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—Siguniang Shan, ahí lo tienen —había dicho la señora Xiaoyan en inglés a los tres norteamericanos, mientras Ming II se rascaba la cabeza—. Las cuatro muchachas jóvenes y esbeltas que se transformaron en dura roca tibetana.
Los norteamericanos eran la familia Smith. Así se habían hecho llamar y así los llamaban Ming II y Xiaoyan. John Smith llevaba una nikon. Patty Smith una filmadora sony. El pequeño Sam un revólver de plástico, rojo.
—El grado de dificultad de estas montañas —también había dicho Xiaoyan— es uno de los más elevados en el mundo.
Luego la camioneta había desbarrancado, así lo contó Ming II, con los Smith dentro y sin sus cinturones de seguridad.
—Y mamá enloqueció —también contó Ming II, detrás del mostrador que además era la heladera de los fiambres—. Se sintió culpable, no andaba bien de la vista. Y le quitaron el permiso —contó—. Nunca más holandeses ni norteamericanos ni españoles. Ésa es la historia. Yo tenía doce años… No sé cómo comencé a contarle todas estas cosas, señor Zamudio.
—Bueno, yo tampoco, pero está bien. Está bien que así haya sido.
Dos días después Ming II recibió la invitación. Era un papel rectangular, amarillo, tipeado a máquina. "Estimado Ming II. Te invito a mi fiesta de disfraces." Y se la mostró a su padre, el señor Ming. Y el señor Ming pidió también ir. De manera que Ming II primero estuvo atento a la irrupción de Zamudio en el minimercado, pero como Zamudio no apareció y la fiesta era el viernes de esa misma semana, resolvió el martes ir a tocarle el timbre. En la invitación además figuraba una dirección que debía ser la dirección de los Zamudio.
Llovía la noche que Ming II caminó por la calle Peluffo y tocó el timbre de los Zamudio.
—Soy yo —dijo Ming II al micrófono del portero eléctrico—, el de Súper Rilong —dijo—, le quería hacer una pregunta. ¿Estaban cenando?
Zamudio lo invitó a subir, Ming II no pudo negarse.
Con Zamudio andaban la mujer de Zamudio y los hijos de ambos. La mujer de Zamudio tenía los ojos verdes y la piel morena. Le estallaban las tetas a la mujer de Zamudio, no llevaba corpiño. Y los hijos ya eran tres, y en pocos meses serían cuatro. También le estallaba la panza a la mujer de Zamudio. Llevaba una remera blanca y ceñida que se le levantaba por encima del ombligo.
Los Zamudio vivían en un departamento antiguo, de techos altos y guardas de madera pintadas de blanco. El living apestaba a tabaco, parecía ser el único lugar donde era permitido fumar. Zamudio andaba en bermudas y con el torso al aire. Le convidó a Ming II un vaso con jugo de naranja, encendió un viceroy y le dijo a su mujer que mañana se encargaría de llevar a los chicos a la escuela, ella contestó desde la habitación de los chicos que él estaba llenando el departamento de humo, Zamudio apagó el viceroy a medio fumar en un cenicero de vidrio azul, y sentado frente a Ming II en uno de los sillones del living recién entonces atendió el pedido de Ming II. Como Ming II esperaba, no hubo problema.
—Es mi cumpleaños. Nunca festejo mis cumpleaños. Pero cumplo treinta y cinco y eso es llegar a la mitad de la vida. Por supuesto que puede venir. Decile a tu padre de mi parte que está invitado —dijo.
Después retomaron el asunto de los Smith y las montañas. Ming II le confesó a Zamudio que echaba de menos andar en bicicleta por Rilong, que incluso extrañaba hacer de guía infantil en los veranos.
—Porque yo no me siento mal por lo que pasó, entiéndame. Es por ella que me puedo sentir mal.
Y que en Rilong, poco antes de partir, se le había escapado su perro, al que llamaban Hollywood, un grandanés; y que la provincia de Sichuan era acaso la última morada del panda gigante.
Zamudio lo llevó a la cocina, le cebó unos mates; Ming II bajó la mirada cuando entró la mujer de Zamudio; vio Ming II que la mujer de Zamudio tenía unos pies bellísimos, con todo el juego de huesos, cartílagos, dedos y uñas en su lugar; y parte de todo aquello, o más exactamente lo que tuvo ganas de recordar, Ming II se lo contó a su padre, el señor Ming, esa misma noche, ya con las persianas bajas de Súper Rilong, los dos echados en cuero, dentro de la pieza de arriba de Súper Rilong, sobre la cama de dos plazas que habían comprado cinco años atrás en la avenida Belgrano.
—Siguniang Shan, ahí lo tienen —había dicho la señora Xiaoyan en inglés a los tres norteamericanos, mientras Ming II se rascaba la cabeza—. Las cuatro muchachas jóvenes y esbeltas que se transformaron en dura roca tibetana.
Los norteamericanos eran la familia Smith. Así se habían hecho llamar y así los llamaban Ming II y Xiaoyan. John Smith llevaba una nikon. Patty Smith una filmadora sony. El pequeño Sam un revólver de plástico, rojo.
—El grado de dificultad de estas montañas —también había dicho Xiaoyan— es uno de los más elevados en el mundo.
Luego la camioneta había desbarrancado, así lo contó Ming II, con los Smith dentro y sin sus cinturones de seguridad.
—Y mamá enloqueció —también contó Ming II, detrás del mostrador que además era la heladera de los fiambres—. Se sintió culpable, no andaba bien de la vista. Y le quitaron el permiso —contó—. Nunca más holandeses ni norteamericanos ni españoles. Ésa es la historia. Yo tenía doce años… No sé cómo comencé a contarle todas estas cosas, señor Zamudio.
—Bueno, yo tampoco, pero está bien. Está bien que así haya sido.
Dos días después Ming II recibió la invitación. Era un papel rectangular, amarillo, tipeado a máquina. "Estimado Ming II. Te invito a mi fiesta de disfraces." Y se la mostró a su padre, el señor Ming. Y el señor Ming pidió también ir. De manera que Ming II primero estuvo atento a la irrupción de Zamudio en el minimercado, pero como Zamudio no apareció y la fiesta era el viernes de esa misma semana, resolvió el martes ir a tocarle el timbre. En la invitación además figuraba una dirección que debía ser la dirección de los Zamudio.
Llovía la noche que Ming II caminó por la calle Peluffo y tocó el timbre de los Zamudio.
—Soy yo —dijo Ming II al micrófono del portero eléctrico—, el de Súper Rilong —dijo—, le quería hacer una pregunta. ¿Estaban cenando?
Zamudio lo invitó a subir, Ming II no pudo negarse.
Con Zamudio andaban la mujer de Zamudio y los hijos de ambos. La mujer de Zamudio tenía los ojos verdes y la piel morena. Le estallaban las tetas a la mujer de Zamudio, no llevaba corpiño. Y los hijos ya eran tres, y en pocos meses serían cuatro. También le estallaba la panza a la mujer de Zamudio. Llevaba una remera blanca y ceñida que se le levantaba por encima del ombligo.
Los Zamudio vivían en un departamento antiguo, de techos altos y guardas de madera pintadas de blanco. El living apestaba a tabaco, parecía ser el único lugar donde era permitido fumar. Zamudio andaba en bermudas y con el torso al aire. Le convidó a Ming II un vaso con jugo de naranja, encendió un viceroy y le dijo a su mujer que mañana se encargaría de llevar a los chicos a la escuela, ella contestó desde la habitación de los chicos que él estaba llenando el departamento de humo, Zamudio apagó el viceroy a medio fumar en un cenicero de vidrio azul, y sentado frente a Ming II en uno de los sillones del living recién entonces atendió el pedido de Ming II. Como Ming II esperaba, no hubo problema.
—Es mi cumpleaños. Nunca festejo mis cumpleaños. Pero cumplo treinta y cinco y eso es llegar a la mitad de la vida. Por supuesto que puede venir. Decile a tu padre de mi parte que está invitado —dijo.
Después retomaron el asunto de los Smith y las montañas. Ming II le confesó a Zamudio que echaba de menos andar en bicicleta por Rilong, que incluso extrañaba hacer de guía infantil en los veranos.
—Porque yo no me siento mal por lo que pasó, entiéndame. Es por ella que me puedo sentir mal.
Y que en Rilong, poco antes de partir, se le había escapado su perro, al que llamaban Hollywood, un grandanés; y que la provincia de Sichuan era acaso la última morada del panda gigante.
Zamudio lo llevó a la cocina, le cebó unos mates; Ming II bajó la mirada cuando entró la mujer de Zamudio; vio Ming II que la mujer de Zamudio tenía unos pies bellísimos, con todo el juego de huesos, cartílagos, dedos y uñas en su lugar; y parte de todo aquello, o más exactamente lo que tuvo ganas de recordar, Ming II se lo contó a su padre, el señor Ming, esa misma noche, ya con las persianas bajas de Súper Rilong, los dos echados en cuero, dentro de la pieza de arriba de Súper Rilong, sobre la cama de dos plazas que habían comprado cinco años atrás en la avenida Belgrano.
Al día siguiente, Ming II caminó bajo la misma lluvia de la noche y subió las escaleras del Hotel Lezica. Se presentó a la dueña, que se encontraba sentada a una mesa rectangular hojeando una revista. Era una mujer delgada que podía frisar los cuarenta años, tenía el pelo lacio y morocho con dos mechones de canas cayendolé a los costados. Vestía un salto de cama celeste, chillón, y debajo le asomaba un pijama desteñido como su piel. Levantó la cabeza después de terminar de observar a una celebridad que posaba en su mansión. Sonriente, dijo:
—Venís de parte de Zamudio, ¿no?
Ming II respondió que sí, y que no tardaría en llegar su padre, el señor Ming.
—Está esperando al empleado para que tome el lugar en la caja —explicó.
—Quedate tranquilo, que no tengo adónde ir —buscó bromear la mujer sin hacer efecto en Ming II, sin que él lograse comprender dónde se hallaba el chiste—. Hablás muy bien castellano —agregó.
—Hice la secundaria acá.
—Ah... Tendrías que ver cómo hablan los chinos de Gascón. ¿Los conocés?
—No.
—Pero no les compro a ellos a menos que esté en apuros. Yo voy al supermercado de Castro Barros. Tiene mejores precios. ¿Ustedes tienen buenos precios?
—Sí.
—Bueno, voy a probar, tal vez mañana —dijo la mujer.
Enseguida se puso de pie. Arrastrando sus pantuflas rosas condujo a Ming II hasta el primer piso del hotel. Allí, como en la planta baja, se distribuían tres puertas de un lado y tres del otro, pero además había una séptima, al fondo, adonde entraron.
Ming II tosió, se rascó la nariz, estornudó. Flotaban ácaros y había olor a humedad entre los disfraces que colgaban de las perchas. Al fondo, dos maniquíes, uno vestido de Batman y otro del Capitán América, impedían que la poca luz proveniente de la única ventana de esa pieza entrase con naturalidad; las figuras de esos dos maniquíes se recortaban fantasmagóricas, disimulaban los surcidos en la tela, las manchas, los colgajos de hilo en la capa y el calzón de Batman y el amarillo que había tomado al tinte original de la única estrella del otro héroe.
—Antes esto lo usaba un señor del que no sé si oíste hablar —dijo la mujer.
—No.
—Me dejó los primeros disfraces. Después yo fui comprando otros. Trabajaba haciendo promociones. Creo que era eso.
—De Batman...
—De lo que fuera, sí —dijo la mujer—. Es una historia desgraciada. Se hizo claustrofóbico. "No doy más", me dijo. "Este trabajo es lo peor que le puede ocurrir a un ser humano."
—Pobre señor.
—Sí, seguro que sí. Se fue a vivir a lo de una hermana, en Banfield. ¿Conocés Banfield?
—No, señora.
—Es muy lindo. Hay lugares realmente muy lindos en Banfield —dijo la mujer saliendo de la pieza.
Ming II se demoró inútilmente en encontrar algo parecido a un dragón. No había nada parecido a un dragón. Llamó a su padre preguntandolé cuánto más se demoraría, su padre respondió que todo lo que el Beto tardara en llegar, y Ming II siguió buscando entre los disfraces sin ya saber qué podría conformarlo.
Sus manos apartaron parvas y más parvas de ropa, las volvieron a unir, vio un disfraz agajado y hecho un bollo del Hombre Araña y pensó en el inquilino desgraciado del hotel hasta que al fin se resolvió por un disfraz rojo que daba la impresión de encontrarse en buen estado. En eso andaba cuando golpearon la puerta.
—¿Se puede? —preguntó la dueña.
—Un segundo —dijo Ming II, y acomodando un poco el desorden que había armado, abrió la puerta.
Su padre, el señor Ming, estaba empapado. En chino dijo que fuera llovía con furia, que quería vestirse de cowboy y que al Beto lo había amenazado con echarlo. La camisa se le pegaba a las costillas. El pelo lo tenía más puntiagudo que de costumbre.
—¿No habla nada en español? —preguntó la mujer a Ming II.
—Muy poco —respondió Ming II.
—Decile que elija el que más le guste. Recién le dije eso y él se rió.
—Papá se pone nervioso cuando le hablan. Por eso se ríe. Disculpe.
—Quiero un traje de cowboy, hijo —pidió en chino el señor Ming.
—Ya, ya —contestó Ming II en castellano.
—¿No querrá ropa seca? Le puedo prestar ropa también —dijo la mujer, que no se movía de la puerta, que observaba la intimidad entre padre e hijo.
—Papá —dijo Ming II esta vez en chino—. La señora te ofrece ropa seca.
El señor Ming miró a la mujer y volvió a sonreír.
—Gracia —dijo—. Mucho bien —dijo.
—Si no es mucha molestia —tradujo Ming II.
—No es ninguna. Lo espero afuera. Que se quite la ropa. Me la alcanzan estirando el brazo, que yo no miro —indicó la mujer y Ming II enseguida tradujo.
El señor Ming quedó en pocos segundos desnudo, solamente tapado en sus países bajos por eslips rojos y chillones también empapados. Y a su hijo dijo que de todos modos no echaría al Beto, que también le daba lástima, que solamente lo había amenazado para que recapacitara.
—Comprendo, papá.
—Es bueno y eso es lo que importa, ¿no?
—Claro que sí, papá.
—¿Ya están? —preguntó la mujer otra vez golpeando la puerta.
El señor Ming dijo que sí en chino, Ming II lo pasó al castellano y ella abrió la puerta y con la cara dada vuelta estiró un brazo para recibir la ropa mojada.
—Tengo un secarropas muy bueno. Pueden pasarla a buscar por la tarde.
—Gracia —dijo el señor Ming—. Gracia —volvió a decir; y en voz más baja y en chino—: ¿Dónde está mi traje de cowboy?
La mujer volvió a golpear la puerta.
—¿Se puede?
Traía un pantalón azul, una camisa, también una campera.
—Son cosas que a veces se olvida la gente. Pruébeselo —dijo al señor Ming.
—Gracia. Mucho bien.
—¿No quieren un café? ¿No quieren tomar algo?
—No, está bien, gracias —dijo Ming II
—Bueno, cualquier cosa me avisan, entonces —dijo la mujer y cerró la puerta.
El señor Ming y su hijo Ming II buscaron armar un disfraz de cowboy más o menos verosímil, pero todos los caminos condujeron hacia el disfraz del Capitán América. Ming II quedó satisfecho con un conjunto de calzas, remera y capa rojas.
—Supongo que es un diablo —explicó a su padre.
—Te queda muy bien, hijo —lo aprobó el señor Ming.
Y abajo la mujer sólo realizó una observación, dirigiendosé a Ming II.
—Te falta una parte —dijo y subió rápidamente al primer piso, para regresar con la cola del diablo y una vincha plástica de donde salían dos cuernos retroiluminados.
La tarde de ese mismo miércoles, Zamudio pasó por Súper Rilong y le dejó a Ming II una lista con todo lo necesario para la fiesta.
—Si te parece que me olvido de algo, con confianza anotalo, que sé que no te vas a aprovechar —dijo.
—¿Cuándo se lo llevamos? —preguntó Ming II mirando al Beto, que barría el pasillo formado por dos filas de góndolas.
—Con que sea mañana está bien, sólo te pido que llames antes.
—Fuimos al hotel —comentó Ming II.
—¿Y qué tal Ángela?
—¿Ángela?
—La dueña.
—Ah, es buena.
—Sí, la verdad que sí —dijo Zamudio—. ¿Te contó la historia del hombre de los disfraces?
—Sí.
—Es una gran historia. Pero dudo de que sea cierta.
—Sí —dijo Ming II.
Zamudio desvió la mirada para dirigirla hacia el Beto, que juntaba la mugre de a montañitas, un poco aquí, otro tanto acá, y lo propio hizo el señor Ming detrás de Zamudio, sentado frente a la caja registradora, porque ésa era su obligación, controlar a su empleado. Fuera caía un fuerte chaparrón y los automóviles y camiones de la avenida a veces al frenar deslizaban sus ruedas delanteras antes o sobre la senda peatonal. Fuera también había un grupo de ciegos que avanzaba hacia la esquina guiado por sus bastones blancos. Era peligrosa esa esquina.
—Te quería comentar, también... Tal vez venga la sobrina mayor de mi mujer —dijo Zamudio regresando su mirada a Ming II—. Vos ¿tenés novia?
—No —dijo Ming II.
—Es rubia, rubia y alta. Una muy linda chica. Acaba de cumplir quince años.
—Ah...
—Sí, sí. A ustedes los chinos les gustan las rubias, ¿no?
—Sí...
—Es una buena chica. Muy estudiosa, querido Ming.
—Bueno.
—Te haría bien conocerla.
—Sí...
—No te convence mucho la idea.
—No, no. Sí me convence.
—Yo le hablé de vos. Le conté algunas cosas. Le conté lo de los pandas. Se interesó mucho por saber cómo es el hábitat de los osos panda.
—Qué bien.
—Sí. Pero no te pongas nervioso. Es simplemente una idea. Yo te la presento y se ponen a conversar. Va a ser la única persona más o menos de tu edad.
—Gracias.
—Bueno, me esperan en casa —saludó Zamudio a Ming II—. Hasta luego —agregó levantando la mano en dirección al Beto primero, al señor Ming luego.
Ming II vio enseguida cómo Zamudio se acercaba a la esquina vestido como solía ir y venir del trabajo —la camisa blanca de manga corta, el vaquero azul—, y vio cómo le hablaba a uno de los ciegos y cómo éste aceptaba la solidaridad de Zamudio y se dejaba cruzar la avenida. Entonces Ming II recordó que ya debía estar lista la ropa de su padre en el hotel y así lo manifestó, pero el señor Ming se demoró en responder. Miraba ahora también a la gente bajo la lluvia y a Zamudio y los ciegos entre esa gente.
Ming II probó otra vez, le habló apoyando los codos sobre la heladera de embutidos mientras el Beto, a hurtadillas, se quitaba un moco de la nariz. Todo en chino le habló Ming II a su padre.
—¡Papá!
Pero el señor Ming continuó distraído en la calle, y Ming II, resignado, puso en funcionamiento la cortadora de fiambre y trozó en delgadísimas fetas un salchichón, una paleta y asimismo algo de salame, a pedido de una de las ancianas.
—Del picado fino, chinito.
Así pasaron las horas, y en el medio llovió y dejó de llover y otra vez hubo lluvia y chaparrón, hasta que el señor Ming se dignó a contestarle.
—Sí, está bien —dijo ya cayendo la noche—, andá y buscá la ropa —dijo—. Y cancelá mi disfraz —dijo también—, no estoy de ánimo. No estoy de ánimo —reiteró—. Recibí otra carta.
—Lo sé.
—¿Eh?
—No soy estúpido, papá.
—Mejor, entonces, querido Ming II. No me desafíes.
—No te desafío, papá.
—Bueno, no interesa. Lo que importa, sagaz Ming II: deberás viajar a Rilong y ver a tu madre, a tus abuelos, tus abuelos te extrañan, y no me perdonan, hijo.
—Pero papá.
—Quedate tranquilo, Ming II. Y no me cuestiones —dijo el señor Ming abandonando la caja registradora y dejandolé el puesto al Beto—. Estaba pensando que ellos también podrían encontrar la manera de ayudarnos.
—¿Quiénes?
—Tus abuelos.
—¿Pero cómo, papá?
—Yéndote. Te he quitado de la patria, Ming II. De tu patria.
—Pero yo no quiero ir —dijo Ming II—. Acá hay mucho trabajo.
—No es así. Yo sé que vos querés irte para allá. Y ellos también tienen razón. Está tu madre y están ellos. Y este país es horrible, hijo. Es verdaderamente espantoso, hijo —remató el señor Ming de camino hacia el fondo del minimercado, donde terminó por abrir la puerta lindera a los baños para subir por la escalera. Ming II, mientras tanto, atendió a un señor de saco, corbata y sombrero, a otro pero de chomba rosa, y cuando los pasos de su padre en la pieza se notaron en el techo del minimercado, todavía despachó mercadería a otras decenas de clientes, asistido por la rudimentaria pericia del Beto frente a la caja registradora.
El verano era una estación excelente para vender fiambres, la gente cocinaba menos y comía más sándwiches.
Cuando se hicieron las diez, Ming II despidió al Beto, cerró la persiana metálica de Súper Rilong y abrió la caja registradora. Después de meterse en los bolsillos todo lo recaudado, después de llevarlo a la puerta trampa detrás de la heladera de los fiambres, después de tomar del derredor de la caja registradora un paquete de cigarrillos y de encender uno sin saber fumar, Ming II salió a la calle y caminó hasta la avenida Rivadavia, y en el local de los fichines se sentó en su preferido, una nave con distintos tipos de fuego que avanzaba en el espacio atacando y destruyendo distintos planetas que obraban como niveles del juego. Ming II aniquiló civilizaciones enteras, hizo girar su nave una y mil veces a diestra y siniestra y perdió vidas y las recuperó. Un trío de morochos se amontonó a su lado para observar la pericia de la nave intergaláctica y se fue en exclamaciones diciendo Grande, chino, o Pero cómo hacés, chino, a lo que Ming II respondió como los campeones, con el silencio de los campeones, honrandosé a sí mismo a la vez que avanzaba de un nivel a otro, de un planeta a otro, de una civilización a otra. No se cansó hasta batir otro récord y anotar en el listado "Ming II" sobre otras marcas también de su hechura. Probó jugar una vez más, esta vez en un fichín que menos le interesaba, pero notando que los ojos ya le ardían volvió a salir a la calle y ahí encendió otro cigarrillo que le provocó tos y mal aliento. Y aunque se había largado una garúa finita, de ésas que mojan y molestan, Ming II todavía deambuló por las calles del barrio otra media hora, pensando, pensando, viendosé de regreso en Rilong, ilusionandosé con la idea y a la vez sintiendo en su adentro algo a lo que no sabía ponerle nombre y que tal vez fuese la pesadumbre, la pesadumbre de figurarse a su padre, el señor Ming solo, en esa ciudad espantosa que no daba amigos, que solamente multiplicaba gente conocida y apenas un Zamudio, un solo Zamudio en cinco, casi seis años de residencia.
Caminando por esas calles recordó su olvido y pensó en Ángela, la encargada del Hotel Lezica, y hacia allí se dirigió.
—Perdone la hora.
—No es problema. No tengo horario.