El pastor me consolaba. Eran las cuatro, las cinco. Hoy en el templo que queda aquí cerca iniciaba su jornada de tres días de ayuno y todos los hombres de buena voluntad estábamos invitados al sacrificio. Para que el fin de año a todos nos encuentre victoriosos y glorificados, en el nombre de Yeshúa, y amén.
Tenía calor y no me podía dormir, y escuchaba al pastor. Sus oraciones, sus cantos de liberación. De a momentos se me enredaban los cables de los auriculares con la cadena que me parece que me da alergia y que es aquélla de la que cuelga una cruz plateada. Que no es mía. Que es prestada. Y le pedía Yeshúa por ella, para que Él obrase el milagro, nada extraordinario, nada de resucitar a los muertos.
Si dormí fue poco. Tres horas. Salvo este mate y las galletas que comí hace un rato, salvo el yogurt bebible que tomé de la heladera para aliviarme el calor, puedo decir que cumplo el ayuno del pastor. Recién me ofrecieron almorzar. Dije bueno, pero bajé a comprar cigarrillos. Y la he tratado de ubicar pero sin éxito y sólo he podido en estas horas verla en la foto, que junto a una mía, cuelga de la pared. Ella tiene un año. Ahí ella tiene un año.
Dicen que Gandhi dijo que de joven deseaba tener zapatos. Que ese deseo le perduró hasta que vio por las calles de su barrio a un hombre sin piernas. Dicen que Osho dice que lo único que no está en el presente es la actividad química del cerebro. Dicen tantas cosas que uno ya no sabe qué escuchar. Pero todo eso que de a ratos aparece en la radio, en la televisión, todo eso que irrumpe para los que no pueden dormir, de algún modo cumple su función aliviadora. Yo a vos Yeshúa, Yeshu, sólo te pido otro milagro, si sos tan amable. Uno solo y nada más.
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