9.3.09

Bioy


Ayer, 8 de marzo, se cumplieron diez años de la muerte de Adolfo Bioy Casares.
Yo lo conocí unos cinco años antes de ese día. Había salido junto con unos compañeros de facultad del Alvear Palace Hotel. No recuerdo a qué evento habíamos ido al Alvear Palace Hotel, pero seguro había imbéciles hablando de comunicación, de la importancia de la comunicación en las sociedades modernas y todas esas babeadas que podrían reducirse a un capítulo de cualquier libro regular de Sociología, cuando lo vi del otro lado de la Avenida Alvear, creo que de esa avenida o de la otra, Quintana.
Crucé antes que ellos sabiendo que serían imprudentes, estúpidos, atrevidos, irrespetuosos, irreverentes, indeseables, fastidiosos, pelotudos. No todos, pero sí más de uno. Había de los que tenían encima un grabador de mano porque ya se creía periodista y decía estar preparado como un soldado. Eran por lo general jóvenes pudientes, católicos, cultores de la estulticia y la misa dominical, y aunque yo compartía muchos de esos atributos (especialmente la penúltima), me creía realmente alguien lleno de respeto y consideración frente a las personas mayores, y Bioy Casares ya para ese tiempo era un hombre muy mayor, y andaba averiado.
Le dije a Bioy hola Bioy, cómo anda, y eso fue todo. Él comenzó a contarme que lo habían operado de la cadera, que por eso llevaba bastones. Quiso decirme algo más y yo soñé con que me invitara a tomar el té, pero ya estaban los más idiotas de mis compañeros de facultad apuntándolo con sus microfonitos, pensando en un diario, en una revista en donde publicar una entrevista, o bien en un trabajo práctico.
Bioy, claro (doctor se hace, señor se nace, y Bioy era un señor), no se enojó. Se puso nervioso y hasta creo (y estoy casi seguro) que se sintió defraudado. Dijo que estaba cansado, que lo disculpáramos, que quería llegar a su departamento; evitó volverme a mirar y yo tuve temor de que se largase a llorar y les dije a los otros que le hicieran caso, que no siguieran. Creo que ahí más de uno descubrió lo que era la vergüenza.
Se fue despacio por una de esas calles de Recoleta. Recoleta era menos boba con Bioy de vez en vez dando vueltas. Bioy era uno viejo que olía bien. Ese día estaba con un traje lo que se dice impecable y sólo hacía falta tener una cajita de cristal para llevártelo a tu casa, para allí atenderlo, ponerle la televisión. Escucharlo tomando té.
Yo ya para ese entonces había leído La invención de Morel. Todavía no encontré una novela más perfecta que esa.

5 comentarios:

  1. Buen episodio, siempre es mejor hablar de lo vivido que una nota llena de comentarios trillados o apreciaciones literarias.

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  2. No al menos cuando lo conocí. Ya era un octogenario, estaba muy encorvado. Claro que era más alto que yo, aunque eso no es ninguna hazaña.

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  3. Y alguno de los periodistas wannabe no le preguntó por qué a Borges no le dieron el Nobel?

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  4. Nada le preguntaron, le pusieron los grabadores y lo miraron como se mira a un oso hormiguero en la calle. El viejo creo que se sintió acosado. Igual a Borges no le dieron el premio porque esos suecos no lo leyeron.

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