15.5.13
Apuntes para un ensayo sobre la tristeza que jamás escribiré III
Fumar entre cuatro paredes mientras llueve, de noche, con los auriculares de tu teléfono lanzándote música de los ochenta, después de haber visto a los pájaros escapar de la tormenta, de las nubes de la tormenta, y después de dirigirte hacia esa tormenta por la ciudad en bicicleta, hacia las zonas más oscuras, proletarias y desvencijadas de la ciudad, entre autos y camiones de carga, procurando llegar antes de que se lance la lluvia que llegará cuando sea de noche, todo eso también es la tristeza, como recordar tu juventud y tu preadolescencia y caer en la cuenta de que ya estás en mayo, segunda década del siglo veintiuno, y que junio no se tarda, y que el año comenzó a girar mientras hacés fuerza con las piernas, más fuerza, para que por las piernas se vaya la pena, por las piernas y el asfalto fresco de una avenida que desciende, y si en la bocacalle un taxi no frena, que no frene. Triste es el arribo del ciclista cansado que ni ganas de comer tiene. Triste es quedarte dormido frente al televisor y las horribles noticias de tu país y del mundo, sentado en un sillón donde se sentaron personas que ya no están, y triste es pretender buscar la cama y calzarte los auriculares de tu teléfono para dormir y no ver, y desvestirte a ciegas y a ciegas encajarte la almohada sobre la frente y los ojos, y no poder conciliar el sueño y volverte a vestir y meterte entre cuatro paredes mientras llueve, a fumar. A beber café y fumar, tras responder mails pendientes, tras preguntarte que hacia dónde volaron esos pájaros y tras buscar qué más se puede hacer. La tristeza es el diablo, sí. Y la ausencia autogenerada de Dios. Y el chico encerrado que todos llevamos, muerto de miedo porque hubo un tiempo donde hubo cielo y él lo sabe, hubo un tiempo donde todo tenía alguna solución, y si no la había estaba el otro cielo del cansancio, del santo cansancio de la infancia.
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