Recién lo descubro, o hace unas horas. El muchacho se me acercó, me pidió una moneda. No tenía una moneda.
No la tengo, le dije.
Él me dijo dale, dame una moneda.
¿Me ves pinta de acaudalado?, le pregunté.
Él me miró.
No, dijo, la puta que lo parió. Pero dame una moneda, dijo y se acercó todavía más.
Él vestía ropas deportivas mejores que las mías que no eran siquiera deportivas. Estaba bebido, drogado, golpeado por la realidad, golpeado un poco más que yo. Pero yo ya conocía estos encuentros. Les permitís a estos muchachos dar un paso más hacia vos, aceptar que son capaces de matarte, consentir la mentira de que andan armados, y fuiste: dales hasta lo que no tengas, la cola dales.
Hace tiempo que no temo por mi vida, además no estaba dispuesto a permitirle un paso más hacia mí.
No tengo monedas, te dije, no seas atrevido, le dije.
Atrevido es una voz muy usada en esta Buenos Aires preapocalíptica de Papa argentino. La otra es pillo. "No te me hagás el pillo". Es casi una declaración de guerra, un levantar los brazos y ponerse en guardia.
¿Querés que te muestre lo atrevido que soy?, me retrucó el muchacho alardeando por el tamaño de su verga o del arma que guardaba bajo el pantalón. Yo le miré la mano, pensé en decirle llevame a Félix Lora y embarazame. Pero era un chiste demasiado agresivo y solo me causó una risita.
Vos tenés reloj, le negocié, yo no tengo reloj. Dame tu reloj y yo te doy mi abrigo.
Él se quitó el reloj.
Tomá, dijo, haciéndose el hombrecito.
No seas boludo, le dije, tu reloj vale más que mi abrigo.
Bueno, dame una moneda.
No tengo moneda, ¿sos bobo o no entendés castellano?
Noté que dos viejos panzones nos miraban desde el inicio de esta dulce contienda. Tal vez esperaban un desenlace a lo grande, con piñas. También había un cartonero que, silencioso, continuaba con su trabajo de revolver basura. Los defraudamos a los tres.
El pedidor de monedas me mandó al carajo, dio media vuelta, me carajeó un poco más, fue a encarar otra cartuchera.
Yo seguí mi camino sintiéndome muy mal. Siempre que discuto luego me siento muy mal. Llegué a pensar en que le había cagado la noche al pibe.
No soy ni guapo ni bonito.
Dentro de mí hay una chica tonta, sentimental y desvalida, que ante el primer delito cometido se dirigiría directamente a la comisaría a gritar ¡mátenme!
Debo limar este problema. Debo quitarlo de mí.
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