2.1.11

Del fracaso necesario de los santos

Entonces va Jonás y les dice a los ciudadanos de Nínive que recen y hagan penitencia porque la ciudad, así se lo ha expresado el Señ-r, va a ser destruida. Que recen, porque si rezan, en una de ésas logran llegar a los oídos del Señ-r.
Lo que Jonás no dice, lo que Jonás calla, es su certidumbre, sus deseos de consagración como el rey de los profetas de todos los judíos. Está convencido, y cruza los dedos, de que la profecía será cumplida, de que Nínive se hará polvo y de que su fama estará a salvo; también, que a salvo quedará la poca fe de los advertidos. Sin embargo, eso no sucede.
Vean, YHVH es grande y piadoso, y tiene un oído atento. Y escucha las súplicas de quienes desean que la profecía no sea cumplida. Nínive no se destruye. Nínive resiste. Y Jonás reconoce la grandeza de su Señ-r, pero se enfada.
YHVH lo ha hecho quedar en ridículo frente a toda esa gente que ahora piensa que para qué se puso a rezar y a vivir de manera decorosa si al fin y al cabo nada sucedió, si ese 2012 que quería vender ese tal Jonás fue una impostura.
Lo demás es conocido por algunos. Jonás sigue enfadado, se aparta, el Señ-r le da sombra haciéndole crecer un ricino. Jonás se alegra por la sombra recibida. El Señ-r le seca el ricino. Jonás se enoja todavía más. Y es aquí donde Aquél que todo lo sabe le dice que si él está preocupado por un ricino (y por su nombre), cuánto más lo estaría Él de acabarse Nínive, una ciudad con cientos de miles de seres humanos que no saben distinguir el bien del mal.

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