beneficiaba.
Siempre habrá quien diga y ofenda, lo sé, lo sé. Pero yo no sabía que ellos, los que me acusan de jugar con el dolor, jugarían tanto con el mío.